20. El meollo de la cuestión
E L MEOLLO DE LA CUESTIÓN
Sobre una yegua de pesadilla invocada por medio de una figurita de obsidiana, Jarlaxle subió a un alto peñasco rocoso y miró hacia abajo, a la decrépita fortaleza conocida como Thornhold.
Un momento después, Zaknafein llegó botando a su lado, cabalgando sobre un jabalí infernal idéntico al empleado por el mismísimo enano que estaban tratando de encontrar.
—¿No podías conseguir nada mejor para un viejo amigo? —preguntó un zarandeado Zaknafein, tratando de recuperar el aliento después del trayecto.
—Seguramente sí —admitió Jarlaxle—. Pero esos objetos son muy caros, y el tiempo era escaso. Si te hace sentir mejor, ha sido el propio Gromph quien ha creado el que cabalgas.
—¿Le has pagado para que me haga esto?
—No, no, iba a ser un regalo para Ambargrís, la novia de Athrogate, cuando regresaran.
Zaknafein asintió y miró más allá de su amigo.
—¿Es eso de ahí?
Jarlaxle, mirando la vieja fortaleza, asintió.
—¿Un millón de piezas de oro por eso? —protestó Zaknafein—. No sé mucho de los precios en el mundo de la superficie, pero me imagino que podría encontrar un uso mucho mejor para una suma así en Menzoberranzan.
—Y ese es el meollo de la cuestión —indicó Jarlaxle. Desmontó y pronunció una palabra de poder, que revirtió su yegua coceadora y escupe-fuego a su forma de pequeña figurita de obsidiana.
Zaknafein no tuvo ningún reparo en saltar del incómodo jabalí infernal, y de una forma similar, Jarlaxle también lo hizo desaparecer.
—Esperaremos a que caiga la noche —explicó Jarlaxle, y fue por delante hacia una pequeña hondonada entre las piedras, no visible desde la fortaleza, pero con una vista espectacular de las inquietas aguas de la tempestuosa Costa de la Espada.
—Hoy pareces especialmente hosco —mencionó Jarlaxle mientras compartían la comida—. Aunque debo admitir que es difícil de decir contigo, porque ese parece ser siempre tu humor.
—O falta de él —replicó Zaknafein, pero gruñó ante su propio chiste antes de que Jarlaxle pudiera tomarlo como una señal positiva de un cambio a mejor humor...
—¿Por qué? Has vuelto a encontrarte con tu hijo. Creería que tal circunstancia…
Zaknafein no alzó la vista.
—Y su esposa, una mujer realmente maravillosa —continuó Jarlaxle, midiendo sus palabras cuidadosamente mientras observaba a Zaknafein. Ahí captó el rastro de una sonrisa, así que siguió—. Su esposa, que le va a dar un nieto a Zaknafein.
Entonces, Zaknafein sí que alzó la mirada, sin parpadear.
—¿No se alegraron de verte? —preguntó Jarlaxle.
Zaknafein se encogió de hombros.
—Supongo que bastante.
—Pero tú no te alegraste tanto de ver… los cambios —aventuró Jarlaxle.
—Yo no he dicho eso.
—Tu hijo casado con una humana.
—Tú siempre tan informado.
—Tu nieto tendrá sangre humana a medias.
Zaknafein dejó su cuenco con un gran golpe y miró mal al mercenario.
—¿Y bien? —preguntó Jarlaxle.
—¿Eso es todo lo que tienes que decir sobre eso? ¿Sobre todo? ¿O me vas a bendecir con un soliloquio de tristeza por mi fracaso?
—¿Fracaso? —repitió Jarlaxle.
—Tú flotas entre esas otras criaturas como si hubieras nacido de sus madres —soltó Zaknafein.
—Yo no fui el que escoltó una banda de halflings desarrapados hasta fuera de la Infraoscuridad corriendo un gran riesgo —le recordó Jarlaxle—. No fui yo quien casi mató a Drizzt porque creí que había matado a una niña elfo en una incursión a la superficie.
Zaknafein negó con la cabeza, mascullando algo ininteligible, recogió su cuenco caído y siguió comiendo.
—Me acusas de juzgarte —bromeó Jarlaxle—. Y alguien en esta comida lo hace sin duda.
—Cierra la boca y recuerda que preferiría cabalgar en tu pesadilla más que en mi estúpido cerdo.
—No voy a cambiártela.
—Entonces, cierra el pico.
Jarlaxle no dijo nada más y siguió comiendo.
Entendía la inquietud de Zaknafein ahí, claro.
Una cosa era liberar a patéticos halflings y otra muy diferente que su nieto fuera de sangre mestiza.
Alzó la mirada del cuenco para observar a su viejo amigo.
Podía verle el dolor, la confusión, la rabia, y supo que no había nada que él pudiera decir para mejorar las cosas.
Los sentimientos de Zaknafein eran solo suyos, y por tanto era él la única persona que podía aclararlos.
O no.
La tarde pasó tranquilamente hasta que el sol se hundió en el cielo occidental, con los últimos rayos que relucían sobre el agua, muy brillante para los ojos de un drow.
—Cómo puedes siquiera mirarlo —comentó Zaknafein, incómodo con el resplandor que le hacía guiñar los ojos.
—Al principio me resultó muy difícil, porque iba en contra de mis sentidos drow —explicó Jarlaxle.
Calló un momento y, sin duda, Zaknafein lanzó una mirada hacia él, pillando la inferencia—.
Pero me acostumbré, y ya no me molestaba tanto —continuó Jarlaxle—.
Y, luego, para mi sorpresa, comenzó a gustarme hasta el punto en que realmente prefiero su calor y su brillo a la fría oscuridad de la Infraoscuridad.
Aunque supongo, mientras lo pienso, que me gustan las dos cosas, así que puedo disfrutar de lo mejor de ambos mundos.
—No eres tan listo como crees —remarcó Zaknafein.
—O el doble de listo de lo que debería ser —añadió Jarlaxle con una sonrisa—. Me han dicho que mi ingenio acabará conmigo.
—Al menos morirás sonriendo, porque nadie encuentra a Jarlaxle tan divertido como el propio Jarlaxle.
—Porque nadie es tan listo como él para poder entenderlo.
Lo dejaron ahí, porque el sol ya comenzaba a hundirse en las aguas del horizonte occidental. Cuando las sombras comenzaron a alargarse, salieron sigilosamente de la hondonada y se dirigieron con mucho cuidado hacia el lugar llamado Thornhold.
A cada paso observaban el terreno que los rodeaba, avanzando lentamente y buscando pistas de…
, bueno, de cualquier cosa. La entrada principal a ese lugar era evidente y parecía haber solo una manera lógica de aproximarse, así que, si Athrogate y Ambargrís habían conseguido llegar a Thornhold, Jarlaxle estaba seguro de que, en ese momento, estaba caminado sobre sus pasos.
Al acercarse a la puerta, se toparon con una escena de gran interés. Incluso con la tenue luz del ocaso, pudieron ver las manchas oscuras y las piedras rotas, incluidas algunas que parecían una masa pringosa y negra que burbujeaba.
—Sangre —signó Zaknafein, y se agachó para oler la mancha negra—. Y no muy vieja.
—Conozco estas manchas —le respondió Jarlaxle con las manos, mirando una pila de moco negro.
Restos de demonios.
Los Hunzrin había admitido a Zaknafein que habían estado vendiendo gemas en esa región y que la Casa Margaster se había convertido en el cliente favorito de Charri Hunzrin. Las piezas comenzaban a encajar y, dada la ausencia de Athrogate y Ámbar, lo hacían de un modo que inquietaba a Jarlaxle.
Los dos drow permanecieron agachados y avanzaron hasta ponerse a cubierto bajo un par de piedras caídas en ángulo; no demasiado pronto, porque justo cuando llegaron, oyeron un chasquido revelador.
Solo sus capacidades naturales, unidas a su vasta experiencia y entrenamiento de guerreros, los hizo lanzarse rodando hacia el punto a cubierto más cercano, mientras una saeta de ballesta soltaba chispas al dar a la pierda entre ellos.
Miraron la muralla y la puerta. Una antorcha apareció en lo alto, luego una segunda y, unos instantes después, un feroz misil cortaba el aire, aterrizaba sobre la piedra y allí, de algún modo, continuaba ardiendo.
Más le siguieron, aterrizando estratégicamente para formar un dibujo que iluminaba toda el área donde los dos drow se agazapaban.
—¡Eh, vosotros, perros merodeadores! —se oyó desde la muralla—. ¡Dejaos ver! ¡Dad la cara y os contamos o dad el culo y os disparamos mientras corréis!
—¿Contados por enanos o por demonios? —signó Zaknafein a Jarlaxle.
—Sí —fue la respuesta.
—¡Somos emisarios de Luskan! —gritó Jarlaxle—. ¡Hemos venido a hablar con los nuevos dueños de Thornhold, que eran los antiguos dueños de Thornhold!
—¿Y qué tiene que hacer aquí la Ciudad de las Velas, tan al sur en la costa?
—No tan lejos para un barco —replicó Jarlaxle.
—¡No estamos viendo vuestras velas! —gritó un enano diferente desde la muralla.
—Si de verdad entendéis Luskan, cuando nos veáis, lo comprenderéis —dijo Jarlaxle, críptico—. En la ciudad están los poderes al descubierto, y luego…
Lo dejó a medias y miró a Zaknafein, haciendo signos con los dedos.
—Seguro que les han llegado susurros sobre Jarlaxle.
—En la mente de Jarlaxle, todo el mundo habla de él sin parar —respondió Zaknafein en señas.
Eso hizo que Jarlaxle sonriera de oreja a oreja, a pesar de su precaria situación allí, porque el implacable Zaknafein no iba a prescindir de su ingenio sarcástico incluso hablando con los dedos.
A Jarlaxle se le ocurrió pensar que ese drow, irreverente y quejica, se parecía mucho a otro de sus amigos más íntimos.
No podría creer que no hubiera hecho esa conexión antes, porque ambos decían lo mismo y los dos odiaban tan intensamente el mundo en el que estaban atrapados que les gustaba manchar sus espadas con la sangre de aquellos que creían que los oprimían o hacían daño a los inocentes.
El otro amigo de Jarlaxle era humano, que era por lo que probablemente no los había visto bajo una luz similar hasta ese momento, porque, al menos superficialmente, era muy difícil comparar el mundo de los drow y el de los hombres.
Pero Jarlaxle debería haberlo notado antes. Los reyes humanos, o los lores, o los hacendados, o, bueno, los simplemente humanos eran capaces de ser tan crueles como las peores sacerdotisas de Lloth.
Aun así, se alegraba de tener al menos a uno de sus amigos a su lado en ese momento, tanto por la firme compañía como por la capacidad para ocuparse del negocio que tenían entre manos.
—¡Entonces, mostraos! —gritó el enano, interrumpiendo su momento de revelación.