Intemporal (Generations 1) 18. La realidad de la percepción #2
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18. La realidad de la percepción #2

—¿Qué tal ha ido tu seducción? —le preguntó, acercándose.

Yvonnel inclinó la cabeza y lo miró con curiosidad.

—Todo esto va de eso, ¿no? —insistió él, caminando junto a la joven drow, de innegable belleza.

—¿Todo qué?

—Bueno, pues tu apariencia. ¡Esos ojos!

—No voy a negar el simbolismo de mi elección.

—¿O que le gusten a Drizzt? —comentó Jarlaxle, irónicamente.

Yvonnel soltó una risita y le ofreció un coqueto gesto de hombros.

—¿Y el regreso de Zaknafein? —preguntó Jarlaxle, con una voz de repente baja y seria.

—¿Qué pasa con eso? —repuso Yvonnel, que pareció genuinamente sorprendida; pero, claro, Jarlaxle sabía que ella era muy buena en esa clase de disimulos, tanto como su tocaya, la madre de Jarlaxle.

—¿Eso no le ha gustado a Drizzt?

—No me des rodeos, tío —dijo la hija de Gromph, y Jarlaxle se tensó ante la clara admisión de su conexión familiar.

—Muy bien, entonces. Tú lo has devuelto a la vida.

Yvonnel soltó un bufido.

—No sé cómo lo has hecho, pero lo has hecho, y todo eso parece un juego muy retorcido para seducir a Drizzt —le acusó—. Oíste a Drizzt decirle a Lloth que, si se mereciera su veneración, ella habría devuelto a Zaknafein sin que se lo pidiera —le miró la mano y le recordó—. No se te pidió.

—¿Crees que quiero que Drizzt me venere?

—Que te ame, entonces.

Yvonnel se encogió de hombros, pero no movió la cabeza para negarlo.

—Un elfo oscuro tiene una larga vida. Una humana, no tanto.

—Y menos aún si la mata un enemigo.

Yvonnel se detuvo y se giró para mirar a Jarlaxle directamente y, cuando él se plantó ante ella, lo abofeteó.

—No soy la enemiga de Catti-brie ni ella es la mía —dijo con los dientes apretados—. No le arrebataría a Drizzt su esposa, su amor, incluso si lo fuera.

—Pero no niegas que él te intriga.

—No.

Lo admitió con total sencillez, sin la menor vacilación o vergüenza.

—Y por eso el regreso de Zaknafein —razonó Jarlaxle.

—No paras de decirlo, pero sé que no tienes ninguna prueba, porque no existe ninguna —volvió a encogerse de hombros—. Zaknafein ha regresado por intervención divina, al parecer, y yo no soy ninguna deidad. Mira a Mielikki, que devolvió a Drizzt sus Compañeros del Hall.

—Eso lo planeó Mielikki desde el principio.

—Entonces, mira a Lloth —repuso Yvonnel—. Aunque Mielikki aún podía ser el catalizador.

—¿Por qué? —preguntó Jarlaxle, realmente perdido—. ¿Crees esa tontería de que Drizzt la cambiará? Eso fue lo que me dijiste cuando anunciaste el regreso de Zaknafein, ¿no? Que Drizzt cree que puede cambiarla. ¿Es eso…?

—Quizá los dioses sean dioses porque pueden ver mejor el futuro para entender las ramificaciones de las acciones del presente —le interrumpió Yvonnel—.

Y, por tanto, no erran por falta de visión.

He pensado mucho en esto; estoy equipada de un modo único para esta pregunta en particular.

Creo, y me parece razonable, que Lloth comprende la inevitabilidad de nuestra revolución, Jarlaxle, y que entiende que no la puede detener.

—¿Inevitabilidad? —repitió Jarlaxle—. Me gustaría compartir tu seguridad.

—Los cambios han comenzado en Menzoberranzan. Estarán ahí siempre, tanto si avanzan como si no. Lloth lo sabe, y también sabe que tu papel en todo esto ha sido enorme.

—Por favor, no le digas eso a nadie —repuso Jarlaxle, y no bromeaba del todo. Lo último que quería era ver su propio reflejo en los ojos de araña de Lloth.

—Tu ciudad de Luskan es una seria amenaza al viejo orden —afirmó Yvonnel—.

La palabra más poderosa en el idioma drow es iblith .

La denigración de las razas que son diferentes, del otro, es el núcleo de la arrogancia drow, y la arrogancia drow está enraizada en el poder y la crueldad de la Reina Araña.

Pero piensa en lo que tú has conseguido en la Ciudad de la Velas, Jarlaxle.

—La controlo desde la sombra, a través de un capitán supremo drow que se disfraza de humano —protestó Jarlaxle—. Eso no es un truco nuevo para los emisarios de Menzoberranzan.

Yvonnel se rio de él.

—Estás hablando del pasado. En Luskan, los drow se mezclan abiertamente con los habitantes de la superficie, incluso con los poderosos.

En la nueva Torre de Huéspedes del Arcano, Gromph Baenre, el antiguo archimago de Menzoberranzan, estudia junto a Penelope Harpell y los señores de Netheril, y muchos otros magos de gran poder de otras razas.

El único que cree que el disfraz de Beniago como gran capitán Kurth permanece intacto eres tú, al parecer.

Toda la corte del rey Bruenor y la mayor parte de esta ciudad conoce el verdadero poder en Luskan, al igual que los halflings de este hermoso pueblo.

—¿Y eso? ¿Qué grave amenaza…?

—Porque Lloth sabe, como tú, que la familiaridad no crea el desprecio entre las razas que razonan.

No, lo que hace es borrar los prejuicios.

La mayor herejía de Drizzt Do’Urden no fue marcharse de Menzoberranzan, sino conseguir ser bien recibido en Luna Plateada y en Aguas Profundas.

Eso es lo que realmente amenaza a Lloth.

¿Cómo va a tener satisfechos a sus esbirros en la Infraoscuridad si existe un mundo accesible para ellos que no está hecho de oscuridad, odio y matanzas?

—No mató a Drizzt —le recordó Jarlaxle—. Lo hubiera arreglado fácilmente.

—No tan fácil, no. Porque ella sabía lo que eso acarrearía. El símbolo de Drizzt Do’Urden se haría más fuerte con el martirio. No mató a Drizzt porque temía lo que eso ocasionaría.

—¿Así que hizo volver a Zaknafein?

Yvonnel se encogió de hombros de nuevo, con una expresión de total desconcierto, y Jarlaxle solo pudo asentir e intentar suponer.

Si realmente era Lloth la que había devuelto Zaknafein a Drizzt, ¿era esa la manera de la diosa de admitir lo inevitable?

, ¿o de tratar de conservar a sus seguidores (porque ¿qué es un dios sin ellos?), en un ataque preventivo de amabilidad y contrición?

—¡No puede ser! —soltó, incapaz de que su mente diera tal salto.

—Pues eso es lo que parece ser —insistió Yvonnel—. Sobre todo, a mí, y creo que soy mejor para juzgar esa situación en particular que tú.

Eso desconcertó a Jarlaxle, porque se enorgullecía de su capacidad para evaluar y comprender los ritmos del mundo que lo rodeaban.

Yvonnel se encogió de hombros una vez más ante esa expresión de asombro.

—He llegado a ver el propio tiempo de una manera diferente —explicó ella, y soltó una risita de auto menosprecio—. Mis recuerdos son más viejos que mi cuerpo y mi consciencia, ¡varios milenios! No puedes entender lo que eso significa, tío.

—No soy desconocedor del pasado, ni tan joven —replicó él—. Recuerda: conocí a la persona de la que provienen esos recuerdos, y algunos de ellos los comparto.

—No es lo mismo. Ni remotamente. No son simples cuentos que me han explicado en las canciones de los bardos, incluso si todo eso parece cierto.

Ni tampoco son solo recuerdos de un pasado lejano.

Son experiencias de un pasado lejano que se han convertido en recuerdos nuevos para mí, como si lo ocurrido hace mil años solo hubiera sucedido hace unos pocos.

»Puedo recordar las primeras peleas de la Matrona Baenre y sentir las heridas y el olor de la sangre —continuó, y, de repente, Yvonnel pareció estar hablando más para sí misma que para Jarlaxle, como si estuviera teniendo una clara revelación—.

¡No son simples recuerdos! Puedo rememorar a Baenre haciendo el amor y vivirlo en mi mente con tal claridad como si hubiera sido yo cabalgando a un amante y no mi tocaya.

¡Vívidamente! Lo sé, lo experimento, cada sensación, incluso la gran liberación que Baenre encontró en esos momentos.

Y no como si fuera una mirona de esos encuentros, ¿me entiendes?

—No estoy seguro de querer hacerlo.

—Sé más de lo que ella vio o de lo que sintió —intentó explicar Yvonnel—. Y conozco también cada imagen evocada, cada pensamiento excitante de la mente de Baenre cuando alcanzó el éxtasis sexual. Ojalá no fuera así, pero…

Jarlaxle casi no tenía palabras.

—¿El ilícido te puso en la mente más que los recuerdos de la Matrona Baenre? ¿Temes estar poseída? Quizá Kimmuriel…

—No, no es una posesión ni tampoco una persecución —contestó Yvonnel con clama—.

Al final, y a pesar del insulto a ciertas sensibilidades, es un don.

Con miles de años de experiencia de las que echar mano, de experiencias que tengo tan frescas, siento que se me concede una cierta capacidad de premonición superior a la de…

de cualquiera. A los ancianos se los considera sabios porque han visto el resultado de situaciones similares, y, por tanto, los recuerdos que tengo de la intimidad de Yvonnel la Eterna, de sus sentimientos, sus revelaciones y sus experiencias me han concedido su sabiduría.

—¿Es por eso por lo que esperas tan pacientemente a que Drizzt esté disponible para ti?

Yvonnel rio, y Jarlaxle con ella. Parecía un ejemplo muy banal de los horizontes que ella podría conocer.

Sin embargo, Jarlaxle rio con ella porque reconoció la sinceridad de esa risa. Comprendió que Yvonnel era formidable más allá de la magia. En la diplomacia y en el engaño, era una mujer peligrosa y, sin embargo, esa explicación, esa línea de pensamiento, a él le resultaba muy convincente.

Todo… cuadraba. De algún modo, todo parecía encajar en la amplia comprensión del mundo de Jarlaxle. Existía una consistencia indudable en esas circunstancias increíblemente raras de Yvonnel.

No estaba seguro de si creía en la ignorancia que ella afirmaba en lo referente al regreso de Zaknafein, ni siquiera estaba seguro de que ella no hubiera facilitado ese regreso.

Pero, de algún modo, no le importaba.