Intemporal (Generations 1) 22. La fuerza de la rabia #3
90%

22. La fuerza de la rabia #3

Miró mejor a los carceleros y se fijó en una enorme piedra, justo al lado del que llevaba el cinturón de Athrogate.

Eso no tenía buena pinta, no podía saber a qué clase de demonio podría acabar enfrentándose; esa enana en particular tenía una enorme hacha de guerra de doble hoja apoyada en la pared, una demasiado grande para que ella pudiera manejarla bien.

Sin embargo, nada de eso importaba, no en realidad.

Incluso con la posibilidad de que sus amigos pudieran no necesitar ya su ayuda, su propia seguridad era lo último en lo que pensaba.

Pero sí tenía que idear una táctica diferente de la de lanzarse de cabeza al ataque.

Retrocedió por el corredor, buscando un lugar donde poder esconderse.

Luego, subió a una repisa natural que recorría la pared.

—¡Elfos! ¡Condenados elfos oscuros! ¡Coged las armas! ¡Detenedlos en la trampilla! —gritó en el mejor acento, tono y dialecto enano que pudo conseguir.

A él no le resultó muy convincente, y una vez más hizo una mueca ante la pobre imitación de Bruenor que había hecho. Sin embargo, oyó un alboroto desde el fondo del corredor.

—¡Se han ido por la izquierda, el otro camino! —gritó—. ¡Cogedlos! ¡Cogedlos! ¡Buscad un demonio!

Se aplastó contra la piedra y, por suerte, vio a dos de los carceleros pasar corriendo: el que tenía la maza de Ámbar y el demonio.

Y, cuando la monstruosidad pasó por debajo, Drizzt se alegró de haber elegido emplear el engaño y no las armas.

No era muy versado en lo que podía ser esa criatura de los Nueve Infiernos, pero sin duda parecía formidable: un monstruo de enormes músculos, piel verde y grandes orejas de goblin, con grandes alas de murciélago y cuernos de cabra, que blandía la enorme hacha con la gran habilidad de la práctica.

Corría encorvado, pero aun así pasó justo por debajo de la posición de Drizzt, con los cuernos tan cerca que este se los podría haber agarrado.

—Por la izquierda, eso han gritado —dijo el enano cuando pasaron a Drizzt y se acercaron a la trampilla.

El demonio no bajó el ritmo y siguió corriendo hacia el otro túnel, ansioso por matar.

—Sí, ahí que vas tú —dijo el enano, meneando la cabeza—. Yo me quedo esperando aquí, ¿eh?

Drizzt le toco el hombro y él se giró, con los ojos que se le salían de las órbitas. Entonces, blandió Rompecráneos en un arco para aplastar al inesperado visitante.

Pero Drizzt se tiró plano al suelo y la maza le pasó por encima, luego se alzó antes de que el enano pudiera invertir el golpe.

Entonces, le agarró el brazo extendido por la muñeca y le envió la otra mano contra el codo con una fuerza brutal, tirando al mismo tiempo de la muñeca.

Oyó el crujido del hueso al partirse, y el enano gimió.

Drizzt le alzó el brazo y rotó bajo él para lanzarle el codo directo a la cara.

Continuó su vuelta, alzó la rodilla con fuerza en el momento justo para golpearlo con ella entre las piernas, lo que alzó al tipo del suelo.

El enano aterrizó y se sacudió; tiró el arma y se llevó una mano a la entrepierna y la otra la elevó para defenderse.

Pero lo hizo demasiado tarde, porque Drizzt ya había desenvainado una de sus cimitarras y ejecutaba el cuarto movimiento de la serie, un cruce hacia abajo desde la derecha, con el pomo por delante, que alcanzó al enano doblado en el costado de la mandíbula y lo envió volando al suelo.

Una rápida mirada transmitió a Drizzt que este tardaría en volver a luchar, así que agarró la maza de Ámbar y corrió de vuelta. Bajó el ritmo cuando se acercó a la estancia con el fuego, mirando desde lejos. Vio al enano con el cinturón de Athrogate preparado, con la enorme piedra en la mano.

Drizzt se acercó sigilosamente a la entrada.

—Vamos, Stinky —gritó el carcelero—. Eres tú, ¿no?

Drizzt invocó un globo de oscuridad mágica justo al otro lado de la puerta, de forma que su velo impenetrable a la vista cayera en la estancia, cerca del enano. Drizzt no vaciló; se tiró plano al suelo y avanzó por el costado de la cámara.

—¿Qué, eh? —preguntó el enano, y Drizzt miró fuera del globo, tirado en el suelo y hacia el lado, y vio al diminuto tipo levantar por encima de la cabeza la enorme piedra en la que el drow se había fijado antes.

Seguía mirando hacia delante, nervioso, hacia la oscuridad del globo, cuando una oscura mano drow le subió hasta la cintura y rápidamente le desabrochó el cinturón.

—¿Qué…? —logró decir el enano mientras le arrancaban el cinturón, pero solo llegó a decir eso antes de que la enorme piedra que sujetaba en alto se le resbalara de las manos y se le cayera a la cabeza para tirarlo al suelo bajo ella.

Pero, de nuevo, Drizzt ya se había ido por el otro lado de la cámara, corriendo ante la miríada de recodos y cámaras de más allá. No tardó en oír el ruido de alguien que lloraba suavemente, y, siguiéndolo, llegó ante un prisionero sucio y golpeado, un enano al que conocía bien.

Pero en los corredores que había dejado atrás, Drizzt oyó movimiento. El regreso del demonio, probablemente, y, por cómo sonaba, ¡con algunos amigos!

Corrió hacia su propio amigo, que estaba sentado contra la pared con los brazos encadenados por encima de la cabeza. Drizzt fue a por los grilletes, pero se detuvo horrorizado cuando miró hacia el lado.

Ahí yacía la cabeza cortada de otra vieja compañera, una enana que lo había acompañado en sus aventuras durante años.

—Oh, Athrogate —susurró, con una voz cargada de compasión. Este enano finalmente había hallado la paz, había hallado el amor, y ahora…

—¿Eh? —contestó Athrogate, apenas pudiendo abrir los ojos por toda la sangre seca.

Drizzt sabía que se estaba quedando sin tiempo, así que se arrodilló junto al enano, le llevó a los labios un pellejo de agua y luego le salpicó agua por el rostro, tratando de limpiar la sangre. Athrogate tosió y negó con la cabeza, mirando a Drizzt sin comprender.

Con una mano, Drizzt le dio más agua. Con la otra, le rodeó el cuerpo con el cinturón.

—Escucha, amigo, no tenemos mucho tiempo —explicó mientras le tensaba el cinturón y se lo abrochaba. Inmediatamente, Athrogate comenzó a gruñir y se dispuso a tirar de las cadenas.

—Espera —le pidió Drizzt—. Aún no, amigo mío. Se acercan. Los que han matado a Ámbar se acercan. Espéralos, hasta que sean vulnerables.

Athrogate continuó mirándolo sin expresión, pero Drizzt sabía que ya no tenía tiempo, y solo podía confiar en que el enano lo hubiera entendido.

Se llevó un dedo a los labios para pedirle silencio, le ajustó la camisa hecha harapos para cubrirle el cinturón y se deslizó entre las sombras.

Desde una repisa cercana, Drizzt vio acercarse a los carceleros.

Reconoció a la enana que iba delante, la que se había convertido en un demonio pero que de nuevo se mostraba sin su forma monstruosa.

Tras ella llegaba un trío de enanos, dos de ellos sujetando al pobre tipo a quien se le había caído la roca sobre la cabeza, que aún estaba medio atontado.

Detrás de ellos iba un cuarteto de los enormes demonios parecidos a buitres que Drizzt sabía que se llamaban vrock; eran formidables y crueles, con grandes garras que podían arrancarle la piel a una mole umbría y picos poderosos que podía romper la piedra.

—Tienes un amigo, ¿eh? —preguntó a Athrogate la enana en cabeza, que fue derecha al pobre cautivo y le dio una patada en la planta de los pies, desnudos y cortados por el látigo.

Athrogate abrió un ojo, lo suficiente para mirar mal a su torturadora.

—Tengo muchos —consiguió decir, esforzándose con cada palabra.

—Sí, pero uno que se ha metido aquí dentro —repuso la enana Stoneshaft—. ¡Quizá acabe poniendo su cabeza en el cuerpo de tu amiga y la de ella en el de él! Ahora, dime dónde puede estar ese amigo tuyo y lo mataré rápido, ¿eh?

Athrogate tosió un poco, bufó a medias, pero desde el lado, Drizzt asintió al notar que los dedos del enano toqueteaban las cadenas de los grilletes.

—¡Eh, pero si le han limpiado la cara! —notó, entonces, otro de los enanos—. ¡Ja!

Y Athrogate se levantó, con los brazos separados, agarrando las cadenas con las manos, y los nudillos se le pusieron blancos.

—¡Oh, pero lo vas a pagar! —dijo la primera enana, o comenzó a decir, porque, entonces, Athrogate dio un terrible tirón a las cadenas con el poder que le daba el cinturón.

Esas cadenas estaban muy bien clavadas, sin duda, pero las piedras de las paredes resultaron ser menos seguras y saltaron a su espalda.

Instintiva y defensivamente, ni siquiera consciente de lo que había hecho, Athrogate lanzó el brazo derecho contra el enano que estaba ante él comenzando a desenvainar una espada.

Un enorme bloque de piedra, enganchado al extremo de la cadena del grillete como el mangual de un gigante de montaña, impactó contra el enano por un lado y lo envió volando contra la pared.

Y, cargado del deseo de sangre, más allá del dolor, más allá del hambre, más allá de todo excepto del odio y de la visión de la cabeza de su amada Ámbar yaciendo sobre la porquería, Athrogate mantuvo el brazo sobre la cabeza, agitando el improvisado mangual.

Vio que tenía un bloque similar sujeto al grillete izquierdo y no tardó nada en hacer girar también ese.

Durante cuatrocientos años, Athrogate había blandido Toma y Daca .

Esos improvisados manguales eran más grandes y pesados, pero el juego era el mismo, y el enano avanzó con una risa enloquecida; lanzó contra la pared a los dos siguientes enanos sanos en la cola y arrolló al tercero cuando este cayó al suelo, deteniéndose solo para pisotearle la cabeza con el pie descalzo.

Se lanzó contra los cuatro demonios, sin temor, moviendo las piedras salvajemente; consiguió conectar golpes demoledores.

Pero esos eran monstruos de más de doscientos kilos y, por cada golpe que Athrogate daba, recibía dos; las garras lo arañaban y le apartaban la piel del hueso, a veces tan profundamente como para arañar también el hueso.