16. La tentación del resurgimiento
L A TENTACIÓN DEL RESURGIMIENTO
—¿Qué son? —preguntó Zaknafein, porque nunca había visto criaturas iguales.
Parecían bastante humanas, pero solo alcanzaban la mitad de la altura de un humano de la superficie, y parecían blandas y un poco redondas, incluso después de haber estado retenidas en una prisión drow casi a punto de morir de hambre.
—Halflings —contestó Arathis Hune.
—¿Enanos sin barba?
—No se parecen en nada a los enanos, excepto en la estatura —contestó el teniente de Jarlaxle—. Esos pequeños prefieren la luz del sol y los suaves lujos del mundo de la superficie, no las cuevas de la Infraoscuridad superior ni los túneles de la inferior.
—Entonces, ¿por qué están aquí?
—Le dijimos a Aunrae Nasadra que necesitábamos un cebo. Nos ha traído cebos.
Zaknafein miró a la carnada viva, cinco criaturas de triste aspecto, encadenadas juntas y moviéndose nerviosas. Le parecían niños, excepto por el vello facial que notó en dos de ellos, mientras que el quinto tenía claramente la forma de una mujer adulta, si bien no la altura.
El maestro de armas hizo una mueca, no demasiado convencido con esa solución.
No tenía ninguna afinidad con los halflings, ya que acababa de enterarse de que existían, pero era evidente que esa no era ninguna banda de pícaros o guerreros atrapados por sus crímenes, únicamente víctimas desafortunadas.
A ese grupo de pobre gente los dejarían allí solos para que fueran presa de Sheeva y su cortejo.
Los miró a la cara, a los ojos, y vio su miedo y desesperación, y, por un instante, compartió un poco de eso con ellos.
Quiso decir algo, pero en ese momento Jarlaxle se acercó, con un disco mágico flotando tras él que cargaba algo bajo una sencilla sábana blanca.
—Sheeva no ha abandonado su deseo de mantenerse en su Casa —explicó—.
Está buscando algún modo de conseguir el favor de Ched Nasad, de que la protejan de Baenre y de aquellos en la Ciudad de las Telarañas Resplandecientes que la consideran un peligro para la integridad de su orden —cogió la sábana y la retiró para dejar al descubierto una magnifica estatua de una araña cubierta de pedrería.
—Es una copia de una de las que adornan la mesa del consejo regente de Ched Nasad —explicó—. Se han filtrado susurros desde la ciudad de que una banda de diminutos ladrones procedente de la superficie ha huido con ella.
—¿Crees que eso atraerá a Sheeva? —preguntó Zaknafein, con un tono que revelaba su escepticismo.
—La tentación del resurgimiento —contestó Jarlaxle—.
No hay nada que la antigua matrona desee más que regresar al trono del que ha sido depuesta.
Rescatar esto de las manos de estos temibles salteadores halfling será la invitación a Sheeva para regresar al consejo regente.
Excepto que, claro, eso no va a ser así.
—Parece mucho lío. ¿No podemos ir simplemente a cazarla y acabar de una vez?
—¿Cómo encuentras a un drow? —le recordó Jarlaxle.
Zaknafein no tuvo respuesta. Miró a los prisioneros y suspiró, pensando ya cómo podría protegerlos adecuadamente si Sheeva iba a cazarlos.
—Salteadores que no saltan dos palmos del suelo —masculló con una inevitable risita.
Al fondo de un bosquecillo de setas gigantes, en un pequeño recodo protegido de la luz de las luciérnagas del techo de la caverna principal, los cinco halflings se hallaban sentados alrededor de una hoguera casi sin llama y oculta, comiendo lo que Jarlaxle les había proporcionado: una comida realmente buena, sin duda, y una a la que los hambrientos prisioneros no trataron de resistirse.
Detrás de ellos, en lo llano, se hallaba la araña de piedra sobre una repisa natural, a plena vista de cualquiera que se encontrara casualmente con la banda.
Al costado de ese recodo, una oscura grieta en la pared mostraba la boca casi cerrada de la cámara extradimensional que Jarlaxle había creado con su agujero portátil.
Desde el interior, los tres drow hacían turnos para vigilar su cebo: Arathis Hune, que una vez había pescado en las aguas del lago Donigarten, en Menzoberranzan, había apodado Flotador al jefe del grupo de halfling y les había hecho bromas sobre lo pronto que se los zamparían.
Aparte de la crueldad de las bromas del asesino, que le molestaban bastante, Zaknafein no consideraba que esa estrategia fuera efectiva.
—Te burlas de ellos asegurándoles una muerte cierta, así que ¿qué tienen que perder? —había preguntado cuando se metieron en la cámara extra dimensional ese día, el décimo día en Ched Nasad.
—No pienso demasiado en su pérdida. Pero es una manera de pasar el rato.
—Es más probable que intenten escapar o luchar si sigues provocándolos así —planteó Zaknafein, pensado que tendría más posibilidades de éxito si apelaba a su sentido práctico que a su decencia.
Pero Arathis Hune solo se encogió de hombros, como si ninguna de las dos posibilidades le importaran, y se metió en el agujero.
Zaknafein miró a Jarlaxle en busca de apoyo, pero el jefe mercenario no quería tomar parte en su creciente discusión. Tenían una misión, solo una, y era una que más les valía completar con éxito, les había recordado Jarlaxle.
Como a Arathis Hune, nada más parecía importarle.
Pero sí le importaba a Zaknafein.
Pensaba en eso cuando le tocó su turno junto a la entrada, mientras observaba a los halflings reunidos en su campamento improvisado.
La Casa Simfray había sido solo una casa menor, con pocos siervos aparte de un puñado de goblins, así que Zaknafein nunca había estado en contacto con muchos esclavos, y sin duda con ninguno como esos.
Los goblins era criaturas totalmente miserables, sin ninguna cualidad positiva que Zaknafein pudiera haber visto.
Le parecía que toda su existencia se basaba en planear desgracias y destrucción, incluso entre ellos.
Aun así, verlos esclavizados nunca había acabado de agradar al maestro de armas.
Zaknafein sabía, al mirar a los halflings y verlos con sus ojos cargados de miedo, pero ver también sus risas y las muchas palabras intercambiadas que parecían reconfortarles, que esas criaturas no eran como los goblins, en absoluto.
Sin embargo, ahí estaban, un cebo que colgaba ante terribles enemigos con terribles intenciones, que seguramente los asesinarían antes de que los tres vigilantes pudieran detenerlos.
Y a sus dos compañeros les importaba un comino.
Uno de los halflings se levantó y caminó un poco, estirando los brazos. Bostezó y volvió a sentarse, pero más hacia el lado y contra la pared del recodo.
Zaknafein miró hacia el otro lado y vio también a la halfling estriada sobre el suelo, aparentemente dormida. Cuando volvió a mirar al que había estado paseando, este también ya estaba tranquilamente acurrucado y medio dormido.
Jarlaxle le había dicho que esa raza era muy buena en dos cosas: comer y dormir, y en ese momento le hubiera resultado difícil contradecirlo. En cuestión de segundos, dos de ellos parecían profundamente dormidos y los otros tres estaban sentados ahí, al parecer, absortos en su comida.
La cuestión era que estaban sentados demasiado quietos, pero Zaknafein no se había fijado antes en eso, y de pronto se dio cuenta de que ya no oía el chisporroteo de la pequeña hoguera. El fuego seguía ahí, pero no podía oírlo.
El maestro de armas tragó aire y se dio la vuelta para agitar la mano ante sus compañeros.
—¡Han llegado! —les dijo con los dedos.
Zaknafein se volvió, ansioso por saltar fuera, pero Jarlaxle lo cogió del hombro.
—¡Paciencia! —le signó.
—¿Paciencia? —replicó Zaknafein, casi en voz alta por su desagrado. Su paciencia podía acabar en cinco cuellos cortados.
—Siete —le recordaron los dedos de Jarlaxle, porque, por lo que sabían a través de los testigos de la Casa Zauvirr, Sheeva había huido de la ciudad con media docena de leales seguidores.
Ante ellos aparecieron un par de guerreros drow, los dos con las espadas desenvainadas, moviéndose cautelosamente dentro de círculo de luz de la hoguera.
Los halflings que estaban sentados no se movieron; los que estaban dormidos no se despertaron.
El primer drow que avanzaba entre ellos golpeó a un halfling en un costado de la cabeza. Su compañero fue más lejos y apuñaló en el hombro a otro halfling sentado; no profundamente, pero lo suficiente para que el halfling no pudiera fingir su inmovilidad.
Zaknafein conocía ese insidioso conjuro de las sacerdotisas. Eran muy conscientes de lo que los rodeaba, muy conscientes del daño que les infligían, pero incapaces de gritar de dolor o de protesta.
Hizo todo lo que pudo para no salir corriendo del agujero y probar su suerte.
Otro par de drow se hizo visible, un hombre y una mujer, ambos elegantemente vestidos.
Sheeva Zauvirr había huido con su hija y su hijo, según les habían dicho, y Zaknafein supuso que esos dos eran la noble progenie.
La mujer hacía signos en el silencioso lenguaje de manos, pero a esa distancia Zaknafein no pudo distinguir todas las palabras.
Miró a Jarlaxle y vio que el jefe mercenario había sacado un objeto curioso, algún tipo de anteojo, y miraba a través de él la escena que se desarrollaba ante ellos, repitiendo los signos de la sacerdotisa.
—¿Cómo pueden haber escapado, y con esto? —signó la hija de la Casa Zauvirr, y avisó a su grupo de que tomaran todas las precauciones posibles.
—Sus precauciones no incluyen la posibilidad de nuestra presencia —indicó rápidamente Zaknafein a sus compañeros, ansioso por lanzarse a la lucha.
«Claro que lo está», pensó Jarlaxle. Había una sacerdotisa de Lloth ahí fuera. Tenerla en el punto de mira de Zaknafein era como poner un becerro herido de rothé en el camino de una bestia desplazadora.
Jarlaxle se apartó de la abertura, guardó su anteojo y signó una palabra a su equipo: «¡Furiosamente!».