Capítulo 3 #2
Como siempre, el personal obedeció. Aceleraron el paso y todos, obedientes, abandonaron la zona.
Joe sacó su walkie-talkie .
—Control, aquí Gerhard. He sacado a todo el personal no esencial del nivel dos. De ahora en adelante, bloquead el ascensor. Nadie puede entrar en este nivel a no ser que yo lo autorice.
—Afirmativo, Joe. Ascensor bloqueado hasta nuevo aviso.
De repente había tanto silencio en el pasillo que Joe oyó su propio suspiro. Menudo día. Menudo lío. Menuda pérdida.
Respiró hondo y dio los últimos pasos, largos y pesados, para mirar por la ventana de inspección de la celda de Bishop. Se quedó allí parado, contemplando la escena.
Dentro había varios celadores que intentaban recoger la sangre con toallas, pero solo lo estaban embadurnando todo más. Algunos de los guardias estaban examinando con detenimiento la puerta, las ventanas y las correas.
Mientras, Bishop estaba tumbada en una esquina, sujeta con correas y bien vigilada.
Tenía la mirada perdida e intentaba mover las piernas y los brazos atados.
Tenía la bata blanca empapada en sangre.
También se le veían salpicaduras en la cara y pegotes en el pelo cortísimo que le cubría la cabeza rapada.
Las manos y los brazos, que tiraban de las correas mientras daba unas sacudidas juguetonas, estaban teñidos del mismo rojo apagado.
Durante un segundo, Joe se preguntó por qué Bishop tenía las uñas tan largas.
Era como si le hubieran hecho la manicura; largas y curvadas, parecían uñas postizas de los salones más glamurosos.
Entonces se agitaron cuando movió la mano y Joe se dio cuenta de que lo que veía no eran sus uñas, sino tiras de carne de Carson que se le habían pegado e incrustado en los dedos.
La piel ondeaba cada vez que ella se movía, como banderas en lo más alto del mástil de un barco en alta mar.
Joe finalmente miró el cuerpo de Carson, que estaba en el centro de la celda. El celador había quedado boca abajo. Tenía un enorme agujero que le cubría toda la espalda. Si Bishop hubiera tenido una pala, no habría podido vaciarle mejor el torso.
Uno de los miembros del personal lo agarró del hombro y lo puso de costado, de modo que Joe pudo verle la cara.
Le sorprendió que no tuviera ninguna expresión, solo una mirada vacía.
Los músculos alrededor de la boca y las mejillas, que deberían estar tensos por el miedo y el dolor, estaban sueltos y relajados.
Teniendo en cuenta en qué condiciones estaba el resto del cuerpo, la falta de expresión en la cara de ese hombre resultaba casi cómica. No encajaba con la situación.
Al menos el pobre Carson no había sentido nada, pensó Joe.
Excepto miedo.
—Joe…
La voz lo sobresaltó.
La doctora Hannah Chao se sentó en el suelo, delante de una de las celdas cercanas; se había colocado a propósito en una posición desde la que no veía las tareas de limpieza. Tenía cuarenta y tantos años, pero sentada en el suelo así, con las rodillas pegadas al pecho, parecía casi una adolescente.
Cuando Joe la miró, se dio cuenta de que era la primera vez que la veía sobrepasada. Eso lo hizo sentirse mejor. Si la maldita Hannah Chao, doctora en medicina, estaba superada, entonces él tenía permiso para estarlo también.
Joe sintió al instante que se le relajaba la espalda y se le hundían los hombros. Se le aflojó la cara y se dio cuenta del esfuerzo que había hecho para mantener una expresión neutra.
—Hola, Hannah —saludó en voz baja.
Cualquier otro día de trabajo en ese lugar tan ruidoso y bullicioso, el volumen de esas palabras habría sido demasiado bajo para penetrar el constante runrún de gemidos, gritos, conversaciones y ruido del equipamiento.
Pero ese día sí que llegaron a oídos de su interlocutora.
Hannah lo miró y él le sostuvo la mirada.
Su semblante cariñoso fue como toda una conversación, una en la que no se dijeron nada significativo, solo un frase genérica del tipo: «Qué puto desastre».
—Perdona que haya sido tan gilipollas contigo por la radio —dijo por fin Hannah.
—Ah, no te preocupes.
—Sí que me preocupo. Tu personal no debería cuestionar tu autoridad en un momento de crisis. Ha estado fuera de lugar. Tenías razón y has gestionado bien las cosas.
Él sonrió.
—Te lo agradezco, de verdad. Pero no tengo nada que reprocharte, estamos bien. Tampoco hay nada por lo que disculparse. Venga, cuéntame qué ha pasado.
Hannah se encogió de hombros.
—Tengo que revisar la grabación. Lo que puedo decirte ahora mismo es que Carson no le puso las correas antes de empezar la limpieza.
No sé cómo ha podido cometer una negligencia como esa.
Creo que tenía prisa. He organizado un taller con mi equipo para hacer hincapié en la necesidad del uso de las correas, incluso aunque no pensemos que es necesario, pero…
, joder… No sé. No puedo explicarlo. A menos que haya sido un problema con el gas.
—Haré que Tariq lo compruebe. Pero estoy bastante seguro de que lo habría notado si los niveles hubieran estado tan descompensados.
—Pues entonces creo que mi informe va a decir: «El celador quiso ahorrarse tiempo y tuvo muy mala suerte».
—Muuuy mala. —Joe se quedó allí de pie, negando con la cabeza.
Su walkie-talkie pitó. Se oyó por él la voz de un guardia.
—La celda dos está asegurada. Podéis mandar al equipo con la camilla.
Joe pulsó el botón para hablar.
—Control, envíen al equipo con la camilla.
Se acercó y miró a Bishop por la ventana de inspección.
Ella seguía sujeta con las correas en el suelo. Sus ojos daban vueltas en sus órbitas, haciendo zigzags infinitos. Le castañeteaban los dientes y de repente los entrechocó, como un animal que intentara quitarle un hueso a su adiestrador.
Bishop se parecía mucho a las demás Antenas. Desde la cabeza afeitada hasta la bata de hospital, pasando por las manoplas protectoras. Su cara, como la de los demás, se había vuelto pálida, incluso un poco amarillenta, por la falta de sol y nutrientes.
Joe se la quedó mirando.
—Creo que deberíamos pensar en un reseteo completo del sistema —sugirió Hannah.
—Eso es mucho pedir.
—Aquí ha pasado algo raro.
—Los de la central se van a poner como locos. No soportan que nos desconectemos.
—Tú eres el supervisor. Hazlo y ya está.
Él apartó la vista y no respondió.
Hannah se levantó del suelo y se acercó para colocarse a su lado.
—No había forma de que ella supiera que Carson estaba ahí. No reacciona a ningún estímulo somatosensorial.
Para demostrar lo que acababa de decir, Hannah golpeó con fuerza el cristal sin previo aviso.
El fuerte ruido reverberó en el pasillo e hizo que Joe se sobresaltara.
Pero Bishop no movió ni un músculo. Lo único que hizo fue elevar las comisuras de la boca, que estiraron la piel colgante de sus mejillas, lo que transformó toda su cara con una expresión que podría describirse como una sonrisa.
A pesar del esfuerzo consciente que hacía para no reaccionar ante las extrañas expresiones y gestos que las Antenas hacían sin cesar, Joe no pudo evitar que le apareciera una mueca de asco en la boca al verla.
—La examiné ayer —continuó Hannah—. Pude palparla, gritarle, ponerle una luz en el ojo. No siente nada. —Los dos la miraron un momento—. Pero si la has visto…, si has visto cómo lo hacía… Sabía que lo estaba matando —aseguró la doctora—. Era consciente de ello.
—¿De verdad lo crees?
—No lo sé. Joder, es muy raro.
Joe suspiró.
—Enviaré una solicitud a la central.
Dicho eso, miró por última vez a Bishop.
Después le dio la espalda y se fue por el pasillo.
Se apartó para dejar pasar al equipo de camilleros. Se quedó mirando la camilla vacía. Pronto, allí encima, iría lo que quedaba de uno de los miembros más jóvenes del personal de Joe.
Bishop seguramente seguiría sonriendo y murmurando cosas ininteligibles.
Joe se volvió y siguió su camino, girando la cabeza de un lado a otro para comprobar el estado de las Antenas.
Qué día más horrible, joder.