16. La tentación del resurgimiento #2
Zaknafein salió como una exhalación del agujero extradimensional, corriendo, como era de esperar, directamente hacia la sacerdotisa.
El guerrero que creían que era el noble hijo de Sheeva lo interceptó y le lanzó una estocada.
Pero Zaknafein saltó hacia el lado exterior del golpe, con la espada derecha hacia abajo, y desplazó la espada derecha enemiga de un revés.
El noble drow intentó contratacar lanzando otra estocada por debajo del bloqueo con su espada izquierda, pero Zaknafein había visto ese movimiento, bastante corriente, muchas veces antes, y estaba preparado.
Paró la estocada con su espada izquierda, y alzó la espada de su oponente antes de que este hubiera retirado el otro brazo, que tenía extendido.
Al cortarse con su propia espada, el guerrero Zauvirr lanzó un chillido y trató de apartarse hacia su izquierda, pero Zaknafein fue con él y le alcanzó en el muslo con una estocada y luego otra.
El hijo de Sheeva cayó al suelo mientras invocaba un globo de oscuridad en un acto desesperado para evitar que lo mataran.
Pero, de todas maneras, Zaknafein ya no tenía más interés en él y se acercaba a la hija de Sheeva, una sacerdotisa de la vil Reina Araña.
Su ansiada presa.
Arathis Hune, a la derecha y detrás de Zaknafein, fue hacia los halflings y el par de drow que rondaban alrededor de las criaturas inmovilizadas. El asesino llegó haciendo rodar sus dos espadas. Entonces, tres espadas y una ballesta de mano se alzaron contra él.
Lanzó una espada al aire, aceptó el pinchazo de la saeta de la ballesta, porque hacía mucho tiempo que había entrenado su cuerpo para resistir el veneno somnífero de los drow, y alzó su propia ballesta, una considerablemente más grande que la diminuta arma que le había disparado.
No había veneno en la saeta de Arathis Hune esta vez.
No hacía falta.
Y ya solo hubo una espada y una ballesta vacía frente a Arathis Hune, mientras este recogía su espada en la caída.
Atacó con una floritura y furiosamente, como Jarlaxle había ordenado, con las dos espadas cortando por todas partes alrededor del guerrero, agobiándolo, sin darle un respiro.
El guerrero Zauvirr se movía y se volvía con tal locura para evitar una muerte súbita que ni pensó en sacar su segunda espada.
Pareció una ironía adecuada que el guerrero se tropezara con un halfling caído y se fuera hacia atrás.
Ejecutó una voltereta inversa, claro, y consiguió sacar incluso la segunda espada mientras lo hacía, pero Arathis Hune fue más rápido y lo esperó en un punto que el guerreo no podía defender mientras se incorporaba.
Así que el guerrero Zauvirr tuvo que rodar de nuevo, y luego otra vez, y otra, y otra, con Arathis Hune decidido a agotarlo sin ni siquiera darle un golpe.
A pesar de las instrucciones dadas a sus compañeros, Jarlaxle no salió del espacio extra dimensional con fuego y energía. Salió sigilosamente, y en silencio quitó el agujero de detrás de él y se deslizó a través de las sombras en busca de la presa mayor y más peligrosa, que sabía que estaría cerca.
Invocó sus botas mágicas, para poder avanzar en un absoluto silencio, y también invocó para ellas la esencia de la araña, lo que le dio la habilidad de caminar por las paredes con la misma facilidad que un arácnido.
Pensó que las sombras eran mejores ahí arriba
Vio otro trío de guerreros drow a la carga, directos contra Zaknafein, que estaba ocupado con la hija de la Matrona Sheeva.
Tenía que confiar en su amigo maestro de armas, se dijo a sí mismo, así que fue por donde los soldados habían llegado y con mucho sigilo, más cerca del techo que del suelo, dobló una esquina hacia el gran corredor.
Ahí estaba ella, Sheeva Zauvirr, sujetando un flagelo de cabezas de serpiente y dándose con una varita contra la pierna, sin duda a punto de provocar alguna catástrofe.
Sorprendido al encontrarla sola, Jarlaxle avanzó aún con más cautela.
Empleó su anteojo de nuevo, y giró su tubo exterior y corredizo para «ver un espectro diferente», el de la magia.
Como se esperaba, todo el suelo y las paredes alrededor de Sheeva brillaban con runas y glifos, al igual que la propia mujer.
Que hubiera perdido el favor de las otras matronas de las ciudades no significaba que hubiera perdido el de la Reina Araña; de hecho, dado el gusto de Lloth por el caos, seguramente era todo lo opuesto.
Jarlaxle se recordó que Sheeva seguía siendo una suma sacerdotisa, y él ya había tenido que tratar con las salvaguardas y las protecciones de poderosas matronas antes.
Tenía muy pocas ganas de tratar con ellas de nuevo.
Reptó más arriba por la pared, y encontró un recoveco poco profundo para que fuera Sheeva quien fuera hacia él.
Finalmente, ella se movió pero fue deteniéndose a cada paso para oír los ruidos; sonrió cuando un grupo de sus secuaces, que Jarlaxle supuso que debían de ser los último tres en comenzar a luchar, empezaron a decir que su oponente estaba rodeado y debía rendirse.
—Vaya uno —susurró Jarlaxle, recordando las proezas de Zaknafein e intentando mantener su concentración. Sheeva ya no era una matrona, pero eso solo era una distinción política y tenía poco que ver con el poder que pudiera manejar. Podía hacer fracasar su plan con la fuerza de un único conjuro.
Sheeva seguía avanzando cautelosamente; llegó a la esquina y echó un vistazo al otro lado.
Jarlaxle disfrutó con el siseo furioso de Sheeva.
Inmediatamente, la matrona comenzó a salmodiar en una voz baja y grave, cargada de creciente furia.
Jarlaxle tenía que moverse deprisa y actuar, pero aún no estaba seguro de cómo podía intervenir. Ella estaba cubierta de salvaguardas y ningún arma o conjuro que él pudiera lanzar atravesaría esas defensas mágicas con suficiente rapidez.
El mercenario se encogió de hombros y pensó que quizá sí debía moverse rápidamente… y largarse lo más lejos posible.
Tenía un látigo, no la monstruosidad con cabezas de serpiente que llevaba la mayoría de las sumas sacerdotisas, sino uno común, negro y trenzado, que giraba, se torcía y bailaba también como una serpiente en las manos expertas de la sacerdotisa.
Zaknafein admiró su maestría y deseó poder responderle de igual modo, pero su látigo había quedado destrozado en la posada.
Aun así, se alegraba de conocer bien esa arma tan poco corriente; sabía muchos de los posibles ángulos y tácticas que su oponente podía emplear.
Calculó la inclinación del brazo de ella cuando lo movió para golpearlo, e instantáneamente supo su alcance.
Así que se detuvo derrapando y se echó hacia atrás, doblando las rodillas, con lo que el látigo restalló sobre él mientras se tumbaba bocarriba.
Pensaba tocar ligeramente el suelo con los omóplatos, luego volver a subir para cubrir la distancia hasta la sacerdotisa antes de que esta pudiera descargar el látigo otra vez, pero no se trataba de un látigo corriente.
Restalló en el aire, como se esperaba, pero la punta dibujó una inesperada línea fina justo por encima de él.
Y el golpe hizo más que eso: cortó una línea en el aire, en el propio aire, como si partiera el tejido mismo del Primer Plano Material.
A Zaknafein le pareció que el arma no había golpeado el continuo de espacio-tiempo que lo rodeaba, sino un dibujo de esa área, con él dentro, y había rajado el lienzo para mostrar un infierno más allá.
Porque tenía una línea de llamas justo sobre él, tan ardientes que le quemaron los ojos y las cejas; la raja goteó fuego líquido sobre él, como si estuviera sangrando lava.
Zaknafein se cubrió la cara con los brazos y rodó para alejarse de ese infierno descendente.
Mientras trataba de recuperar la sensación después del impacto e intentaba comprobar que no estaba ardiendo, se puso de pie rápidamente, y más rápido aún cuando oyó a la sacerdotisa ordenando a unos recién llegados que lo mataran.
El maestro de armas dio un salto para ponerse en pie, de espaldas a la sacerdotisa y a los recién llegados, y por puro instinto llevó las espadas rodando hacia atrás y sobre los hombros, una en un ángulo descendente y la otra hacia el alto techo.
Dio la vuelta hacia la derecha y dejó su espada derecha detrás para detener otro tajo de una espada drow.
Vio a tres enemigos, uno en cada flanco y otro lanzándose directo contra él. Zaknafein no se detuvo ni vaciló, ni siquiera batió una pestaña para encontrar una solución al hecho de estar rodeado.
Sabía muy bien que la única solución era tomar la iniciativa y mantenerla.
Así que eso hizo. En vez de retroceder para evitar quedar entre los tres, actuó al revés y se lanzó directo hacia él drow que tenía delante. Sus espadas iban de derecha a izquierda, hacía abajo y hacia arriba, y la inesperada sorpresa de esa docena de ataques hizo retroceder a su oponente.
Y aún lo desequilibró más con otra sorpresa: tiró una estocada directa con la mano derecha, la echó hacia atrás rápidamente y lanzó la espada como si fuera una pica.
El drow la esquivó con facilidad y una renovada confianza se dibujó en su rostro, pensando que él era el objetivo, pensando que había esquivado un golpe que su oponente consideraba mortal.
Pero su sonrisita desapareció cuando oyó a la sacerdotisa a su espalda lanzar un grito de asombro y, en ese momento de sorpresa, Zaknafein saltó hacia delante, justo un poco más allá de las espadas que lo atacaban por detrás.