Intemporal (Generations 1) 19. Maestro de armas #3
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19. Maestro de armas #3

—Estás molesto porque no has podido matar a la sacerdotisa —comentó Jarlaxle cuando Zaknafein entró en su habitación en el Doce Manos de Viñas Sangrantes.

El maestro de armas soltó un bufido, pero no contestó nada más, reconociendo que esa era la manera indirecta en la que Jarlaxle le hacía saber que ya tenía información sobre el encuentro, aunque su grupo había vuelto directamente ahí a toda velocidad.

—Las Hunzrin conocen a la Casa Margaster —explicó al jefe mercenario—. Estos han comprado muchas gemas a la sacerdotisa Charri y a sus agentes. Docenas, incluida una, o quizá más, de las gemas mayores.

—Te refieres a filacterias y a demonios mayores.

Zaknafein se encogió de hombros, reconociendo que Jarlaxle sabía mucho más sobre eso que él.

—Cuando la Matrona Baenre invitó a los demonios a Menzoberranzan, y la barrera de la Faerzress entre la Infraoscuridad y los planos inferiores casi se había difuminado, las calles de la ciudad se llenaron de esos desagradables habitantes.

—¿Y por qué hizo eso? —preguntó Zaknafein.

—Quenthel creía que eso nos haría regresar al glorioso tiempo del pasado de Menzoberranzan —explicó Jarlaxle—.

Y también le permitió reforzar su dominio de la ciudad.

La amenaza constante de demonios descontrolados hizo que varias casas se acercaran a su lado.

Era un plan brillante para aumentar su poder, y mucha de nuestra gente sufrió por ello.

—Supongo que nada refuerza a una reina más que una amenaza exterior, incluso si es ella la que la ha creado —repuso Zaknafein, meneando la cabeza.

—La supervivencia de la tribu gana a todo lo demás —coincidió Jarlaxle—. También está la cuestión, no menor, de que muchas de las matronas y sus sumas sacerdotisas supusieron que valía la pena capturar a esos demonios.

—Para meterlos en filacterias, que los Hunzrin podrían vender en el mundo de la superficie a los confiados iblith —razonó Zaknafein. Meneó la cabeza ante ese plan diabólico. Era tan… drow…

Sin embargo, Zaknafein se puso muy serio y miró fijamente a Jarlaxle.

—¿Y Bregan D’aerthe?

—¿Qué pasa con nosotros?

—¿Habéis… hemos entrado en ese comercio?

—No —respondió Jarlaxle, sin la menor vacilación—. No, nunca. Esas filacterias son veneno. Atraparán a los inocentes y sembrarán la muerte, quizá de un modo incontrolable.

—Pero los beneficios… —dijo Zaknafein, tentador.

Jarlaxle no mordió el anzuelo y negó con la cabeza firmemente. Zaknafein asintió, satisfecho con eso, porque había límites morales que no pensaba cruzar y límites que sabía que su hijo simplemente no toleraría que se cruzaran, incluso por alguien a quien Drizzt llamaba amigo.

Iba a empezar a explicar su alivio, pero no llegó a decir ni una palabra porque se dio cuenta de la mirada de horror en el rosto de Jarlaxle.

—¿Qué pasa? —preguntó.

—Enanos —contestó Jarlaxle, mirando más allá de Zaknafein, hacia la distancia, como si estuviera vislumbrando algo.

—¿Ese clan Stoneshaft?

—No —contestó Jarlaxle—. En las Tierras del Heliotropo, los Hunzrin vendieron gemas a los enanos, pero realmente no eran enanos, sino unas extrañas criaturas que se hacen pasar por enanos cuando no están es su forma gigantesca habitual.

—Spriggans —dijo Zaknafein, y Jarlaxle asintió—. ¿Crees que los del clan Stoneshaft son spriggans?

Jarlaxle negó con la cabeza.

—No importa. Solo he recordado que Charri Hunzrin había tratado con enanos antes.

—Ha estado vendiendo su mercancía a esa Casa Margaster, o eso ha admitido —repuso Zaknafein—. Conoce a sus nobles y ha tratado con ellos directamente, aunque de forma discreta.

—Pero la Casa Margaster está íntimamente ligada al clan Stoneshaft.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque usaron a esos enanos para esconder su platino y su oro de las miradas de las otras familias nobles de Aguas Profundas.

Era oro Margaster lo que compró Thornhold a lord Neverember.

Y esos enanos, el clan Stoneshaft, que aparecieron en la corte de Neverember con el dinero conseguido por oscuros medios, iban adornados con brillantes baratijas, según Regis.

—Tus agentes… —susurró Zaknafein, que finalmente comprendía la preocupación del mercenario.

—Athrogate y Ambargrís —admitió Jarlaxle—. ¿A qué infierno los he enviado?

Corrió hacia la puerta, con Zaknafein pisándole los talones, y no dejó de correr hasta llegar a la casa de Donnola y Regis, donde encontró a la pareja disfrutando de su cena.

—No tengo tiempo para explicaciones —contestó Jarlaxle a sus inquisidoras miradas y a la pregunta de Donnola—. Los enanos que viste en la ciudad de Neverwinter… —preguntó a Regis, quien asintió—. ¿Joyas? ¿Baratijas? —preguntó Jarlaxle.

—En abundancia —confirmó Regis—. Bastante horteras, pensé.

—¿Cómo las de la reina de Damarra?

Regis dejó caer el tenedor cargado de comida, algo que nunca antes había pasado. Porque él había estado allí. Él lo había visto todo. Y había tenido suerte de salir de las Tierras del Heliotropo con vida cuando la reina Concettina Delcasio Frostmantle había sido poseía por la súcubo.

—¡Dioses…!

—¿Qué quiere decir? —preguntó Donnola.

—Quiere decir que, por vuestro bien, por mi bien, por el bien del rey Bruenor y por todo lo que nos importa, tú y tu red ahora trabajáis para mí.

Donnola esbozó una expresión de suspicacia, pero Regis se puso en pie, miró a su esposa y asintió.