Capítulo 2
Joe Gerhard caminaba arriba y abajo por su despacho.
Aunque, en realidad, todo ese «caminar» no era para tanto; solo consistía en desplazar su enorme corpachón cinco pasos en una dirección, antes de toparse con una pared de hormigón beis, para después girar y dar otros cinco hacia el otro lado.
El despacho era estrecho, sin ventanas, y allí siempre hacía demasiado frío por culpa del aire reciclado. Pero al menos era un sitio cerrado, donde Joe podía practicar su discurso en privado.
—Es mi deber hacerles saber que mi personal no ha tenío … —Se detuvo y tomó nota mental para corregir esa pronunciación—. No ha tenido un fin de semana libre desde marzo. —Sacudió la cabeza y dijo entre dientes—: «Tenío» no es una palabra… «Tenío» no es una palabra… «Tenío» no es una palabra.
Llevaba veinte años en una lucha constante con su acento de Virginia Occidental.
Una de sus colegas, Hannah, bromeaba diciendo que Joe debería echar una moneda en una hucha cada vez que dijera «tenío» o «habío».
Él se reía al oírlo, pero sabía que tenía razón.
Daba igual lo persuasivos que fueran los argumentos o las réplicas que les diera a los altos cargos de Washington D.
C.; si se le escapaba un solo «habío», eso les recordaría al instante que él no había ido a Yale ni a Harvard ni a West Point, como ellos.
Lo consideraban un cateto al que se veían obligados a seguir ascendiendo porque se le daba muy bien el trabajo.
Pero nunca dejaría de ser un cateto sin título universitario.
—Mis colegas no han tenido un fin de semana libre desde marzo —repitió desde el principio, intentando poner lo que él creía que era un acento propio de universidad pija—. Eso está generando un entorno de trabajo de una calidad insatisfactoria.
Se detuvo.
—Joder, no hay quien entienda tanto pijerío.
A la mierda. —Y, con un encogimiento de hombros, lo intentó de nuevo—.
A ver, pónganse en mi lugar. Yo entiendo que es complicado encontrar personal para un sitio como este, de verdad que lo comprendo, pero, cuando envío solicitudes de personal, se quedan atascadas en algún agujero negro bien lejos, en sus oficinas.
Ya hace casi dos años que tengo tres puestos de limpieza sin cubrir, que están marcados como «pendientes de supervisión».
He tenido que poner a doctores en activo, médicos de verdad, con su título y todo, a limpiar de rodillas y con lejía la mierda de los suelos.
Es inaceptable. La moral está baja y cada día cae un poco más, como un peso muerto.
Así que dejen de ponerme palos en las ruedas.
Tengo que proteger a mi equipo. Son como mis hermanos.
¿Con quién tengo que hablar para que suelten los billetes?
—Se quedó callado un instante—. Cabrones arrogantes y presumidos…
Sonrió para sus adentros.
¡PIII!
Era el walkie-talkie que estaba en su mesa, sobre un soporte. Joe lo cogió.
—Aquí Gerhard.
—¡Joe! Está ocurriendo algo en la celda de Bishop. ¡Carson está herido! —La voz era la de la doctora Hannah Chao.
Joe encendió el monitor del ordenador.
Las imágenes de las cámaras de seguridad llenaron la pantalla.
La mayoría eran de personas tumbadas boca arriba en celdas acolchadas, que rodaban y agitaban las manos en el aire.
Pero las de los pasillos mostraban un pánico generalizado.
Los empleados iban corriendo de acá para allá junto a la escena de la emergencia, muchos con uniforme médico, pero algunos también con chaleco antibalas y un rifle en la mano.
Joe procesó toda la información en un solo segundo.
Amplió la imagen de una de las cámaras de seguridad.
En la pantalla vio a Bishop en el centro de la celda, escarbando con las uñas en un bulto deshecho en el suelo.
Iba sacando algo rojo y pegajoso que tiraba detrás de ella mientras seguía con su tarea.
A su alrededor, sobre la superficie acolchada impermeable, se estaba formando un charco de sangre.
Volvió a oír la voz de Hannah por el walkie-talkie .
—Estoy en la puerta exterior. Llevo traje y máscara. Voy a entrar.
—Mantenga su posición, directora médica —ordenó Joe—. Seguridad, ¿posición?
—Estamos en la puerta estanca de la celda dos —contestó un hombre por el walkie-talkie —. Máscaras puestas. La puerta se ha abierto y la presión se ha optimizado. Listos para incursión.
Joe miró el monitor. Un equipo de tres guardias, armados y con máscaras de gas, esperaba en la puerta estanca. El líder puso la mano en la manilla, esperando a que se encendiera la luz verde.
—Seguridad, tiene permiso para entrar en la celda dos —prosiguió Joe—. Pero no están autorizados a utilizar fuerza letal. Deben inmovilizar a la Antena, pero sin causarle lesiones ni neutralizarla en ninguna circunstancia. ¿Entendido?
—No utilizar fuerza letal. Afirmativo.
—Adelante —ordenó Joe.
—Entrando en la celda dos.
Tras esas palabras, Joe vio que los guardias con las máscaras de gas abrían la puerta y entraban en tromba a la celda. Se colocaron a ambos lados de Bishop antes de agarrarla y apartarla de Carson.
No se resistió. Ni siquiera se dio cuenta de que estaban allí. Incluso cuando la inmovilizaron contra el suelo, las manos de Bishop seguían escarbando en el aire, pero allí sus movimientos parecían inocentes e inofensivos.
—Tengo la máscara puesta —insistió Hannah—. Voy a entrar.
—Directora médica, mantenga su posición en el pasillo —repitió Joe—. No entre hasta que la celda dos esté asegurada.
—¡Dios, Joe! ¡Deja que vea cómo está Carson!
—Mantenga la posición.
Miró las imágenes de las cámaras. Hannah estaba en el pasillo con la máscara. Se puso a caminar con las manos en la cabeza, mirando por la ventana de inspección de la celda, pero obedeció las órdenes y no intentó entrar.
—Seguridad, comprueben las constantes vitales del señor Phillips en cuanto puedan —pidió Joe a continuación.
Por la radio solo se oyó un largo silencio.
Joe no apartó la vista de las imágenes. Dos de los guardias le pusieron correas a Bishop en los tobillos y en las muñecas. El tercero se arrodilló junto al cuerpo de Carson.
—Es imposible que haya sobrevivido con una pérdida de sangre así —dijo el guardia—. Está muerto. Lo siento, Hannah.
Joe vio a la doctora caer de rodillas y después sentarse en medio del pasillo y enterrar la cabeza entre las manos, sobrepasada por la escena.
—Mierda —la oyó decir bajito por el micrófono.
Joe inspiró hondo.
—Control, siga grabando durante treinta minutos más. Quiero que el archivo tenga nuestra respuesta y toda la limpieza sin editar. Después, transmítalo a la central.
—Entendido, jefe. —Llegó la respuesta—. ¿Y qué hacemos con el caso 10598?
—¿Qué pasa? —preguntó Joe.
—Está todo preparado en la celda ocho. ¿Procedemos?
Joe cerró la ventana del baño de sangre de la celda dos y abrió otra de la celda ocho para ver el trabajo que hacían ahí.
Había personal médico, celadores y técnicos alrededor de un hombre sujeto a una silla con sensores por todo el cuerpo.
Le habían colocado un muro de pantallas enormes a pocos centímetros de la cara.
Unos ganchos metálicos le mantenían los ojos abiertos.
El hombre ni lo notaba ni le importaba; los ojos no dejaban de dar vueltas y miraban a todas partes sin fijarse en nada.
Joe cogió el teléfono y pulsó el botón del intercomunicador.
«Atención, personal», dijo.
Oyó su voz resonando en los pasillos cuando el sistema de megafonía emitió su mensaje en todas las estancias y los departamentos de la Planta.
«Soy Joe Gerhard, el supervisor del Emplazamiento B —continuó—. Se ha producido un incidente en el nivel dos. Por eso, hoy no vamos a recopilar interceptaciones. Retiren los equipos y el equipamiento. Personal no esencial, abandone el nivel dos».
Apagó el intercomunicador. Pensó durante un segundo antes de acercar de nuevo el dedo al botón. Tras esa breve pausa, lo encendió otra vez.
«Para los que no lo sepan todavía, sí, es cierto, alguien ha perdido la vida —continuó, intentando mantener la voz firme y serena—.
Es un día triste para toda nuestra pequeña familia.
Sé que todos conocéis las reglas, pero os las voy a recordar una vez más.
No podéis contactar con los familiares del fallecido sin la aprobación de la Compañía.
Ni dinero ni tarjetas ni llamadas telefónicas.
Esperad hasta que Recursos Humanos convoque una reunión con todo el personal para informar sobre los temas de conversación autorizados. Si queréis hacer algo…».
Se arrepintió enseguida de esa última frase.
La Compañía no iba a permitir que ninguno de ellos hiciera nada.
Debían limpiar los registros de empleo de Carson.
Había rumores de que, cuando se producían situaciones como esa, la Compañía contrataba a actores para que fingieran ser los compañeros de trabajo y los supervisores del fallecido.
Y eran ellos quienes asistían al funeral y presentaban sus respetos en casa de los familiares.
Joe no se creía que pudieran llegar tan lejos, pero sí era consciente de que todos los que trabajaban con Carson tendrían prohibida cualquier comunicación.
Tras una larga pausa llena de expectación, por fin dijo al micrófono: «Si queréis hacer algo, rezad por él».
Y volvió a apagar el intercomunicador. A continuación cogió el walkie-talkie .
—Ahora bajo.
Joe se levantó de la mesa y salió del despacho.