21. La telaraña se amplía #2
—No la presiones, pero sí, averigua sus intenciones sobre todo hacia la banda de Jarlaxle —acordó Shakti. Miró atrás hacia la ya distante estructura llena de fanáticos que era la Casa Melarn—. Luchar contra Jarlaxle es luchar contra la Casa Baenre, y eso es algo que aún no deseamos hacer.
—La Matrona Zhindia está convencida de que Lloth está a su lado —remarcó Charri.
—Y nosotras sabemos que, en esta empresa, si va contra Bregan D’aerthe, la Matrona Baenre se alzará contra ella —replicó Shakti, rápidamente—.
No sabemos cuál es la auténtica voluntad de Lloth en ese asunto ni su nivel de interés, ni siquiera si podría entregar una recompensa—.
Suspiró y miró al otro lado de la caverna, hacia el Qu’ellarz’orl, donde se hallaba la Casa Baenre.
Después de la derrota de Demogorgon, la Matrona Quenthel había solidificado realmente sus alianzas con la mayoría de las casas nobles.
Muy pocas veces en la historia había estado Menzoberranzan tan unido tras la primera casa, y esa primera casa, Shakti lo sabía bien, era tan poderosa que ni siquiera necesitaba aliados.
—Pero sí sabemos —continuó— lo que la Matrona Baenre hará si llega a creer que estamos tratando de acabar con Bregan D’aerthe —suspiró de nuevo y miró a su hija—. Lo entiendes.
Charri Hunzrin asintió solemnemente.
—Ve con Margaster a toda velocidad —repitió Shakti—. Pero con mucho cuidado.
—¿Y si averiguamos que la Matrona Zhindia tiene razón? —tuvo que preguntar Charri.
—No cierres ninguna opción, claro —le indicó Shakti—. Siempre podemos regresar. No estamos en ningún bando, y en los dos, naturalmente.
Charri Hunzrin asintió y corrió a buscar un mago que la pudiera enviar rápidamente a Aguas Profundas.
—Los odio tanto como tú —aseguro la primera sacerdotisa Kyrnill Melarn a su matrona.
La suya no era la típica relación familiar drow.
Kyrnill antes había sido matrona, la dirigente de la Casa Kenafin.
En ese tiempo, Zhindia había sido la matrona de la Casa Horlbar.
Las circunstancias habían obligado a esas dos casas a fundirse para mantener su relevancia, por no decir su supervivencia, y en ese acuerdo Kyrnill había cedido la posición de matrona a Zhindia.
Claro que, en ese tiempo, Kyrnill había creído que no tardarían en asesinar a Zhindia.
El hecho de que esta escapara ilesa de esa red de intrigas había comenzado a elevar a Zhindia Horlbar a una altura muy superior a su posición como matrona de la Casa Melarn, porque su simple supervivencia, contra todas las previsiones, la había marcado como bendecida de Lloth.
Y era difícil ir en contra de alguien tan favorecido por la Reina Araña.
Y, realmente, Zhindia había ganado mucho en las décadas desde la fusión, sobre todo, con su crueldad y su maldad.
Había invocado a Lloth para impartir horribles castigos, había inculcado el miedo a muchos dentro de Menzoberranzan.
Kyrnill no podía mentirse a sí misma y negar que secretamente sentía ese miedo…
o fingir que no deseaba inspirar un respeto igual.
Por el momento, sin embargo, jugaba su papel de subordinada, tratando de convencer a la matrona de su lealtad, algo que la Matrona Zhindia no parecía valorar.
—Eso no es cierto —respondió esta, a media voz.
—Estaba contigo en la habitación —le recordó Kyrnill, refiriéndose al ataque a la Casa Melarn llevado a cabo por Jarlaxle, Drizzt y su socio humano, Artemis Entreri.
Seis sacerdotisas de la Casa Melarn habían sido asesinadas en el ataque, aunque cinco habían sido resucitadas poco después por medio del poder de Lloth—.
Que tú y yo escapáramos es la única razón por la que el daño a la Casa Melarn no ha sido duradero y mortal.
Zhindia le clavó una mirada seria y fría.
—El favor de Lloth nos ha permitido reconstruir la casa y traer de vuelta a las asesinadas —dijo con una voz contenida y a punto de sonar como un rugido—. A todas menos a una.
Por el tono de Zhindia, Kyrnill vio que esa conversación podía degenerar rápidamente si no tenía cuidado.
—No estás de acuerdo con mi decisión de unirnos al conflicto que se avecina en la superficie —afirmó la Matrona Zhindia.
—Tú eres la matrona de la Casa Melarn. No me corresponde a mí estar o no de acuerdo. Mi lugar es obedecer.
—A regañadientes.
—¡No es cierto! —replicó rápidamente Kyrnill—. Te he servido lealmente durante más de un siglo, mi Matrona Zhindia. No somos ni iguales ni rivales. Tú eres mi matrona. Yo soy tu leal sirvienta.
—¿De verdad?
La forma en que Zhindia lo preguntó hizo que a Kyrnill se le erizaran los pelos de la nuca.
Zhindia era una fanática, siempre había sido una auténtica extremista en el servicio de Lloth, o, mejor dicho, en el servicio de lo que ella creía que era la voluntad de Lloth.
Y Kyrnill sabía que el problema con fanáticos así era que cuanto más tiempo sobrevivían, más se convencían de tener la razón, ya fuera sobre el fervor de sus seguidores o sobre el grado de sal de su ternera.
En ambos casos, las consecuencias eran las mismas para los que no coincidían con esa razón, ya fuera mundana o mística.
Aunque, finalmente, los fanáticos excesivamente entusiastas caían, pero Kyrnill sabía que cuanto más tardara en pasar (y, en el caso de Zhindia, era ya más de un siglo y pico) mayor sería la caída y más gente arrastrarían con ellos.
Mientras tanto, Kyrnill seguiría expresando su devoción tanto de palabra como de obra, y solo esperaba que la Matrona Zhindia lo viera lo suficiente para no cebar su fanatismo contra ella.