Intemporal (Generations 1) 15. Emprendedor #3
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15. Emprendedor #3

Rodó de nuevo hacia abajo y descansó; se hundió en sí mismo, tratando de encontrar un lugar de vacío donde sus miedos y su amargura no lo consumieran.

Perdió la conciencia de lo que lo rodeaba, del mundo físico alrededor, así que no supo cuánto tiempo había pasado (¿un día o tres?), cuando algo que salía de la oscuridad lo hizo volver de su ensimismamiento.

Forzó la vista y captó movimiento, con la esperanza de que fuera Jarlaxle.

Se echó hacia atrás cuando vio que un trío de drow se acercaba: se trataban de dos guardias varones y una sacerdotisa de cierto rango, a juzgar por el ostentoso cuello de la adornada túnica que le cubría la parte posterior de la cabeza.

Ella fue directa hacia él y lo miró con dureza, luego alzó la mano y movió los dedos, salmodiando por lo bajo mientras uno de los guardias se acercaba a su lado y dejaba en el suelo ante él un paquete envuelto.

Arathis Hune se preparó, esperando sentir algún horrible dolor mágico, pero en vez de eso los brazos se le soltaron, libres, cuando los grilletes mágicos lo dejaron ir.

La sacerdotisa le señaló el paquete que había en el suelo ante él.

Arathis Hune la miró suspicaz, luego miró el paquete y otra vez a ella.

—Nos vamos —dijo ella, severa, mientras le hacía un gesto con la cabeza hacia el paquete, dejando claro por el tono que ese nos incluía a Arathis Hune.

Como suponía que no tenía nada que perder, el renegado se agachó y apartó las mantas que envolvían el paquete; abrió los ojos, sorprendido, al darse cuenta de que contenía todo su equipo, incluidas las armas.

Incluidos sus viales de veneno.

—Por orden de la Casa Nasadra, ya no eres prisionero de Ched Nasad —explicó la sacerdotisa—. Vístete rápido y ven.

—Jarlaxle —masculló Arathis Hune, agradecido, mientras se vestía.

Poco después dejaron los túneles y salieron a uno de los niveles intermedios de Ched Nasad. No subieron a donde Arathis Hune sabía que se hallaba la gran Casa Nasadra, sino que fueron bajando, nivel a nivel, hasta que se hallaron en el suelo de la sima, cerca de la salida de la ciudad.

¿Iban a dejarlo libre en la Infraoscuridad?

No. En vez de eso, lo condujeron hacia la pared, justo más allá de la sima en forma de v , y allí uno de los guardias abrió una puerta secreta, hecha claramente para que pareciera parte de la piedra natural.

A través de la estrecha puerta y por un túnel igualmente estrecho y descendente, la sacerdotisa precedió a Arathis Hune mientras los dos guardias varones se quedaban afuera.

Guiados por brillantes orbes de color púrpura, llegaron a una cámara, amueblada cómodamente con grandes cojines por todo el suelo. En una pared, había una estantería que contenía muchas botellas bonitas y copas de cristal.

Arathis Hune estaba asimilando todo eso cuando la sacerdotisa lo agarró por la muñeca y le extendió el brazo. Él la observó incrédulo mientras ella le lanzaba un conjuro curativo, que le produjo un calor interior que hizo desaparecer el dolor producido por los grilletes.

—Acepto tus disculpas —dijo él, irónico.

La sacerdotisa soltó un bufido, una mezcla de desagrado y diversión, y se alejó para servirse una copa.

—¿Tenemos que considerar esto nuestro hogar? —bromeó Arathis Hune—. Los cojines parecen bastante cómodos.

—Te tomaré o no si me apetece, según decida —dijo la sacerdotisa—. Tú no tienes nada que decir aquí ni tienes ningún poder, estúpido extranjero. No confundas mis acciones con nada que no se deba a mi pura obediencia a la Matrona Nasadra.

—Y a lady Lloth, naturalmente —añadió Arathis Hune, con una reverencia. Antes de llegar a incorporarse, oyó el roce de piedra sobre piedra al fondo de la cámara; miró hacia allí y vio que una parte de la pared se deslizaba hacia un lado.

Entró otra sacerdotisa de porte real y esplendorosamente ataviada. Arathis Hune miró de reojo a su rescatadora, y vio que inclinaba la cabeza y bajaba la mirada con deferencia; sabiamente, siguió su ejemplo.

Desde esa posición inclinada, se atrevió a lanzar una mirada a la sacerdotisa recién llegada y notó que una segunda persona, conocida, entraba en la estancia.

Arathis Hune se irguió para saludar a Jarlaxle, pero le pilló desprevenido su aspecto.

El poco pelo que le quedaba había sido engrasado y colocado de punta, como un trío de pequeños clavos que le salieran de la coronilla.

Recordó que ya había visto algo parecido, incluso toda la cabeza llena de picos, en Uthegentel Armgo, y, aunque los de Jarlaxle estaban enmarcados en una piel enrojecida por el fuego, le daba un aspecto bastante impresionante y bastante atractivo.

Jarlaxle siempre terminaba mejor, incluso con la cuestión del pelo.

—Te presento a la primera sacerdotisa Aunrae Nasadra —dijo Jarlaxle.

—Sabía que vendrías a buscarme.

—Aceptaría el crédito de eso si pudiera, claro —contestó Jarlaxle—. Pero, ay, creo que hasta hace muy poco yo estaba en tu misma situación.

—La Casa Nasadra no tenía conocimiento de vuestro arresto —explicó Aunrae—. Vosotros y los guardias de la Casa Zauvirr que os atacaron fuisteis detenidos por la Guardia Roja, que solo responde ante el consejo regente, y eso cuando lo considera necesario.