Intemporal (Generations 1) 20. El meollo de la cuestión #3
84%

20. El meollo de la cuestión #3

—¿Sigo teniendo mi habitación o se la has vendido a algún mercader ambulante? —preguntó Drizzt, y Bruenor soltó una risotada.

—¡Y dos, si las quieres! ¡Por los Nueve Infiernos, y diez! ¡Y más por arriba en Viñas Sangrantes! —rugió Bruenor.

—¿Está Regis en la ciudad?

—No que yo sepa. Ha estado por ahí fuera desde hace muchas semanas.

Drizzt se inclinó ante él para marcharse.

—Esta noche compartiremos cordero y cerveza, ¿eh? —preguntó Bruenor, y Drizzt aceptó al instante.

Salió de la corte y se entretuvo por los corredores cercanos hasta que Yvonnel se reunió con él, y luego fueron juntos a la caverna de entrada a Gauntlgrym, hasta el tranvía que los llevaría arriba, a Viñas Sangrantes.

No podrían tener una conversación privada en Gauntlgrym, donde todo oído era el oído de Bruenor.

Drizzt se había subido muchas veces a ese tranvía, pero no por ello se sentía menos asombrado por el viaje de vuelta a la superficie.

Bajar al interior de la montaña era bastante normal, una fila de vagones que rodaba por las vías de la entrada de la caverna del complejo enano, donde una serie de frenos y subidas controlaban el impulso y colocaban el tranvía en la alta plataforma de la estación, justo antes del puente subterráneo y de las puertas de Gauntlgrym, que se hallaban al otro lado.

La vuelta a la superficie, sin embargo, era el mayor logro de la ingeniería y la magia que Drizzt había conocido, incluyendo los balcones de telarañas de Ched Nasad.

El tranvía rodaba bajando de la plataforma y por la caverna, impulsado de nuevo simplemente por la gravedad, pero cuando llegaba a la inclinada subida, rodaba hacia arriba con las vías, bocabajo por el techo; claro que, en ese punto, no estaba bocabajo porque Gromph Baenre y otros poderosos magos habían invertido la gravedad en todo el camino de vuelta por la montaña.

Entonces, el tranvía caía montaña arriba y volvía a dar toda la vuelta hasta el suelo, antes de salir en la estación de Viñas Sangrantes.

Era evidente que Yvonnel no estaba tan alucinada por esa hazaña, porque en cuanto salieron del tren cogió a Drizzt del brazo y se lo llevó a un lado.

Y allí, lejos de cualquiera que pudiera oírlos, le informó de que Regis se había marchado de la ciudad de nuevo y se había vuelto a infiltrar en la corte de Neverember en la ciudad de Neverwinter.

—Fue él quien vio la venta al clan Stoneshaft —explicó—, en esa misma cámara. Y Regis fue quien vio la conexión con la Casa Margaster de Aguas Profundas, aunque había otras conexiones más que él no podía conocer.

Drizzt alzó una ceja al oír eso.

—Con la Casa Hunzrin —explicó Yvonnel. Entonces, le contó lo del blanqueo de dinero, lo de Athrogate y Ambargrís, que habían ido a Thornhold, y lo del miedo de Jarlaxle de que pudiera haber personajes aún más nefarios en juego.

—Me esperaría esto viniendo de Jarlaxle, no de ti —admitió Drizzt, dejando claro que aún no tenía confianza plena en la mujer que tenía delante.

—No está aquí —respondió Yvonnel—. Zaknafein y él han ido a buscar a los enanos desaparecidos.

—¿Desaparecidos?

—Hace mucho que se fueron —continuó Yvonnel—.

Quizá estén borrachos en la mesa de los Stoneshaft, celebrando la existencia de un nuevo reino enano en la región.

Pero fueron allí buscando crímenes y no han regresado.

Con todo lo demás que hemos sido capaces de averiguar, resulta difícil pensar que no les haya pasado algo malo.

—¿Cuánto tiempo?

—Dos semanas.

—¿Y Jarlaxle?

—Hace solo un par de días que se fue, pero va a lomos de su…

—Pesadilla.

—Y un jabalí infernal para Zaknafein. Supongo que ya estarán en Thornhold, o de vuelta.

Instintivamente, Drizzt miró hacia el sur y el oeste.

—Solo hay un camino —dijo Yvonnel, y sonó mucho como una sugerencia.

Drizzt fue hasta lo más lejos de la estación del tranvía, detrás de un recodo de la montaña y fuera de la vista de Viñas Sangrantes.

Había tenido la intención de ir a Luna Plateada, como le había dicho a Bruenor, pero eso no parecía adecuado.

Pensó en regresar al tranvía, bajar hasta el portal enano donde lo podrían teletransportar de vuelta a la Mansión de Hiedra y a Catti-brie.

Quería tener su opinión sobre esos alarmantes acontecimientos.

Podía ir, hablar con ella y volver en cuestión de horas.

Pero luego miró hacia el sur y se reprendió por sus previos pensamientos. Solo eran retrasos. Lo sabía en el corazón. Su camino estaba ante él, uno por el que tres de sus amigos habían ido, seguramente hacia el peligro, junto con un cuarto: su padre.

¡Su padre!

Drizzt no estaba seguro de qué significaba eso, ya que su confianza en el carácter de Zaknafein había quedado muy dañada por lo prejuicios de este.

Desde un punto de vista racional, se dijo que no debía extrañarse: a fin de cuentas, todo era muy nuevo y sorprendente para Zaknafein, cuya vida había transcurrido totalmente dentro de los límites de Menzoberranzan. Sin embargo…

Miró de nuevo hacia el este, donde, más allá de lo que alcanzaba la vista, se hallaban la Mansión de Hiedra y su amada. Las excusas que quería creerse de Zaknafein perdieron sentido. Esa era su esposa, su compañera en todo, y ese era su hijo. Sin embargo…

Drizzt asintió. No tenía que ir a ver a Catti-brie. Sabía para dónde iba su camino, a pesar de sus recelos. Alzó el silbato con forma de unicornio que le colgaba de una cadena al cuello, se lo llevó a los labios y sopló.

—¿Quieres venir? —preguntó a su acompañante.

Vio la sorpresa en los ojos de Yvonnel cuando esta miró más allá de él y supo que Andahar, su unicornio mágico, estaba llegando.

Se giró y vio a la brillante criatura, con su cuerno de marfil reluciendo bajo la luz de la mañana mientras daba los últimos pasos hasta él, y con cada paso su tamaño se iba agrandando más que por el simple hecho de estar acercándose.

—No, me quedaré aquí. Pero ten mucho cuidado —le advirtió Yvonnel, apartándose—. Has recorrido este camino antes y puede que estés tratando con fuerzas demoniacas.

Drizzt subió sobre Andahar y asintió.

—Esperaré tu regreso —prometió Yvonnel.

Drizzt hizo girar el corcel y salió disparado hacia el sur a pleno galope.

A su espalda, Yvonnel se sentó y comenzó a memorizar un conjuro para andar sobre el viento, porque, a pesar de lo que había dicho, sí que tenía la intención de ir con Drizzt.

Aunque no era necesario que este lo supiera.

Se hallaba sentado sobre sus propios excrementos, con la espalda contra una rugosa pared natural y las manos extendidas sobre la cabeza, encadenadas a la piedra. Solo le habían dado de comer una vez en todas esas horas, metiéndole un pan mohoso en la boca y casi ahogándolo con cubos de agua.

Esa comida se la habían dado el primer día de su cautiverio. Al parecer, los demonios habían decidido que no les servía de mucho, y lo estaban dejando morir de hambre.

Supuso que ya debería haberse marchitado y muerto. O quizá contaban con que siguiera medio muerto. Quizá la historia de que un mago lo había maldecido con una larga vida debido a aquellos lejanos acontecimientos en la Ciudadela Felbarr era más cierta de lo que él se había creído.

No importaba. Maldición o no, una cosa mantenía a Athrogate durante ese tiempo: tenía que hallar a su amada.

El destello de una luz distante le hirió en los ojos y le costó un rato abrirlos. Para entonces, la antorcha ya se veía claramente, junto con la fornida enana de pelo rubio recogido en tensas trenzas que la portaba.

—Bien, enano, ¿ya has tenido suficiente? —le preguntó su carcelera, que parecía ser una mujer enana con brazos curiosamente delgados, pero unos hombros muy anchos, y un acento y una sofisticación que resultaban muy poco de enana.

—¿Suficiente? Me ruge el estómago, así que supongo que no.

—Muy bien —repuso la carcelera—. Admiro tu coraje en este momento desesperado, aunque quizá no tan desesperado para ti si me dices qué te trajo aquí. O, mejor aún, quién te envió aquí. Y sé lo bastante para darme cuenta de si estás mintiendo, te lo aviso.

—¡Buajajaja! —rugió Athrogate—. ¿Te crees que te voy a decir el color del condenado cielo? ¿O la receta de una tarta halfling? ¿O un chiste para hacer llorar a un crío? ¿O responderte quién, qué, cuándo o por qué?

—Muy listo.

—Verdad, perra. Me sacas estas cadenas, te coges las mejores armas que puedas y vuelves a mí, y con las manos desnudas te mostraré un poco más de verdad, ¿eh?

—Podría hacerte daño.

—Mejores que tú me han hecho daño.

—Oh, no, fea criatura. Podría hacerte daño de maneras que ni puedes imaginarte.

—Pues es que yo tengo una manera bestia de pensar en las cosas —le aseguró Athrogate.

La carcelera se puso en pie y retrocedió, luego se encogió de hombros y asintió.

—Toma, entonces; veamos —dijo. Cogió algo que llevaba a la espalda y lanzó el objeto al regazo del enano.

Athrogate abrió mucho los ojos y lanzó un aullido de la más profunda agonía que había conocido.

—El dolor solo ha comenzado —le prometió la carcelera, y se marchó, pero Athrogate, mirando el objeto, queriendo lanzarlo lejos y mantenerlo a la vista al mismo tiempo, no pudo oír a la mujer enana por encima de sus propios gritos.

Gritos ante la cabeza cortada de Ámbar Gristle O’Maul de los O’Maul de Adbar.