Capítulo 1 #2
Esos ruidos, los sonidos como de asfixia y los gritos agudos que hacían esas criaturas, se le colaban en el subconsciente.
En los primeros meses en ese trabajo, cada vez que oía aullar el viento contra el tejado de su apartamento, a él le parecía el inicio de un grito.
Y, cuando oía el gluglú del desagüe de su baño, medio atascado, el mismo ruido que hacía Bishop cuando se le llenaba la garganta de su propia saliva, Carson esperaba que de la tubería saliera un chillido de intensa agonía.
Con el tiempo consiguió ignorar los ruidos que hacían, aunque nunca logró bloquearlos del todo.
Se convenció de que simplemente eran así.
De hecho, los gemidos y los gritos tenían que ser buenos para los pulmones y los músculos vocales, porque así los mantenían activos.
Y seguro que en algún momento les harían falta.
Ese día, Bishop podía desgañitarse si quería, pero no iba a dejar que eso lo ralentizara. Rebuscó en el carrito y luego se volvió para mirarla. Tenía en la mano izquierda un paquete de toallitas de bebé y en la derecha una bolsa de goteo intravenoso llena de algo que parecía salsa de manzana.
—¿Primero el baño? ¿O la cena? —preguntó.
Bishop siguió moviéndose de lado a lado, panza arriba, mientras daba manotazos en el aire como un gato borracho, ajena a la presencia de Carson.
—Creo que el baño primero —le dijo.
Volvió a meter las cosas en el carrito y lo acercó a Bishop.
—Vamos a hacer un trato tú y yo. Sé que no te gusta esto y a mí tampoco. ¿Por qué vamos a perder el tiempo poniéndote las correas? Vas a ser buena, ¿a que sí? ¿Qué te parece si nos ponemos manos a la obra cuanto antes?
Ella formó con la boca un círculo amplio. Y entonces aulló.
—Totalmente de acuerdo —respondió Carson—. Vale, pues sin correas.
Así podría ahorrarse unos minutos. Sujetarle los brazos y las piernas a las anillas incrustadas en el suelo acolchado era otro de esos procedimientos que allí no tenían mucho sentido.
Tal vez sería una buena idea si estuvieran en una prisión, en una institución de salud mental o en cualquier otro sitio donde los pacientes fueran peligrosos, pero ¿allí?
Esas criaturas eran inofensivas. De hecho, nunca había visto a ninguna de pie.
Se pasaban todo el día rodando por el suelo y agitando los brazos.
Al parecer, dejarles utilizar los músculos en esos movimientos espontáneos hacía que vivieran más tiempo, pero Carson no creía que fueran ni mucho menos peligrosos.
Se agachó a su lado. Con un movimiento decidido que había repetido mil veces, le agarró con una mano la pierna con la que pataleaba y metió la otra debajo de la bata del hospital.
—¿Qué nos vamos a encontrar aquí hoy?
Sacó un grueso pañal de debajo de la bata.
—Oh, qué rico.
Lo lanzó con una mano como en un gancho de baloncesto. El pañal dibujó un arco perfecto en el aire y aterrizó con un sonoro ruido húmedo en la basura de su carrito de pañales.
—¡Dos puntos!
Después volvió a meter la mano, esta vez con la toallita, y la limpió. Utilizó una…, dos…, tres…, cuatro toallitas, hasta que vio que el cuadradito de tejido salía limpio del todo, sin rastro de marrón. Hizo una bola con las toallitas, las metió en una bolsa de plástico y la tiró al cubo de basura.
Después sacó más toallitas del carrito. Agarró con fuerza el brazo derecho de Bishop para que dejara de moverlo. Soltó el cierre que le sujetaba la manopla de protección y se la quitó.
Los dedos que acababa de liberar se estiraron en el aire y después se flexionaron como si fueran garras.
Le limpió todo el brazo, aprovechando para darle un masaje en los músculos. Canturreaba en voz baja para bloquear los gemidos y los gritos ocasionales de Bishop.
Cuando terminó, le soltó el brazo y se desplazó para hacerle lo mismo en la pierna derecha.
Bishop torció la boca.
—No siento nada… Ellos me han hecho esto… Él me ha hecho esto.
Carson la miró, desconcertado.
—¿Qué?
—Él te quiere, Kate… Eres su punto débil…
Durante un segundo, Carson se quedó sentado ahí, sin saber qué hacer. Solo las había oído hablar, es decir, pronunciar palabras y frases de verdad, durante las sesiones de sintonización. El resto del tiempo murmuraban cosas ininteligibles y chillaban.
Al principio pensó que la máscara y el siseo del oxígeno del traje le habían jugado una mala pasada en los oídos.
O que era una broma. Alguien habría colado por ahí un walkie-talkie y fingía que esa era la voz de Bishop; por eso no quiso mostrar una reacción exagerada.
No quería hacer nada que lo convirtiera en blanco de burlas por una broma absurda.
Así que se sentó al lado de Bishop y se puso a limpiarle despacio la pierna, aunque sin apartar la vista de sus labios. Su boca no dejaba de moverse ni de retorcerse. Eran movimientos musculares comunes, aunque eso no hacía que esas sonrisas raras que se le quedaban resultaran menos inquietantes.
Entonces lo vio. La mandíbula, los labios y la lengua de Bishop se movieron, pero no de forma aleatoria. Formaron palabras.
—Sé que lo conoces. Se llama Joe. Joe Gerhard —dijo ella.
No dejaba de mirar a la pared, como si hubiera alguien más en la celda y fuera a esa persona a quien se dirigía.
Carson miró a la cámara que había en un rincón. ¿Habrían oído eso en el centro de control?
Cogió su walkie-talkie del carrito y lo acercó a la capucha.
—Hola, ¿Control? Estoy en la celda de Bishop y está diciendo unas cosas muy raras.
—¿Qué cosas? —preguntó la voz del otro lado.
—Ha dicho que…
Miró a Bishop. En el poco tiempo que había tardado en ir a coger el walkie-talkie , había cambiado de postura por completo.
Ya no se mecía de lado a lado ni sacudía las manos.
Había dejado de mover la cabeza. Parecía atravesarlo con los ojos, como si viera algo en su interior.
Aunque no llegaban a centrarse en la cara de Carson, él notó la mirada.
—Te veo —le dijo a Carson.
Entonces Bishop extendió la mano derecha, que seguía sin el guante de seguridad.
Y con ella le agarró la capucha del traje.
—¡Suéltame! ¡Bishop, suelta! —gritó Carson.
Con un movimiento brusco, ella le arrancó la capucha y la máscara de la cara.
Carson, llevado por el pánico, respiró el aire de la celda. Se levantó y corrió hacia la puerta.
—¡Ayuda! Que alguien me ayu… —Arrastraba las palabras.
Cada bocanada de aire que respiraba convertía sus piernas en gelatina, hasta que cedieron bajo su peso.
Cayó de rodillas. Con toda la fuerza que pudo reunir, logró levantarse.
Pero solo llegó a dar un paso antes de que los músculos dejaran de sostenerlo y acabó de nuevo en el suelo.
Intentó arrastrarse, pero sus manos estaban blandas, como peces muertos, y solo pudo agitarlas.
—Ayudazzzmee…, por favoz… —Intentó llamar la atención de los de fuera.
Solo le salió un susurro porque su boca no era capaz de articular palabras y no tenía suficiente aire en los pulmones para gritar.
Se le nubló la vista.
La oscuridad se cerró sobre él poco a poco por ambos lados hasta que solo le quedó delante un puntito de luz.
Era como si su mundo se hubiera convertido en uno de esos televisores antiguos que mantenían un leve reflejo de la imagen durante un par de segundos después de apagarlos.
Intentó fijarse en esa imagen, utilizarla para concentrarse y actuar con la urgencia que exigía lo que tenía entre manos.
Ya no oía los gemidos de Bishop.
Ni el siseo del aire que atravesaba los conductos.
Lo único que le llegaba a los oídos era un pitido de alta frecuencia continuo, pero que se iba desvaneciendo despacio. Resonó en la oscuridad de su mente, como si, flotando en un mar negro, escuchara la sirena de un barco que se alejaba a gran velocidad.
Hasta que al final…, nada.
Silencio.
Oscuridad.
Durante un momento le pareció que sentía algo en la espalda.
Primero fue como un dolor agudo.
Después, más bien un picor.
A continuación, solo un hormigueo.
Y al final, nada.
Lo que fuera que había tenido en la espalda ya no estaba ahí.
Carson ya estaba a la deriva en ese mar sin sentir, oír ni ver nada.
Cuando Carson quedó tirado en el suelo, Bishop se abalanzó sobre él.
Las sacudidas de sus manos, antes erráticas y casi graciosas, de repente adquirieron un propósito claro y violento.
Se incorporó para sentarse y le clavó las uñas con furia.
La mano que no llevaba guante fue directa a por su traje, una y otra vez, cada vez más rápido, hasta que atravesó la tela con los dedos. Era como un topo haciendo un agujero en la tierra, cavando sin parar. Puso todo su reducido peso en esas manos que no paraban de escarbar.
Arrancó el traje exterior y siguió con la camiseta que llevaba debajo.
Por fin llegó a la carne de su espalda.
Sin reducir el ritmo de las manos, le clavó las uñas y fue arrancando grandes trozos de piel. Rasgaba huesos y órganos.
Sin detenerse.
Perforando.
Haciendo un agujero que atravesaba el cuerpo del hombre.
Unas luces rojas parpadeaban en la celda y en el pasillo.
La gente de fuera chillaba y daba órdenes a gritos.
Pero Bishop siguió con su tarea.
Su cara estaba impasible. Sus ojos se movían sin parar, mirando alrededor, aunque no veían ni se fijaban en nada en particular.
Y seguía ahondando.
Atravesando la piel.
El músculo.
Los tendones.
El hueso.
Escarbó y arañó hasta que llegó al suelo acolchado que había debajo del cuerpo destrozado de Carson.
Y entonces tampoco paró.