Capítulo 3
Cruzó la puerta del despacho y salió al pasillo del nivel uno.
Con la práctica que le había dado tener que apagar cientos de fuegos en sus diez años de carrera, caminó rápido y con energía, pero sin llegar a echar a correr. Como indicaban claramente los muchos carteles colgados en las paredes de color beis, correr estaba prohibido.
El nivel uno era el que alojaba las oficinas de la Planta, donde trabajaba el personal de cuello blanco. O, en el caso de Joe, los obreros que habían ido ascendiendo a puestos de oficina; siempre era mucho más fácil ascender desde dentro.
Unas fuertes luces fluorescentes iluminaban el pasillo desde lámparas de jaula fijadas al techo.
Las bombillas, que emitían una luz fría «diurna», se suponía que debían estimular a los trabajadores, porque imitaban la luz del sol natural, pero no engañaban a nadie.
La falta de ventanas y el zumbido de los ventiladores que reciclaban el aire sin cesar impedían que ningún miembro del personal olvidara que estaba a muchos metros bajo tierra.
A todos los efectos, aquello era un búnker, una tumba de hormigón enterrada bajo tierra.
El lugar siempre desprendía un fuerte olor a lejía que perduraba tras la limpieza nocturna completa.
Los zapatos de Joe, con el movimiento rápido de sus pies, chirriaban en el suelo de linóleo sellado e inmaculado.
Como no había nada para amortiguar el ruido y las puertas de las oficinas debían permanecer cerradas en todo momento, el chirrido rebotaba contra las paredes del pasillo y hacía que el sitio pareciera aún más vacío.
Según se acercaba a la puerta del ascensor, al final del pasillo, fue dejando atrás unos pósters grandes que colgaban de las paredes. Estaban diseñados al estilo de los carteles clásicos de la Segunda Guerra Mundial, del tipo «¡Cuidado! Las paredes oyen» o «Nosotras podemos».
Pero en ellos aparecía gente moderna.
Los mensajes eran sencillos.
«Tu trabajo salva vidas».
«Si no se lo dirías al director Kim, no se lo digas a NADIE».
Joe pasó por delante de los pósters. Lo había hecho tantas veces a lo largo de los años que su mente ya no registraba ni su existencia ni sus mensajes.
Llegó al ascensor y pasó su tarjeta de identificación por la consola.
Mientras aguardaba, sus ojos se posaron en el último cartel, como le ocurría a menudo cuando le tocaba esperar ese ascensor tan insoportablemente lento.
En la ilustración había una mujer con su hija, sentadas a la mesa del comedor. Sonreían mientras cenaban. El texto decía: «Haz tu trabajo para que ellas estén seguras».
La central había enviado ese cartel para que lo colgaran más o menos cuando ascendieron a Joe a supervisor de la Planta.
No le prestó mucha atención entonces, a pesar de que a menudo se sorprendía a sí mismo mirándolo.
Pero, en cierto momento, se dio cuenta de que la madre de la imagen llevaba el pelo negro peinado con la raya en medio y que las puntas se le curvaban un poco hacia arriba a la altura de los hombros.
Era exactamente como llevaba el pelo Kate, su exmujer.
La niña sonriente no era nada femenina y llevaba el pelo recogido en una coleta sencilla que dejaba ver un rostro alegre salpicado de pecas. Igual que la hija de Joe, Riley. Y tenía la misma edad que ella cuando él aceptó el ascenso, hacía unos diez años.
Antes del divorcio.
Muchas veces se preguntaba si en la central habían encargado ese cartel expresamente pensando en él. En sus ojos. Para recordarle a todas horas el objetivo de la Planta y los riesgos de su trabajo.
Al principio, esa idea le pareció absurda, pero uno de los oficiales de seguridad, que había sido miembro de las Fuerzas Aéreas, le contó una historia.
El hombre le dijo que el ordenador a bordo de la mayoría de los aviones de combate sabe cuándo la nave está en caída libre irreversible.
Entonces emite advertencias parpadeantes para que el piloto se eyecte.
Pero los pilotos son hombres duros, los mejores de entre los mejores, así que en ocasiones, por exceso de confianza o masculinidad mal entendida, creen que pueden corregir la trayectoria y salvar el avión.
La mayoría de las veces mueren en el intento.
Las Fuerzas Aéreas se dieron cuenta de que perdían demasiados pilotos en accidentes de forma innecesaria.
Así que intentaron algo nuevo. Cuando un avión entraba en caída irreversible, en vez de tener un mensaje electrónico impersonal que ordenaba: «¡EYECTAR!
¡EYECTAR!», le reproducían al piloto una vocecita pregrabada que decía: «Papi, eyéctate, por favor».
El sonido de la voz infantil invalidaba el impulso del hombre más duro. De repente, al oírla, los pilotos se volvían más proclives a dejar que el avión se estrellara para salvar la vida.
Era el poder de la paternidad; los instintos de protección superaban a cualquier otro.
Por eso Joe estaba seguro de que la central había diseñado ese cartel a propósito para él.
Y lo habían puesto para que lo viera todos…
los… malditos… días. Un recordatorio de que necesitaba hacer bien su trabajo para proteger a la familia que tenía en casa.
Y siempre que, sin excepción, tenía un momento para posar la vista en ese cartel, sentía una mezcla de felicidad y tristeza.
¡PING!
Las puertas se abrieron y Joe entró.
Ese ascensor solo tenía tres botones, que llevaban al vestíbulo, al nivel uno y al nivel dos.
Pulsó el botón del nivel dos.
Las puertas se cerraron, el mecanismo se activó y el enorme ascensor de servicio descendió todavía más bajo tierra.
Tras varios segundos, se detuvo y se abrió de nuevo.
Joe salió al pasillo del nivel dos.
Había celdas de retención a ambos lados, seis a la izquierda y otras seis a la derecha. Cada una tenía una puerta y una ventana de inspección grande por la que se veían tanto el interior como a su ocupante.
El diseño del nivel dos consistía en una extraña mezcla de laboratorio, hospital y prisión.
Debido a las enormes paredes de cristal de vigilancia, a ese nivel lo habían apodado el Acuario, para disgusto de Joe.
No sabía por qué le molestaba tanto ese nombre; tal vez porque le preocupaba que estuvieran comparando a las valiosas Antenas con una especie de peces estrafalarios, y eso le parecía una forma de infravalorar el trabajo que hacían allí.
En el otro extremo del pasillo, vio que los guardias armados y el personal médico se arremolinaban alrededor de la ventana de inspección de una de las celdas.
Con su paso rápido tan bien ensayado, se dirigió hacia allí.
Mientras pasaba ante las diferentes celdas, miró a izquierda y derecha para comprobar el estado de los ocupantes.
La costumbre. Siempre que recorría ese pasillo, intentaba recopilar toda la información visual posible sobre la salud y el bienestar de las Antenas.
Sabía que, a sus espaldas, muchos miembros del personal se burlaban de su particular forma de caminar girando la cabeza sin parar, pero se tomaba con filosofía las risitas y las imitaciones del «cabeceo de Gerhard».
Le gustaba el ejemplo que daba. Siempre alerta. Siempre observando a las Antenas.
Esas rápidas miradas suyas no le revelaron ninguna anomalía.
En cada celda, las Antenas, todas con la cabeza afeitada, una bata de hospital y manoplas protectoras en las manos, estaban tumbadas en el suelo, rodando despacio de un lado al otro.
Algunas apenas se movían, pero eso era normal.
Otras tenían arrebatos furiosos de arañar y patalear, como si fueran ratones en sus estertores finales tras quedar clavados al suelo por las garras de un depredador. Eso también era normal.
Algunas de las Antenas gemían.
Algunas chillaban.
Algunas hablaban un galimatías ininteligible.
Normal, normal, normal.
Encima de las grandes ventanas de inspección colgaban unos carteles artesanales de madera. Estaban decorados con flores y tenían los nombres tallados en letra cursiva. Parecían más propios del jardín de una profesora de tercero de primaria a la que le gustaba coleccionar casitas para pájaros.
Los carteles identificaban a los ocupantes de cada celda.
«Hola, mi nombre es DIETRICH».
«Hola, mi nombre es FROST».
«Hola, mi nombre es VASQUEZ».
«Hola, mi nombre es DRAKE».
Joe siguió pasando por delante de todos ellos de camino a la celda del fondo.
«Hola, mi nombre es BISHOP».
Cuanto más se acercaba, más evidente resultaba la carnicería. Dejó de mirar las otras celdas. El horror de la escena en la celda de Bishop empezó a calarle hondo.
Las celdas estaban iluminadas con luces fluorescentes que se reflejaban en las paredes y en los suelos blancos acolchados.
Atravesaban las ventanas de inspección y hacían que el pasillo quedara muy iluminado, casi como si fuera de día.
Al salir del ascensor, Joe muchas veces necesitaba un tiempo para adaptarse a tanta claridad.
Aunque eso no molestaba a las Antenas; sus ojos no podían registrar las ondas lumínicas ni aunque miraran directamente al sol el tiempo suficiente para quemarse las retinas.
Pero la luz que salía de la celda del fondo del pasillo era más tenue. Tenía un tono rojizo, como si el sol se hubiera puesto en esa habitación y solo allí. Era del color de la luz reflejada en litros y litros de sangre.
Joe dejó atrás las últimas celdas. Esperaba oír el rumor habitual de las conversaciones del equipo médico y de los guardias allí reunidos, pero casi todos se mantenían en silencio, mirando la escena en estado de shock.
Redujo el paso al acercarse al grupo.
—No es necesario que estemos todos aquí, compañeros —dijo al llegar.
Se giraron para mirarlo. Nadie discutió.
—Todos los que no tengáis que cumplir un encargo específico de vuestro departamento tenéis que acabar lo que estéis haciendo y volver al nivel uno.
Con un gesto de asentimiento y una mirada triste de despedida hacia el interior de la celda de Bishop, los miembros del personal se dirigieron por el pasillo hacia el ascensor.
—Daos prisa, chicos —los animó Joe, dando unas palmadas.