Intemporal (Generations 1) 21. La telaraña se amplía
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21. La telaraña se amplía

L A TELARAÑA SE AMPLÍA

—¿Zaknafein trabaja con Jarlaxle? —preguntó la Matrona Zhindia Melarn, meneando la cabeza ante las noticas que la Matrona Shakti Hunzrin acababa de comunicarle.

Pero era solo para quedar bien, porque Zhindia ya había comprendido que las alianzas de Jarlaxle con la superficie eran una parte tan importante del problema como lo podían ser el herético Drizzt y su padre resucitado.

Incluso si Drizzt o Zaknafein le eran entregados, como era su intención, eso no la detendría de perseguir la más amplia red para acabar con la iniciativa blasfema de Jarlaxle.

Shakti miró a su hija mayor.

—Era Zaknafein Do’Urden, representando a Jarlaxle de lo más enérgicamente —aseguró Charri Hunzrin al contingente melarni, que incluía a la Matrona Zhindia, la primera sacerdotisa Kyrnill, el mago de la Casa Iltztran y Ardulae Melarn, que en ese momento estaba sirviendo a la ciudad como matrona de las escrituras en Arach-Tinilith.

Y quizá, como Shakti Hunzrin sabía, la más notable era el miembro más joven del grupo, Ash’ala, la joven hija de la primera sacerdotisa Kyrnill, que en una ocasión había servido a la Casa Melarn como embajadora en su especie de alianza con la ahora difunta Casa Xorlarrin y con Bregan D’aerthe.

Y sí, todos los ojos cayeron, entonces, sobre Ash’ala, pero la joven simplemente se encogió de hombros.

—No he tenido ningún contacto con Bregan D’aerthe desde la caída de Q’Xorlarrin —explicó esta, refiriéndose a la incipiente ciudad drow que había sido tomada por las fuerzas del rey Bruenor y ahora se conocía como Gauntlgrym.

—Quizá deberías hablar con Jarlaxle —sugirió la Matrona Shakti Hunzrin.

—No —fue la seca e inesperada respuesta de la Matrona Zhindia, que negaba enérgicamente con la cabeza, mientras todos los ojos caían sobre ella—. Si están aliados con Zaknafein y el herético, entonces son enemigos de Lloth —soltó—. Por sus propias acciones se condenarán.

—Si hablas de Bregan D’aerthe, hablas de la Casa Baenre —dijo Ash’ala, y luego ahogó un grito, porque, al parecer, no había querido que se le escaparan pensamientos tan peligrosos.

—Ya veremos —respondió una Matrona Zhindia sorprendentemente tranquila—. Jarlaxle verá la verdad ante sí. ¿Se pondrá del lado de la Reina Araña? ¿O se pondrá del lado de sus amigos iblith ? Y si se merece nuestra preocupación, la respuesta debería ser fácil.

—¿Ponerse de su lado en qué? —preguntó la Matrona Shakti, con una voz cargada de recelo.

—Tus recientes aventuras mercantiles han llevado el caos a la superficie —explicó la Matrona Zhindia—. Y eso es bueno. Ahora, Jarlaxle con Zaknafein, y seguro que con ese hereje de Drizzt, han descubierto el peligro en la región, casi sin duda, así que tendrán que elegir bando.

Zhindia intentó no reír y mostrar sus cartas en su ansiedad.

No podía creer lo bien que todo se había ido combinando, lo que, naturalmente, solo la hizo sentirse aún más segura de que sus oraciones la habían guiado correctamente.

No solo las circunstancias, y lady Lloth, presentaban la oportunidad para que alguna matrona ambiciosa acabara con el hereje y su padre, quien había sido robado a la eternidad; no solo las circunstancias y la estupidez de Jarlaxle y de la Matrona Baenre, al permitir esas alianzas, creaban una maravillosa oportunidad para una devota seguidora de corregir una herejía que venía de lejos, sino que también, tan perfecto, un ejército de demonios había sido repartido por la región, listo para que una ambiciosa matrona tomara el control.

¿Podría haber visto Zhindia alguna señal más evidente? Un ejército de demonios, entregado clandestinamente por un aliado involuntario y listo para llevarla a la gloriosa victoria.

—Esos bandos no incluyen a Lloth —concedió Zhindia a los otros, sin querer que ninguno le usurpara la iniciativa en esa empresa cada vez más evidente. Y, entonces, añadió rápidamente—: Aún.

Quería que quedara muy claro, cuanto antes, que reclamaba la propiedad de esa iniciativa. Lanzó una de sus siempre horribles sonrisas alrededor de la reunión y les indicó que la siguieran.

Por los corredores de la Casa Melarn, la Matrona Zhindia condujo a sus invitados a una pasarela muy por encima del suelo que rodeaba una estancia circular muy grande.

Las otras Melarn sabían qué esperarse, así que todas observaron los predecibles gritos ahogados de la Matrona Shakti y su hija, Charri, cuando miraron por encima de la barandilla.

En el foso se hallaban un par de criaturas parecidas a arañas, con cuerpos tan grandes como los de un buey y cada una apoyada en ocho largas patas.

Eso en sí no resultaba muy espectacular en una ciudad que poseía arañas de jade aún más grandes, pero el tamaño no era lo único de esas monstruosas criaturas.

Placas dentadas de metal se habían colocado sobre los lomos de esos monstruos y el «pelo» de las patas lo formaba una multitud de cuchillas metálicas.

La Matrona Zhindia llamó a un par de guardias varones que, inmediatamente, comenzaron a rotar manivelas para abrir un par de grandes puertas que daban al foso.

De una de ellas salió una mole umbría, enorme, poderosa y sin miedo, con la piel más gruesa que la armadura más pesada que pudiera llevar un gigante de las montañas, y mandíbulas y garras lo suficientemente fuertes para agujerear la piedra.

Sin ningún temor, la bestia cargó con toda su furia contra el monstruo semejante a una araña que tenía más cerca.

De la otra puerta salió una banda de diez minotauros, y las astutas criaturas inmediatamente asumieron una formación de defensa, alzando las pesadas hachas.

En vez de cargar, siguieron las órdenes de la drow de arriba y observaron la carga de la mole umbría.

La araña se echó hacia atrás ante el monstruo. Cuatro de sus ocho patas comenzaron a destellar y lucir.

La mole umbría no bajó la marcha, decidida a luchar.

Pero, entonces, se vio volando hacia atrás, lanzada por el rayo que había salido de un ojo.

Antes de que el pesado monstruo llegara al suelo, un cono de escarcha cayó sobre él y le pinchó tanto que dejó escapar un aullido que resonó ensordecedor por toda la cámara.

Luego, obstinada, la mole umbría se puso en pie de nuevo y se tambaleó hacia delante, dispuesta a luchar.

Pero no hubo realmente ninguna lucha. O, mejor dicho, fue una lucha igual a la de un carnicero que lucha contra un cerdo durante la matanza.

Con poco esfuerzo, las cuatro patas delanteras del monstruo araña azotaron y golpearon a la mole umbría y la tiraron para un lado y para el otro como un juguete, desorientándola y desequilibrándola.

Las gigantescas mandíbulas del constructo la cortaron en dos.

Al otro lado del foso, los minotauros retrocedieron y cerraron la formación.

Eso le fue muy bien al otro constructo, porque un oscuro rayo le salió del ojo y alcanzó a más de la mitad de los adversarios.

Cinco de esos seis minotauros alcanzados se convirtieron en piedra.

—Nunca prometí que recuperaríamos a Zaknafein y Drizzt vivos —indicó la Matrona Zhindia, encogiéndose de hombros.

—¿Recuperar? —repitió la Matrona Shakti—. ¿Eso son recuperadoras? ¡Son criaturas demoniacas!

—Creaciones del Abismo —corrigió la Matrona Zhindia—. Golems. Con un solo propósito y hechas para recuperar a una única criatura o persona. Pero, sí, casi siempre las emplean los grandes señores del Abismo.

—¿Cómo lo has hecho? Esto es…

—La gloria de Lloth —le interrumpió la Matrona Zhindia, guardando para sí sus tratos con Eskavidne—. ¿Por qué dudas de mí, Matrona Shakti? ¿Estás teniendo una crisis de fe?

Shakti Hunzrin se echó hacia atrás al oír eso.

Las Melarni eran fanáticas de la causa de Lloth, tanto que su adherencia a los principios que creían ciertos por encima de lo que resultaba práctico a menudo había dañado el estatus de su casa y había logrado que las otras casas regentes de Menzoberranzan tuviera grandes reservas hacia ella.

Ante ellas, en ese momento, había motivo suficiente para desconfiar de su fervor.

—Realmente, los odias, ¿no es cierto? —se atrevió a comentar Charri Hunzrin.

La Matrona Zhindia le sonrió con maldad.

—Jarlaxle y Drizzt —explicó Charri—. Hirieron profundamente a tu familia cuando pasaron por Menzoberranzan. Tu hija…

—¡No hables de ella! —exigió la Matrona Zhindia, porque su única hija le había sido arrebatada y asesinada de tal manera que no se la podía resucitar.

—Me sorprende que solo tengas dos monstruos —continuó Charri—. Yvonnel puede estar allí arriba, con Jarlaxle.

La Matrona Zhindia Melarn volvió a mirar al foso, donde las recuperadoras estaban destrozando a los minotauros que quedaban, excepto a dos, a los que lanzaron una gran cantidad de telarañas para envolverlos.

Cada constructo fue, entonces, a uno de los objetivos capturados y se llevó su respectiva presa al vientre, como tenía ordenado.

—Las recuperadoras no irán solas, lo prometo —aseguró Zhindia con un gesto de desprecio—. La Casa Melarn irá a la guerra con un ejército de drañas ante nosotras. Causaremos la ruina a los amigos de los heréticos y recuperaremos a Drizzt y a su padre, robado a Lloth en su dominio eterno.

Más de una de las drow alzó una ceja ante esa proclamación.

—¿Cuántas han dicho eso antes que tú? —preguntó Charri Hunzrin, reflejando lo que muchas pensaban.

—¿Cuántas han empleado los recursos que yo tengo? —fue la réplica—. Hay un ejército de demonios preparado, esperándonos. Todo lo que necesitan es que los dirijan. Yo los dirigiré.

Más de una de las reunidas se removió nerviosa ante esa afirmación, sobre todo cuando miraron al fondo del pozo, a los monstruos extraños y horribles.

A las perfectas máquinas de matar.

A los constructos sin debilidades.

—Ve a toda velocidad con tu clienta, Inkeri Margaster —le dijo la Matrona Shakti Hunzrin a su hija Charri en cuanto salieron de la Casa Melarn—. Averigua sus intenciones hacia el rey enano y los otros amigos de Drizzt.

—¿Y también respecto a la banda de Jarlaxle?