15. Emprendedor #2
Zaknafein se metió sigilosamente por un callejón junto a la casa.
El enfrentamiento en la parte delantera seguía adelante; se trataba más de una negociación que de una pelea: como tenía que ser, porque la fuerza reunida para enfrentarse a la Casa Zauvirr, relativamente débil, parecía ser una gran alianza de las mayores casas de la ciudad.
Ante tal desafío, los guardias Zauvirr no estaban pendientes de silenciosas infiltraciones. Así que el maestro de armas saltó el muro, confiando en que había localizado correctamente los dos puestos de la guardia en esa zona y un punto adecuadamente equidistante de ambos.
Se coló entre telarañas colgantes, rodeó muros, cruzó sombras y encontró una ruta sorprendentemente fácil que conducía a una puerta lateral de la casa, en el interior de los muros.
Entró y avanzó silenciosamente por un túnel que penetraba en la piedra de la pared de la sima.
Cuando llegó al final, a una puerta que se abría a la derecha y que daba entrada a la casa, desenvainó las armas, esperando pelea.
Intentó formar un plano lógico de la planta en su cabeza (ojalá Jarlaxle le hubiera dado uno antes), esperando que las casas de Chad Nasad tuvieran una distribución interior similar a las de Menzoberranzan.
Pensó en cuántos pasos había dado para intentar evaluar lo que había penetrado en el muro; luego concluyó que la sala del trono de la matrona estaría aún más en el interior.
Atravesó la puerta y se encontró en un salón grande y vacío. Sin pararse a pensar en su buena suerte, siguió inmediatamente hacia el interior.
Pasó ante un par de estancias ocupadas, pero siguió sin detenerse, porque oía conversaciones que no parecían ser las de una matrona.
Dobló una esquina y siguió por un túnel estrecho y bajo; llegó a un área más amplia, una que acababa en una puerta de doble hoja, decorada con imágenes esculpidas de la Reina Araña, e inmediatamente supo que había encontrado la sala del trono.
Seguramente, la puerta estaría cargada de salvaguardas, y él no tenía ningún modo de derrotar esas protecciones, así que eligió la velocidad como aliada.
Entró como una exhalación, dando una voltereta, y luego otra, como si lo persiguieran llamas y rayos.
Se puso en pie, ileso. Entonces, se fijó en los sorprendidos guardias a ambos lados de la sala y en un par de mujeres jóvenes, poco más que unas niñas, a pesar de su vestimenta sacramental; ambas ahogaron un grito y retrocedieron una a cada lado del estrado que se alzaba en el centro.
Una sacerdotisa adulta se arrodillaba ante un altar, con la cabeza gacha. El cabello plateado brillándole brillaba bajo las relucientes luces mágicas que bailoteaban por las telarañas que flanqueaban el altar.
También vio a un par de guardianes mágicos, en forma de pequeñas arañas de jade, y le sorprendió que no actuaran ante esa amenaza, con la matrona tan expuesta y tan a punto de ser despachada.
—No está aquí —dijo la mujer arrodillada ante el altar, sin darse la vuelta.
¿Le estaba hablando a él?
Los guardias no se habían movido, las arañas no habían corrido hacia él. De algún modo, todo parecía fuera de lugar.
Avanzó lentamente hacia la mujer arrodillada, con las armas en la mano. Sorprendentemente, ella ordenó a las jóvenes con un gesto que salieran y no hizo ningún movimiento para detenerlo.
—La Matrona Zauvirr ya no está —dijo ella cuando la espada Zaknafein se le apoyó en la nuca—. No volverá.
—Entonces, ¿quién eres? —preguntó él—. ¿Dónde está?
—¡Marchad! —soltó la sacerdotisa, pero no a él. Entonces, las jóvenes y los guardias salieron silenciosamente de la sala.
Lentamente, la mujer se puso en pie y se enfrentó al asesino.
—Sé por qué estás aquí y no estoy en desacuerdo con tu supuesto curso de acción —dijo.
—¿Incluso si ese curso de acción es matarte?
—No tienes ningún motivo para hacerlo —respondió ella con tranquilidad—. Ascenderé aquí en la ausencia de la Matrona Sheeva, y en términos amistosos con tu matrona. Todo ha sido organizado, y no creo que tu Matrona Baenre se muestre muy complacida si llegas a usar esa espada.
—¿Debo confiar en la palabra de una suma sacerdotisa?
—Soy Ssipriina, hija de Sheeva, y bien pronto seré la Matrona Zauvirr, asesino.
—Ya sé quién eres —repuso Zaknafein, que la había reconocido de la reunión con Aunrae Nasadra—. ¿Serás tú la matrona? Solo por eso, debería matarte.
—¿Deberías? El coste sería enorme para tus compañeros mercenarios, te lo aseguro. Y quizá, también deberías valorar que un acto así podría no ser tan fácil como crees.
Naturalmente, Zaknafein sí que había pensado en la segunda parte. Ninguna poderosa sacerdotisa sería una presa tan fácil como parecía serlo esta en ese momento. De hecho, era esa aparente vulnerabilidad lo que había detenido a Zaknafein en primer lugar.
Sí que creía que esta era la sacerdotisa que había delatado a la Matrona Sheeva por hablar mal de Baenre a una sirvienta yochlol.
Esa bruja intrigante había condenado a su propia madre llevada por su ansia de poder, una historia nada original entre los drow pero, aun así, reprochable para él.
Zaknafein la odió profundamente, las odiaba a todas, y sin duda seguía queriendo matarla; quería matar a todas las sacerdotisas que servían a Lloth.
Pero comprendía la responsabilidad que tenía hacia Jarlaxle, así que envainó sus armas.
—Una sabia elección —dijo ella.
Arathis Hune se apoyó contra el muro de la cueva natural, con los brazos por encima de la cabeza, esposado a la piedra. Encadenado mágicamente, sin ninguna cerradura que forzar u otra manera de salir que no fuera cortándose las manos.
Oh, y sin cuchillo alguno que pudiera ver.
Incluso, si de algún modo consiguiera soltarse, ¿adónde iba a ir?
En el sarcófago de piedra que lo había capturado, lo habían llevado a ese oscuro lugar, que supuso que se trataba de algún punto en el interior de las paredes de la sima que rodeaba Ched Nasad, pero no podía estar seguro.
Y, luego, sin ningún cuidado, lo habían tirado dentro de un pozo.
Allí lo habían atormentado con punzantes agujas lanzadas con una ballesta de mano hasta que se desnudó y entregó todo su equipo a sus captores.
Luego lo habían arrastrado hasta ese lugar y lo habían dejado ahí, encadenado y con solo la luz mágica justa para que siguiera viendo las muchas sombras danzantes y mantenerlo nervioso. Mejor tener oscuridad completa que eso, pensaba.
Aun así, podría haber sido mucho peor. No había notado el ardiente mordisco de ningún flagelo con cabezas de serpiente, ni ninguna sacerdotisa había dejado símbolos mágicos de dolor o desesperación colgando en el aire para desanimarlo en su soledad.
No esperaba que las matronas de Ched Nasad fueran menos hábiles con la tortura que las de Menzoberranzan, y había oído la palabra «draña» más de una vez en boca de sus captores antes de que partieran.
¿Sería ese su destino? ¿Convertirse en una abominación de ocho patas, medio drow, medio araña, y por siempre atormentado?
Arathis Hune tenía que confiar en que el tiempo jugara a su favor. Sin embargo, mientras pensaba eso, negaba con la cabeza. Si llegaba la noticia a Menzoberranzan y a la Matrona Baenre, ¿esta lo protegería?
El renegado suspiró al pensarlo, porque dudaba que la poderosa Baenre fuera a gastar una onza de su tesoro o de su capital político en un tipo como él.
En Jarlaxle, quizá; probablemente, él saldría libre, claro, y de algún modo lo conseguiría hacer en una situación mejor de la que había entrado; pero no Arathis Hune.
El renegado intentó tragarse su amargura.
Jarlaxle lo había salvado, se recordó muchas veces.
Su casa, una casa menor, había sido borrada del mapa décadas atrás y solo Arathis y unos pocos más habían conseguido escapar.
Pero sobrevivir no era prosperar, y los pocos Hune que quedaban se habían enfrentado a una existencia miserable de pura supervivencia en las Calleshediondas, donde el peligro era constante y la enfermedad podía acabar con aquellos con los que no acababa el asesinato.
La situación mejoró para los que quedaban de la Casa Hune cuando se unieron a otra casa menor, la Ozzl; pero no había lugar para Arathis en la Casa Ozzl’Hune, porque había asesinado a uno de sus nobles años atrás.
Eso lo dejó en las Calleshediondas, y ahí fue donde lo encontró Jarlaxle, hacía dos décadas.
Lo encontró y se hicieron amigos, y Arathis llevó consigo a otros tres de su antigua casa a la banda de hermanos que Jarlaxle estaba creando, y que, sorprendentemente, contaba con la callada bendición de la gran Matrona Baenre.
Esa amistad había sobrevivido a las décadas y Arathis sabía que, en sí, eso ya era algo notable en Menzoberranzan.
La confianza entre los dos había aumentado hasta tal punto que Arathis Hune se había convertido en un hermano para Jarlaxle y no en el sentido drow de esa relación, que se basaba en la competición, los celos y el beneficio obtenido con la punta de una daga ensangrentada.
Pero en esos momentos, la inevitable política de traición de la Reina Araña se había interpuesto entre ellos, y en ese oscuro lugar, encadenado a la pared e indefenso, Arathis Hune tenía que esforzarse mucho para mantener la esperanza de que la lealtad de Jarlaxle hacia él fuera a ser capaz de pasar por encima de las altas barreras.
Eso, suponiendo que Jarlaxle siguiera vivo y, más aún, que tuviera algún control sobre la situación.
El renegado suspiró de nuevo, luego rodó hacia arriba acrobáticamente, torciendo los hombros para elevar los pies y ponerlos contra la pared. Allí, se estiró todo lo posible, hasta donde le permitían los grilletes, y presionó con todas sus fuerzas.
No sirvió de nada. Le dolían las muñecas; las plantas de los pies desnudos le sangraban, pero no había manera de que cedieran las sujeciones mágicas que lo retenían.