20. El meollo de la cuestión #2
Jarlaxle hizo un gesto a Zaknafein para que permaneciera agachado, luego sacó su última adquisición: una pequeña base circular de madera con unas plumas encima.
Jarlaxle las cogió y las puso de pie en cuatro agujeros cortados precisamente para los tallos de las plumas, equidistantes alrededor de la circunferencia.
Susurró: Akadi , el nombre del ser supremo aéreo de Toril, una diosa que controlaba los elementales del aire.
Inmediatamente, las plumas comenzaron a agitarse, luego a girar, y el círculo interior de la base de madera giró con ellas.
El movimiento y la magia crearon un vórtice sobre la base de madera, que fue subiendo por el aire.
Con el objeto sujeto ante él, Jarlaxle se levantó por detrás de la piedra.
—A mí, te refieres —dijo al enano.
La ballesta clicó y una saeta se disparó desde la muralla.
Jarlaxle no movió ni una ceja. No podía ver la saeta, claro, pero había odio el clic del disparo. Sí que la vio en el último instante, cuando rozaba la piedra angulosa a su derecha y le saltaba hacia la cara.
El vórtice la atrapó, como él esperaba, y la desvió, inofensiva.
—¡En la próxima mentira apuntaré mejor, elfo! —gritó el enano desde la muralla—. ¡Que sabemos contar hasta dos!
—Estás atacando a amigos de la Casa Hunzrin —se atrevió a gritar Jarlaxle—. ¿Le gustará eso a lord Neverember? ¿Tú qué crees?
Se hizo un largo silencio sin respuesta desde la muralla.
Jarlaxle sabía que se había arriesgado mucho y que había mostrado gran parte de sus cartas.
Pero no se le había ocurrido hacia qué otra parte conducir esa conversación y supuso que la oportunidad de encontrar a Athrogate y Ambargrís bien valía la pérdida de esa pequeña ventaja.
—Tú y tu amigo entráis —gritó el enano.
Jarlaxle miró a Zaknafein, que negó con la cabeza, reflejando lo que Jarlaxle también pensaba sobre eso.
—Después de esta cálida recepción, quizá sería mejor si vinieras tú hasta nosotros; al menos para empezar —gritó en respuesta.
—Vienes a vernos, así que entras y nos ves —aulló el enano.
—Mejor aquí fuera —insistió Jarlaxle con firmeza.
—¡Que me canso rápido de decirlo!
—¡Entonces, no te canses, buen enano! —contestó Jarlaxle—. Ven aquí fuera y podremos hablar de las gloriosas cosas que van a pasar.
Otro largo silencio y todas las antorchas a lo largo de la muralla se oscurecieron. Jarlaxle miró a Zaknafein y se encogió de hombros; ambos miraron hacia la puerta.
—¡Aquí vamos, elfo! —les llegó un grito un rato después, y eso hicieron, pero no a través de la puerta.
Acompañados de un fuerte zumbido, una horda de criaturas semejantes a insectos, del tamaño de un hombre, que parecían algún grotesco cruce entre una mosca y un humano, volaron por encima de la muralla.
El zumbido se convirtió en un sonsonete con ritmo y, aunque eran elfos y por tanto inmunes, ambos drow reconocieron las cualidades mágicas adormecedoras de la canción de las alas.
Como a todos los elfos, esos conjuros poco les afectaban.
Sin embargo, Zaknafein cayó al suelo.
Jarlaxle le lanzó una única mirada, no muy seguro de si estaba afectado o fingiendo, pero no tenía tiempo de considerar las implicaciones. Agarró la base de madera de su objeto con más fuerza y envió su voluntad al interior, pidiéndole más a la magia.
Contó una docena de demonios y supo que eran chasme. Y también supo que eran demasiados para dos guerreros.
—¡Que no te piquen! —advirtió a Zaknafein, que yacía inmóvil, porque Jarlaxle sabía que una herida de la afilada probóscide de los chasme seguiría sangrando durante mucho tiempo.
Jarlaxle retrocedió. Quería invocar su yegua de pesadilla y salir de allí, pero descubrió que no podía soltar ninguna mano de su nuevo juguete porque en ese momento estaba rodando con furia y cualquier inclinación o balaceo la haría salir volando.
Un globo de oscuridad mágica lo cubrió, y no uno que hubiera invocado él o Zaknafein. Pero no se sorprendió ni tampoco huyó. Ya totalmente dispuesto, simplemente destinó toda su voluntad al objeto mágico que tenía en las manos.
No podía verlo, pero sí que podía notarlo y oírlo: un gran torbellino rugiente de poder.
El zumbido subió de volumen cuando un demonio descendió repentinamente sobre él. Luego otro. Instintivamente, Jarlaxle retrocedió e intentó inclinar su juguete para interceptarlos.
El zumbido se convirtió en el sonido de un golpetazo, acompañado de chillidos medio humanos y luego gruñidos, cuando el par, atrapados en el tornado de Jarlaxle, comenzaron a dar vueltas y a estrellarse, el uno contra el otro.
Jarlaxle retrocedió para salir de la oscuridad porque necesitaba verlo, y ahí estaban, dos, luego tres criaturas demoniacas atrapadas en el vórtice.
Y sí que era un tornado, un poderoso ciclón. Pero controlado, rodando en una estrecha espiral, batiendo a los demonios que retenía en su rotación.
Con la amenaza inmediata controlada, miró a Zaknafein y vio a un par de chasme que se lanzaban para acabar con él.
Jarlaxle no tenía modo de llegar hasta su amigo a tiempo, así que invocó un globo de oscuridad sobre Zaknafein y confió en su suerte.
Zaknafein nunca antes se había enfrentado a este tipo de demonio, pero sin duda había luchado con suficientes drow durante todos sus años para no sorprenderse de que una oscuridad mágica se lo tragara. Seguramente habría sido Jarlaxle el que le había lanzado el conjuro, tratando de escudarlo.
No importaba. Oía a los demonios lo suficientemente bien y podía calcular la distancia por el zumbido de sus alas de insecto; confiaba en que pensaran que sería una presa fácil.
Mientras rodaba se soltó el látigo de la cadera y lo lanzó hacia el aire, invocando sus poderes para hacer una raja en el multiverso, una línea ardiente oculta del demonio en la propia oscuridad mágica.
Rodó a toda prisa, se puso en pie y se alejó, sintiendo una tétrica satisfacción al oír gritar al demonio que se estrellaba en el suelo a su lado.
Un segundo demonio giró con una velocidad encomiable justo sobre el oscuro globo y se lanzó contra él.
Zaknafein no se molestó en usar la grieta entre planos en esa ocasión, simplemente enrolló la cuerda del látigo en la gigantesca probóscide y tiró hacia abajo y hacia la derecha.
La cabeza del chasme se inclinó y le proporcionó a Zaknafein una perfecta visión de los ojos sorprendidos del insectoide mientras la mano izquierda del maestro de armas hacía descender la espada para cortársela.
Zaknafein se apartó cuando el chasme se estrelló contra el suelo y cayó dando vueltas y vueltas, rebotando y rompiéndose.
—Por los Nueve Infiernos —masculló incrédulo, al ver a Jarlaxle corriendo hacia él, llevando un…
¿Tornado?
Fuera lo que fuera, resultaba muy efectivo. El mercenario atrapó a un cuarto demonio en el remolino, luego a un quinto. Y el resto salió volando en todas direcciones, algunos lanzados por los efectos del vórtice; otros tratando claramente de alejarse de esa poderosa magia.
Gritos desde la muralla llamaron la atención de los dos drow; la distante verja se abrió de golpe y una jauría de caninos, canes del infierno, claro, salió a toda velocidad.
—¡Las monturas! ¡Las monturas! —gritó Jarlaxle, pero no hacía falta, porque Zaknafein ya tenía la estatuilla de su jabalí de guerra en el suelo y lo invocaba.
Y al reconocer el problema de su compañero, el maestro de armas agarró la bolsa de su cinturón y dejó caer la otra figurita de obsidiana al suelo.
Con un gran rugido, Jarlaxle llevó los brazos hacia la izquierda y luego de nuevo con fuerza hacia la derecha, y los cinco demonios salieron lanzados del ciclón como matas rodantes.
Con sus finas alas rotas por los golpes, no pudieron recuperarse, así que cayeron desde lo alto y se reventaron contra las piedras.
Pero ninguno de los drow lo vio, claro, porque ya estaba alejándose a toda velocidad sobre la yegua de pesadilla y el jabalí infernal, con los cascos y las pezuñas que levantaban chispas y llamas al chocar contra la piedra, dejando una estela de humo negro.
Pero oyeron el ruido, que fue suficiente para hacer estremecer a Jarlaxle.
Galoparon durante mucho rato. Los canes infernales no se cansaban, pero tampoco sus monturas mágicas, que eran más rápidas, así que los perseguidores finalmente desaparecieron.
—¿Estás contento de estar en casa, elfo? —preguntó Bruenor a Drizzt, cuando el explorador drow apareció inesperadamente en su corte de Gauntlgrym.
—Mi casa está donde se halle Catti-brie —le corrigió Drizzt—. Hoy estoy de visita en la casa de mi hermano.
—¡Ja, ja, pues ya me vale! ¡Y me alegro de tenerte aquí! Pasan tantas cosas… Apuesto a que ese estúpido de Neverember está planeando poco o nada bueno, y no necesariamente en ese orden.
—Cuéntame —le animó el drow.
—Aún no hay mucho que contar —respondió Bruenor—.
Parece ser que Neverember ha vendido una torre a unos enanos, el clan Stoneshaft, más abajo por la costa.
Panza Redonda lo ha visto. Al parecer, Neverember está comprando oro de dudosa procedencia; estoy contento, como un gnomo con un artilugio o un halfling con una tarta, de ser el que lo va a pillar en eso.
—Supongo que la relación entre Gauntlgrym y la ciudad de Neverwinter no ha mejorado.
—¡Ja! ¡Ese tipo es un imbécil!
Drizzt asintió y lo dejó estar. Solo había ido allí con la esperanza de usar las puertas de teletransportación recién activadas de Bruenor para ir a Mithril Hall, en la Marca Argéntea.
Quería comprar algo en Luna Plateada para reglárselo a Catti-brie para celebrar el nacimiento de su primer hijo; tenía pensada una pieza en particular, una que había visto en el palacio de lady Alustriel.
Lo último que quería era verse metido en cualquier tontería entre lord Neverember y Bruenor, dos de las personas más obstinadas y cabezotas que había conocido.
Sin embargo, en ese momento, miró casualmente hacia un lado, hacia Yvonnel, que también estaba en la corte ese día, y ella le envió un rápido mensaje con los dedos: «Hay mucho más».