Capítulo 4 #2
El sol de la tarde lo obligó a entornar los ojos.
No estaba acostumbrado a marcharse del trabajo tan temprano, sobre todo teniendo en cuenta el incidente ocurrido en el nivel dos.
Oyó que las ranas nocturnas, desde donde quiera que tuvieran su guarida, ya habían empezado a croar a coro.
Ese ruido se mezclaba con el susurro del viento al agitar las hojas primaverales.
Notó la dulce fragancia de las flores en el aire, además del rústico olor de la hierba, que estaba muy alta tras las lluvias del invierno, pero que, ya a finales de la primavera, había empezado a secarse y a adquirir el olor terroso del heno.
Momentos como ese le recordaban a Joe cuánto le gustaba la ubicación de su lugar de trabajo.
Los olores y los ruidos le recordaban los veranos que pasó en los campamentos de los boy scouts cuando era adolescente.
Entonces creía que, de mayor, sería jefe de exploradores profesional o que tal vez trabajaría en el servicio forestal.
No podía identificar con precisión el momento en que abandonó esas intenciones, seguramente cuando fue consciente de que esos trabajos no bastaban para pagar las facturas.
Con un suspiro, se dirigió al aparcamiento.
La gravilla del camino sin pavimentar crujía bajo sus pies.
La Planta no parecía gran cosa desde fuera.
La parte que estaba a ras de suelo se asemejaba a una caja de hormigón en medio del bosque, más pequeña que muchas casas unifamiliares.
Había colinas a ambos lados, un detalle que había provocado que Hannah una vez bromeara diciendo que trabajaban en la raja del culo de Virginia Occidental.
Hacia el sur, más o menos a la distancia de un campo de fútbol americano, sobre una de esas colinas, había un montón de antenas y parabólicas.
Si un satélite extranjero tomara una fotografía de la Planta —que seguro que pasaba—, parecería una más de las muchas estaciones de rastreo o de repetición similares que había dispersas por todo el planeta.
Pero, a juzgar por la docena de vehículos que había en el aparcamiento, podrían deducir que allí había algo especial.
Joe presentó una solicitud una vez para que disimularan el número de empleados que tenía la Planta construyendo un aparcamiento subterráneo, o al menos poniendo unas marquesinas para que no todo el mundo viera los vehículos.
(En realidad, fue idea de Hannah, porque no le gustaba que el coche se calentara tanto en verano.
Además, siempre caía polvo encima del rocío de la mañana y hacía que los vehículos de todos siempre estuvieran sucios).
La solicitud estuvo dando vueltas durante tres años hasta que alguien de la central la eliminó y le envió a Joe una respuesta estándar: «Gracias por su idea. La tomaremos en consideración».
Así funcionaban las cosas. Era imposible que alguien que formara parte de la burocracia de la Compañía firmara un nuevo gasto.
Joe no sabía de dónde provenía el dinero para su funcionamiento, pero supuso que lo recaudaban en secreto a través de varias ramas del Ejército y del Gobierno.
Un poco de aquí y un poco de allá. Joe comprendía hasta cierto punto que alterar esas corrientes de financiación era complicado, pero ¿tan difícil era techar un aparcamiento?
Se subió a su camioneta, recalentada por el sol, y encendió el aire acondicionado de inmediato. Puso la marcha atrás y salió del aparcamiento.
Tenía que ir a buscar a su hija.
Solía disfrutar del trayecto en coche que tenía que hacer para recoger a Riley y llevarla de vuelta a casa de su madre.
La mayor parte del camino, la autopista de dos carriles estaba metida en un túnel alto formado por robles.
En otoño, las hojas rojas y amarillas que caían formaban una capa tan gruesa que no se veían las rayas de la calzada.
La carretera tenía unas cuantas curvas para subir a las montañas de Allegheny.
Las vistas, cuando se podía ver algo entre el muro de árboles, eran más impresionantes cuanto más arriba se encontraba uno.
Cerca de la cumbre, pasó por delante del inicio del sendero High Knob Trailhead.
Como hacía siempre que cruzaba por allí, tomó nota mental de que algún día haría esa ruta. Tal vez en compañía de Riley.
Riley.
¿Qué le iba a decir?
¿Qué podía decirle?
Él aún no había tenido tiempo de procesar la noticia.
La camioneta llegó a lo más alto y después empezó a descender la montaña por la ladera de Virginia.
El sol se estaba poniendo a su espalda y proyectaba la larga sombra de las Allegheny sobre los terrenos agrícolas que tenía debajo.
Se dio cuenta de que ya sería de noche cuando Riley y él iniciaran el viaje de vuelta a su casa.
Disfrutaba mucho del trayecto durante el día, pero, en cuanto no quedaba luz para destacar la belleza de la naturaleza, la carretera se volvía larga, estrecha y llena de curvas cerradas.
No le gustaba conducir de noche.
Pero no le quedaba más remedio que hacerlo cada vez que iba a recoger o a dejar a Riley en casa de su madre.
Joe detuvo el coche. Salió, fue hacia la puerta de la casa de Silvia Vargas, la mejor amiga de Riley, y llamó al timbre.
Enseguida abrió la madre de Silvia.
—Hola —saludó Joe, incómodo—. Soy…, eh…
—El padre de Riley, sí, lo sé —concluyó la señora Vargas. Se llevó la mano al corazón y se le llenaron los ojos de lágrimas al mirarlo—. Siento muchísimo tu pérdida.
—Ah…, gracias —contestó él. No sabía qué otra cosa podía decir.
—Si necesitas algo…
—Te lo agradezco.
—Lo que sea.
Joe miró al interior de la casa.
—¿Podría ver a Riley?
—Sí, claro, claro. Pasa, por favor. No hace falta que te quites los zapatos —dijo la señora Vargas, que se apartó a un lado y le hizo un gesto para que accediera.
Joe cruzó la entrada y llegó al salón.
Las dos chicas estaban sentadas en el sofá, dándole la espalda.
Estaban jugando a uno de esos videojuegos de disparos en primera persona que a Joe le parecían todos iguales.
Nunca había entendido cuál era la gracia.
Pero él se había pasado la tarde rodeado de tíos con armas, sangre y vísceras; seguramente por eso no le apetecía pasar su tiempo libre rodeado de más de lo mismo.
Las estuvo observando un momento. El pelo oscuro de Riley era exactamente del mismo color que el de su madre cuando empezó a salir con ella.
Ese día lo llevaba recogido en dos trenzas que le caían justo por detrás de las orejas.
Él jamás había sabido cómo hacer trenzas tan elaboradas como esas por mucho que lo hubiera intentado, pero Kate era toda una profesional.
Era la principal razón de que ella quisiera una niña y no un niño.
Riley siempre llevaba el pelo así cuando tenía entrenamiento o partido de sóftbol. Así no le caía en los ojos. Pero en ese momento tenía las trenzas medio deshechas y un montón de mechones se habían escapado de la goma que las sujetaba.
Joe sintió una oleada de tristeza.
Su hija se habría levantado esa mañana y se habría peinado para un día normal de instituto y de entrenamiento. Pero, entre el momento en que se había hecho las trenzas y ese, todo en su vida había cambiado.
Las chicas no hablaban ni hacían gestos bruscos con los mandos.
Parecían casi robóticas mientras movían sus avatares en pantalla para disparar a los enemigos.
Tenían el volumen alto. Demasiado alto. Joe no tenía claro si un volumen tan fuerte del juego podía servir de excusa para que Riley no se hubiera percatado de su llegada.
O tal vez lo que estaba haciendo era ignorarlo con toda la intención.
—Riley, ha venido tu padre —anunció la señora Vargas.
Su hija dejó el mando. Inmediatamente, a su personaje en pantalla lo atravesaron varias balas, pero a ella no pareció importarle.
Silvia puso el juego en pausa.
Riley se levantó y miró a Joe.
Le sorprendió que su cara se viera tan normal.
Era la misma chica guapa y salpicada de pecas de siempre.
No tenía los ojos rojos ni llorosos, pero sí se le veía la mirada vacía, demasiado similar a la del rostro sin expresión del personaje muerto en pantalla.
Parecía distante y agotada, como si acabara de bajar de un largo vuelo nocturno.
Se miraron durante muy poco tiempo, tal vez un segundo, pero le pareció mucho más.
—Hola, Riley —saludó Joe.
—¿Qué hay, papá?
Algo en esa palabra, «papá», tuvo el mismo efecto emocional que cuando se arranca la anilla de una granada.
Le fallaron las piernas, la boca se le torció en un gesto que era una mezcla de shock y desolación total, y, antes de que le diera tiempo a saber lo que estaba pasando, tenía a su hija entre los brazos.
De repente le parecía más pequeña y más frágil de lo que debería ser una adolescente.
Ella apretó la cara contra su camisa y se echó a llorar.
Silvia y la señora Vargas se apartaron y salieron de la habitación sin hacer ruido.
Joe llevó a su hija al sofá.
Se sentaron el uno al lado del otro.
Y él la abrazó mientras lloraba.