22. La fuerza de la rabia
L A FUERZA DE LA RABIA
Ante la roca se abría una caída de dos metros, y él no vaciló; saltó sobre el lomo de la criatura que se hallaba abajo: un can infernal grande y malvado. La bestia canina aulló cuando la espalda se le dobló bajo el peso con una fuerza que le hubiera roto la columna a un perro grande o a un lobo.
Sin embargo, no le causó gran daño a esta bestia.
El can infernal giró la cabeza al instante, con la velocidad del rayo, para expulsar a ese jinete intruso, pero la espada de Zaknafein ya se movía y este no tenía ninguna intención de tratar de hacer una montura del canino demoniaco.
El can gañó más fuerte, ya que la excelente espada drow le estaba abriendo un tajo en el costado del cuello.
El perro sacudió la cabeza para el otro lado, pero, de nuevo, Zaknafein se le adelantó, volteó la espada por encima, la cogió con ambas manos, la hundió con todas sus fuerzas en la nuca de la bestia, apretando hacia abajo hasta quebrarle el hueso.
Las patas delanteras se le resbalaron abiertas cuando cayó sobre la piedra.
Zaknafein ya saltaba, rodando y cogiendo el látigo; en el mismo movimiento fluido, lo hizo restallar en el rostro del siguiente perro que tenía más cerca, justo cuando este comenzaba a saltar hacia él.
Consiguió asestarle un golpe brutal, que le hizo saltar un ojo a la bestia; esta cayó de lado y lanzó su ardiente aliento hacia el maestro de armas, aunque se encontraba aún demasiado lejos para que las llamas alcanzaran su objetivo.
Un segundo golpe de látigo envió a la bestia más atrás, justo en el camino de una andanada de dagas lanzadas expertamente, que se clavaron en el perro y lo hicieron sacudirse.
Zaknafein recogió el látigo y lo enrolló con la agilidad de la experiencia para colgárselo de nuevo del cinturón. Agarró la espada, que estaba clavada recta en el can muerto, y la liberó antes de ir hacia la segunda bestia, que se retorcía de dolor.
Acabó con ella de una estocada perfecta a través de la cuenca vacía que antes contenía el ojo.
—Dos menos —dijo Jarlaxle, esperanzado, mientras salía de detrás de una roca cercana. Se estaba ajustando la manga, bajándosela para cubrir el interesante brazal que llevaba.
—¿Dónde has encontrado tantas dagas? —preguntó Zaknafein, meneando la cabeza para mostrar que no le sorprendía demasiado.
—¿Tantas? —contestó Jarlaxle con una sonrisita—. Amigo mío, solo unas pocas, unas pocas.
—¿Suficientes para mil más de estos perros demoniacos?
Jarlaxle se encogió de hombros.
—Dos menos —repitió.
—Hasta que uno de los demonios del interior de la fortaleza decida enviarnos dos más —replicó Zaknafein—. Nos enfrentamos a un ejército infinito, amigo mío.
—No es así. Sus poderes para traerlos a este plano son limitados.
—¡Excepto que pueden traer criaturas que pueden traer más criaturas!
—Los demonios menores no pueden hacer eso, y los demonios mayores, por fortuna, son raros. En todo caso, no vamos a tener que luchar contra todos ellos ahora mismo.
—Entonces, ¿para qué hemos vuelto?
—Porque estoy casi seguro de que mis socios están ahí dentro. No voy a abandonarlos.
—Esos son demonios, Jarlaxle —Zaknafein miró a los canes muertos—. No tienen la costumbre de hacer prisioneros.
—Aquí hay en juego algo más que demonios —contestó Jarlaxle, y siguió caminado hacia la costa con Zaknafein a su lado—.
Lord Neverember tiene que ver con esto, y él no es un demonio; un idiota malvado, quizá, pero sin duda humano.
Una noble casa de Aguas Profundas también tiene parte en esto y dudo que todos los enanos del este clan Stoneshaft hayan sido poseídos por las criaturas del interior de las viles filacterias que vende Charri Hunzrin.
—Los que no seguramente ya estén también muertos.
Jarlaxle se detuvo y lanzó una mirada de reojo a su compañero.
—Me había olvidado de estos ataques de Zaknafein el Taciturno —dijo, y comenzó a reír.
Pero se detuvo cuando empezó a recordar.
Durante todos los años desde la muerte de Zaknafein, Jarlaxle solo había rememorado las partes agradables de la personalidad del maestro de armas, las buenas espadas y la lealtad, el rápido ingenio tan afilado como las espadas y el coraje sin igual.
Resultaba fácil pensar bien de uno al que creía perdido para siempre.
Pero pequeñas evocaciones comenzaron a burbujear, momentos en los que quizá Zaknafein no había sido un compañero de fácil trato.
Y, de nuevo, recordó a Artemis Entreri y se dio cuenta de que eso era lo que los convertía en aliados tan importantes: eran seres complejos que sobresalían en muchas cosas, pero a fin de cuentas pensaban en los suyos.
Reconfortado por la presencia de Zaknafein a su lado, siguió adelante.
—Ten tu montura lista por si tenemos que escapar a toda prisa —indicó Jarlaxle, aunque estaba seguro de que Zaknafein, siempre vigilante, no necesitaba que se lo recordara.
Como era de esperar, Zaknafein no respondió, pero Jarlaxle sonrió un poco cuando vio un sutil movimiento en la bolsa de su amigo.
Llegaron a la vista de la fortaleza Thornhold poco después, pero desde un ángulo diferente, un saliente rocoso al sur de la fortificación enana desde el cual estaban lo suficientemente altos para ver los parapetos e incluso a los enanos que caminaban por las murallas, antorcha en mano.
—Aprende su rutina —indicó Jarlaxle.
—Ahora están alertas —replicó Zaknafein mientras señalaba a un enano que recorría hacia el sur la muralla frontal y que torcía en la esquina exactamente en el mismo momento que el enano que recorría hacia el oeste la muralla sur torcía en la esquina hacia el norte—. Ningún descuido.
—No tardarán en aburrirse. A los guardias siempre les pasa. Aún nos quedan cuatro horas hasta que rompa el día.
Zaknafein suspiró.
—¿Acaso prefieres que deje aquí a mis socios? —preguntó Jarlaxle—. ¿Querrías que te dejara si fueras tú el que estuviera ahí dentro?
Zaknafein alzó una ceja.
—¿Si hubiera la más mínima posibilidad de que siguieras vivo? —clarificó Jarlaxle, y Zaknafein rio por lo bajo—. ¿O esta es simplemente tu manera de decirme que me lo advertiste y que nos vuelven a perseguir?
—¿O te advierto de mis maldiciones si no podemos escapar?
—Me sentiría muy decepcionado si no fuera así.
Zaknafein suspiró de nuevo, pero no se marchó, y eso era lo único que le importaba a Jarlaxle en ese momento.
Así que se agazaparon, y observaron, y esperaron, y pasó una hora, y luego otras. El cielo comenzó a clarear por el este, ligeramente, pero para los ojos drow ardía como un faro.
Los enanos en las murallas seguían marchando con gran precisión, manteniendo la guardia en todos los puntos.
Si esos hubieran sido simples enanos y no (al menos algunos) demonios, Jarlaxle haría rato que hubiera intentado llegar al otro lado de la muralla, pero estaba comenzando a creer que tendrían que esperar hasta la noche siguiente para que ese clan bajara la guardia lo suficiente para que su amigo y él pudieran colarse dentro.
Estaba contando los pasos que daba el enano que cubría la zona sur cuando Zaknafein le dio un golpecito y luego le indicó que mirara hacia el noreste.
Al principio no vio nada, pero luego vislumbró a alguien que se acercaba, alguien que sabía que pronto empezaría a brillar de blanco bajo el sol de la mañana.
—Tu hijo —susurró a Zaknafein.
A pesar de su necesidad de permanecer en secreto, Zaknafein se puso en pie, y esa acción, ese simple movimiento que podría haber revelado su posición, le indicó a Jarlaxle lo mucho que ese formidable maestro de armas, ese guerrero supremo, a menudo de gran sangre fría, quería a Drizzt.
Con su soberbia visión en tinieblas, el par de drow pudo vislumbrar al jinete sobre el estruendoso unicornio.
Jarlaxle abrió mucho los ojos y Zaknafein ahogó un grito cuando el jinete, Drizzt, se inclinó mucho hacia el lado derecho de la montura y, luego, sorprendentemente, se dejó caer sobre la roca.
Tocó tierra con una voltereta y siguió rodando, con mucha gracia, hasta que dio la vuelta completa y volvió a estar sobre los pies para correr, entonces, a toda velocidad detrás del unicornio.
Cada gran zancada de ese corcel mágico lo alejaba más y más de Drizzt, pero más importante era que cada zancada hacía que el unicornio pareciera más pequeño.
Fue menguando hasta que, en un instante, no quedó nada de la montura mágica; nada excepto Drizzt, que continuaba corriendo hacia la muralla, saltando de piedra en piedra.
Lo vieron llegar a la muralla, a unos veinte pasos a la derecha de la puerta principal.
Ambos parpadearon, como incapaces de comprender lo que veían, cuando el hábil explorador, que estaba entrenado en el Monasterio de la Rosa Amarilla, comenzó a subir por la pared a toda velocidad, moviendo las manos y las piernas como si fueran las patas de una araña corredora.
Llegó a lo alto del parapeto rápidamente y rodó por encima; luego, desapareció de la vista como si hubiera saltado por el otro lado del muro de diez metros, lo que ambos creían que podía ser el caso.
Desde algún punto más allá, un enano gritó un aviso, otros guardias repitieron la llamada y, por toda la muralla, las antorchas comenzaron a botar cuando los centinelas comenzaron a correr en busca del intruso.
Jarlaxle estaba por gritarle a Zaknafein que debían ir inmediatamente hacia la muralla, pero, antes de que la primera palabra le saliera de la boca, este pasó corriendo a su lado, ya en marcha.
—¿Qué pasa ahora? ¿Han regresado los elfos oscuros?
—preguntó Bronkyn Stoneshaft a un par de agitados centinelas cuando los vio bajar corriendo de las murallas hacia el patio de la fortaleza.
El jefe del clan no estaba de buen humor.
Con la mitad de sus chicos poseídos por demonios, le estaba costando mucho confiar en ellos.
Y aunque eso debería inquietarle más de lo que lo hacía, porque, a fin de cuentas, había hecho un trato con unos monstruos, le estaba proporcionando una gran riqueza y un poder potencialmente inimaginable.