Intemporal (Generations 1) 19. Maestro de armas
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19. Maestro de armas

M AESTRO DE ARMAS

Con Braelin y Jeyrelle Fey pisándole los talones, y otra media docena de guerreros Bregan D’aerthe siguiéndolo por entre las sombras, Zaknafein guio a su equipo por los túneles de la Infraoscuridad Superior, empleando todas las habilidades que había trabajado tan duro para perfeccionar.

Habían pasado casi dos siglos desde la última vez que había hecho eso, pero para el reloj interno de Zaknafein solo había sido un corto espacio de tiempo.

Para él, no eran recuerdos lejanos; más bien se sentía como si lo hubieran transportado hacia delante en el tiempo y no como si hubiera estado ausente de ese lugar durante décadas.

Llegó a un cruce del que salían tres pasajes y cerró los ojos para visualizar la maqueta que Jarlaxle había construido en Luskan antes de enviarlo a los túneles. Instintivamente puso la mano sobre el mapa doblado que llevaba en el bolsillo…, pero la apartó.

Se había preparado bien y sabía el camino. No necesitaba el mapa.

Signó a su equipo que lo siguiera, luego pasó ante la entrada de los dos túneles más cercanos hasta llegar al tercero, que los llevaría hacia el sur a lo largo de la costa, no lejos del alcantarillado de Aguas Profundas.

Notó movimiento más adelante y se agachó junto a la pared natural del túnel, para fundirse sin fisuras con la irregularidad de las piedras. Por delante, vio un brazo alzado, solo eso, con los dedos que se movían en el código silencioso de los drow.

Zaknafein se puso en pie y se sacudió, y el recién llegado se aproximó.

—Valas Hune, supongo —afirmó el maestro de armas. Alzó la mano para indicar a su banda que se mantuviera entre las sombras.

—Bien hallado, Zaknafein —contestó el pícaro—. ¿Te informó Jarlaxle de que nos encontraríamos aquí?

—Más o menos por aquí, aunque no me conozco estos túneles —contestó Zaknafein, sin querer explicarse demasiado, sobre todo dado el apellido de ese drow.

—Estás en el camino correcto, y, antes de que acabe el día, llegarás a una parte donde los corredores naturales se intersecan con los de piedra tallada —explicó Valas Hune—. Esos son del alcantarillado de Aguas Profundas, y en esa zona es donde hallarás a los mercaderes Hunzrin.

—No se encuentra a un drow —dijo Zaknafein, recordando otro lugar y otro tiempo, y una respuesta a una pregunta planteada.

Estuvo un instante pensando en aquella aventura, luego volvió a mirar a Valas Hune, que lo observaba con curiosidad—.

No importa —reaccionó Zaknafein—. Solo es una antigua broma.

El pícaro ni parpadeó.

—¿Tienes algo para mí? —preguntó Zaknafein.

Valas Hune asintió y se descolgó una pequeña mochila de los hombros. De dentro, sacó un pequeño globo cristalino, uno que le cabía perfectamente en la palma de la mano.

Zaknafein miró detenidamente el objeto y notó lo que parecían pequeñas estrellitas que flotaban y corrían por el interior del globo.

Valas Hune se lo entregó.

—La orden es Panza Redonda, por alguna razón —explicó el pícaro en cuanto dejó de sujetar el objeto—. Pero no invoques su magia hasta que estés preparado para usarla por completo. El objeto está cargado, y cada recarga resulta bastante cara.

—¿No es ese el apodo del amigo halfling de mi hijo? —preguntó Zaknafein.

—¿Lo es? Bueno, entonces, quizá la palabra sea adecuada.

Al recordar de nuevo aquel lejano incidente, Zaknafein sonrió.

—Jarlaxle me ha dicho que conociste a mi abuelo —dijo Valas Hune.

Zaknafein lo miró con dureza.

—Cierto.

—Entonces, algún día, pronto, compartiremos unas copas en el Jax el Tuerto y me podrás hablar de él.

—Mejor no tener esa conversación sobre bebidas potentes.

Fue el turno de Valas Hume de mirarlo raro.

—Pero ¿conociste a Arathis Hune?

—Lo conocí mejor de lo que él se creía que lo conocía —replicó Zaknafein, y su rostro y su voz estaban tensos y serios—. Y por eso le sorprendió que yo no me asombrara cuando se me acercó por la espalda con una daga desnuda.

Vale dio un paso atrás, y la mano se le fue al cinturón instintivamente.

—Era de Bregan D’aerthe —dijo el pícaro.

—También tú —replicó Zaknafein. Se trataba de una advertencia, ya que estaba mirando la mano de la espada de Valas Hune.

—Aún me gustaría que me hablaras de él —indicó Valas Hune, relajándose.

—No me caía muy bien.

—Eso he visto. Aun así. Quizá tus historias me permitan caminar más tranquilo alrededor de Zaknafein.

—Siempre es preferible alguien que no se te acerque por detrás.

Los dos se miraron durante un rato largo y tenso, luego Valas Hune dio otro paso atrás y le hizo una reverencia.

—Entonces, hasta que nos veamos en Luskan —se despidió.

—¿No te unes a mi aventura? —preguntó Zaknafein.

—Estaré por ahí.

—Ah. Jarlaxle te ha dicho que te quedes atrás y vigiles para informarle en caso de que mi grupo y yo seamos aniquilados.

Valas Hune se encogió de hombros.

—Los Hunzrin son formidables y conocen muy bien la región. Dudo incluso que los encuentres.

—No lo haré —repuso Zaknafein—. A fin de cuentas, ¿cómo se encuentra a un drow?

De nuevo, esa referencia no significaba nada para Valas Hune, quien solo se encogió de hombros y lanzó una última mirada a Zaknafein; en un abrir y cerrar de ojos, había desaparecido.

Zaknafein valoró la habilidad en la ejecución de esa retirada, la facilidad con que Valas Hune había desaparecido de su vista por completo, incluso quizá mágicamente.

Le resultaba muy familiar. Había visto esa habilidad antes.

Esperaba que, en ese punto en concreto, la historia no se repitiera.

—¿Estás totalmente segura? —preguntó Eskavidne por tercera vez. Estaba en la cámara de invocaciones de la Casa Melarn, sola con la Matrona Zhindia y en su forma drow.

—He rezado por ello —contestó la Matrona Zhindia, con calma.

—Pides mucho. El precio será alto.

—La recompensa será el resultado —insistió la Matrona Zhindia—. Un esfuerzo que te valdrá la pena. La diosa sabrá de tu contribución.

—Supones que tal recompensa es deseada.

—Soy devota de lady Lloth y solo de lady Lloth. He rezado.

—No te he explicado los deseos de la Reina Araña —le recordó Eskavidne.

—Entonces, ¿no te gustaría un poco del crédito? —preguntó la Matrona Zhindia, astutamente.

—Eso es algo que no te incumbe —repuso la sirvienta con igual aplomo—. Lady Lloth sabrá de mis actos si te concedo lo que ahora me estás rogando. Claro que lo sabrá. No se pueden mover unos juguetes tan poderosos sin que se note.

—¿Le pedirás permiso?

—No necesito su permiso —contestó Eskavidne—.

Ni tú tampoco; ni te sería negado o concedido si lo pidieras.

Las telarañas del caos no te las va a resolver la Reina Araña.

Están ahí para que las descifres, correcta o incorrectamente, y aceptes la bendición si se trata de lo primero, o las consecuencias si es lo segundo.

De otro modo no tendría ninguna gracia, ¿no crees?

La Matrona Zhindia cerró los ojos y cruzó los brazos cómodamente sobre el pecho, segura y relajada.

—Las telarañas de Drizzt Do’Urden —dijo—.

La guerra en la Marca Argéntea, los demonios en las calles de Menzoberranzan, la destrucción de Demogorgon a las puertas de Menzoberranzan, la caída de Q’Xorlarrin a manos de los enanos amigos de Drizzt…

con su ayuda, naturalmente. ¡Siempre Drizzt!

Tantas telarañas y ahora he encontrado un hilo con el que tejer la mía, y es uno bueno, sirvienta.

Uno que, por fin, acabará con el cuento del hereje.

—Eso esperas —repuso Eskavidne, con una tímida risita.

La Matrona Zhindia le lanzó una severa mirada a la yochlol.

—La esperanza implica duda. Yo no dudo. He rezado. He aprendido. Creo.

Eskavidne asintió.

—Y, por tanto, asumes toda la responsabilidad.

La Matrona Zhindia sonrió.

—Te concederé tu petición, matrona —confirmó la sirvienta—. Y te entregaré los… juguetes diabólicos, inmediatamente. Espero que te sirvan bien. Y, si no es el caso, si tu telaraña no es la que Lloth desea, disfrutaré viendo cómo esos regalos que se te hacen se vuelven contra ti, sin duda.

—He rezado —replicó la Matrona Zhindia, sonriendo.

—No lo haces, Valas Hune. Tú no encuentras a un drow —susurró Zaknafein para sí, poco después de separarse del pícaro.

Dejó el globo mágico sobre el suelo. Temía que se alejara rodando, porque la superficie de la piedra natural no era plana, pero mientras alejaba un poco la mano, el objeto no se movió en absoluto.

Zaknafein tardó bastante rato en confiar en esa estabilidad, pero, finalmente, apartó las manos, se arrodilló ante el globo y le dio la orden.

—Panza Redonda. Los puntitos de luz flotante del interior del globo comenzaron a moverse, rotar y unirse, emanando un brillo hacia fuera. Temeroso de estar al descubierto, Zaknafein se apartó y subió sobre un par de piedras para salir del estrecho recodo que había elegido para su trampa.

Cuando miró hacia atrás, se quedó boquiabierto porque el globo mágico estaba proyectando imágenes.

El objeto en sí mismo parecía haber desaparecido, cubierto por una pequeña hoguera para cocinar, y alrededor de ella se hallaban sentados un puñado de halfling, que se parecían mucho a la banda que Jarlaxle, Zaknafein y Arathis Hune habían empleado para atraer a Sheeva Zauvirr.

—Dejas que el drow te encuentre —concluyó Zaknafein su pensamiento previo, e hizo un gesto hacia sus dos compañeros más cercanos, Braelin Janquay y Egalavin Zauvirr, quien había estado en el otro extremo de esa trampa todos esos siglos atrás y desde entonces había servido bien en los rangos de Bregan D’aerthe.

Los tres se metieron entre las sombras y esperaron, y Zaknafein deseó haber tenido también el agujero portátil de Jarlaxle.

Había elegido ese lugar con mucho cuidado.

Cada túnel, cada posible vía de acercamiento, estaba siendo vigilada por un par de exploradores de Bregan D’aerthe, y toda la red de túneles que rodeaban esas posiciones de vigilancia se intercomunicaban, de modo que se podía pasar un aviso a todo el grupo en muy poco rato.

Solo les quedaba esperar.

No siempre la tarea más fácil.