Intemporal (Generations 1) 24. El poder de la rabia
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24. El poder de la rabia

E L PODER DE LA RABIA

—No pueden atravesar eso —se lamentó Jarlaxle mirando hacia el patio, que estaba plagado de demonios de todos los tamaños y formas, y con docenas de enanos, apiñados, seguramente más por temor a sus propios aliados que por lo que fuera que estuviera causando tal alboroto justo en el interior de la torre, pero que aun así se interponían entre Drizzt y la libertad.

Zaknafein estuvo a punto de saltar el parapeto, pero Jarlaxle lo cogió del brazo.

—¡Tú tampoco puedes atravesar eso!

—No voy a ver morir a mi hijo —replicó Zaknafein, y se soltó el brazo.

—¡La mitad del condenado Abismo está aquí! —susurró Jarlaxle, brusco.

—¡No voy a ver morir a mi hijo!

Jarlaxle observó el rostro de su compañero, cuyos ojos no parpadearon, y el jefe mercenario ni siquiera trató de cogerle por el brazo de nuevo.

Ese era el hombre que se había colocado voluntariamente sobre el altar sacrificial de la Matrona Malicia y había aceptado que le clavara su daga en el corazón por el bien de Drizzt.

Ese era el hombre que, como un no-muerto, se había resistido al zin-carla, quizá el único que se había resistido a la servidumbre de ese conjuro y había saltado dentro del ácido en vez de matar a Drizzt.

—Saca tu juguete tornado —dijo Zaknafein.

Jarlaxle negó con la cabeza. Había exigido demasiado al objeto mágico y a este le quedaba muy poco, si algo, que ofrecer. Pero, claro, él era Jarlaxle. Tenía otros juguetes.

—Necesitamos un plan —signó Jarlaxle con los dedos.

—Tengo uno.

—¿Cuál?

—Matar cosas —le contestó Zaknafein con los dedos, y avanzó por la muralla hacia la distante puerta de la torre.

Se detuvo y contuvo un grito, igual que Jarlaxle, cuando esta saltó por los aires, reventada por un criatura demoniaca parecida a un cerdo, que salió volando, agitándose y chillando mientras rebotaba entre los monstruos que esperaban, y donde más de uno lo pateó, lo mordió y lo apuñaló.

Detrás del cerdo volador salió un enano con cara de loco, rugiendo y gritando, aplastando todo lo que se le ponía cerca con una enorme maza. Hacía rodar un bloque de piedra aún mayor en el extremo de una cadena oxidada. Sin miedo, el enano se lanzó contra la reunión de demonios.

Un gigantesco nálfeshni tumbó al enano de un porrazo, pero este se puso en pie antes de que la bestia pudiera pisotearlo. Saltó y corrió entre las piernas del demonio y, de paso, lo mordió en el muslo.

Por otro lado, un glabrezu cerró sus pinzas sobre él y el enano aceptó voluntariamente su ataque a cambio de plantarle la maza directamente en el cráneo, y aplastárselo.

Soltándose, blandiendo sus armas salvajemente, pateando y girando, consiguió liberarse de la melé y corrió hacia un punto abierto; allí encontró a tres enanos que lo esperaban con las ballestas en ristre.

Drizzt trató de mantenerse cerca de Athrogate, pero el enano simplemente apartó a los monstruos sin pensar que lo perseguían.

Drizzt acababa sus enfrentamientos con más cuidado; acuchillaba o mutilaba a monstruos y enanos por igual, y luego saltaba más allá para seguir a su amigo.

Cuando consiguió ver la puerta del patio, esta se hallaba reventada.

Pudo seguir con la mirada el camino de la masacre hasta Athrogate, quien en ese momento lanzaba a un enano por el aire con el extremo de su mangual improvisado.

Athrogate pisoteó a un segundo enano que yacía caído ante él y luego siguió cargando hacia delante. Pero, se detuvo para golpear hacia la derecha, con ambas manos en Rompecráneos, estrellando el arma sobre los hombros de un can infernal, que cayó con las patas abiertas y plano sobre el suelo.

—Oh, amigo —murmuró Drizzt al ver a Athrogate, que tenía una saeta de ballesta clavada en la mejilla y otras dos en el pecho.

La sangre le caía a chorros, y aunque Drizzt sabía que el cinturón le proporcionaba la fuerza, estaba seguro de que Athrogate seguiría avanzando por el furor de su propia rabia aun si perdía el cinturón mágico.

Pero no tuvo tiempo de contemplarlo mucho, porque un segundo can infernal lanzó el cono de fuego de su aliento contra el enano. No se sorprendió al ver que Athrogate seguía corriendo y rugiendo, con llamas que le salían de la ropa.

—¡Guenhwyvar, te necesito otra vez! —llamó Drizzt, y se detuvo lo justo para que la neblina gris comenzara a solidificarse antes de salir por la puerta y lanzarse a la contienda.

Al instante, llegaron enemigos de todas partes. Espadas, martillos, garras, picos, incluso una cola látigo de un demonio con pinta de lagarto; todo llovió sobre Drizzt antes de que hubiera podido dar tres pasos desde la puerta, mientras el camino entre Athrogate y él se cerraba rápidamente

No podía pensar en ello, con todo lo que estaba recibiendo.

Saltó, se agachó, esquivó y movió las espadas en unas series mareantes de bloqueos, desvíos y fintas, pero tuvo que retroceder, paso a paso, hacia la puerta.

Se fijó en un demonio grande que comenzaba a lanzar un conjuro mágico, con rayos que le crepitaban entre los dedos largos y con garras.

Sin ninguna posibilidad a la vista, Drizzt volvió a entrar en la torre y se tiró a un lado, justo antes de que un tremendo rayo hiciera saltar lo que quedaba de la puerta de sus goznes y la lanzara hasta la otra punta de la sala junto con la mitad del marco.

Los enemigos fueron entrando rápidamente y, entonces, Drizzt los asaltó desde el lado. Atacando siempre al primer enano o demonio para que no pudieran rodearlo.

No tuvo que contenerlos durante mucho rato, porque cuando un par de enanos entraron y se fueron hacia la derecha para alejarse de Drizzt, una pantera saltó sobre ellos y los aplastó y, luego, saltó desde ellos hasta el pecho de un vrock que iba justo detrás de la pareja.

Drizzt hizo rodar sus espadas y las enfundó para sacar Taulmaril de su hebilla mágica. Con Guenhwyvar que mantenía la vanguardia y él que disparaba por encima de ella, se atrevió a creer que llegaría junto a Athrogate.

Pero, entonces, de nuevo estaba tambaleándose, cayendo de repente, porque el muro a su lado, la pared a la derecha de la puerta, simplemente había desaparecido, ¡desvanecido!

Durante ese único tambaleo, el ágil drow guardó el arco y desenvainó de nuevo las cimitarras mientras se volvía para enfrentase a esa abertura nueva y grande, pensando que una nueva oleada de enemigos simplemente lo enterraría ahí mismo.

Pero solo dos fueron a por él, aunque ¡como si fueran una docena!

Drizzt conocía bien a esos demonios y ya había derrotado a su tocaya en la batalla por Gauntlgrym.

De casi tres metros de alto, esas criaturas parecidas a las naga eran medio mujer hermosa, medio serpiente; tenían una cola con un aguijón envenenado y seis brazos, cada uno blandiendo un arma de gran poder mágico.

Una docena de adornos y collares repicaban en cada una de ellas mientras avanzaba, hombro con hombro, con una expresión de intenso odio.

Era evidente que conocían a su presa tan bien como él a ellas.

Sabían que era el drow que había derrotado a Márilith, la mayor de su grupo.

—¡Aguanta la puerta! —pidió Drizzt a Guenhwyvar, y el drow trató de contener la brecha de la pared, abierta por un pasamiento mágico que esperaba que no durara mucho.

Si podía mantener a las demonios justo detrás de la línea de la pared que ya no estaba, cuando el conjuro pasara y la piedra regresara…

Inmediatamente, supo que sus esfuerzos no serían suficientes.

Se hundió en su trance guerrero más profundo, cediendo totalmente a sus instintos, sintiendo, oyendo y oliendo el flujo de la batalla y dejando que su yo primordial, el guerrero más puro al que llamaba el cazador, tomara el control.

Y, entonces, con el beneficio añadido del equilibrio y las técnicas que había aprendido del gran maestro Kane, se sintió más capaz y seguro como guerrero de lo que lo había hecho en toda su vida.

Pero cada una de las márilith podía atacarle de siete maneras, y esas demonios mayores se conocían muy bien y funcionaban perfectamente juntas. Y a pesar toda la velocidad y la belleza de su danza, Drizzt no podía llegar a todo.

Lo alcanzaron. Lo alcanzaron de nuevo. Una cola le pinchó en el muslo, justo antes de que pudiera retroceder esa pierna, e inmediatamente noto el ardor del veneno.

—¡Pagarás por el destierro de las márilith, Drizzt Do’Urden! —siseó una de las demonios con seis brazos.

Y las dos atacaron furiosamente, doce armas que lanzaban estocadas y tajos y forzaban a Drizzt a cojear hacia atrás.

Por el rabillo del ojo, vio que desaparecía otra parte de la pared y otro agujero aparecía; la idea de escapar por ahí antes de que todo se llenara de enemigos se le ocurrió, pero solo por un instante, porque una enorme bola de fuego cayó sobre él y las márilith.

Había perdido charcos de sangre, tenía la piel rajada en más de una docena de lugares y podía notar la punta metálica de dos saetas de ballesta que le rasgaban por dentro y le arañaban las costillas a cada respiración.

Pero Athrogate no iba a parar. Siguió atacando, barriendo con su mangual improvisado y rompiendo cráneos con la maza, cuyo nombre indicaba justamente eso, mientras dejaba atrás una estela de enemigos destrozados.

Oyó el zumbido cerca de él mientras se acercaba a otro demonio vrock más, y, por tanto, no estaba completamente desprevenido cuando agitó la piedra del mangual en lo alto y encontró que se la había agarrado uno de esos horribles demonios chasme.

Este trató de arrancársela, y casi lo logró, pero el enano dio un poderoso tirón con el brazo del grillete y arrastró al demonio hasta tenerlo frente a él.

Entonces, este se le enfrentó y le pinchó con su larga probóscide.

Athrogate también lo hizo, pero con una poderosa maza.

Rompecráneos envió de lado ese apéndice y chafó el bulboso rostro humano de la abominación medio hombre medio mosca.

El mangual cayó de las manos del chasme mientras el demonio volaba lejos de Athrogate y rebotaba en el suelo.