Intemporal (Generations 1) 24. El poder de la rabia #4
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24. El poder de la rabia #4

Drizzt sintió el pinchazo de una de ellas en el pecho, y creía que llegarían más; y también pensaba que Jarlaxle y su yegua de pesadilla podían estar siendo alcanzados por una docena.

Pero Jarlaxle pasó galopando, a penas herido.

¡Drizzt vio más de una docena de saetas clavadas en su escudo de tela!

Mientras este miraba boquiabierto ese extraño fenómeno, otra saeta voló por delante, dirigida a Zaknafein, pero viró en el aire, como si estuviera siendo dirigida, y se clavó en la barrera de tela de Jarlaxle.

—¿Qué? —boqueó Drizzt, acelerando Andahar para ponerse junto a la yegua.

—Atractor de misiles —contestó Jarlaxle—. También útil para la lluvia.

Pero Drizzt no captó la absurdidad de esa afirmación, porque estaba mirando a su padre, por delante, que cargaba a toda velocidad hacia la puerta exterior cerrada y hacia un enorme glabrezu que le bloqueaba el paso.

Al acercarse, Zaknafein saltó del lomo de su jabalí salvaje y tocó el suelo, pero quedó directamente de pie, con las espadas en la mano.

El jabalí pasó corriendo entre las largas piernas del glabrezu y fue directo contra la puerta, que se saltó de los goznes y se astilló.

Esa distracción fue suficiente para Zaknafein, que saltó dentro del alcance del demonio de seis brazos, de sus brazos de pinza, dando estocadas y tajos con una brillante exactitud.

—¡Aparta! —gritó Drizzt, y Zaknafein se agachó bajo el barrido una garra y luego saltó hacia la izquierda, evitando una pinza que se cerraba.

El glabrezu comenzó a girarse para perseguirlo, pero se dio cuenta de su destino cuando el largo cuerno de Andahar le traspasó el pecho, y lo empujó hacia atrás, por la puerta.

Mientras el unicornio galopaba, Drizzt le tendió la mano a Zaknafein, que envainó una espada, cogió la mano y se subió detrás de su hijo con suma facilidad. Salieron con Andahar, que resoplaba y sacudía la cabeza para lanzar al demonio muerto a un lado.

Jarlaxle estuvo, de repente, a su lado, con el jabalí infernal por delante, gruñendo enloquecido y marcando el camino entre las piedras.

Una bola de fuego envolvió al trío y un rayo pasó entre ellos, sacudiéndolos. Pero lo resistieron y siguieron corriendo.

Y oyeron el zumbido a su espalda.

—¡Cambio! —dijo Drizzt, y pasó la pierna derecha por encima de Andahar, cabalgando de lado un par de pasos. Luego le cogió la mano izquierda a Zaknafein con su derecha, por encima de su cuerpo.

Drizzt agarró con fuerza Taulmaril, luego se dejó caer al suelo, con Zaknafein que lo ayudaba a girar. Drizzt tocó el suelo y volvió a saltar, pasando la pierna izquierda sobre las ancas de Andahar.

Sentado de espaldas a su padre, quien le agarraba el cinturón por detrás para que no cayera, Drizzt alzó el arco.

Al otro lado del muro, hacia la costa, vio al chasme que agarraba a Athrogate.

El mangual improvisado del enano pasó por encima del demonio mosca y pareció darle en las alas, porque el vuelo del demonio se hizo irregular y luego inexistente.

Drizzt hizo una mueca al ver a su amigo y al demonio cayendo del cielo, perdiéndose de vista entre las rocas de la orilla.

El explorador apartó esa imagen.

El tiempo del lamento llegaría más tarde.

Colocó otra flecha y la disparó, y luego otra y otra, muchas en una rápida sucesión; eran estelas de rayos de plata que volaban alto hacia la bandada de chasme que los perseguía.

La mayoría de sus tiros no daban en el blanco, ya que disparaban botando sobre el veloz unicornio, pero los que hacían diana derribaban al demonio. Inevitablemente, la bandada comenzó a disminuir; incluso con su velocidad aérea, los chasme ganaban poco terreno a las monturas mágicas.

Drizzt quiso gritar a sus compañeros que volvieran para intentar encontrar al caído Athrogate.

Pero cuando el furor de la batalla fue desapareciéndole de los miembros y las venas, se dio cuenta de que estaba más malherido de lo que había pensado, con una saeta clavada en el pecho, varios cortes profundos en los costados, causados por las márilith, y un gran bulto inflamado en la pierna por el pinchazo de la cola venenosa.

Y peor aún, notó que Zaknafein lo iba sujetando cada vez con menos fuerza, hasta que se desplomó a su espalda y solo una rápida reacción por parte de Drizzt impidió que el maestro de armas cayera del unicornio. El sabio Andahar comenzó a reducir la velocidad.

Jarlaxle corrió a su lado.

—¡No pares! —le pidió, y, mientras trotaban, Drizzt se volvió sobre Andahar y Jarlaxle lo ayudó a tumbar a Zaknafein, seminconsciente, sobre la fuerte cruz del unicornio.

Drizzt se agarró a la espesa crin de Andahar y le taloneó los flancos.

Porque realmente no podían parar, ya que los chasme seguían ahí, aunque se retrasaran, y una gran jauría de canes infernales se había unido a la persecución.

Así que galoparon; tres drow en dos monturas mágicas, precedidos de un jabalí infernal sin jinete.

Llegaron a al Camino del Comercio y galoparon por él hacia el norte, y la persecución se mantuvo hasta bien entrada la noche. El trío no se detuvo hasta la mañana siguiente, cuando llegaron al bosque cercano a la ciudad halfling de Viñas Sangrantes.