17. El poder de la conciencia #2
Zaknafein se dio cuenta enseguida de que Arathis Hune era zurdo y dejó que unos cuantos de los primeros bloqueos tuvieran éxito, moviendo su espada izquierda por su cuerpo ligeramente.
Zaknafein sabía cuál sería el punto de quiebre: cuando su oponente llevara las dos espadas hacia el lado del fondo lo suficiente para lanzar una doble estocada o una estocada izquierda y un tajo derecho, o cualquier combinación que Arathis Hune hubiera perfeccionado.
Mientas las espadas chocaban acercándose a ese punto, Zaknafein pensó en bloquear el bloqueo y lanzar todo su peso detrás de un contragolpe para obligar al oponente a retroceder todo lo posible hacia la derecha.
Algo lo detuvo. Un sutil cambio en los pies de Arathis Hune, quizá, o su expresión, o el modo en que los nudillos se movieron sobre el pomo de la espada.
En vez de ir hacia la izquierda, porque pensó que eso era exactamente lo que Arathis Hune quería, Zaknafein retrocedió, se dejó caer y giró sobre las rodillas; dio toda la vuelta y acabó bajando la espada izquierda hacia la derecha mientras alzaba la derecha rápidamente.
Justo a tiempo y en el ángulo correcto, como vio aliviado; porque esa espada alzada detuvo no la cuchilla izquierda de Arathis Hune, sino la derecha, que de repente se cruzaba anticipando la vuelta hacia la izquierda de Zaknafein y que ahora, debido al movimiento inesperado de este, no daba a nada más que al aire y luego recibía el bloqueo del maestro de armas, que la alzaba hacia arriba.
Arathis Hune tiró otra contra, un inteligente cambió de ángulo con el que hizo rodar la espada izquierda y que lo llevó a meterla por debajo de su otra arma extendida y por debajo del bloqueo de Zaknafein.
Pero Zaknafein ya había previsto eso también, y aunque su oponente ejecutó esa maniobra con una velocidad cegadora, y sin duda hubiera acabado un con luchador menor, ni se acercó a tocar a Zaknafein.
En su lugar, el arma acelerada recibió un fuerte golpe de la espada izquierda de Zaknafein.
El impacto envió la espada en un ángulo descendente contra la parte baja de la espada derecha de Zaknafein, que la bloqueó.
Por si ese brillante blocaje no fuera suficiente, Zaknafein fue un poco más lejos.
Con un equilibrio asombroso y una fuerza exacta, el maestro de armas mantuvo esa espada alta en su lugar mientras saltaba para ponerse en pie, alzándose con todo excepto el brazo izquierdo, que bloqueaba la otra arma.
La brusquedad y ferocidad de ese movimiento cambió el ángulo de la espada, y siendo demasiado rápido para que Arathis Hune tuviera tiempo de ajustarlo, el potente movimiento de Zaknafein le sacó el arma de la mano.
La podría haber lanzado volando y rodando por el aire, y ese movimiento hubiera dejado libre la ascendente para un repentino molinete exterior y alcanzar a Arathis Hune en su vulnerable flanco derecho.
El renegado lo vio y ya comenzaba a girarse para defenderse.
Pero Zaknafein no tiró la espada, sino que deslizó la suya propia hasta el mango, lo enganchó y la hizo rodar hacia abajo y por afuera con su propia espada para que fuera como una lanza guiada, dirigida al rostro de Arathis Hune.
Este alzó en arco la espada que le quedaba y apartó la otra, pero detrás llegaba la furia de Zaknafein, que cargaba con las dos espadas.
Arathis Hune bloqueó una vez, dos, tres, retrocediendo con cada desvío y aparentemente al borde del desastre.
—Demasiado fácil —masculló Zaknafein en silencio, advirtiéndose a sí mismo, y en lugar de hacer lo obvio e ir hacia delante, el maestro de armas saltó instintivamente hacia un lado.
Cuando toco suelo y se giró, estuvo a punto de soltar una carcajada al ver que el listo renegado había dejado caer abrojos donde él habría ido a pisar.
Sin desanimarse, Arathis Hune fue a por su espada caída, y la recogía justo cuando llegó Zaknafein.
—¿Cuántos trucos más tienes? —preguntó Zaknafein, con una brillante serie de estocadas que lanzaba desde diferentes ángulos, lo que puso a Arathis Hune de nuevo a la defensiva.
Su pregunta sonaba claramente como una burla, porque ya estaba resultando evidente para ambos que Arathis Hune no podía superar a Zaknafein espada contra espada.
—Lucho con las herramientas que me dan —respondió Arathis Hune, entrando en un ritmo de bloqueos para mantener lejos las punzadas de Zaknafein—.
Me decepcio… —comenzó a añadir el asesino, pero se detuvo, tragó saliva y saltó desesperadamente mientras Zaknafein se tiraba de repente sobre una rodilla y bajaba su arma derecha.
Arathis Hune apartó las piernas y esquivó el corte, y bajó su espada derecha a tiempo de interceptar el retorno del revés, luego en diagonal hacia arriba para apartar la segunda arma de Zaknafein, que le iba directa al pecho.
Pero Zaknafein ya había hecho que Arathis Hune bloqueara dos veces con la misma arma y, por necesidad, este tuvo que retroceder el pie izquierdo un poco para mantener la espada por delante.
Era una ventaja que Zaknafein estaba decidido a no dejar pasar; atacó a su oponente siempre por la derecha, obligando a Arathis Hune a mantener ese pie avanzado para que esa única espada hiciera todo el trabajo defensivo.
Sabiendo que lo estaban presionando de forma incómoda, el renegado respondió con una bajada y vuelta, como Zaknafein había hecho antes, al mismo tiempo que invocaba un globo de oscuridad sobre Zaknafein y sobre sí mismo.
Zaknafein, al ver la primera parte de la maniobra justo antes de que la luz desapareciera, no vaciló; se lanzó hacia delante y dio un salto mortal por encima el renegado agachado, y giró mientras caía para quedar justo a la espalda de este.
A mitad de este salto, Zaknafein supo que podía matarlo. Y había supuesto bien: Arathis Hune se había agachado y, como no había alzado ninguna de las espadas para no estorbar su bajada, el drow estaba indefenso.
Sin embargo, justo cuando Zaknafein tocaba tierra, la oscuridad desapareció de repente.
Pensó que lo había hecho Arathis Hune, pero no importaba porque, oscuridad o no, ahí estaba el renegado arrodillado, mirando hacia el otro lado, agitando las espadas hacia arriba y hacia atrás desesperadamente.
Fútilmente.
Pero no había sido el renegado el que había disipado el globo de oscuridad, sino Jarlaxle. Zaknafein vio al jefe mercenario de nuevo en la esquina de túnel, con dos varitas en alto.
Entonces, la falta de oscuridad mágica se convirtió en una luz mágica, brillante y dolorosa.
Zaknafein rugió y siguió adelante a pesar del doloroso brillo, decidido a acabar lo que estaba haciendo.
Notó una ondulación brillante en el aire frente a él, justo antes de que su espada diera con una barrera invisible, pero tan sólida como un muro de piedra.
Frunció el ceño. Dibujó un amplio arco con su otra espada, pensado que podría rodear la defensa mágica, pero ahí también golpeó la misma barrera, una pared de nada.
Arathis Hune, con cara de creer que Jarlaxle había llegado para rescatarle, se puso en pie de un salto y se giró para lanzar una fuerte estocada hacia el rostro de Zaknafein.
Pero su espada también chocó contra el muro invisible que Jarlaxle había alzado entre los dos.
—Ambos me estáis robando —les riñó Jarlaxle—. Y eso es algo que no pienso aceptar.
—¿Robando? —preguntaron Zaknafein y Arathis Hune, al unísono; ambos se miraron a través del muro invisible y fruncieron el ceño.
—Ambos estáis tratando de robarme algo valioso al mataros el uno al otro —explicó Jarlaxle.
—No te perte… —comenzó a protestar Zaknafein.
—Aquí abajo, sí —le interrumpió Jarlaxle rápidamente—. Te garantizo la libertad de tu desgraciada existencia a cambio de tu lealtad. Es un pacto de negocios, nada más. ¡Nunca. Lo. Olvides!
Zaknafein nunca había oído a Jarlaxle hablarle así y no le gustó nada. Miró mal al jefe mercenario, calculando la distancia que lo separaba de Jarlaxle y preguntándose si podía cubrirla antes de que el drow empleara otro de sus muchos trucos.
—No veo sacerdotisas ni magos lanzando conjuros para controlaros la mente, así que ¿alguno de vosotros podría explicarme por qué mis dos valiosos compañeros están intentando con tanto ahínco convertirse en mi único valioso compañero?
—No tolero el asesinato —dijo Zaknafein.
—Este es menos valioso de lo que crees —soltó Arathis Hune al mismo tiempo—. Es un tonto de gran calibre y te traerá… nos traerá muchos problemas.
—Fue Zaknafein quien entró en la Casa Zauvirr cuando nosotros dos estábamos atrapados —le recordó Jarlaxle.
—Y es Zaknafein quien quiere dejar libres a esos esclavos halfling —protestó Arathis Hune—. ¡Para que nos acuchillen mientras dormimos o vayan en busca de aliados!
Jarlaxle miró fijamente a Arathis Hune durante un momento, digiriendo sus palabras; luego posó una suspicaz mirada en Zaknafein.
—¿Es eso cierto?
—No tolero el asesinato —repitió Zaknafein.
—¿Asesinato? —bufó Arathis Hune—. ¡Son esclavos! ¡Iblith! ¡Basura de la superficie! Se han condenado a sí mismos entrando en la Infraoscuridad. Les hacemos un favor matándolos rápido.
—No tolero la esclavitud —dijo Zaknafein.
—¡Menzoberranzan está lleno de esclavos! —exclamó Arathis Hune, pero Jarlaxle lo hizo callar alzando la mano.
—Tú asesinas a las sacerdotisas —dijo Jarlaxle, sin llegar a ser una pregunta.
—Las sacerdotisas de Lloth están condenadas por su elección y por las acciones a las que les lleva esa maldita elección —rugió el maestro de armas.
—Sin embargo, te acuestas con una todas las noches —replicó Arathis Hune, y de nuevo, Jarlaxle lo hizo callar alzando una mano, a lo que añadió una mirada muy severa.
La pulla no hizo mella en Zaknafein, como era de esperar. Después de todo, no estaba acostándose con ninguna sacerdotisa de Lloth por su voluntad.
—¿Acaso esos halflings no decidieron su propio destino cuando vinieron a la Infraoscuridad?