Interceptores Capítulo 1
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Capítulo 1

Carson tenía prisa.

Maniobró con el carrito, que era demasiado ancho, por la puerta de acero inoxidable, que era demasiado estrecha. Había poco más de un centímetro de holgura a cada lado del carrito y, además, tenía que levantarlo para pasar por encima del pequeño escalón del umbral.

Se quejaba a menudo de los «contenedores de pañales», como llamaban los enfermeros a sus carritos de trabajo, y decía que había que rediseñarlos para que cumplieran mejor su función.

Tenían que ser más pequeños, ligeros y manejables para esos espacios de trabajo tan reducidos.

Si no tuvieran que pelearse con esas malditas moles cada vez que cruzaban una de las puertas estancas, los celadores se ahorrarían varios minutos en cada ronda.

Aunque fuera poco tiempo, multiplicado por varios días, semanas y meses, se ahorrarían cientos de horas de trabajo. Solo con unos carros nuevos.

Pero, por muy alto que lo dijera, o por mucho que insistiera en los fallos de diseño, no lograba que nada cambiara.

Alguien le dijo una vez que era más fácil conseguir que el Congreso aprobara una ley que lograr que la Compañía diera el visto bueno a un cambio de equipamiento.

Había que realizar estudios, enviar auditores, conseguir la financiación de forma encubierta y, por último, canalizarla a través de varias empresas fantasma.

Era un milagro que alguna vez se hiciera algo, pensó.

Cuando empezó a trabajar allí, dos años antes, Carson asumió que lo hacía en un lugar con recursos ilimitados; solo el proceso de verificación de historial que tuvo que pasar, que duró muchos meses, ya tenía que costar decenas de miles de dólares.

Pero enseguida se dio cuenta de que todo estaba sujeto con alambre y cinta adhesiva, y no por falta de conocimientos tecnológicos, sino porque era más fácil y barato arreglárselas con el alambre y la cinta que con la paralizante burocracia.

Por fin consiguió meter el carrito en la diminuta cámara y dejó que la puerta de acero se cerrara a su espalda.

Hecho eso, tocaba esperar.

Las luces de la pequeña cámara de sellado se encendieron en rojo y parpadearon.

Tras él, la puerta por la que acababa de entrar dejó escapar un siseo, empezó a pitar, emitiendo un ruido que parecía el de un taladro neumático, y la junta se hinchó para asegurar la estanqueidad total entre esa cámara y la instalación principal. El proceso tardaba un minuto.

Carson suspiró mientras esperaba.

Llevaba reloj, pero no podía mirarlo. Lo tenía tapado con la manga de su «traje lunar» azul.

Mientras esperaba a que la entrada se cerrara herméticamente y que la cámara de sellado alcanzara la suficiente presión, siguió su rutina de coger un tubo flexible amarillo enroscado que colgaba del techo y engancharlo al traje.

Con otro siseo, su traje se llenó de oxígeno y se infló con aire a presión hasta que él acabó pareciéndose a un Hombre de Malvavisco azul.

El ruido del aire al entrar en el traje y la capucha ahogaba cualquier otro y lo hacía sentir como si fuera un buzo de aguas profundas.

Pensó que toda esa pantomima era absurda.

En la Planta habían copiado el diseño, el equipamiento y el conjunto de procedimientos de unos laboratorios de bioseguridad de nivel cuatro dedicados al estudio de patógenos susceptibles de utilizarse como arma biológica, como el ébola.

Eran virus muy contagiosos y por eso requerían un nivel extremo de precaución al manipularlos.

Pero no había patógenos así en estas instalaciones.

No se dedicaban a eso.

Los diseñadores habían cogido de aquí y de allá laboratorios, listas de comprobación y procedimientos que no encajaban del todo con la misión del lugar.

Seguramente era más fácil y más barato. Siempre se preguntaba si a los diseñadores les habían dicho con exactitud qué estaban diseñando o si se habían limitado a improvisar.

Muy típico.

Los atajos del pasado le estaban amargando la vida a Carson en el presente. Cada irritante retraso, que no se produciría si alguien de arriba lo escuchara alguna vez, suponía un riesgo de llegar tarde a su cita.

Deseaba con todas sus fuerzas impresionar a la chica con la que había quedado esa noche.

Por su foto de perfil, parecía guapa, mucho más que la mayoría de las que solían responderle, al menos.

Y, por los mensajes que habían intercambiado, daba la sensación de tener una personalidad graciosa y sarcástica.

Demasiado buena para él, sin duda.

Si quería conquistarla, necesitaba lavarse bien antes, lo que implicaba que tenía que acabar su trabajo con margen suficiente para poder desinfectarse y coger el ascensor de las 17.30 a la superficie. Si tenía que esperar al de las 18.00, no le daría tiempo de volver a casa para darse una ducha.

La capucha del traje y la máscara hacían que le sudara la cabeza y se le quedara el pelo grasiento.

Además, siempre salía de la Planta apestando a mierda y a lejía.

Tal vez tenía esos olores siempre metidos en la nariz y ella ni se daría cuenta, pero, por si acaso, quería disponer de un rato para ponerse presentable.

La Compañía no prohibía explícitamente las relaciones sentimentales.

Ni siquiera por internet. Pero el personal siempre andaba murmurando que la Compañía vigilaba y vetaba ese tipo de interacciones.

Él había notado que, a veces, conocía a una chica en una app y enseguida, de forma misteriosa, se interrumpían todas las comunicaciones.

Sabía que el ghosting existía en el mundo real, pero con frecuencia se preguntaba si la mano invisible de la Compañía había revisado el historial de la chica, la había calificado como no apta y había intervenido para impedir que eso siguiera adelante.

Otros empleados habían llegado a elucubrar que la Compañía activaba de forma remota el micrófono de sus teléfonos móviles para espiarlos cuando estaban con su cita.

En ese trabajo no era raro que te llegara una amonestación o sanción un poco vaga, y al final te dabas cuenta de que solo podía derivarse de algún comentario que habías hecho en privado.

Pero Carson no se creía esas historias.

La Compañía no era omnipotente. Si lo fuera, ya habría comprado carritos «contenedores de pañales» más maniobrables para sus empleados. A él más bien le parecían un poco incompetentes. Poderosos, sí, pero también desorganizados, ignorantes y demasiado misteriosos como para ser eficientes.

La luz de la cámara de sellado por fin se puso verde.

Carson desconectó del traje el tubo amarillo de oxígeno y dejó que volviera por su propia inercia a enroscarse en el techo. Se acercó a la segunda puerta de acero inoxidable. Como le habían enseñado, miró por la ventanita cuadrada de cristal para comprobar la celda antes de entrar.

En el interior todo parecía estar en orden. No había peligros ni amenazas inminentes.

Acercó su tarjeta a la consola que había junto a la puerta, que se desbloqueó con un fuerte chasquido.

Giró la manilla y abrió la puerta estanca. Tuvo que pelear un poco con ella porque la diferencia de presión del aire la empujaba y la volvía a cerrar.

La dejó abierta, agarró el carrito y maniobró para meterlo dentro.

Entró él también e inspeccionó el espacio.

Cerca de la puerta había un ventanal alargado que daba al pasillo, donde otros trabajadores estaban ocupados con sus tareas y empujaban los carritos contenedores de pañales en sus rondas por las demás habitaciones.

De vez en cuando pasaba un guardia armado que estaba de patrulla.

Ninguno de ellos prestó atención a Carson porque estaban concentrados en su trabajo.

Cuando la puerta se cerró y quedó sellada tras él, se enganchó otro tubo de oxígeno.

El siseo del gas volvió a saturarle los oídos.

Cruzó el espacio. Sus botas dejaban leves impresiones en el suelo blanco acolchado.

Era como caminar sobre una colchoneta de gimnasio.

Cuando empezó en ese trabajo, la combinación del traje voluminoso, el tubo enganchado y el suelo blando hacía que siempre tropezara y trastabillara, pero con el tiempo se había acostumbrado a las peculiaridades de esa tarea.

Miró a la mujer con la bata de hospital que estaba tumbada en el suelo.

—Buenas tardes, Bishop —saludó—. Espero que no te importe que haya venido más pronto de lo habitual. Tengo una cita importante esta noche. Y es un bombón.

Bishop estaba tumbada boca arriba, meciéndose de un lado a otro. Los ojos, muy abiertos, le sobresalían en la cabeza afeitada. No parecía tenerlos fijos en nada en particular. Tampoco es que fuera capaz de hacerlo. No veía nada.

Las manos, enfundadas en unas manoplas protectoras parecidas a las de cocina, se movían, se sacudían y arañaban el aire. De vez en cuando se llevaba la mano a la cara y se tocaba la mejilla y después los ojos, pero un segundo después la desplazaba hacia otro lugar.

En ocasiones movía la boca, la abría y la cerraba, en un movimiento a caballo entre la intención de formar alguna palabra y la de morder con fuerza.

De su garganta salió un suave gemido. Se le quedó como atascado en los labios durante unos segundos y después aumentó deprisa de intensidad hasta transformarse en un alarido desgarrador y agónico.

Era el tipo de sonido que Carson se imaginaba que haría una banshee .

Un segundo después, tan rápido como había aumentado, se apagó hasta convertirse en un leve quejido.

Esos ruidos solían alterar mucho a Carson, aunque se hubiera reído de ellos durante las jornadas de orientación del personal.

Incluso imitó esos gritos quejumbrosos unas cuantas veces durante la hora de la comida.

El jefe del departamento le había echado la bronca por hacerlo y también había registrado la amonestación por escrito.

Pero ninguno de sus potenciales futuros empleadores llegaría a verla.

Desaparecería en el mismo vacío que todos los papeles, emails o manuales de instrucciones que había en ese lugar y que nadie volvería a ver ni a citar siquiera.