Interceptores Capítulo 5
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Capítulo 5

Riley miraba por la ventanilla de la camioneta de su padre mientras iban pasando ante ellos kilómetros y kilómetros de terrenos agrícolas infinitos.

Iban de camino a la casa de él.

El sol se había ocultado tras las montañas occidentales y el mundo se aferraba a la última hora de luz crepuscular azul de ese día. A lo lejos, Riley logró distinguir las siluetas oscuras de vacas que deambulaban y pastaban en la hierba fresca del atardecer.

De vez en cuando se encontraban una granja o una iglesia, pero Riley mantenía la vista fija en los postes de la línea eléctrica, que pasaban a toda velocidad.

A veces se quedaba asombrada de las infraestructuras que había en este país; cada uno de esos postes era, en esencia, un árbol que había vivido durante décadas para acabar cortado, empapado en algún tipo de resina y luego clavado en el suelo para sostener unos treinta metros de cable.

Supuso mucho trabajo llevar la electricidad y las carreteras a todas partes.

«¿Por qué en este país ya no se construyen cosas grandes y ambiciosas como esa?», se preguntó.

Notaba que su padre la miraba desde el asiento del conductor. Sabía que quería decirle unas palabras, consolarla de alguna manera, pero no había gran cosa que decir. Además, a su padre se le daban bien muchas cosas, pero lo de reconfortar a la gente no era lo suyo.

En ese momento concreto, lo único que Riley quería era mirar por la ventanilla y pensar en la vida útil de los postes de teléfono.

Cualquier otra cosa la hacía llorar.

Estaba un poco avergonzada por haber llorado de esa forma delante de su padre. Él siempre era tan fuerte, tan sereno, tan centrado bajo presión —y, sí, también tan emocionalmente distante— que ella sentía que lo había traicionado de alguna forma al dejar escapar esas lágrimas.

—¿Quieres que ponga música? —preguntó su padre. Se le quebró un poco la voz al intentar que sonara muy suave.

Riley se encogió de hombros.

—Como quieras. Me da igual. —Y era cierto.

Joe extendió la mano hacia la radio, dudó un segundo y, al final, la apartó.

—En breve… entraremos en la zona donde no hay señal —explicó, casi como disculpándose.

—No pasa nada. —Riley no dejó de mirar por la ventanilla.

Lo que había dicho su padre era cierto. Justo al cruzar la frontera de Virginia Occidental, había una enorme zona en la que estaban restringidas las señales de radio.

Las emisoras tenían que reducir su alcance y era casi imposible recibir la señal de televisión con las antenas tradicionales.

Ese era uno de los muchos secretos nada secretos de esa zona.

El tipo de intromisión incomprensible a la que la gente no daba importancia y aceptaba como parte de la vida porque estaban cerca de importantes centros de la Agencia Nacional de Seguridad y de instalaciones militares.

Los residentes del pequeño pueblo que había allí cerca simplemente pagaban la televisión por cable y seguían con su vida como si nada.

—Si quieres hablar de algo… —continuó su padre, pero no acabó la frase.

—Estoy bien —contestó ella.

Siguieron sentados en silencio durante varios kilómetros más.

Riley notó que la mente de su padre no paraba de dar vueltas, intentando encontrar algo que decir.

De repente, deseó que hubiera puesto música, porque el sonido constante de las ruedas sobre el asfalto creaba una especie de vacío que su padre se sentía obligado a llenar, aunque ninguno de los dos quería hablar en realidad.

Seguro que pronto le iba a señalar el punto donde salían los senderos de montaña y le sugeriría que alguna vez deberían hacer juntos una ruta.

Después pasaría a contarle alguna historia de los boy scouts y le diría que siempre quiso ser guarda forestal, pero que tuvo que buscarse un trabajo de verdad para ganar dinero y sacar a su familia adelante.

No lo contaba como una especie de autoflagelación; era lo que se le venía a la cabeza durante esos largos trayectos entre las dos casas de Riley.

Sabía que a él no le permitían hablar de su trabajo, aunque tampoco es que a ella le importara lo más mínimo si le hubieran dejado.

Pero su padre parecía orgulloso de lo que hacía.

Como no podía hablar del trabajo que tenía, se explayaba sobre el que no tenía.

Riley no quería hablar. No había nada que decir. Solo quería mirar por la ventanilla las vacas, los campos y los postes de teléfono.

Su padre se aclaró la garganta.

—Supongo que, en estos años, he dicho cosas de tu madre que no eran precisamente agradables —dijo con una voz baja y monótona que hizo que Riley se preguntara si había estado ensayando ese discurso mentalmente a lo largo de los últimos kilómetros—, pero yo la respetaba muchísimo y tú deberías hacerlo también.

No había mucho que decir en respuesta a eso. Le habría gustado que se le ocurriera una frase más profunda que su habitual «no pasa nada», pero tenía el cerebro quemado. Por mucho que buscara, solo servía para agotarla aún más.

Así que miró a su padre, asintió y dijo:

—No pasa nada.

Volvió a mirar por la ventanilla y siguió contemplando el paisaje unos kilómetros más en silencio.

La carretera hacía una curva a la derecha. El arbolado se volvía más espeso según ascendían hacia las montañas. El mundo se veía muy oscuro más adelante porque los árboles bloqueaban los últimos coletazos del atardecer.

Ella apoyó la cabeza en el cinturón de seguridad. Le pesaban los párpados, porque el agotamiento emocional de ese día estaba empezando a pasarle factura.

Notó una punzada repentina en la cabeza.

Primero fue un dolor agudo que luego se desplazó hacia la parte de atrás, hasta que sintió esa especie de pinchazo en la nuca.

Acercó la mano y se masajeó los hombros, deseando durante un momento que uno de los chicos del instituto —Brian Holgate, tal vez— estuviera allí para pedirle, medio coqueteando, que le diera un masaje en la espalda.

Supuso que ese dolor se debía al estrés. ¿Habría tenido los hombros encogidos todo el día? Su madre dormía con una férula bucal para no rechinar los dientes por la noche. Riley a veces se preocupaba al pensar que su futuro implicaría usar esas cosas tan raras de viejo para evitar el estrés.

De repente, la saliva se le volvió espesa y cremosa. Y sabía a metal. ¿O sería sangre?

¿Qué le estaba pasando?

Quizá estaba deshidratada. ¿Cuándo había bebido agua por última vez? No lo sabía. No lo recordaba. Era posible que no hubiera bebido nada en todo el día.

Al pensar en ello, sintió unas ganas enormes de beber agua.

Miró el hueco entre los asientos. No había botellas. Era posible que su padre tuviera una debajo del asiento, pero no quiso preguntarle.

El dolor sordo se convirtió en uno agudo, como una puñalada detrás de los ojos y en la base del cráneo. Un sonido muy agudo le saturó los oídos. Era un pitido constante que bloqueaba todo lo demás.

Como si alguien tuviera el control del volumen en el interior de su cabeza, ese pitido fue bajando cada vez más. Antes de que Riley se diera cuenta, todos los sonidos se convirtieron en un murmullo distante, como si estuviera sentada en el fondo de una piscina.

Concentrada en los sonidos y en el dolor de cabeza, casi no se dio cuenta de que había perdido la sensibilidad en las manos.

Ya no sentía los dedos con los que se masajeaba el cuello tenso.

Tampoco notaba el otro brazo, apoyado en la puerta de la camioneta, ni el cinturón de seguridad contra su mejilla.

¿Sería eso un ataque al corazón?

Cerró los ojos.

Justo cuando estaba a punto de decir algo…

Clic.

Todo desapareció.

La falta de sensibilidad, el pitido, el dolor de cabeza… Todas las sensaciones extrañas que se habían apoderado de ella desaparecieron tan rápido como llegaron.

Se apretó la sien con el pulgar para intentar recrear el dolor, pero ya no notaba nada fuera de lo normal. Fuera lo que fuese, había pasado y ya no estaba. Esperaba que su padre no hubiera notado nada. Lo último que necesitaba era que también se preocupara de esa forma tan incómoda por su salud.

Inspiró hondo y volvió a descansar la cabeza en el cinturón mientras miraba por la ventanilla.

Fue entonces cuando la vio.

En esa zona no había farolas y solo la iluminaban los faros de la camioneta de su padre.

Una mujer.

De pie junto a la carretera.

Su bata blanca de hospital reflejaba la luz de los faros.

El pelo, largo y negro, le caía por debajo de los hombros.

Era muy liso y parecía tan grasiento que ni siquiera las ráfagas de aire de los coches que pasaban a su lado le movían un mechón.

Ese pelo rodeaba una cara pálida y fantasmal.

De un blanco antinatural. Era como si a esa mujer no le corriera ni una gota de sangre por las venas.

Estaba de pie y quieta, pero de repente empezó a contorsionarse por la cintura. Agitó y sacudió las manos y los brazos. Pero, a pesar del movimiento de sus extremidades, la bata estaba en su sitio, como si no hubiera ni una leve brisa.

Entonces giró la cabeza y siguió con la mirada la camioneta a medida que pasaba a su lado a toda velocidad. Sus ojos no se movieron, ni pestañearon ni se fijaron en nada. Solo miraban hacia delante, a donde quiera que apuntaran la cabeza y el cuello. Que en ese caso era directamente hacia Riley.

Dio un brinco tan brusco en su asiento que el cinturón tiró de ella y la obligó a volver a su posición.

—¿Qué pasa? —preguntó su padre.

Riley se soltó el cinturón y giró la cabeza para mirar por el parabrisas posterior. Solo había oscuridad.

—¿Estás bien? —La miró de arriba abajo.

—¿No lo has visto?

—¿El qué?

Volvió a sentarse bien.

—Perdona…, es que… No era nada.

—¿Qué has visto?

Riley se frotó los ojos.

—Creo que era… como un espantapájaros. O algo así. Era una mujer, pero no parecía real.

Su padre miró por el retrovisor.

—Qué raro. Yo no veo nada.

—Joder, daba miedo. —Riley se dio cuenta de que se le había escapado un taco—. Perdón.

—No pasa nada. —Él siguió mirando por el retrovisor—. ¿Estaba en uno de los campos?

—No, estaba como a tres metros. Yo diría que era una mujer que solo miraba pasar los coches. —Suspiró y sacudió la cabeza—. O será que ya sufro alucinaciones. Tal vez me he vuelto majara.

Se hizo el silencio en la camioneta. Se arrepintió de haberlo dicho. Sabía que su padre no iba a saber responder a eso. Casi podía oír cómo se le agolpaban los pensamientos en la cabeza.

—Riley… —empezó a decir.

—No pasa nada, papá. Estoy cansada. Necesito dormir un poco.

Y entonces se apoyó contra la ventanilla y cerró los ojos. Él no dijo nada más, solo siguió conduciendo.

Un momento después, cuando estuvo segura de que su padre ya no la miraba, abrió los ojos despacio y los fijó en el otro lado de la ventanilla.

No sabía por qué, pero ya no se sentía segura con los ojos cerrados.