Intemporal (Generations 1) 24. El poder de la rabia #2
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24. El poder de la rabia #2

Sin embargo, el alivio o la satisfacción que el enano pudo haber sentido solo duró un instante, solo hasta que el fuerte pico del vrock lo golpeó en la frente y lo envió de espaldas al suelo.

Una banda de enanos y demonios le saltó encima para acabar con él, para aplastarlo contra la piedra. Quizá solo le quedaban unos segundos para encontrar la muerte.

—¡Ámbar!

Con ese potente aullido, Athrogate consiguió fijar los pies y erguirse de nuevo, sacudiéndose y manoteando para sacarse de encima a sus atacantes.

No podía ver nada debido a la sangre que le manaba de la herida en la frente, pero no le importaba.

—¡Ámbar! —rugía sin parar, y golpeaba y se lanzaba para aquí y para allá, a veces alcanzando un objetivo, más a menudo fallando, y tambaleándose con cada paso incierto.

Notó el frío suelo bajo él y se tendió sobre la piedra, relajando el cuerpo tanto que sintió como si estuviera hundiéndose en la tierra.

También dirigió ahí su consciencia, al instante, sabiendo que cualquier movimiento brusco o giro contra las ardientes llamas de la bola de fuego lo alzaría y lo haría más vulnerable.

De nuevo, en ese momento, el entrenamiento con el gran maestro Kane salvó a Drizzt de sufrir graves heridas, porque la bola de fuego a penas lo tocó.

La cinta helada de su cimitarra hubiera minimizado las llamas, cierto, pero se trataba de una poderosa explosión, y ni siquiera le chamuscó la ropa.

Aunque se sentía complacido consigo mismo por eso, sí que hizo una mueca de dolor cuando se puso en pie, al oír el aullido dolorido de la pobre Guenhwyvar a su izquierda.

Una rápida mirada hacia allí mientras volvía a enfrentarse a las márilith hizo que su mueca se pronunciara.

Guenhwyvar luchaba y se agitaba salvajemente para rechazar a un par de demonios de la puerta.

Pero la valiente pantera, envuelta en llamas, ni siquiera podía verlos.

Seguramente, ¡estaba atacando las ardientes llamas tanto como a los enemigos!

Drizzt supo que tenía que enviarla a su hogar en el Plano Astral, incluso en esa situación desesperada.

Porque las márilith se le acercaban ilesas. Eran criaturas nacidas en el fuego, criaturas del fuego, así que la bola de fuego las había cubierto sin molestarlas en absoluto.

Drizzt detuvo una serie de golpes de la criatura a su izquierda, luego se giró hacia la derecha para desviar una cruel estocada de una lanza corta y, en esa vuelta, consiguió lanzar una mirada, pensando en escapar por el nuevo agujero.

Pero ese agujero había desaparecido.

—Ve a casa, Guen —susurró, sabiendo perfectamente que pronto lo superarían, incluso si de algún modo conseguía contener la furia de las dos márilith.

Había un tono de despedida en la voz de Drizzt, que pensaba que nunca volvería a ver a su querida amiga pantera.

También pensó en sus amigos, en Bruenor, Regis y Wulfgar, y en Jarlaxle, pero sobre todo en Catti-brie y en Zaknafein, y se preguntó si su padre se molestaría siquiera en conocer su hijo o hija.

Sí, pensó en el bebé, su bebé, al que nunca vería.

—¡No! —rugió Drizzt. No podía permitir que eso pasara.

Tenía que encontrar la manera de salir de ahí.

Incluso con el cazador, incluso con su entrenamiento en el Monasterio de la Rosa Amarilla, incluso con todos los trucos y la magia, con su nueva espada de poderosos encantamientos combinados, con su arco letal…

, incluso con todo eso, Drizzt no tenía ninguna posibilidad de vencer.

Pero tampoco de perder, decidió. ¡No podía perder!

Los túneles… Tenía que escapar por los túneles a su espalda, bajar a los retorcidos caminos de las mazmorras.

Pensó en el pobre Athrogate, pero ya no podía ver al barbudo enano ni le oía gritar por Ámbar.

Drizzt pensó que su amigo casi seguro que ya estaría muerto.

Aunque no fuera así, no había ninguna forma de que él pudiera llegar hasta él.

«Te he rescatado solo para llevarte a la muerte», pensó en una silenciosa bendición.

Y, entonces, luchó para asegurarse de no morir él también.

Sus cimitarras eran como una mancha en movimiento, deteniendo a los demonios. Al mismo tiempo, Drizzt flexionó los músculos de la pierna para buscar el veneno, para sentir el veneno y rechazarlo, presionándolo fuera de la herida, negándole un acceso más profundo.

Tenía que marcharse, tenía que darse la vuelta y huir de una vez…

Pero ¿cómo?

Dio un gran tajo con Vidrinath, de izquierda a derecha, con el brazo totalmente extendido para conseguir un poco de espacio de las márilith.

Su intención era volverse y salir corriendo tras ese tajo, pero se sorprendió cuando la hoja fue hacia un lado y una forma oscura que venía del otro lado ¡pasó por encima en un salto mortal!

Antes de que pudiera registrar eso, casi simultáneamente, otra forma llegó desde la misma dirección, una forma aviar que, al principio, hizo pensar a Drizzt que se trataba de otro demonio vrock llegado por el segundo agujero.

Pero la criatura corrió más allá de él, no hacia él, y no le atacó al pasar.

Un instante después, Drizzt ató cabos y entendió que la primera forma oscura que había saltado era Zaknafein, su padre, que en ese momento estaba junto a él, atacando con la espada a la márilith de la izquierda y chasqueando el látigo.

Lo animó el hecho de que ahora fueran dos…

, pero no dos. ¡Tres! Se dio cuenta cuando una ráfaga de dagas mágicas voló sobre él para clavarse en las hermanas demonio.

Pero ni siquiera tres era cierto del todo, porque ese montón de plumas pertenecía a un pájaro gigante; no a un demonio vrock, sino a un enorme diatryma llamado por la pluma del sombrero de Jarlaxle.

La mascota mágica se enfrentó a la carga del vrock ante la puerta que antes había guardado Guenhwyvar y los poderosos picos chocharon con un resonante crujido.

Todo había pasado muy rápido, en un mero instante, pero esa distracción podría haber sido el fin de Drizzt si Zaknafein no hubiera manejado la espada y el látigo con tanta destreza ante su hijo, haciendo retroceder a la márilith más cercana, y si Jarlaxle no hubiera enviado volando esas dagas desde su brazal mágico, que ¡nunca parecía quedarse sin munición!

Se concentró para recuperar la disciplina del cazador e intentó encontrar un ritmo con Zaknafein, sintiendo los movimientos del maestro de armas a su lado, buscando un estilo complementario. En un momento, ambos ya luchaban casi como si fueran uno.

¡Le resultaba muy natural! A los dos; lo vio cuando la armonía se estableció enseguida en sus movimientos, como si los últimos doscientos años no hubieran pasado, como si estuvieran luchando codo con codo exactamente igual que cuando habían entrenado en la Casa Do’Urden en Menzoberranzan.

Una bola de fuego voló por la puerta abierta, y tanto el vrock como el pájaro de Jarlaxle chillaron, pero el vrock, a diferencia del pájaro, no se quedó parado ni sorprendido; empleó esa distracción para clavarle el pico en el cráneo al diatryma, y lo mató al instante.

—¡Jarlaxle, la puerta! —gritó Drizzt, que aún hacia movimientos defensivos con las cimitarras, desviando la presión del ataque continuo de las márilith.

Bloqueaba con las espadas en ángulo hacia arriba con movimientos cortos, parando y parando hasta que vio una apertura; entonces, de repente llevó Muerte Helada hacia abajo y por fuera, luego hacia arriba al otro lado, y luego de nuevo hacia abajo sobre los brazos de la márilith.

Eso la obligó a bajar los miembros superiores, a bajar más y a retroceder reptando; pero no lo suficientemente rápido, porque el látigo de Zaknafein restalló por encima del brazo en descenso de Drizzt. Entonces, le hizo un corte sobre los ojos a la demonio, forzándola a retroceder aún más.

—Un pasamiento —explicó Drizzt en voz baja—.

¡Envíalos hacia él! —miró hacia la izquierda, esperándose un montón de monstruos desde la puerta abierta, pero no debería haber dudado de Jarlaxle.

La respuesta del jefe mercenario había llegado en forma de un pegote volador de masa pegajosa verde, que cayó sobre el vrock, lo tiró fuera del umbral, y lo apartó de la hoja de la puerta.

Le siguió un segundo pegote que selló aún más la puerta, aunque seguramente no aguantaría mucho…

—¡Empújalos! —dijo Zaknafein a Drizzt, quien de repente presionó hacia delante, un movimiento obvio, porque otros monstruos estaban tratando de entrar por la abertura detrás de las gemelas márilith.

Hizo restallar el látigo tres veces en una rápida sucesión para conseguir que ambas márilith se apoyaran sobre sus colas de serpiente.

Luego, enrolló el látigo con mucha habilidad, se lo colgó del cinturón y desenvainó su segunda espada, demasiado deprisa para que la demonio que tenía delante pudiera sacar alguna ventaja de ese cambio.

Ahora dos espadas y dos cimitarras resonaban contra la furia de una docena de armas demoniacas, con Drizzt y Zaknafein que peleaban como si fueran uno.

Drizzt lanzó una estoca con Vidrinath a la demonio que su padre tenía delante, y cuando esa márilith envió dos hojas para bloquearla, Zaknafein llevó su espada derecha hacia la parte interior de los brazos que aquella separaba del cuerpo.

Uno de ellos estaba demasiado lejos para alcanzarlo, pero la hoja del maestro de armas se hundió en el otro antebrazo.

La márilith aulló de dolor y dejó caer su arma.

Sin detenerse, Zaknafein movió ambas espadas hacia abajo para ir por debajo del predecible tajo hacia delante de las armas que la márilith sujetaba con los dos brazos buenos que le quedaban por ese lado, su izquierdo.

Luego, Zaknafein retrajo sus espadas hacia el otro lado, forzando bloqueos a contramano, que alejaron a la demonio ligeramente de su compañera.

En ese mismo momento, Drizzt lanzó un potente tajo con Vidrinath, no para alcanzar a su oponente, sino para forzar a la márilith que tenía frente a él a seguir la hoja.