Intemporal (Generations 1) 17. El poder de la conciencia #3
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17. El poder de la conciencia #3

—No sabes cómo llegaron aquí —replicó Zaknafein—.

¿Qué es más probable? ¿Que bajaran a un lugar donde casi con seguridad no podrían sobrevivir o que algún tratante de esclavos los capturara en su pueblo y los trajera aquí a la fuerza?

No me parecen ninguna banda de aventureros que pudiera haber llegado tan lejos y tan abajo.

—Sea como sea, ¿qué quieres que haga? —preguntó Jarlaxle a Zaknafein, y luego añadió, mirando a Arathis Hune—: ¿Y tú?

—Libéralos —contestó Zaknafein.

—Mátalos —respondió Arathis Hune, al mismo tiempo.

—¿Que los libere para que hagan qué? —preguntó Jarlaxle.

—O, al menos, ¡llevémoslos a Menzoberranzan y vendámoslos! —insistió Arathis Hune.

—No sobrevivirán en estos túneles —continuó Jarlaxle, hablando solo para Zaknafein.

—Entonces, los llevamos de vuelta a su mundo de la superficie y los liberamos allí —propuso Zaknafein.

Jarlaxle soltó un bufido y Arathis Hune se contuvo…, luego rio abiertamente ante lo que parecía una sugerencia absurda.

—No tenemos tiempo para un desvío así —afirmó Jarlaxle—. Tenemos un trofeo que entregar a la Matrona Baenre.

—Quien no estaría muy contenta si supiera que hemos liberado a valiosos esclavos —añadió Arathis Hune—, esclavos que Jarlaxle podría vender con un buen beneficio.

—Entonces, yo los compraré —dijo Zaknafein.

Eso hizo sonreír a Jarlaxle.

—¡Eres un idiota! —le gritó Arathis Hune, pero Zaknafein ni se molestó en mirarlo. El drow solo podía hablar porque Jarlaxle había evitado que Zaknafein lo matara, así que sus palabras no eran más que las de un fantasma.

—Por mi parte de las ganancias de esa aventura —insistió Zaknafein a Jarlaxle—. Dámelos e indícame el camino a la superficie.

Arathis Hune iba a decir algo, pero Jarlaxle se colocó junto a Zaknafein. Su barrera mágica parecía haberse disipado.

—Ni siquiera sabes cuál puede ser tu parte —le dijo al maestro de armas.

—Suficiente para pagar por unos halflings escuálidos —contestó Zaknafein. Jarlaxle y él se miraron fijamente a los ojos—. He hecho mi papel como se me había pedido.

—Y más, diría yo.

—Entonces, dame esto. Mi parte por los halflings, y muéstrame el camino para pueda dejarlos en libertad adecuadamente.

—¿Y luego?

—Luego regresaré a Menzoberranzan, tan contento con el resultado de esta expedición como lo está Jarlaxle.

Jarlaxle miró a Zaknafein y luego a Arathis Hune.

—¿Nos repartimos su parte?

El renegado rio asintiendo.

—Entonces, quiero una promesa de los dos de que no volveréis a intentar robarme de nuevo. Ya sabéis a qué me refiero.

No hicieron más que un gruñido; sin duda, no se trataba de un compromiso en firme. Pero era casi lo mejor que se podía esperar en la Infraoscuridad, y, por tanto, suficiente para Jarlaxle.

Poco después, Jarlaxle, Arathis Hune y tres antiguos guerreros Zauvirr marchaban de nuevo hacia Menzoberranzan.

El jefe mercenario cargaba con la cabeza de la Matrona Sheeva Zauvirr en un saco.

Jarlaxle pilló a Arathis Hune mirándolo más de una vez y reconoció el remolino de emociones en la mirada de su teniente.

Hasta ese día, había sido el segundo incuestionable de la pequeña Bregan D’aerthe, pero en ese momento temía que Zaknafein pudiera estar amenazando ese puesto.

Jarlaxle sonrió. Arathis Hune tenía razón y no solo por las proezas de Zaknafein con la espada, sino por su voluntad de acabar la misión incluso cuando parecía que a Jarlaxle y a Arathis Hune los habían dejado fuera de juego.

Muchos en Bregan D’aerthe harían algo similar, aunque, claro, ninguno era tan bueno con la espada como Zaknafein.

Pero no era por eso por lo que Jarlaxle creía que Zaknafein se alzaría a su lado.

Era porque Zaknafein no quería matar a los halflings.

Era porque Zaknafein poseía clemencia.

¿Acaso el propio Jarlaxle hubiera sido lo suficientemente valiente para defender la causa de esa pobre gentecilla?

Por dentro, Jarlaxle sonrió aún más.

Y todavía más cuando Zaknafein entró en el Micónido Supurante, menos de una semana después de que Jarlaxle hubiera entregado la cabeza a la Matrona Baenre y hubiera enseñado sus alojamientos a los tres nuevos soldados de Bregan D’aerthe.

El jefe mercenario había ido a ese establecimiento todos los días desde su regreso para esperar y observar.

Ni siquiera trató de contener la sonrisa cuando Zaknafein fue hacia él.

Zaknafein agarró el respaldo de una silla para apartarla de la mesa, pero se detuvo y se lo quedó mirando.

Jarlaxle tardó unos instantes en comprender su confusión, pero luego se pasó la mano por la coronilla, ya completamente sanada y totalmente calva. No se veía ni una cicatriz, ni un bulto, como si la cabeza, perfectamente formada, hubiera sido esculpida por los mejores artistas de Menzoberranzan.

—Me queda bien, ¿no? —preguntó Jarlaxle.

Zaknafein soltó un bufido, suspiró y meneó la cabeza, impotente.

—Mejor que con ese estúpido peinado —admitió mientras cogía la silla—. ¿Puedo sentarme? —añadió como si se le acabara de ocurrir, porque ya estaba sentado.

—Te he guardado esa misma silla —contestó Jarlaxle con gran entusiasmo y su encantadora sonrisa.

Zaknafein suspiró de nuevo.

—Aunque no estaba seguro de si volverías —continuó Jarlaxle—. ¿Soltaste a los halflings?

—Sí, en un túnel superior que daba a la luz del día.

Jarlaxle lo miró con curiosidad y su sonrisa se tornó irónica.

—¿Por qué has vuelto?

Era evidente que la pregunta había pillado desprevenido a Zaknafein, y farfulló un poco antes de contestar.

—¿Y adónde voy a ir?

Jarlaxle asintió y lo dejó estar. Se alegraba de que el maestro de armas hubiera regresado.

Pero también estaba un poco decepcionado.

Zaknafein se quedó pensando en la pregunta de Jarlaxle todo el camino de vuelta a la Casa Do’Urden, y también durante muchos días más.

Había visto la luz del sol de la superficie y, aunque le resultaba desagradable a los ojos, que solo conocían las tinieblas de la Infraoscuridad, no podía negar su atractivo.

Había pensado en seguir adelante en la superficie abierta del mundo, en dejar Menzoberranzan a su espalda para siempre.

Pero ¿cómo sería recibido ahí arriba, donde los elfos eran muchos y ninguna raza tenía afinidad con los drow?

Y Malicia iría a por él, lo sabía, y seguramente con el apoyo del consejo regente, porque una herejía así no podía permitirse.

Zaknafein había vuelto a Menzoberranzan sin estar seguro de su elección, sobre todo desde que sospechaba que esa excusión había sido la mejor oportunidad de escapar de la sociedad drow que jamás tendría.

Se temía que habría de lamentar esa decisión el resto de su vida.

Y ese temor acabaría siendo cierto.