Intemporal (Generations 1) 17. El poder de la conciencia
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17. El poder de la conciencia

E L PODER DE LA CONCIENCIA

Para cuando Jarlaxle llegó caminado desde la esquina, la lucha había acabado y sus socios eran los únicos que permanecían en pie; al menos, de pie y moviéndose todavía, porque un par de halflings seguían donde habían estado completamente paralizados, aún bajo la sujeción del conjuro debilitante de la sacerdotisa.

Con un pensamiento, Jarlaxle hizo que sus botas mágicas repicaran sobre el suelo y se paseó como si nada.

—Qué amable por tu parte unirte a nosotros —le saludó Zaknafein, aunque no se volvió para mirar a su amigo. Estaba flexionándose los dedos de la mano que había estrellado contra el rostro de un enemigo.

—Bueno, había que ocuparse de la matrona —contestó el mercenario.

—¿Y dónde es…? —comenzó a preguntar Zaknafein, pero se calló de golpe al ver la expresión de asombro de Arathis Hune, que miraba frente a él, al jefe mercenario.

—Lejos, en otra dimensión, y muy cerca —contestó Jarlaxle, y alzó el pequeño círculo de tela negra.

Zaknafein se volvió.

—¿Otra vez el pelo? —preguntó, medio bufando.

Y a pesar de la masacre que lo rodeaba, a pesar inquietud por los esclavos halfling, a pesar de la sangre que le cubría las manos y las espadas, tuvo que esforzarse por no soltar una carcajada.

Porque Jarlaxle tenía un aspecto ridículo, con todas las pequeñas puntas ennegrecidas (sin duda por la grasa que había usado por pura vanidad) e hilillos de humo flotándole por encima.

Aunque podría haber sido humo saliéndole de las orejas, en vista de la alegría que Jarlaxle estaba mostrando.

Era evidente que las quemaduras de la cabeza le resultaban bastante incómodas.

—Cállate —dijo.

—Quizá los dioses te están diciendo que no les gusta tu peinado —soltó Zaknafein, de todos modos.

—¡Cállate!

—Pareces muy elegante…, o al menos útil, como una antorcha que espera a que la vuelvan a encender.

Jarlaxle frunció el ceño, y Zaknafein rio aún más.

Pero, a su espalda, Arathis Hune no se reía.

—Tu juguetito no la retendrá —advirtió—. Conseguirá disipar la magia el tiempo suficiente para escapar.

Jarlaxle lo miró, luego miró el trozo de tela y luego otra vez a Hune. Encogiéndose de hombros, lanzó la tela rodando en el aire, más y más arriba, hasta que pegó al techo y se quedó allí, abierta.

La Matrona Sheeva cayó desde lo alto, con la cabeza por delante. Sacudió los brazos y, predeciblemente, quiso ir a tocar el emblema de su casa para activar un conjuro de levitación.

Pero Jarlaxle se le adelantó; sacó una varita y le lanzó un pegote de pasta viscosa, con perfecto atino, que alcanzó a la sacerdotisa en el torso y le impidió mover las manos.

Cayó, cabeza abajo, casi diez metros, hasta estrellarse contra el suelo de piedra.

Se había protegido contra la magia evocativa, contra el fuego, el frío y los rayos, contra flechas y saetas, contra armas afiladas y romas.

Pero no contra una caída.

Sí, sus conjuros de protección absorbieron el impacto inicial, por lo que el cráneo no se le hizo pedazos, pero poco pudieron hacer cuando el cuello se le dobló demasiado rápido hacia un lado y el hueso protestó con un ruido seco y resonante.

Jarlaxle, Arathis Hune y el guerreo Zauvirr que no se retorcía en el suelo hicieron una mueca de dolor ante el desagradable sonido del cuello de Sheeva al romperse.

Pero no Zaknafein, porque esa era una suma sacerdotisa de la Reina Araña.

Matar a su hija había sido satisfactorio, pero verla morir a ella era aún mejor.

Se acercó tranquilamente para cortarle el cuello a Sheeva y asegurarse de que muriera, pero su hoja no penetró. ¡Las sacerdotisas y sus protecciones!

—Recoge el premio —le dijo Jarlaxle a Zaknafein mientras iba más allá, a mirar a los heridos guerreros Zauvirr capturados.

Zaknafein se encogió de hombros; se acercó a la matrona caída e hizo rodar la espada mientras se preparaba para el siguiente golpe. Sin embargo, se detuvo y primero le dio una patada para ver si se movía. Ella lo hizo, pero fue solo un borboteo.

Bien, pensó Zaknafein, porque quería que ella lo viera.

Y bajó la espada para darle un fuerte tajo a la agonizante Sheeva, pero, de nuevo, las defensas mágicas destellaron y desviaron el golpe.

—¿Cuántas más tienes, sacerdotisa de mierda? —masculló Zaknafein, golpeando con la espada una y otra vez, usando y gastando cada vez más salvaguardas. Al tercer tajo, le hizo sangre en el cuello, así que siguió más deprisa, y con cada asqueroso corte llegaba un poco más adentro.

Sheeva borboteó de nuevo, más de una vez, y Zaknafein supo que estaba sintiendo el dolor y que se daba cuenta con horror de que su vida se estaba acabando.

Eso lo hacía feliz. Algunos consideraban a Zaknafein un drow con consciencia y generosidad y, sin duda, lo era en la mayoría de los casos. Pero nunca con las matronas de la Reina Araña.

—Baja las manos —oyó decir a Arathis Hune, y cuando su siguiente tajo le separó a Sheeva la cabeza del cuello, se volvió para mirar a su compañero de Bregan D’aerthe.

Uno de los guerreros en el suelo había dejado de menearse, pero parecía vivo. El otro, al que Zaknafein había golpeado en la cara, había rodado sobre el vientre y se apoyaba en las manos, como si tratara de levantarse.

El tercero, al que estaba hablando Arathis Hune, se hallaba de rodillas, con las manos en alto.

—No te vamos a matar —continuó Arathis Hune—.

Al menos, no ahora. De hecho, puede que en este momento tengas una buena oportunidad.

Eres un renegado sin casa, un fugitivo de Ched Nasad y de la nueva jerarquía de tu propia casa.

Parece como que vosotros dos… o tres, si ese vive…

, tenéis pocas opciones. Sin embargo, ya te digo que Jarlaxle tiene un carácter generoso.

—¿Para unirnos a él? —preguntó el drow Zauvirr, escéptico—. ¿Confiaría en nosotros?

—No confiar en ti implicaría que teme que le puedas hacer daño —intervino Zaknafein, burlándose descaradamente—, y no puedes.

—Ve a cuidar a tus compañeros —le dijo Arathis Hune al soldado Zauvirr. El renegado se giró y envainó una de sus espadas, pero se quedó con la otra en la mano mientras iba hacia los halfling, varios de los cuales comenzaban a moverse a medida que el conjuro mágico iba perdiendo fuerza.

Ellos vieron al renegado asesino acercándoseles. No tenían a donde huir, así que se acurrucaron, esperando morir.

Se acurrucaron aún más cuando Zaknafein se acercó corriendo hacia ellos, pero se detuvo no lejos del grupo y se volvió hacia Arathis Hune.

—¿De qué vas? —le preguntó.

—¿Qué quieres decir? —preguntó el renegado.

Zaknafein desenvainó las espadas.

—En serio, ¿de qué vas? Dime tu plan.

—¿Mi plan? —repitió un incrédulo Arathis Hune—. Te diré lo que no está dentro de mis planes. No planeo regresar a Ched Nasad. El trofeo es para la Matrona Baenre y le corresponde a ella, no a nosotros, informar al consejo regente de Ched Nasad de la suerte de Sheeva.

—Estoy de acuerdo.

—Tampoco planeo pasarme siete semanas recorriendo los pasillos de la Infraoscuridad con estos pobres detrás de mí.

—Pues déjalos que se vayan —propuso Zaknafein.

—¿Para que nos maten mientras dormimos?

—Eso no te lo crees ni tú.

Arathis Hune resopló despectivo.

—Y tú no te crees que dejarlos marchar de aquí hacia la Infraoscuridad abierta sería clemente —repuso, con una carcajada—. Les daré una muerte rápida, al menos —desenvainó la segunda espada y avanzó.

—No —ordenó Zaknafein, y se puso entre Arathis Hune y los temerosos halflings.

—No esas tonto —le riñó el asesino—. Si les permites que se vayan de aquí, rondarán indefensos por los oscuros túneles hasta que se topen, casi seguro, con alguna horrible muerte. ¿Te parece eso preferible?

—No vas a asesinarlos —aseguró Zaknafein.

—¿Quién habla de asesinato? ¡Son iblith , nada más!

Zaknafein negó con la cabeza y se mantuvo firme.

—Apártate de mi camino, Zaknafein Do’Urden.

Zaknafein negó con la cabeza.

—Sirves a Baenre —exigió Arathis Hune.

—Yo cazo con Jarlaxle —le corrigió Zaknafein—. No vas a matar a esos halflings…

—A no ser que te mate a ti primero —le completó la idea Arathis Hune.

—Así es normalmente como va la cosa, sí.

—Entonces, lo haré —prometió Arathis Hune, y le hizo una profunda reverencia; y, mientras se inclinaba, Zaknafein se dio cuenta de que Hune se había vuelto a colocar la ballesta a la espalda y la había recargado, y astutamente disparaba su trampa, tirando de un cordón secreto enganchado al gatillo.

Como si hubiera practicado ese movimiento un millón de veces, Zaknafein se dejó caer de rodillas y alzó la espada, horizontalmente ante sí, filo arriba. La saeta rozó la espada y salió alta, de manera inofensiva.

—Puedes intentarlo —respondió Zaknafein, que inmediatamente se puso en pie de un salto, justo a tiempo, porque Arathis se había alzado de su falsa reverencia y cargaba, como si supiera que el truco de la ballesta no acabaría con ese maestro de armas.

Zaknafein vio, por la expresión del drow cuando se enzarzaron, que Arathis Hune había esperado herirlo un poco o, al menos, haberlo desequilibrado.

Pero el asesino no tuvo esa suerte. Zaknafein estaba en pie para recibir su ataque, bien apoyado sobre los talones, con la espada ante él totalmente equilibrada, dando un golpe tras otro.

Con un giró cegador y lanzando estocadas, Zaknafein se adelantó sobre los pies, robándole impulso a Arathis Hune, y lo hizo retroceder.

Arathis Hune nunca había tenido el título de maestro de armas, pero podía luchar como uno, sin duda, y rápidamente aceptó y contraatacó el cambio de posición con igual ferocidad y velocidad mientras las espadas se convertían en una mancha de metal tintineante entre ellos.

El asesinó comenzó a formar pequeños círculos con la espada derecha, bloqueando hacia dentro.