24. El poder de la rabia #3
Un giro completo, que acabó con un paso hacia la izquierda, colocó a Drizzt justo al lado de Zaknafein y a su oponente, que había seguido su giro separada de su compañera.
Los dos guerreros drow atacaron con fuerza, codo con codo, forzando una retirada.
—¡Es un pasamiento conjurado! —gritó Drizzt al jefe mercenario.
—Bueno, ¿por qué no me lo has dicho antes?
—fue la respuesta de Jarlaxle desde atrás.
Justo un instante después, se le ocurrió una mejor respuesta: una ola de energía mágica ondulada que le recordó a Drizzt la sensación que tenía en la playa cuando la marea se alejaba deprisa.
Las márilith también lo reconocieron, y sisearon y chirriaron y se pisaron la una a la otra tratando de regresar a la abertura de la pared.
Una incluso tiró algunas de sus armas, agarró a un par de demonios menores y se los puso por encima como si tratara de escudarse de piedras que cayeran.
Pero esas piedras no estaban cayendo. Simplemente estaban.
Porque el pasamiento mágico simplemente había hecho desaparecer esas piedras del lugar donde habían estado siempre. Y el conjuro de Jarlaxle para disipar la magia las había vuelto a poner allí donde faltaban.
Cualquier cosa pillada en el área de las piedras que volvían a materializarse fue aplastada hasta convertirse en nada.
Un par de armas repicaron sobre el suelo ante los dos guerreros drow, una de ellas aún agarrada por la mano de un brazo cortado.
La punta de la cola de serpiente de una márilith también había quedado allí, ya no enganchada a nada, pero aún goteando su desagradable veneno.
Y ahí también yacían las mitades superiores de los dos seres menores que había agarrado una de las márilith, destrozados.
Drizzt y Zaknafein retrocedieron jadeando.
—¡Athrogate está… estaba ahí fuera! —gritó Drizzt.
—Entonces, para ahí debemos ir —contestó Jarlaxle—. Llamad a vuestras monturas, los dos.
—No podremos atravesar esa puerta —observó Drizzt, y, ciertamente, la pasta estaba cediendo y parecía que una horda de monstruos estaba a punto de irrumpir en la estancia.
—Nos haremos una puerta —insistió Jarlaxle, con una tensa sonrisa, y lanzó otro pegote pastoso a la puerta de la torre para que resistiera un poco más.
Llamaron a sus monturas y, antes de que Drizzt pudiera hacer más preguntas, Jarlaxle llevó su yegua de pesadilla hasta el otro lado de la estancia, cerca de donde Zaknafein y él habían entrado.
En una mano, sujetaba la extraña tela negra que tanto Drizzt con Zaknafein conocían bien y, en la otra, un juguete nuevo.
Parecía un bastón corto o un cetro, o quizá un banderín hecho de algún metal negro pero cubierto de una tela a rayas rojas y blancas.
—¡Id rápido! —dijo a sus amigos—. ¡Una carrera directa por el patio a por Athrogate, y con él hacia la puerta principal!
Tiró el extraño disco que parecía de tela contra la pared, y este se alargó y se ensanchó durante el vuelo. Cuando aterrizó sobre la superficie de piedra, creó una abertura.
Zaknafein y su jabalí infernal pasaron delante, y Drizzt justo detrás; saltaron al patio, en medio de un enjambre de sorprendidos demonios y de, sobre todo por ese lado, enanos.
Zaknafein parecía más interesado en aplastarlos a todos con su salvaje montura que saltaba y lanzaba llamas, como pequeñas bolas de fuego salpicadas en todas direcciones, desde sus pezuñas resonantes.
Sin ningún tipo de miedo, la montura mágica y su jinete cargaron y dispersaron a los enemigos.
Drizzt vio a Athrogate a la izquierda, cerca del centro del patio, por detrás. Comenzó a gritar a su amigo, pensando en alertar a sus otros dos compañeros mientras, al mismo tiempo, alzaba su arco para ayudar a enano desde lejos.
Pero las palabras se le atragantaron en la garganta y el arco se le fue hacia abajo.
Porque Athrogate fue lanzado al aire, sacudiéndose y gritando, chorreando sangre, atrapado por un demonio chasme.
Ascendía tan rápido que, si Drizzt hubiera conseguido de alguna manera abatir al malvado demonio desde esa distancia y este le soltaba, la caída seguramente hubiera acabado con el ya malherido Athrogate.
—¡Sigue adelante! ¡Sigue adelante! —oyó a Jarlaxle pedirle desde atrás, y al mirar vio al mercenario sacando el agujero de la pared y guardándoselo mientras galopaba con su yegua de pesadilla para alcanzarlos.
Jarlaxle alzó el otro objeto, lo inclinó alejándolo de su cuerpo e hizo algo, quizá decir una palabra mágica o apretar un botón oculto, y la bandera de desenrolló.
Pero no era una bandera, sino un escudo de tela circular, que mantenían abierto una serie de finos palos de metal.
No estaba totalmente perpendicular a la vara que lo sujetaba, pero seguía siendo muy redondo y bastante ancho, con una amplia raya blanca en el perímetro, una raya roja al lado y, luego, una segunda raya blanca que bordeaba un círculo rojo en el medio.
Jarlaxle se lo colocó por encima, sujetándolo con la mano derecha, pero inclinado hacia la izquierda, hacia la masa de enemigos que incluía un contingente de enanos que apuntaba con sus ballestas a los intrusos.
Dispararon todos a la vez; veinte saetas se dirigieron hacia Jarlaxle a toda velocidad y una hacia Drizzt, y más adelante, hacia Zaknafein.