22. La fuerza de la rabia #4
Athrogate no parecía notar nada de eso. Un vrock lo atacó con el pico por encima de las cadenas que blandía.
El furioso enano se lo agarró con la otra mano, se lo cerró con fuerza y tiró de aquí para allí con tal ímpetu que el demonio tuvo que abrir del todo sus alas de buitre para mantener algo parecido al equilibrio.
Pero no importó, porque la otra mano de Athrogate se cerró sobre el cuello del pájaro.
Tiró de él acercándoselo mientras le inclinaba la cabeza para el otro lado…
y le mordió la garganta. Lanzó esa cosa agonizante ante él y, entonces, se apartó a los otros lo suficiente para hacer que sus manguales giraran de nuevo.
Oyó a los enanos moviéndose detrás de él, a punto de rodearlo, pero no le importó.
Lo único que quería era infligir dolor, aplastar a los que le habían hecho eso a Ámbar.
Los dos enanos se levantaron tambaleantes, justo detrás del enloquecido Athrogate. Cogieron las armas, inestables e inseguros.
Ambos se llevaron la mano a la corva cuando una cimitarra les cortó los tendones.
Luego, apareció otra persona entre ellos, un elfo drow, y mientras se daban cuenta, Drizzt abrió las manos hacia los lados con una velocidad anonadante y los pomos de sus espadas se estrellaron contra los rostros de los enanos.
Drizzt se colocó al lado de Athrogate, llevando un vrock hacia él.
La furiosa criatura lanzó una larga pata barriendo por abajo, pero Drizzt saltó sobre el golpe.
La garra derecha fue hacia el hombro del drow, pero una cimitarra, una hoja con dos magias, la de Centella y la de Vidrinath, se alzó para bloquearla y en el ángulo exacto para que el propio ataque del vrock le llevara la garra contra el fino filo.
La otra espada, el arma más antigua de Drizzt, se clavó con fuerza en el pecho del monstruo.
La herida no hubiera sido mortal, sin duda, para ese ser de otro mundo.
Drizzt pensó que seguramente era por eso por lo que el estúpido vrock habría permitido ese golpe, pensando en contraatacar picoteando a Drizzt en la cabeza.
Pero Muerte Helada no era una espada normal, sino una cinta de hielo, un arma imbuida de un odio mágico al fuego y a todas las criaturas nacidas del fuego.
Como los demonios.
De todas formas, la cabeza del vrock se fue hacia delante mientras Muerte Helada comenzaba a extinguir su fuerza vital, pero ese golpe también fue limpiamente interceptado por la parte plana de Vidrinath.
Entonces, el arma apartó el pico justo lo suficiente para que pasara casi rozándole la cara a Drizzt.
Ese ataque casi certero no alteró a Drizzt; podría haber apartado más el pico de ser necesario.
Pero, no, quería sus armas cerca, demasiado cerca y demasiado rápidas para que el vrock pudiera alzar su garra.
Con un movimiento repentino y sutil, lanzó un tajo con Vidrinath al cuello de la criatura.
Así, Drizzt retorció Muerte Helada, que destruía el ardiente corazón de la criatura.
Entonces, la caverna se sacudió violentamente y trozos de entrañas, sangre y plumas regaron a Drizzt y a su oponente.
Se giró mientras saltaba hacia un lado y vio que Athrogate extraía uno de bloques de piedra de la aplastada carcasa de un vrock.
Rugiendo, Athrogate fue hacia los enanos que Drizzt había tumbado y que, evidentemente, no estaban muertos.
—¡No hay tiempo! —gritó Drizzt, y agarró al enano por el brazo.
Sabía que a Athrogate no le llevaría más de unos segundos matarlos, pero no quería que esos enanos murieran.
Ahí había en juego fuerzas siniestras, y quizá la corrupción en esos tipos los convertía más en víctimas que en verdugos.
Ya tenían serias heridas, así que no representaban ninguna amenaza inminente, y, si Drizzt podía conseguir que las manos de su amigo tuvieran un poco menos de sangre, tenía que intentarlo.
Finalmente, Athrogate pareció oír su urgencia y, agarrando las oxidadas cadenas con las manos ensangrentadas, rugió de nuevo y corrió fuera de la cámara y por el pasillo hacia el distante fuego.
Con Drizzt detrás de él, el enano se dirigió directo al fuego, apartó los leños a patadas, sin dejar de rugir y gruñir a cada paso, tan perdido en su furia que Drizzt se sorprendió de haber conseguido apartarlo de los enanos aún vivos.
Corrieron hacia la trampilla, donde el pobre enano que Drizzt había tumbado inicialmente se ponía de pie, tembloroso.
Se tambaleó hacia el otro corredor al verlos, pero, esta vez, Drizzt no pudo detener a su amigo lo bastante rápido.
Athrogate cayó sobre el enano Stoneshaft en un par de saltos, lo agarró con ambas manos y lo lanzó contra la pared, donde volvió a desplomarse en el suelo.
Athrogate alzó el pie para sacarle la vida a pisotones, y Drizzt saltó hacia su amigo intentando empujarlo con el cuerpo.
Fue como si estuviera intentado mover una montaña.
Athrogate bajó el pie con fuerza, y el pobre Stoneshaft se sacudió y botó por la violencia del impacto.
A continuación, Athrogate alzó el pie de nuevo, y esta vez Drizzt se decidió por una táctica diferente, y le dio una patada a su amigo en la corva de la pierna que tenía apoyada. La pierna se dobló, Athrogate se tambaleó y el otro saltó sobre él y lo tiró al suelo.
Pero Athrogate le cogió la cabeza entre las manos y apretó con tal fuerza que Drizzt temió que el cráneo le fuera a explotar.
—Tu grillete… tu… ¡tenemos que salir de aquí! —tartamudeó el drow.
Athrogate rugió y empujó a Drizzt hacia atrás; luego se puso en pie de un salto.
—Los voy a matar a todos, ¡y tú no me paras! —aulló el enano, y se dispuso a pisotear al enano Stoneshaft caído.
—Entonces, ¡con esto! —gritó Drizzt, y se descolgó Rompecráneos de la espalda.
Athrogate abrió mucho los ojos y las rodillas le temblaron.
Drizzt corrió en el otro sentido, de vuelta a la trampilla, suponiendo que tenía que apartar a Athrogate del tipo caído. Para su alivio, este llegó doblando la esquina casi inmediatamente.