18. La realidad de la percepción
L A REALIDAD DE LA PERCEPCIÓN
—¿Estás loco? —le replicó Kimmuriel a Jarlaxle después de la última petición aparentemente absurda del jefe mercenario.
Jarlaxle iba a responderle, pero Kimmuriel alargó la mano y negó con la cabeza.
—No te molestes con palabras —dijo el psiónico—. Ya sé la respuesta.
—Me hieres de verdad, amigo mío.
—Yo te hiero, pero tú vas a conseguir que me maten, sin duda —replicó Kimmuriel.
—Gromph no te va a matar —le aseguró Jarlaxle—. Después de sentir el poder del enjambre ilícido fluyendo a través de él para destruir a Demogorgon, es más probable que te lance conjuros de amor que bolas de fuego.
—Encantador —repuso Kimmuriel, seco.
—Te dará una habitación en la torre.
—¿Para estar rodeado de magos insípidos y sus limitaciones?
Jarlaxle suspiró, reconociendo su derrota.
—De todas formas, mi comentario no es sobre Gromph —continuó Kimmuriel—. Ese juego que me pides que juegue ahora me temo que es con una criatura más peligrosa que el antiguo archimago, y una que tiene menos que ganar si me deja vivir.
—Quizá, pero es crítico, o no te lo pediría. Yvonnel es mucho más de lo que parece, y su mano en todo esto es más larga de lo que comprendemos. Mi instinto me grita eso, y he aprendido a escucharlo.
—¿Crees que es una sirvienta disfrazada? —preguntó Kimmuriel.
Jarlaxle arqueó las cejas.
—Más.
El psiónico tardó un momento en comprender eso.
—¿Lloth? —exclamó—. ¿Crees que Yvonnel es una manifestación de la propia Lloth? ¿Quieres que espíe a Lloth? ¿Estás loco?
—Para responder a tu última pregunta, te seré sincero: posiblemente. En cuanto a la primera, simplemente no lo sé —admitió Jarlaxle—. Pero, en cuanto a la segunda, creo que deberíamos intentar averiguarlo, ¿no crees?
—Creo que nos deberíamos trasladar a la otra punta de Faerûn —contestó Kimmuriel.
—Solo es una ilusión —dijo Drizzt.
Yvonnel sonrió con falsa modestia.
—He pensado que te gustarían —para acentuarlo, parpadeó con ojos que en ese momento eran de un tono violeta, muy parecidos a los de Drizzt y una aberración increíblemente rara entre los drow.
—Son muy bonitos —admitió Drizzt—. Todo en ti es hermoso para cualquiera que te mire. Ese es tu juego, ¿no? Mantienes una ilusión mágica para que quien te mire vea lo que más le guste.
—No —replicó ella—. Ya no. Hubo un tiempo en que jugué a ese juego, como te admití abiertamente.
Era una manipulación consciente. Los que me miraban no podían evitar tratarme un poco mejor de lo que tratarían a otra persona, más mundana, y para ellos, menos atractiva.
Jugué con la percepción para conseguir ventaja.
—Eso es deshonesto.
—¿Lo es? ¿No juegas con tu reputación para conseguir ventaja?
¿No te ayuda cuando tus oponentes saben que están luchando contra un espadachín legendario?
O simplemente por ser drow. Sin duda, es una gran desventaja en ciertos aspectos, pero ¿no crees que muchos de los socios de negocios de Jarlaxle tiene más cuidado debido a su piel y porque temen la que podría ser su venganza?
Drizzt balbuceó en busca de una repuesta.
—Esto es diferente —soltó finalmente.
—No, no lo es —insistió Yvonnel—. ¿No hay noches en las que Catti-brie se pone una ropa especial o se peina de otra manera? ¿No haces tú lo mismo? Así es simplemente como decido mostrarme, mostrarme a todos, y ya no hay una ilusión maleable diferente para cada espectador.
—Pero ¿es tu aspecto natural?
—¿Acaso eso importa?
Drizzt iba a responder, pero sabía que lo había pillado con eso, así que solo se encogió de hombros.
—La gente esculpe su cuerpo, su pelo, su ropa, su maquillaje, ¡todo!, para modificar su apariencia. No he hecho nada diferente —de nuevo sonrió con fingida modestia—. Solo tengo mejores herramientas.
Drizzt rio sin querer. Deseaba encontrar algún pedestal sobre el que poder alzarse, pero no había ninguno.
Pensó en su propia vanidad, en cómo trabajaba sus músculos incansablemente todas las mañanas.
Sí, la mayor parte era práctica y un deseo de ser un espadachín perfecto, un objetivo para poder poner su habilidad al servicio de un bien mayor. Todo eso era cierto.
Sin embargo, le reportaba un placer personal esculpir esos tersos músculos.
¿Cuántas veces había pillado a Catti-brie espiándolo durante sus ejercicios matutinos, y qué difícil le había resultado no sonreír cuando sabía que ella estaba observándolo desde detrás de un matorral, pero no sabía que él sabía que estaba allí?
—No hace mucho, he tenido que luchar contra eso —le recordó Drizzt, refiriéndose a la aflicción que había sufrido y que le había borrado la línea entre la realidad y la ilusión; una enfermedad de la mente provocada por la debilitación de la Faerzress en la Infraoscuridad.
—Esa era tu locura —coincidió Yvonnel—. ¿Dónde acababa la percepción y comenzaba la realidad? No eras capaz de verlo, así que no podías confiar en que nada de lo que te rodeaba, ni siquiera tus seres queridos, fuera real.
—Y, sin embargo, incluso si no fueran reales, la ilusión, la percepción que tenía de que esos eran realmente mis amigos, los hacía reales. En mi mente y en mi corazón, yacía con Catti-brie.
—La percepción es realidad, Drizzt Do’Urden —afirmó Yvonnel.
—¿No existe la verdad objetiva?
—¡Claro que sí! Pero hasta que se descubra la falsedad, la realidad es lo que percibes que es. No puedes separar las dos sin una revelación. Que intentaras hacer eso era tu locura.
Drizzt pensó en eso durante unos segundos y luego se echó a reír.
—¿Me estás avisando, señora?
—No —contestó Yvonnel, y Drizzt no pudo detectar ninguna falta de sinceridad—.
Y ahora te digo que Zaknafein es real. Es el mismo hombre que se sacrificó para que pudieras marcharte de Menzoberranzan y volvió a sacrificarse cuando fue enviado como un monstruo no muerto para matarte.
El ser consciente que habita ese cuerpo drow es Zaknafein, tu padre.
Drizzt asintió durante un buen rato, repasando todas las contribuciones de Yvonnel a esa inesperada conversación en Viñas Sangrantes. Finalmente, paró y miró a la mujer.
—Me gustan tus ojos —admitió, y Yvonnel sonrió.
—¿Puedes verlo? —preguntó Kimmuriel a Jarlaxle, que miraba a través de su parche mágico para tener una auténtica visión de la mujer en la clarividencia del psiónico.
—No hay magia —contestó, negando con la cabeza y con bastante confusión—. Así es como Yvonnel ahora se presenta. Su auténtica imagen.
—Pero una imagen alterada por la magia, como ha admitido en relación con sus ojos —añadió Kimmuriel.
Eso hizo que su compañero volviera a encogerse de hombros.
—Ha elegido su apariencia y se ha hecho así, pero, al menos, la ilusión continua, que la mostraba diferente a los distintos espectadores, ya no está.
—¿Crees que eso es importante?
Jarlaxle pensó un momento, pero luego asintió.
—No sé por qué —admitió—. Pero ahora parece ser más verdadera, más real, más…
—Más.
—Sí. Quizá esa sea la mejor palabra para describirla.
Y tiene sentido, dada su decisión de dejar Menzoberranzan y venir aquí.
Allí podría haber sido la madre matrona.
Después de salvar la ciudad de Demogorgon, nadie, y sin duda no esa patética Quenthel, se habría atrevido a alzarse contra ella.
Podría haber vivido como una diosa, y sin embargo, aquí está, con nosotros.
Kimmuriel no le discutió eso. Miró hacia atrás, luego movió la barbilla para llamar la atención de Jarlaxle sobre la imagen.
—Lo deja —dijo el psiónico.
Jarlaxle se sacó el sombrero en agradecimiento a los extraordinarios poderes de Kimmuriel.
—Haremos bien en enterarnos de las maniobras de las casas drow con respecto a todo esto —indicó Jarlaxle.
—¿No ha sido por eso que has enviado a Zaknafein?
—Para averiguar los asuntos de la Casa Hunzrin en Aguas Profundas, sí. Porque me pregunto si es más que una coincidencia lo que los trae ahora a nuestra región en particular, en este momento en concreto.
—Los grandes poderes de Menzoberranzan no volverán en estos momentos, no después del enfrentamiento entre Drizzt y el avatar de Lloth en los túneles de las Tierras del Heliotropo, y menos aún después de la destrucción de Demogorgon a través de Drizzt como instrumento, a la vista de toda la ciudad.
Dejarán en paz a Drizzt. No van a venir a por él ahora, y, si lo hicieran, ¿no emplearían simplemente a esta criatura Yvonnel para conseguir lo que pretenden?
—Es más complicado que eso.
—¿No lo es siempre? —preguntó Kimmuriel, brusco.
—Justo como le gusta a Lloth —dijo Jarlaxle—.
Y sí, tienes razón en lo de que la ciudad no hará nada en estos momentos.
Pero hay matronas oportunistas que buscan conseguir ventaja.
Siempre. Con todo lo que ha ocurrido, con Drizzt, con Zaknafein, con nuestras crecientes alianzas aquí, algunas pueden ver una oportunidad para ascender.
—No Baenre —repuso Kimmuriel—. No ahora; al menos, no en el modo que temes. Yvonnel es Baenre, igual que Gromph, y él visita…
—Ya sabes de quién hablo —le interrumpió Jarlaxle—. Y así ya sabes cuál es tu siguiente tarea.
—¿Tarea? Hablas de mí como si fuera tu siervo.
—Nada de siervo. Pero podemos estar de acuerdo en que tienes una reunión, ¿no?
—Ash’ala Melarn —admitió Kimmuriel—. Se va a reunir pronto con la Matrona Zeerith Do’Urden, según se me ha dicho, para decidir si la antigua relación entre la Casa Melarn y la Casa Xorlarrin, que ahora es la Casa Do’Urden, puede arreglarse.
Me encontraré con ella en algún pasillo tranquilo después de que se reúna con la Matrona Zeerith.
—En un espacio donde ella no pueda ser detectada —le corrigió Jarlaxle—. En una dimensión de tu propia creación donde sea imposible que otros puedan oír nada. Así de importante es.
Kimmuriel asintió.
—Se lo preguntaré a Ash’ala con extrema privacidad.
Jarlaxle inclinó su sombrero de nuevo y se apresuró a salir de Doce Manos, la taberna, posada y establo de Viñas Sangrantes. Alcanzó a Yvonnel en el exterior de la casita de Drizzt, en el patio de la villa de Regis y Donnola.