Intemporal (Generations 1) Epílogo #2
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Epílogo #2

Y muy pronto descubriría que estaba subestimando a sus enemigos.

—Va a ir a peor —dijo Ash’ala Melarn a Kimmuriel Oblodra, sus últimas palabras mientras el psiónico se volvía insustancial y atravesaba la pared del corredor de la Infraoscuridad donde se habían reunido en secreto.

Gran parte de Ash’ala quería ir con él. Su futuro en Menzoberranzan no pintaba bien.

Había sido la embajadora de su casa tanto ante la banda mercenaria de Jarlaxle, Bregan D’aerthe, como la Casa Xorlarrin, pero la Casa Xorlarrin ya no existía, o si pronto volvería a existir, sería en el lugar de la desaparecida Casa Do’Urden, bajo la influencia de la Casa Baenre y aliada con ella.

¡Pero la Casa Melarn, que había atacado abiertamente a la Casa Do’Urden, ya no tenía el favor de los Xorlarrin, y menos aún el de los Baenre!

Y estos eran, además, los grandes protectores de Bregan D’aerthe.

¿Dónde dejaba todo eso a Ash’ala? Era la tercera hija de la primera sacerdotisa, Kyrnill.

Antes, sus perspectivas hubieran sido brillantes, porque Kyrnill era entonces la Matrona Kyrnill Kenafin.

Pero esas perspectivas ya no eran buenas.

Zhindia Horlbar era ahora su matrona; su control nunca había sido mayor y el lugar de Kyrnill nunca había sido menos importante.

O menos estable. Si Kyrnill caía, sus hijas se encontrarían a merced de Zhindia.

Y esta, Ash’ala lo sabía bien, nunca había contado con esa particular cualidad.

A punto estuvo de llamar de nuevo al psiónico para rogarle que la llevara con él y unirse a Jarlaxle.

Pero no lo hizo, sobre todo porque sabía que Kimmuriel no lo aceptaría.

Ella era más valiosa para Bregan D’aerthe donde estaba, sentada junto a las poderosas de la Casa Melarn, de lo que lo sería como un miembro más de la banda mercenaria.

Así que suspiró y regresó a la ciudad y a la Casa Melarn.

Apenas se hallaba ante la puerta de entrada cuando un centinela le informó de que la matrona la estaba buscando por un asunto urgente.

Corrió por la casa, un poco preocupada, y encontró a la Matrona Zhindia en sus aposentos, sentada en una cómoda silla junto a la primera sacerdotisa Kyrnill.

—Me han dicho que querías verme —dijo, haciendo una respetuosa reverencia—. Tengo un poco más de información sobre los planes de la Matrona Zeerith Xorla…

—Ah, ¿sí? —la interrumpió la Matrona Zhindia, que parecía muy divertida, lo que, naturalmente, le puso los pelos de punta a Ash’ala.

Sus temores se convirtieron en una horrible realidad un momento después, cuando un cuarteto de guardias, incluido el mago de la casa, entró por la puerta lateral con un disco flotante, ¡sobre el que yacía Kimmuriel Oblodra, sujeto con bandas de energía por las muñecas, los tobillos, la cintura y el cuello!

Una sujeción más, una viviente, mucho más horrible y desagradable, mantenía al psiónico controlado, porque detrás del disco había un ilícido, con dos de sus tentáculos de pulpo metidos en la nariz de Kimmuriel.

—Mi matrona… —comenzó Ash’ala.

—Ni te molestes en hablar —le interrumpió la Matrona Zhindia—.

Lo sabemos todo, y, si hay algo más que saber, mi amigo azotamentes simplemente te lo sacará —hizo un gesto hacia la puerta abierta y entraron en la sala las demás sacerdotisas de la Casa Melarn, compañeras de Ash’ala.

La rodearon y la condujeron a otra habitación, y la joven notó que le flaqueaban las rodillas cuando llegaron a ese lugar.

Era una pequeña estancia donde solo había un objeto: una gran bañera de metal, llena de agua. Un apoyabrazos se extendía a cada lado de la bañera, completo con correas y acabado en un aplastapulgares.

—No, no, no —rogó Ash’ala, y las piernas le fallaron. Sus hermanas la agarraron antes de que se diera contra el suelo y la desnudaron sujetándola.

Luego la arrastraron hasta meterla en la bañera y le ataron los brazos, uno a cada lado.

La Matrona Zhindia y la madre de Ash’ala entraron en ese momento y Zhindia miró a Kyrnill, haciendo un gesto.

—Tú debes cerrar los aplastapulgares, primera sacerdotisa, para demostrar que tu devoción a Lloth está por encima de tu familia.

Ash’ala pudo ver el dolor en el rostro de su madre mientras le metía los dedos y apretaba las tuercas, pero ese dolor se juntaba con cierta indignación porque la estúpida de Ash’ala la hubiera colocado en esa posición.

Y así, cuando Kyrnill apretó los tronillos, no mostró ninguna piedad y le chafó los dedos a Ash’ala en la presa brutal.

Mientras eso ocurría, otras comenzaron a pintarle la cara y el cuello con leche de rothé y miel, una mezcla dulce y pegajosa.

Luego, se apartaron todas y dejaron a Ash’ala sollozando mientras la Matrona Zhindia se inclinaba sobre ella para mirarle a la cara.

—No temas, niña, porque te alimentaremos bien —dijo—. Y yo misma te traeré las moscas.

Ash’ala comenzó a rogar y a gemir, a tirar y a forzar las correas que le sujetaban los brazos.

Pero Zhindia simplemente se rio y apretó uno de los aplastapulgares para sacarle un grito de absoluta agonía.

—Traed al ilícido para que pueda extraer todo lo que necesitamos de la mente de esta —ordenó la Matrona Zhindia a una de las otras, y enseguida se volvió de nuevo hacia Ash’ala y le dio otra dolorosa vuelta a los aplastapulgares—.

El dolor te dice que estás viva, niña —susurró a la gimiente Ash’ala al oído—.

Eso es bueno. Verás, quiero que disfrutes de las muchas comidas que te daremos.

Quiero que estés viva cuando las moscas se alimenten de la leche y la miel.

Quiero que estés viva cuando yazcas en esta bañera en medio de tus propios excrementos.

Quiero que estés viva cuando las larvas nazcan en la mierda que te rodee, que puedas sentir cada mordedura y cada movimiento durante los días que tarden en devorarte.

No podía abrir los ojos, pero oía un sonido, distante, y no tardó en comprender que era una voz. Conocía el idioma, pero no bien.

—¡Me otorgas conjuros de sanación! ¿Por qué? —la hablante dijo en una voz melodiosa y hermosa—. ¡Son tus enemigos! ¿Es tu mayor cualidad la impredecibilidad?

No entendió las siguientes palabras. Eran en el mismo idioma, pensó, dadas las inflexiones y el sonido de las consonantes, pero, de algún modo, parecían más antiguas.

Entonces, sintió el calor cuando una ola curativa lo cubrió, dirigida a su antebrazo, y solo entonces, el tipo destrozado se dio cuenta del intenso dolor que sentía en esa zona.

—¡Te he traicionado! —dijo la voz, que acabó en una risa como impotente.

Él consiguió abrir un poco un ojo, casi sin poder enfocar la mirada, y vio a una hermosa mujer drow sobre él. Intentó llamarla por su nombre, o por el de quien él creía que ella era, pero no encontró aliento para hacer que la palabra fuera audible.

—Robé a Zaknafein de la eternidad para entregárselo al herético que te negó y sin embargo, ¡me concedes conjuros! —dijo ella, meneado la cabeza con su espeso pelo blanco que iba de aquí para allí—. ¡Y me concedes conjuros curativos para estos, tus enemigos!

—¿De qué hablas? —consiguió preguntar Athrogate.

Ella bajó hacia él unos ojos de color púrpura.

—Descansa tranquilo. Deberías estar muerto. Tenías un pie en la tumba.

No podría haberse resistido a esa sugerencia aunque hubiera querido, porque a pesar de la curación que ella le había aplicado, concedida por cual fuera la deidad a la que había invocado, no podía negar un gran cansancio, uno, sin duda, bien cercano a la muerte.