Capítulo 4
Joe estaba sentado en su mesa.
El vídeo del ataque se reproducía en un bucle infinito en su ordenador. No había comido. Y, tras ver una y otra vez cómo saltaban por los aires los trozos de órganos de un chico, es probable que también se saltara la cena.
Mientras el vídeo seguía y seguía, Joe escribió su informe del incidente, aportando todos los detalles que podía. Comprobó todos los procedimientos y anotó los que Carson no había seguido. Vio el momento en que Bishop le agarraba la máscara de gas repetidas veces.
¿Sabía ella lo que estaba haciendo?
Chuck, del centro de control, lo había informado de que Carson estaba en ese momento dando parte de algo que lo había asustado. Unos momentos después, el chico acabó muerto.
Joe se inclinó para acercarse.
Vio que Carson se agachaba y se quedaba escuchando a Bishop.
Ella miraba en dirección contraria a la cámara.
Intentó subir el volumen, pero hablaba demasiado bajo.
Solo logró oír el zumbido del sistema de ventilación que bombeaba en la celda de Bishop el gas nervioso debilitante de fórmula especial para la instalación.
Pero qué sistema de cámaras de seguridad más deficiente.
Para ser una instalación de alta tecnología, cuyo único propósito era registrar todas y cada una de las interceptaciones que las Antenas recibían, las cámaras de seguridad y los micrófonos eran una verdadera mierda, peores que cualquier cosa que Joe pudiera comprar en la tienda de electrodomésticos de la esquina.
Alguien, en alguna parte y en algún momento, debió de haberse ahorrado algo del presupuesto de la construcción de la Planta al elegir cámaras baratas.
Joe se acercó aún más. Ya tenía la cara a un centímetro de la pantalla.
¿Qué decía?
¿Qué había oído Carson?
¿Y por qué ella giraba la cabeza bruscamente, como si creyera que alguien podía oírla?
Joe se quedó mirando fijamente la pantalla hasta que la imagen se descompuso en píxeles.
¡RIIING!
Dio un brinco en el asiento.
Solo era el teléfono fijo del despacho.
Contuvo la respiración y descolgó.
—Al habla Gerhard.
—Hola, señor. Tengo una llamada proveniente de una línea externa. Un tal director Green.
Miró su reloj. En ese despacho sin ventanas, que era como una cueva, perdía con frecuencia la noción del día y de la noche. Le sorprendió ver que todavía era por la tarde.
—Pásamelo —dijo.
¿El director Green? Riley no era la típica chica que se metía en líos.
Se oyó un clic y le transfirieron la llamada.
—Director Green, acabo de pasarlo con el señor Gerhard —anunció el guardia de la recepción para que ambos lo oyeran.
—Hola, señor Gerhard. Lo llamo por Riley.
En cuanto Joe oyó el tono de la voz del hombre, vacilante, dubitativo e incómodo, supo que algo malo había sucedido.
—Primero quiero comunicarle que lo sentimos mucho —continuó el director—.
Les transmito mis condolencias a usted y a su familia.
La policía del distrito dice que no podemos dejar salir a Riley sin la aprobación de sus tutores.
Veo en su ficha que usted vive a dos horas de aquí.
Por eso me preguntaba si ya ha hecho los preparativos y si podría informarme sobre sus planes.
—¿Preparativos? ¿Para qué?
—Riley lleva sentada en mi despacho desde que le dieron la noticia…
—¿Qué noticia?
Se produjo una larga pausa al otro lado de la línea.
—¿La policía no lo ha llamado?
—No. ¿Por qué?
Otra larga pausa. Joe casi oyó cómo al director se le secaba la garganta.
—Yo…, eh… Hemos recibido una llamada de la policía…
—¿Y?
—Eh… Respondieron a una llamada que llegó desde la casa de la madre de Riley… Katherine Gerhard… Por lo que veo, ahora es Kate…
El director se quedó callado mientras pensaba qué decir. Puede que solo fuera medio segundo, pero para Joe el tiempo no iba a la velocidad normal. Cada respiración, cada pausa, cada retraso suponía un instante en el que cien mil pensamientos inundaban su cerebro.
—¿Y? —insistió.
—Ella…, eh…, tenía un arma. Y…, bueno…, los detalles son un poco imprecisos. No sé toda la historia, así que no se lo tome al pie de la letra. Será mejor que hable con la policía. El agente que nos llamó se llamaba…, eh… Sí, lo tengo por aquí…
—¿Pero qué ha pasado?
—Su exmujer se ha pegado un tiro. En la cabeza.
Joe se quedó petrificado.
—Ella… Bueno, está muerta. Suicidio. Siento ser yo quien se lo cuente. Fue hace… unas dos horas.
Después de todas las ideas y posibilidades que se le habían pasado por la cabeza solo unos segundos antes, a Joe ya no le quedaba capacidad de asimilación para procesar lo que acababan de decirle.
Así que se quedó allí sentado, con el teléfono pegado a la oreja.
Todo el sudor que le cubría el cuerpo se le heló al instante.
El director pareció ponerse nervioso por su silencio.
—Creí que ya lo habrían llamado. Es su exmujer, ¿verdad? Kate Gerhard.
—Sí —contestó Joe con voz robótica.
—¿Y usted es el padre biológico de Riley?
—Ajá.
—Pues Riley está en mi despacho desde que nos enteramos. No queremos enviarla a su casa en estas circunstancias. No sabemos qué se va a encontrar. Y si ve algo que le recuerde a su madre en este momento…, bueno…
Joe se quedó con la mirada perdida. «¿Kate, muerta?».
—Pero como usted vive tan lejos… —prosiguió el director—. Vamos a cerrar pronto. ¿Hay algún otro pariente que pueda venir a recogerla? ¿Tías? ¿Tíos? ¿Abuelos?
—Mire, esto es lo que vamos a hacer —contestó Joe.
Su mente entró en modo trabajo y por fin recuperó la voz.
Tenía que gestionar eso como cualquier otro problema que se le presentaba a diario—.
Riley no debería estar en un despacho del instituto, donde secretarias, psicólogos escolares y otras personas se dedican a consolarla.
Necesita estar arropada. Su mejor amiga se llama Silvia Vargas.
Conozco a su familia; nos hemos visto en barbacoas y fiestas de cumpleaños.
Son buena gente. —Se detuvo un momento para recuperar el aliento y continuó—: La señora Vargas trabaja desde casa.
Llámela. Seguro que no le supone un problema ir a buscar a Silvia y a Riley.
Tiene mi permiso para que Riley se vaya a casa con los Vargas.
Así pueden estar las dos chicas juntas. Es el mejor lugar para ella ahora mismo.
Yo iré a Linville lo antes posible y la recogeré allí. ¿Le parece un plan viable?
El director Green parecía descolocado ante el pragmatismo de la respuesta de Joe.
—Eh…, sí, supongo que se puede hacer.
—Gracias por avisarme —añadió Joe.
Y colgó sin esperar respuesta.
Se apoyó en su mesa y miró las paredes de hormigón desnudas.
La habitación le daba vueltas. Le costaba fijar la vista en un punto.
No sabía si debería llorar, ni siquiera si podría.
Una especie de adormecimiento se le había instalado en los huesos y le costaba que los músculos obedecieran las órdenes de moverse.
Una parte de su cerebro, la lógica, reconoció que se trataba de los efectos del shock.
Kate estaba viva aquella misma mañana.
Lo estaba cuando Joe fue a recoger a Riley el viernes anterior y cuando la devolvió el domingo por la noche, tarde. Muy tarde. Ella le había gritado y tuvieron una discusión en la puerta, como en los viejos tiempos.
Pero, en un abrir y cerrar de ojos, en los dos minutos que había durado la llamada con el director del instituto…, Kate estaba muerta.
Se había quitado la vida.
No le cabía en la cabeza.
No era algo propio de Kate.
Se levantó de la mesa.
Y se dirigió a la puerta, pero, nada más dar un paso, se dobló por la mitad, cogió la papelera y vomitó.
¡Ping!
Joe salió del ascensor en el vestíbulo de la Planta.
Estaba en la superficie por primera vez desde que fichó a las siete de la mañana, pero la sensación no era esa, porque el vestíbulo, como el resto de las zonas de la Planta, carecía de ventanas.
Era relativamente pequeño y solo funcionaba como la entrada y la salida vigiladas del ascensor.
La puerta que daba al mundo exterior estaba en el otro extremo.
Para llegar había que pasar por delante de una larga pared de cristal que rodeaba las garitas de los guardias.
Había una docena o más, bien armados, que vigilaban el vestíbulo y revisaban la gran cantidad de imágenes de las cámaras de seguridad que había en el exterior.
El centro del vestíbulo estaba dividido por dos caminos: uno llevaba al detector de metales y a la máquina de rayos X por los que tenían que pasar todos los empleados al llegar, y el otro tenía una instalación similar para los que salían.
Unas huellas de pies pintadas en el suelo de hormigón servían para guiar a la gente.
Joe pasó su tarjeta de identificación por una consola. En una pantalla empotrada en el techo, apareció su nombre: «JOSEPH GERHARD, SALIDA: 17.32».
Se encendió una luz verde para indicarle que podía pasar y entró en la máquina de rayos X. Abrió las piernas y levantó los brazos por encima de la cabeza. Un escáner giró a su alrededor para captar una imagen de 360 grados.
Un guardia armado le hizo un gesto para que cruzara.
—Buenas noches, señor. Todo correcto.
—Gracias, Dave —contestó Joe y asintió. Se despidió con la mano de los tipos que había tras la pared de cristal al pasar—. Buenas noches, chicos.
Ellos le respondieron con otro gesto de la mano.
Fue hasta una zona de taquillas que había junto a la puerta principal. Puso el pulgar en el lector de huellas dactilares y la puerta se abrió. Metió la mano dentro y sacó su cartera, su teléfono móvil y las llaves.
A continuación, se dirigió a la puerta, que se abrió con un zumbido en cuanto se acercó.
Salió del edificio.