Interceptores Prólogo
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Interceptores

Interceptores

Por T. J. Payne

© inepub.com

Prólogo

No veo nada.

Solo oscuridad.

Aunque, cuando no hay otra cosa con la que compararla, ¿se puede decir que esa negrura total es oscuridad? ¿O más bien… la nada?

Tampoco siento nada.

Es posible que esté tumbada.

Pero no noto el suelo duro contra la espalda.

Y puede que esté vestida.

Pero no percibo las fibras de las prendas rozándome la piel.

Mi mente le dice a una pierna que se mueva.

Pero no sé si esa extremidad recibe el mensaje.

Mi mente le dice a un brazo que se levante.

Aunque mi cerebro pone todo su empeño, no sé si mis músculos responden. Tal vez tengo el brazo en alto, porque ha obedecido la orden de mi cerebro, pero no hay forma de saberlo.

Mi mente le dice a la mano que me toque la cara.

Quizá lo hace.

O quizá no.

A continuación le pido a la mano que me dé un golpe en la cara, una buena bofetada.

Nada.

Le mando que estire los dedos y me clave las uñas en la mejilla.

Que rasque. Que las hunda con fuerza. Que arranque la piel. Que encuentre las terminaciones nerviosas y tire de ellas. Que aparte músculos y tendones hasta llegar al hueso. El de la mandíbula. O el del pómulo. Cualquiera. Que encuentre algo.

Dedos, envolved el hueso, exijo.

Y ahora arrancadlo.

Tirad.

Seguid tirando.

Provocadme un dolor que sí pueda notar.

Que me demuestre que estoy viva.

Pero sigo sin sentir nada.

Dedos, palpad la cara, continúo. Encontrad los ojos. Y apretad. Hundíos hasta el fondo. Intentad alcanzar la pupila, los nervios. Profundizad hasta que despertéis alguna respuesta sensorial.

Quizá la mano me está obedeciendo. Tal vez está hurgando en la carne de mi cara como un topo que escarba en la tierra. Tal vez ya está arrancando trozos a puñados y lanzándolos por todas partes.

No lo sé.

Puede que jamás lo sepa.

Grito. No por el dolor, sino porque mis oídos no oyen lo que sale de mi boca. Así que grito más fuerte. No dejo de hacerlo. Me animo a chillar en cualquier tono o frecuencia que sea capaz de penetrar en mis oídos inútiles.

Pero sigo sin oír nada.

Es posible que ni siquiera haya gritado. O que continúe igual, que no haya dejado de hacerlo.

Ni siquiera oigo ese rumor casi imperceptible de las habitaciones silenciosas. Ni el latido del corazón en mis oídos ni el aire que me atraviesa la nariz para llegar a los pulmones. Tampoco siento nada.

A ratos me preocupa que sea porque no respiro, que me esté asfixiando.

Entro en pánico. Creo que boqueo en busca de aire, pero no hay forma de saber cómo responde mi cuerpo porque no puedo confirmarle a mi mente que sí, que sigo viva y respirando, que introduzco aire en los pulmones y la sangre corre por mis venas.

No sé cuánto tiempo llevo ahí, así, sin sentir nada. Ya no estoy encadenada a conceptos como el espacio y el tiempo. Recuerdo que soy alguien. O lo fui. Pero no sé quién.

Es más fácil olvidarlo. Es menos doloroso.

Me he aferrado a los recuerdos todo lo que he podido porque eran lo único que había en mi mente. Aunque no eran tangibles, eran reales, algo que podía imaginarme utilizando para encontrarle sentido a quién soy (o era) y a cuál es mi lugar en el mundo.

Pero esos recuerdos se desvanecieron hace mucho.

Solo me acuerdo de que una vez los tuve.

Ahora solo hay oscuridad.

Nada más que oscuridad.

Bueno…

No solo.

Empieza siendo algo difuso, como una única boya a lo lejos, en medio de un mar oscuro.

Solo un puntito de luz que sube y baja. Es pequeño.

Diminuto. Ni siquiera estoy segura de si realmente está ahí.

Tal vez sea solo algo que tengo en el ojo, el eco de un pigmento que mi cerebro no acaba de abandonar.

Después llega un ruido, amortiguado y lejano.

Es como si un tren de sonido viniera hacia mí a una velocidad increíble. Cada vez suena más alto y traquetea dentro de mi cabeza cuando se acerca.

Chillo de nuevo y esta vez sí oigo mis gritos.

El sonido me atraviesa los oídos como un picahielos.

Y entonces esa lucecita minúscula crece de repente, se vuelve fuerte y se descompone en un caleidoscopio de color y movimiento que me llena la visión.

Me hace daño, así que intento cerrar los ojos, pero no puedo.

Estoy acostumbrada a que el cuerpo no responda a las órdenes de mi mente, pero esto es diferente.

Siento que los párpados intentan cerrarse, bloquear esa luz fuerte y penetrante, pero algo los retiene y los obliga a permanecer abiertos.

Cuanto más lo intento, más punzadas de dolor siento.

Me doy cuenta de que tengo los párpados sujetos con unos ganchos.

Ellos me los han puesto ahí.

Me están obligando a mirar.

Noto que me agarran. Sus manos se me clavan en la piel, que primero hormiguea y después late de dolor. Han despertado mis terminaciones nerviosas y el dolor, ardiente y cegador, me recorre la piel, las venas, los músculos, como si un vendaval estuviera avivando un infierno ya abrasador.

Recorro el interior de la boca con la lengua.

Noto el sabor a menta y a bilis, que es demasiado para mí y hace que se me revuelva el estómago.

Siento que mis entrañas se retuercen y se estremecen, y enseguida unas burbujas de un líquido ácido se me escapan por la boca.

Me llega a la nariz un olor desagradable, que se queda ahí pegado e inicia un nuevo ciclo de náuseas.

Ellos están provocando esto.

Me han abierto los ojos para quemármelos con la luz.

Me han abierto los oídos para atravesármelos con el sonido.

Me han abierto los nervios para hacerlos arder.

No sé quiénes son «ellos».

Si me concentro, llego a detectarlos en la periferia de mi visión, aunque me cuesta.

Hay tanta luz que no veo bien. Mi mente registra unos retazos vagos del concepto del infierno.

A veces creo que es ahí donde estoy, torturada por un diablo con una maldad que mi mente alterada no es capaz de comprender.

Pero, cuando mi visión se aclara un poquito, veo que los que juegan conmigo no son monstruos ni demonios.

Son hombres. Y mujeres.

A veces los oigo llamarse por su nombre.

No saben que los escucho. Ni que los entiendo. Ni que recuerdo vagamente el concepto de nombre. De identidad.

Repiten en voz alta un nombre en particular.

«Joe».

«Joe Gerhard».

Él es quien manda en este sitio.

Están a sus órdenes.

Me producen dolor porque él lo manda.

Cuando el dolor termina y vuelvo a la oscuridad, allí es donde busco a Joe Gerhard.

Da igual cuánto tiempo tenga que seguir buscándolo y lo lejos que tenga que ir mi mente para llegar hasta él; voy a encontrar a Joe Gerhard.

Y también a sus seres queridos.

Y los voy a torturar.

Les infligiré dolor.

Y después a él.

A Joe Gerhard. El señor de mi infierno.