Intemporal (Generations 1) 16. La tentación del resurgimiento #3
70%

16. La tentación del resurgimiento #3

La espada izquierda de Zaknafein dibujó un amplio arco horizontal de derecha a izquierda con el que bloqueó las dos espadas de su enemigo.

Pero no acabó el arco, y retrajo la espada hacia abajo y hacia la derecha, poniéndola por debajo de la espada izquierda de su oponente.

Entonces, la levantó y dio un paso bajo el brazo levantado, y, en el mismo momento, en un increíble acto de inspiración, con la mano derecha, que tenía vacía, cerró los dedos sobre la mano izquierda de su oponente y le retorció la muñeca.

Eso hizo que este soltara la espada, que Zaknafein cogió mientras retrocedía.

Entonces alzó la mano derecha hacia atrás y golpeó en la cara a su enemigo con el pomo de su propia espada mientras alzaba la espada izquierda para parar el débil contraataque del drow mientras caía.

Zaknafein se apartó de este guerrero, se volvió y comenzó a dar tajos opuestos con las espadas ante sí, siempre equilibrado, siempre en línea, y al mismo tiempo siempre listo para virar.

Se oyeron los chirridos del metal contra el metal mientras dos espadas bloqueaban cuatro, una y otra vez.

Con lo que parecía un esfuerzo mínimo, Zaknafein contenía el ataque mientras buscaba el modo de ganar ventaja.

La idea de la ventaja se le fue rápidamente de la cabeza cuando oyó un inquietante sonido a su espalda.

Al parecer, su lanzamiento de espada no había acabado del todo con la sacerdotisa.

Se preguntaba por qué no se había movido. Una suma sacerdotisa, una antigua matrona de una casa drow estaba a punto de invocar sobre él algún tipo de espeluznante destrucción, y él no se había movido.

Entonces, Jarlaxle notó una extraña sensación, una que no le era demasiado familiar.

No estaba huyendo para salvar el pellejo.

—Si no puedes atacar a tu objetivo, ataca a sus compañeros —masculló Jarlaxle en silencio, recordando la que era la primera regla en una emboscada. El problema con esa regla era que no podía ver a ningún otro traidor de la Casa Zauvirr.

Así que eso no le iba a servir.

—Si no puedes atacar a sus compañeros, ataca el campo de batalla —dijo en voz baja, y esta regla sí podía seguirla. Invocó un globo de oscuridad sobre Sheeva; no para envolverla totalmente, sino específicamente para que le fuera por detrás, justo lo suficiente para obligarla a avanzar.

Al mismo tiempo que creaba la oscuridad, Jarlaxle lanzó su agujero portátil, haciéndolo girar para que se fuera ensanchando con cada rotación hasta caer al suelo ante la sacerdotisa, quien, con suerte, no lo vería hasta que fuera demasiado tarde.

La oscuridad la empujó por la espalda y, con una mirada irritada hacia atrás, Sheeva dio un paso sin fijarse dónde ponía los pies y acabó… ¡en el agujero!

Jarlaxle saltó del muro y corrió por el pasillo para recoger su juguete y asegurarlo. El pozo de tres metros de profundidad era de nuevo un bolsillo extra dimensional y, esta vez, con una drow a la que podía considerar incluso más peligrosa de lo que Zaknafein lo había sido todos esos años atrás.

Pensando en el maestro de armas, corrió a doblar la esquina y vio a Zaknafein en medio de una pelea contra tres soldados Zauvirr. Pero le inquieto más ver también a una sacerdotisa con una espada colgada del costado y un látigo en la mano, que hacía rodar por encima del hombro.

¡Y lo lanzaba contra él!

Jarlaxle esquivó el golpe, pero descubrió las propiedades de ese látigo para cortar el plano de la peor manera, porque a diferencia de Zaknafein, Jarlaxle no vio la lava.

La sintió.

Sobre la cabeza.

Con un aullido de dolor, el jefe mercenario volvió a doblar la esquina, mientras se daba palmas en el intenso ardor en la cabeza.

Zaknafein hizo una mueca cuando oyó el chasquido del látigo y más aún cuando oyó el grito de Jarlaxle. Pero mantuvo la concentración; estaba demasiado ocupado para ir con su amigo.

Esa vez, el conocimiento del arma de la sacerdotisa salvó a Zaknafein, no solo porque reconoció el sonido a su espalda como el susurro del látigo alzándose y girando, sino también porque sabía lo que esa arma era capaz de hacer.

De espaldas a la sacerdotisa y con dos guerreros ante él, tenía que tomar una decisión…, y rápido.

No vaciló, no tenía tiempo ni de considerar conscientemente lo que su entrenamiento exhaustivo les había inculcado a los músculos.

Saltó hacia atrás, girando, y salió corriendo.

No intentó esquivar el látigo que iba en su dirección, esta vez desde el costado y no por arriba.

En vez de eso, corrió hacia el interior de su alcance, como había pensado hacer la primera vez, antes de que le sorprendiera el «talento» de esa arma.

Mientras lo hacía, los dos guerreros que lo seguían entraron justo en la zona de alcance del látigo.

La raja de la sacerdotisa en el Plano del Fuego pilló en toda la cara a sus esbirros y ambos cayeron, aullando de dolor.

Eso le dio a Zaknafein el tiempo que necesitaba.

Se lanzó al suelo en una voltereta y se levantó con las dos espadas en alto, moviéndose con furia.

Y apuñaló a la sacerdotisa en la barriga…

Le cortó en el lado de una pierna…

En la otra cadera…

Le hizo un tajo debajo de la barbilla.

Cada golpe hacía estallar una luz mágica, una chispa repelente, mientras las salvaguardas de la sacerdotisa hacían su trabajo. Pero cada destello era más tenue que el anterior, porque era evidente no ella no tenía poder suficiente para mantener su protección perpetuamente.

Él la golpeó cinco veces, diez veces. Demasiado cerca para poder usar el látigo, y con el furioso ataque que le impedía lanzar un conjuro, la sacerdotisa tuvo que recurrir a su otra arma, y trató de ralentizar el impulso de Zaknafein con una maza de poder mágico.

Era muy hábil con ella; podía derrotar a la mayoría de los varones drow en un combate.

Pero Zaknafein no era la mayoría de los drow y, mucho menos, la mayoría de los varones.

Sí que estuvo a punto de parar uno de la siguiente docena de ataques de Zaknafein, pero sus salvaguardas se agotaron en medio de ese ataque, y estaba demasiado herida, demasiado dolorida, demasiado rajada para intentar detener la siguiente lluvia de golpes.

Zaknafein siguió atacando hasta hacerla pedazos, concentrado solo en el acto de destrucción que le estaba dirigiendo a la sacerdotisa.

Además, no tenía nada de lo que preocuparse, porque el soldado que había golpeado con el pomo de la espada seguía en el suelo, retorciéndose.

El segundo del trío también seguía caído, e hilillos de humo se alzaban de su ropa mientras que con temblorosos dedos intentaban alcanzar la saeta de ballesta que tenía clavada en la espalda.

El tercero había girado, había dejado caer las armas y tenía las manos en alto.

Se rendía ante la ballesta de Arathis Hune.

Esos tres poco le importaban al maestro de armas.

Lo único que retenía su atención era la vil sirvienta de Lloth que tenía ante sí.

La sacerdotisa finalmente se desplomó sobre el suelo, dando un grito ahogado con los últimos alientos de vida y con los ojos muy abiertos ante el hecho de que estaba pasando hacia el reino inferior.

Zaknafein podría haberla atravesado y acabar con ese horror.

En vez de eso, le escupió y luego limpió las espadas en sus vestiduras.

—Disfruta del abrazo de tu diosa.