22. La fuerza de la rabia #5
—¡Esa trampilla! —indicó Drizzt, señalando hacia arriba—.
Hay muchos ahí arriba, incluidos los responsables de que estés aquí abajo —dejó la enorme maza en el suelo, fue hacia Athrogate y se sacó una ganzúa de la manga, otro regalo del tiempo pasado en el Monasterio de la Rosa Amarilla.
Con ella abrió la rudimentaria cerradura.
El grillete cayó y Drizzt fue a por el otro, pero Athrogate le apartó el brazo.
—¡Oh, no, no! —dijo; cogió la enorme maza de Ámbar con la mano derecha y la movió como si no pesara más que una pluma—.
¡Llévame al otro lado de la puerta, elfo!
—dijo. Sonó tanto a petición como a amenaza, un tono que hizo pensar a Drizzt que, si no lo hacía, el enano lo lanzaría al aire para romper esa puerta con él.
Drizzt escaló hábilmente por la pared hasta la repisa, justo debajo de la trampilla. Oyó ruido más allá, así que levantó cuidadosamente la puerta hasta abrirla, pero la cerró inmediatamente. Se giró hacia Athrogate, que se removía ansioso, y se llevó un dedo a los labios.
—Muchos —dijo sin voz.
Athrogate señaló enfáticamente la trampilla y luego se pasó la maza a la misma mano del mangual improvisado.
Saltó hacia arriba e intentó agarrarse a la repisa en la que estaba arrodillado Drizzt, pero se quedó corto.
Saltó de nuevo, esta vez lanzando el pesado bloque de piedra por encima de la repisa.
Incapaz de evitar esa acción, Drizzt agarró al enano con su mano libre y lo ayudó a subir, pero le hizo señas de que guardara silencio.
No tuvo suerte.
En cuanto Athrogate tuvo los pies en la repisa, saltó de nuevo, a por la puerta, y la atravesó; se agarró al suelo de encima y se alzó hasta la cintura.
Drizzt oyó la reacción de arriba y se dispuso a empujar al enano, porque no había vuelta atrás.
Pero cuando cogió a Athrogate por los pies, una sacudida le hizo perder el equilibrio y tuvo que saltar de nuevo hasta el suelo.
Consiguió mirar arriba a tiempo de ver que una gran pinza agarraba a Athrogate y tiraba de él hacia arriba.
El drow tuvo un momento de indecisión. Sin duda, Athrogate estaba condenado, por tanto: ¿debía subir y lanzarse a la lucha y, seguramente, a la muerte? Por un momento pensó en huir por los túneles, esconderse y salir después sigilosamente.
Pero no, no podía hacer eso, así que subió rápidamente hasta la repisa, encogiéndose con cada rugido, aullido y golpe que oía, procedentes de arriba. Comenzó a atravesar la trampilla abierta, pero se agachó cuando algo le pasó por encima de la cabeza.
Y, luego, volvió a pasar. Drizzt trató de entender de qué se trataba. A la tercera pasada, vio las gruesas patas de un demonio glabrezu, ¡al que estaban haciendo rodar como un martillo de Uthgardt viviente!
La cuarta rotación fue diferente, porque el demonio le pasó por completo por encima, volando más allá de la trampilla abierta para estrellarse contra la pared de detrás.
Sin nada que girara sobre su cabeza, Drizzt saltó a través de la puerta hasta el suelo.
Se dio cuenta al instante de que el demonio ya no suponía una amenaza, porque un humo negro ya envolvía su cadáver.
Y, hacia el otro lado, volaban enanos y demonios mientras Athrogate pasaba entre ellos, con Rompecráneos y su mangual, que abrían un camino como una guadaña en un campo de altas hierbas.
Sin embargo, Drizzt no se alegró de lo que vio, porque Athrogate estaba sangrando por ambos costados de las profundas heridas causadas por la pinza del demonio. Desde el fondo del corredor, se oyó el clic de las ballestas al disparar y Athrogate se sacudió, pero luego gritó y siguió cargando.
—No, no, no —exclamó Drizzt; sacó Taulmaril el Buscacorazones de su hebilla mágica y le cargó una flecha en el mismo movimiento.
Por desgracia, los arqueros del fondo del pasillo, más allá de Athrogate, huyeron antes de que Drizzt pudiera tenerlos a tiro y cerraron una pesada puerta.
Drizzt los oyó pasar una barra por detrás de ella y, por un momento, temió que su camino de salida estuviera bloqueado.
Pero Athrogate se abalanzó contra ella de un empellón y la destrozó.
Astilló, entonces, la madera y arrojó la barra torcida de metal hacia el interior de la estancia, al otro lado.
Drizzt corrió para alcanzar al enano enloquecido. Recorrieron el conjunto de la torre y Drizzt no recibió ni una saeta, probablemente porque todas se clavaban en Athrogate.
Al acercarse a las puertas exteriores, Drizzt se detuvo de golpe al ver a una enana en el suelo; era la víctima del brutal nálfeshni. Se había hecho la muerta al pasar Athrogate, pero en ese momento ya estaba a cuatro patas, tratando de levantarse.
Drizzt metió el arco en la hebilla y corrió hacia ella. La cogió por debajo del brazo y la hizo levantarse.
—Un ruido, un mal gesto, y te mato —le advirtió mientras desenvainaba Muerte Helada—. Te he librado del collar maldito —le explicó—. Cuando te recuperes, ven al este, a Viñas Sangrantes, y quizá encontremos la manera de salvar a tu gente.
Ella se lo quedó mirando, como atontada, y él la dejó caer al suelo.
Drizzt se alejó rápidamente, tratando de alcanzar a Athrogate; lo vio justo cuando atravesaba la puerta exterior hacia el patio abierto.
Donde lo esperaba una hueste de enemigos.