Intemporal (Generations 1) Epílogo
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Epílogo

Showithal Terdidy y Doregardo intercambiaron serias mirandas después de que Regis acabara de hablar.

—¿Y cómo se encuentran? —preguntó Doregardo, el líder de los Ponis Risueños, los halflings protectores del Camino del Comercio.

—Catti-brie dice que Drizzt tendría que haber muerto —contestó Regis—. No podía creer que hubiera conseguido derrotar el veneno demoniaco y que no se hubiera desangrado hasta morir. El aguijón de la cola le dio en pleno muslo, justo en el área de la sangre.

Los otros halfling asintieron muy serios.

—Aprendió algunos trucos en Damarra, al parecer —explicó Regis.

—Nuestros amigos Romperrótulas nos han explicado muchas historias sobre los monjes del Monasterio de la Rosa Amarilla —informó Showithal, refiriéndose a una legión halfling que había llegado desde Damarra para unirse a los Ponis Risueños como defensores de Viñas Sangrantes—.

He oído hablar de cosas como la que describes.

—Zaknafein está peor —continuó Regis—. Ha recibido muchas heridas graves.

—Oh, si Drizzt vuelve a perder a su pa… —comenzó a decir Doregardo, pero Regis negó con la cabeza.

—Catti-brie ya lo tiene recuperándose.

—¿Y qué hay del elegante? —preguntó Showithal, con un suspiro de alivio.

—¿Jarlaxle? —repuso Regis con una carcajada—. Ni un rasguño. ¡Nunca un rasguño!

—Ese no es normal, ni siquiera como drow —dijo Doregardo—. Un enemigo peligroso.

—Pero un buen amigo —le aseguró Regis, y los dos soldados asintieron.

—¿Has ido a ver al rey Bruenor? —preguntó Doregardo.

—Tanto a él como a Jarlaxle les ha sentado muy mal la muerte de Athrogate y de Ámbar Gristle O’Maul. A Drizzt también. Había mucha historia entre todos ellos y no los olvidarán rápidamente. Ni tampoco a los demonios y los enanos que los han matado.

—Eso, eso —dijo Doregardo, y todos alzaron su copa en un silencioso tributo.

—Bien, entonces…, ¿cuál es nuestro siguiente movimiento? —preguntó Showithal Terdidy.

—Id a Aguas Profundas y a todas las granjas de alrededor —contestó Regis—. A advertir a la gente y a los señores de Aguas Profundas.

—Entonces, ¿solo al sur?

—Luskan ya lo sabe —explicó Regis.

—¿Y qué hay de Port Llast y las granjas del norte? —inquirió Doregardo.

—Jarlaxle se encargará de avisar por las áreas del norte —respondió Regis—.

Solo tenéis veinte jinetes, y avisar en Aguas Profundas es lo más importante, además de lo más delicado.

Evitad pasar por la región de la ciudad de Neverwinter sea como sea.

Lord Neverember no es de fiar, ni lo es nadie que trabaje para él.

Yo llegaría a decir que él es el mayor problema aquí.

—¿Hemos de decirles eso a los señores de Aguas Profundas? —quiso saber Doregardo.

—¡No! —contestó Regis al instante—. Por eso es tan delicado y por lo que solo os lo encargamos a vosotros y a los vuestros.

No podemos acusar todavía a un notable y poderoso señor de Aguas Profundas como Dagult Neverember solo con las pruebas que hemos encontrado hasta ahora.

Y en todo caso, ¿cómo podemos saber hasta dónde llegan sus alianzas?

Está aliado con la Casa Margaster, eso lo sabemos.

Pero más allá de eso, es mejor suponer que tiene otros amigos poderosos en Aguas Profundas.

»No —continuó—, solo hablamos de los demonios que se han asentado en Thornhold y pedimos a las legiones de Aguas Profundas que no ayuden a destruir esa amenaza.

—Nos has hablado de demonios en la ciudad de Neverwinter y en Bosque Neverwinter, también —le recordó Showithal—. ¿Tampoco quieres que mencionemos eso?

—A su debido tiempo —advirtió Regis—. Comenzamos por Thornhold, luego rodeamos la ciudad de Neverwinter.

Cuando confiemos totalmente en los señores de Aguas Profundas, y nos hayamos enterado de toda la conspiración, les hablaremos de la Casa Margaster y, en su momento, de lord Neverember y su lavado de dinero.

Los dos jinetes se miraron de nuevo y asintieron.

—Como desees, Araña Parrafín —dijo Doregardo—. Mañana al amanecer nos ponemos en marcha hacia Aguas Profundas.

Regis asintió en agradecimiento. Sabía que sus amigos tenían un camino largo y difícil por delante. Sabía que todas las gentes del norte lo tenían.

Brevindon Margaster se hallaba en la proa de la carraca, Foca Blanca , la nave capitana de la flotilla pirata, navegando hacia el norte a lo largo de la Costa de la Espada, bajo los cálidos vientos estivales.

Cien naves lo seguían: balandras, carabelas, carracas e incluso un par de lanchas de remos, incluida una manejada por firbolgs de las islas Moonshae.

Más de dos mil hombres, mujeres, gigantes, goblinoides, incluso una tripulación de gnolls, aprovechaban esos vientos tras él, ansiosos de pillaje.

El noble sonrió. Esta gran armada había sido alquilada por un mínimo de la inmensa fortuna Margaster a un precio mucho menor que cualquier mercenario de los que hubiera oído hablar Brevindon por lo ansiosos que estaba de nuevos pillajes al norte, por encima de Aguas Profundas.

También estaban ansiosos por recuperar Luskan de los poderes secretos que se hallaban detrás de la ascensión de gran capitán Kurth.

—«Te lo dije» —afirmó una voz en la cabeza de Brevindon, la que emanaba del demonio que residía en la filacteria que él llevaba al cuello.

—Es cierto —admitió el hombre—. Y que sepas que la Casa Margaster y lord Neverember nunca lo olvidarán.

—«Tú sabes lo que quiero.»

—Sí, Asbeel.

—«¿Han fabricado mi… nuestra espada?»

Brevindon miró hacia atrás, a estribor, bastante más allá, a una pesada carraca y el humo que salía de su puente elevado.

—Están trabajando en ello —le dijo al demonio—. Larga, retorcida y dentada.

—«¿Y la gema que te di? ¿El adamantino también?»

—Sí, claro —aseguró a su visitante—. Todo se está haciendo de acuerdo con la guía que me ayudaste a escribir.

—«Demasiado grande para ti, mi portador. Pero cuando yo sea libre, ¡verás el poder de esa espada!» —prometió el cambión.

—Me temo que tenemos un problema mayor que lord Neverember —dijo Jarlaxle al rey Bruenor en los aposentos privados del enano, en las profundas entrañas de Gauntlgrym.

Junto al enano, sus dos reinas, Puño y Furia, mascullaron sobre venganza por la muerte de Ámbar Gristle O’Maul, quien había llegado a ser una gran amiga de ellas.

—Quizá, pero llevo ya tiempo queriendo la cabeza de ese —contestó Bruenor, que parecía no oír a Jarlaxle.

—Demonios —intentó el renegado.

—Ya luché con ellos antes.

—Sin duda, pero ¿en tales números? —preguntó el drow—. No he visto tantos demonios en un mismo lugar fuera de la Infraoscuridad o del propio Abismo. Y entre ellos hay demonios mayores que pueden abrir las puertas de los planos inferiores para hacer venir a más esbirros.

Bruenor inclinó la cabeza y miró al drow de reojo.

—Supongo que no me sorprende —masculló.

—¿Sorprende?

—Que hayas estado en el Abismo. Buscando un lugar de vacaciones, ¿no?

Eso hizo sonreír a Jarlaxle, pero no le duró.

—Debemos actuar con presteza o sus números se multiplicarán —advirtió el drow.

—Yo tengo mis propias puertas —replicó Bruenor.

—Y me temo que la vas a necesitar, buen enano —dijo Jarlaxle—. Todas ellas.

—Aguas Profundas no se quedará sentado —aseguró Bruenor—. Todo el norte está en peligro; la última vez que los vi, ¡a los demonios no les importa mucho qué o a quién están matando y comiéndose!

—No sabemos quién en la ciudad está con nosotros y quién con lord Neverember —admitió Jarlaxle, y ofreció un encogimiento de hombros a modo de disculpa.

Sin duda, Bruenor lo entendía. Sí, los señores de Aguas Profundas quizá no toleraran a los demonios en sus tierras y su gran ciudad, pero tampoco les gustaba mucho que los elfos drow controlaran Luskan.

¡Ni que alzaran la Torre de Huéspedes del Arcano de sus escombros, dirigida por un antiguo archimago de Menzoberranzan!

La conocida amistad de Bruenor con Jarlaxle no le había ayudado a conseguir muchos aliados en esa continua rivalidad con lord Dagult Neverember, que, a fin de cuentas, era un señor de Aguas Profundas.

En los meses de la renovación de Gauntlgrym, Bruenor se había sorprendido bastante al descubrir lo aislado que su clan y él habían quedado de los poderes fácticos de la zona.

Supuso que la relación mejoraría con las puertas de teletransporte mágicas funcionando y las mercancías de Mithril Hall, la Ciudadela Adbar y la Ciudadela Felbarr fluyendo a través de Gauntlgrym, por no decir nada de las armas fabricadas por los herreros expertos de Bruenor en la forja alimentada por el primordial de fuego.

Pero eso aún quedaba en el futuro y los demonios estaban en el presente. Y el pasado…

Bueno, el pasado siempre rondaba, y las viejas costumbres, y los viejos prejuicios, eran difíciles de erradicar.

—Quiero matarlo tanto como tú —le confesó Jarlaxle—. Athrogate no era solo amigo tuyo.

—Sí —admitió Bruenor—. Ni Ámbar, lo sé. Para serte sincero, aún no sé cuánto puedo confiar en ti, elfo, en los pequeños asuntos, sobre todo cuando se trata de dinero o magia, ¿eh? Pero cuando comienza la pelea, me alegro de tenerte a mi lado.

Jarlaxle le hizo una reverencia, inclinando el sombrero.

—¿Y qué hay de la ayuda de la torre? —preguntó Bruenor—. A esos magos no les deben de gustar demasiado los demonios que no son suyos para poder jugar.

—Los magos que estén por aquí nos ayudarán, estoy seguro. Y lo necesitaremos, estoy igual de seguro.

Bruenor quería replicar a eso diciendo algo sobre que Jarlaxle nunca había visto realmente la furia desatada del clan Battlehammer.

Pero se guardó esa idea para sí, porque temía que su voz no sonara lo suficientemente convincente.

Athrogate ya no estaba. Ámbar Gristle O’Maul de los O’Maul de Adbar ya no estaba.

Y sus amigos habían regresado cojeando a casa con graves heridas para comunicarle esas noticias.

Temía que el clan Battlehammer estuviera a punto de enzarzarse en la lucha por su propia supervivencia, probablemente incluso peor que la catástrofe de la guerra de la Marca Argéntea.