22. La fuerza de la rabia #2
Así que estaba dispuesto a aguantarlo.
—Podría ser —contestó una joven llamada Argamant, que llevaba un colgante con forma de glabrezu alrededor del cuello.
—Gwirkyn ha visto unas sombras saltar sobre la muralla —añadió Frenkyn, el sobrino favorito de Bronkyn, y uno que, por su exigencia expresa, no llevaba un collar de posesión.
—Gwirkyn es una muchacha con mucha imaginación —comentó Argamant.
—Sí, y acabamos de ver dos drow afuera —le recordó Bronkyn.
—¡Una imaginación ardiente la de esa muchacha! —exclamó Argamant con una cruel carcajada, pero Bronkyn no estaba tan convencido y se lo hizo saber con una decidida negación de su rubia cabeza.
Bronkyn estaba a punto de discutirle, pero un grito salido del interior de la fortaleza, seguido de un rugido como el de un felino que caza, resonó en las murallas.
A eso se le sumó un chillido demoniaco, y cualquier idea de continuar conversando se les esfumó.
Los tres enanos pasaron a ser dos cuando Argamant se transformó en un enorme glabrezu.
Los otros dos ya estaban dentro de la torre cuando Argamant acabó de transformarse, pero con sus grandes zancadas los alcanzó en la primera sala después del vestíbulo.
Los tres vieron sorprendidos una forma felina, una enorme pantera negra que corría por el pasillo, más allá del vestíbulo.
Argamant salió de nuevo al pasillo de un salto desde la sala y se chocó con otro demonio, monstruoso y enorme, con cara de jabalí y colmillos asesinos; un cuerpo gordo, medio gigante, medio facóquero y con unas alas de plumas negras ridículamente pequeñas que se le agitaban en la espalda.
Grande como era el glabrezu, con sus casi cuatro metros de alto, ese demonio, un nálfeshni, aún era como una mitad más. Pero, incluso con los dos demonios enredados y golpeándose, Bronkyn y Frenkyn consiguieron salir corriendo para iniciar la persecución.
Corrieron por el laberinto de pasillos y salas, siempre un paso por detrás del elusivo felino.
Otros enanos se les unieron, también otros demonios, y ese lado de la torre se sacudió bajo la estruendosa persecución, con puertas arrancadas de sus goznes y tiradas a un lado, a veces directamente a la cara de un compañero perseguidor.
Demonios menores, los resecos manes humanoides, chocaban con demonios mayores y eran destrozados por meterse en medio, o simplemente porque las crueles bestias necesitaban destrozar algo, lo que fuera.
Y, todo el rato, la pantera se mantenía justo fuera de su alcance, hasta que pareció que los enanos la habían acorralado.
Sin embargo, el gran gato saltó por una ventana sin ni siquiera detenerse, y la persecución tuvo que trasladarse al patio, donde llegaban gritos desde todas las murallas.
En el pasillo, fuera de la salita, Argamant, el glabrezu y el gigante nálfeshni continuaban su pelea, sin importarles en absoluto lo que ocurría más allá de su enfrentamiento mortal.
—¡Nos han encontrado!
Los dedos de Zaknafein se movieron ante Jarlaxle; ambos se hallaban a mitad de la muralla exterior de la fortaleza, metidos en un rincón y aplastándose más contra la pared debido a toda la algarabía que les llegaba desde el otro lado de la barrera de piedra.
—Drizzt —le corrigió Jarlaxle.
—Entonces, ¡muévete! —exigió Zaknafein.
—¡Confía en él! ¡Están persiguiendo, no luchando!
—respondió Jarlaxle. Y comenzó a moverse, pero lenta y cautelosamente.
Carente de peso, gracias a su conjuro de levitación, el jefe mercenario subía por el rincón de la muralla y se detenía cada pocos palmos para escuchar cuidadosamente el continuo alboroto en el interior.
—¡Maldito gato! —oyó, en cierto momento, de una voz enana, y asintió sonriendo.
Desde las sombras del amplio corredor que salía del vestíbulo, Drizzt observaba la lucha demoniaca, glabrezu contra nálfeshni, un par de demonios mayores enzarzados en un cruel combate.
El nálfeshni, más grande, mostraba numerosas marcas de las grandes pinzas del otro monstruo, pero su resistencia estaba lejos de agotarse.
Y, en ese momento, el gigantesco cara de cerdo agitó los brazos y aceptó otro golpe de pinza del glabrezu para poder formular un conjuro mágico, que llenó el aire de oleadas de magia impía que golpearon al glabrezu y lo atontaron.
El nálfeshni bajó los enormes hombros, cargó directamente contra su oponente y acabó lanzándolo al suelo. Luego, se agachó y saltó, sacudiendo sus alitas furiosamente para llegar con la espalda hasta el techo a diez metros; ahí, dejó de aletear y cayó como un peso muerto sobre el demonio yaciente.
Volvió a subir para caer con otro golpe demoledor, y, después, una tercera vez.
El glabrezu se agitó y trató de ponerse en pie, y cuando le falló la destrozada cadera intentó apartarse rodando mientas alzaba las pinzas para desviar el siguiente ataque.
Pero era evidente que el nálfeshni había luchado contra oponentes como ese antes, y lanzó una seca carcajada mientras caía una vez más y aceptaba el pinchazo de las pinzas a cambio del golpe meteórico con el que alcanzó al glabrezu en el pecho.
Incluso para un curtido veterano como Drizzt, la pura brutalidad del gigantesco demonio resultó estremecedora. Pero no apartó la mirada porque quería entender mejor el poder desatado de esa bestia monstruosa a la que, quizá, pronto tendría que enfrentarse.
El glabrezu se quedó inmóvil con el siguiente impacto, y, después de inspeccionar los daños, el nálfeshni saltó y comenzó a pisotear con fuerza la cabeza del demonio indefenso, una y otra vez.
Un humo negro comenzó a alzarse del demonio yaciente, lo que le dio a entender a Drizzt que ya estaba destruido y que su esencia ya volaba de vuelta a su hogar en los planos inferiores.
Pero ¡no! Donde había estado el demonio yacía una enana, gimiendo.
El nálfeshni rio de nuevo, la apartó contra la pared de una patada y salió corriendo por donde habían ido los otros.
Drizzt observó que el humo negro se arremolinaba por toda el área, pero sin disiparse inmediatamente. En vez de eso, se fue arremolinando, se comprimió y ¡se le metió en la garganta a la enana!
Pero no, no en el cuello, sino en el collar hecho de grandes gemas. Una filacteria.
Entonces, Drizzt entendió mucho más. Asintió mientras pensaba en las Tierras del Heliotropo, en las cuevas de Damarra y en la súcubo llamada Malcanthet.
Se acercó a la enana caída. Estaba viva y no parecía tener ninguna herida importante; se encontraba más aturdida que otra cosa. Ella se encogió al ver al drow que se le acercaba desde arriba como si fuera a acabar el trabajo.
En vez de eso, este le arrancó el collar y se fue corriendo hacia el otro lado.
Drizzt había estado en ese lugar antes, pero solo dos veces: una para protegerse de la lluvia, y la otra simplemente para explorar la fortaleza abandonada.
No conocía muy bien la distribución, pero lo suficiente para saber dónde estaban las mazmorras, que era el lugar, supuso, donde encontraría a Athrogate y Ámbar, si es que habían sobrevivido.
Aunque, seguramente, no fuera así.
Encontró la trampilla hacia el nivel inferior y había una escalera de mano junto a ella.
Primero, despidió silenciosamente a Guenhwyvar; la envió a su hogar en el Plano Astral, sabiendo que era muy posible que pronto la volviera a llamar, y consciente del largo rato que había pasado ya con él.
Luego, lenta y cuidadosamente, alzó un poco la tramilla para echar una ojeada en el interior.
No vio a nadie en la estancia justo debajo, pero oyó voces de enanos no demasiado lejos.
Sin querer usar la escalera de mano, abrió la trampilla lo suficiente para deslizarse dentro, encontró un agarre para suspenderse sobre el suelo y, después de una rápida mirada a la pared cercana para asegurarse de que podría volver y abrir la trampilla, cerró de nuevo el sello de madera.
A unos tres metros del suelo, Drizzt se balanceó hacia la pared cercana y simplemente se soltó; cayó al suelo silenciosamente y con seguridad.
Se orientó. Dos corredores naturales de piedra caliza salían de esa estancia, a derecha e izquierda, y las voces procedían del de la derecha, desde el oeste. Escogió ese camino pensando que sería más fácil encontrar a los prisioneros una vez hubiera atrapado a los carceleros.
Avanzó sigilosamente por los pasillos naturales, aprovechando las sombras de sus muros irregulares. Enseguida, la luz de un fuego se coló por el pasillo y las voces se hicieron más fuertes, procedentes de una pequeña estancia más adelante.
Drizzt se tiró al suelo y se arrastró en silencio el resto del camino.
Había tres enanos cocinando alrededor de una pequeña hoguera. La buena noticia era que solo uno llevaba las baratijas que Drizzt suponía que contendrían una filacteria demoniaca.
Pero casi ni lo miró; sus ojos y su corazón quedaron atrapados por los otros dos.
Porque uno llevaba una prenda que Drizzt conocía muy bien: el cinturón de Athrogate que le daba la fuerza de un gigante de la montaña.
El tercero del grupo tenía una maza, pero no una cualquiera.
Era un arma monstruosa para dos manos conocida por el nombre de Rompecráneos.
La maza de Ámbar Gristle O’Maul de los O’Maul de Adbar.
Drizzt tragó con fuerza. ¿Que los carceleros tuvieran esos objetos significaba que sus amigos estaban vivos y encerrados ahí?
¿O significaba algo peor?
Cuando los ojos se le acostumbraron a la intensa luz del fuego, vio que el pasillo continuaba directamente después de la estancia, subía un poco y parecía ensancharse y acabar allí.
Drizzt creyó reconocer el lugar y, si recordaba bien, sí que había celdas allí, aunque eso significara que quizás solo fueran unos recodos naturales con grilletes clavados a las paredes.