Intemporal (Generations 1) 19. Maestro de armas #2
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19. Maestro de armas #2

Pasó ese día, y otro, y un tercero después.

Tuvieron visitantes: un alboroto de ratas gigantes, una nube de murciélagos, tres gusanos carroñeros diferentes y hasta una bestia desplazadora; pero ninguno de ellos mostró ningún interés en la escena de los halflings acampados, y fueron alejados fácilmente por los once hábiles drow.

Zaknafein no tenía ni idea de cuánto duraría la magia del globo, pero no se había atenuado y, por tanto, comenzaron el cuarto día sentados, esperando y vigilando.

Y, por fin, ese día fueron recompensados cuando se fueron pasando las señas de que un grupo de drow, que incluía al menos a tres sacerdotisas, se estaba aproximando desde el sur.

Zaknafein, el más próximo a la ilusión, se agachó con Braelin y Egalavin detrás, ninguno con las armas preparadas, aunque todos con las manos cerca de las espadas, las ballestas o lo que fuera.

Zaknafein agarró incluso el mango del látigo sobre la cadera derecha más de una vez, mientras que su mano izquierda signaba a sus compañeros recordándoles que esa era una misión para parlamentar.

Aun así, nunca se podía ser demasiado cuidadoso cuando se trataba con sacerdotisas, sobre todo con sumas sacerdotisas. Ninguna mujer drow se había ganado ese título siendo sincera y amable.

Con sorprendente ferocidad, la zona ante ellos tres estalló en movimiento cuando una banda de una media docena de osgos, que cargaban con redes, apareció como de ninguna parte y cargó contra el campamento de halflings.

Tan realista era la imagen que las altas bestias peludas no se dieron cuenta de que era falsa, y cargaron contra el campamento, lanzado las redes y saltando sobre las imágenes de los halflings con garrotes en las manos.

—¡Alto! —ordenó Zaknafein, saliendo de su escondite con el látigo en la mano derecha y la izquierda en la empuñadura de la espada, que llevaba envainada por la espalda desde detrás del hombro izquierdo. Pero no sacó la espada mientras se acercaba. Aún no.

Los osgos se volvieron, protestando con rugidos.

—¡Alto! —ordenó de nuevo Zaknafein, dirigiéndose concretamente al que tenía más cerca.

Pero el estúpido cargó contra él, alzando un enorme garrote sobre la cabeza con las dos manos, un arma que, combinada con un alcance tan largo, podía aplastarlo antes de que estuviera lo suficientemente cerca para darle un golpe de espada.

Sin embargo, Zaknafein tenía un arma de aún mayor alcance.

Chasqueó el látigo con una velocidad y un acierto cegadores; lo llevó por encima de la criatura de más de dos metros para enrollarle los brazos alzados al tiempo que hacía retroceder la punta para golpear al osgo en la cara.

Zaknafein no empleó el poder de rasgar los planos que tenía ese látigo, no contra un simple osgo, aunque tampoco resultó necesario.

La criatura se tambaleó y tiró del látigo, y perdió el equilibrio cuando el cuero perdió la tensión. Un largo paso le permitió asentar los pies firmemente, y bajó los brazos liados para abrirlos, alzando la mirada solo entonces para ver si podía destrozar al que lo había emboscado.

Pero el que lo había emboscado ya no estaba allí.

No, Zaknafein se había movido al mismo tiempo que el osgo daba ese incierto paso, y había salido de su campo de visión.

Entonces, en el instante en que el osgo comenzó a girarse, notando que el látigo tiraba de él hacia atrás, la excelente espada de Zaknafein se le hundió en la espalda y le segó la columna con facilidad.

Zaknafein, en completo equilibrio, tiró con fuerza del látigo mientras el osgo comenzaba a caer hacia delante, con el ángulo y el apoyo necesarios para enviar al monstruo rodando y así liberar el látigo, que inmediatamente envió más allá, restallando de nuevo.

Zaknafein alcanzó a dos osgos en el rostro solo con un leve ajuste de la muñeca y los obligó a detenerse de golpe.

—¿Qué significa esto? —gritó una voz femenina, y entró en la cámara una hueste de drow Hunzrin, formada por una suma sacerdotisa flanqueada por dos clérigas más, con un puñado de hombres drow tras ellas.

Desde todos los túneles que daban ahí llegaron más drow, la banda de Zaknafein, con las ballestas de mano alzadas, y detrás de Zaknafein aún había más: Braelin, Egalavin y un tercero, Valas Hune, que apareció de la nada.

—¡Charri Hunzrin! —gritó Valas Hune, adelantándose al intento de respuesta de Zaknafein.

La suma sacerdotisa contuvo su carga y miró al pícaro, que se hallaba sin armas en las manos y una sonrisa encantadora en el rostro—.

No estamos aquí para luchar —le aseguró Valas Hune—.

Me conoces, suma sacerdotisa, y sabes a quién represento.

Zaknafein echó una mirada hacia atrás, al pícaro, con una expresión que le indicaba que eso no le hacía ninguna gracia.

Sabía que debía alegrarse de esa intervención, porque ante ellos había tres sacerdotisas.

¿No podía acabar con ellas y conseguir la información que necesitaba de los hombres restantes?

—Pero ha habido lucha, por lo que veo —replicó Charri Hunzrin, señalando al osgo caído.

—Goblinoides —dijo Zaknafein, y escupió sobre el cadáver.

—Silencio, desgraciado sin casa —le riñó Charri Hunzrin, y a Valas Hune le dijo—: Explícate. Y rápido, o si no castigaré a ese severamente en vez de aceptar monedas como pago por el esclavo muerto.

—¿Monedas? —repitió Zaknafein, con un bufido de desprecio.

De la cadera, la suma sacerdotisa descolgó su propio látigo, uno con tres serpientes vivas que se agitaban y retorcían, ansiosas por atacar.

—No lo mates, te lo ruego —intervino Valas Hune—. Es inexperto y un poco tonto, pero muestra potencial.

Zaknafein suspiró y volvió a mirar al pícaro.

—Le iría bien una lección, claro, si lo crees necesario —añadió Valas Hune, para sorpresa de todos los que lo escuchaban.

Charri Hunzrin aulló y alzó su flagelo letal.

Pero Zaknafein había pillado el plan de Valas Hune.

Y lo más importante: era más rápido que la sacerdotisa, mucho más de lo que ella podía haber esperado; el látigo de Zaknafein salió disparado y restalló justo entre las serpientes del flagelo de Charri.

Esa vez, el maestro de armas sí abrió una raja en el tejido del multiverso para liberar el Plano del Fuego, una grieta crepitante y furiosa, de un blanco abrasador que hizo arder a las serpientes inmediatamente y dejó a Charri con una antorcha de tres puntas que se retorcían.

Todos allí ahogaron un grito, excepto Zaknafein y Valas Hune, y mientras Zaknafein empleaba esa distracción para avanzar dando una voltereta, Valas Hune simplemente rio.

La suma sacerdotisa intentó responder con su flagelo, pero las serpientes estaban muertas y solo eran tres cuerdas humeantes que no tenían ningún poder para morder.

Al final de su voltereta, Zaknafein quedó de pie con la punta de la espada plantada firmemente contra el cuello de Charri Hunzrin. La miró con ojos que prometían muerte.

—¿Cuántas salvaguardas has preparado, sacerdotisa?

—preguntó, y los ojos rojos le brillaban—.

Jarlaxle me dio esta espada y me prometió que ninguna barrera mágica detendría su punta.

¿Quieres saber si decía la verdad? —Zaknafein mantuvo su expresión bastante neutra, solo con la ansiedad justa para reforzar su farol, porque Jarlaxle no le había dicho nada de eso y aunque la espada era realmente buena no poseía tal encantamiento.

—¡Basta! ¡Basta! —exigió Valas Hune, avanzando y agitando los brazos hacia todos los posibles combatientes—. Hemos venido solo en busca de información.

—Y pagaréis por ella —se atrevió a replicarle Charri Hunzrin.

—Puedo hacer mejores tratos con la mujer que está a tu lado —advirtió Zaknafein.

—Aleja a tu perro —dijo Charri a Valas Hune.

—¿Aún no te has dado cuenta? —replicó el pícaro.

La sacerdotisa miró a Valas Hune con curiosidad durante un instante; luego volvió la mirada y palideció cuando se fijó realmente en Zaknafein, cuando lo miró no como a otro varón más, cuando finalmente comprendió la verdadera identidad del asesino que tenía delante.

Tragó con fuerza; Zaknafein notó la punta de la espada agitarse con el movimiento de la garganta de ella y eso le produjo una gran satisfacción.

—No soy enemiga de Jarlaxle y Bregan D’aerthe —afirmó la sacerdotisa.

A Zaknafein se le ocurrió pensar que era la primera vez en su vida que había sacado una espada que podía alcanzar a una sacerdotisa de Lloth, aparte de junto a la Matrona Simfray y la Matrona Malicia Do’Urden, y no la había empleado. Su sonrisa reflejó eso mientras apenas apartaba la hoja.

—¿Qué quieres? —preguntó la suma sacerdotisa Charri Hunzrin, dirigiendo la mirada y las palabras a Valas Hune.

—Información. Eso es todo —respondió el renegado.

—La pagarás —exigió Charri de nuevo, recuperando el valor, aparentemente—. Y pagarás por mi flagelo.

Zaknafein alzó una ceja, y con ese pequeño gesto expresó claramente que estaría encantado de saltar sobre la impertinente bruja y asesinarla del modo más horrible solo por no dejar de hablar de pagos cuando estaba en desventaja.

—Claro que sí —contestó Valas Hune, desde detrás, y, cuando sonó un tintineo de monedas, Zaknafein puso los ojos en blanco al ver lo rápido que cedía el otro drow.

Valas Hune se aproximó con un pesado saco. Cuando lo dejó caer al suelo, algunas monedas de oro cayeron fuera.

—Jarlaxle siempre es justo, suma sacerdotisa —dijo Valas Hune con una reverencia—.

Siempre ha valorado la amistad de la Casa Hunzrin por encima de la de casi cualquier otra casa —luego, como una insinuación de la información que deseaba obtener, añadió—: Hubiera traído gemas y joyas, pero parece ser que la Casa Hunzrin tiene muchas en estos momentos.

—No tantas —replicó Charri Hunzrin. Miró a Zaknafein—. ¡Guarda esa espada!

Y Zaknafein obedeció, pero haciendo todo un espectáculo para que quedara claro lo cerca de la muerte que ella había estado. Y, mientras retrocedía, no pudo evitar sentirse muy insatisfecho.

Pero esto eran negocios, negocios de Jarlaxle, y Zaknafein sabía cuál era su sitio.