15. Emprendedor
E MPRENDEDOR
—¿Dónde están? —preguntó Zaknafein desde el umbral de la puerta requemada que había apoyado contra los restos de la posada.
A su espalda, Jarlaxle y Arathis Hune se hallaban sentados con los cuatro prisioneros drow, todos atados con la cuerda mágica que Jarlaxle usaba como cinturón.
También estaban amordazados, excepto uno: el hombre que Zaknafein había tumbado con el pomo de la espada—.
Esa bola de fuego debe de haber sido vista por todos en la zona, en este nivel y en todos los de arriba y abajo —insistió Zaknafein.
—Seguro —coincidió Arathis Hune.
—Entonces, ¿dónde están?
—¿Quién?
—Los mirones.
—Escondidos, y bien que hacen.
—¿Y la guardia de la ciudad?
—Oh, está viniendo —le aseguró Arathis Hune—. Desde arriba, sin duda, y en breve, y en gran número. Nada como una bola de fuego para despertar a los defensores de una ciudad construida con telarañas.
—Y nosotros nos vamos —indicó Jarlaxle, poniéndose en pie.
Miró al drow que parecía estar lo suficientemente consciente para entenderlo—.
No vamos a mataros —dijo, lo que produjo en el hombre una expresión de sorpresa y duda—.
Aunque, de todas formas, no estoy seguro de que tus dos amigos sobrevivan.
Desde la puerta, Zaknafein miró curioso. Jarlaxle estaba dejando testigos. Lo cierto era que esos drow habían iniciado la pelea, pero sin duda no sería esa la historia que le contarían a la matrona de Ched Nasad y al consejo regente.
—Mis mejores deseos —continuó Jarlaxle—. Y si vuestra Casa Zauvirr cae y os convertís en renegados sin casa, como parece probable, recordad el nombre de Bregan D’aerthe.
—Y si mi casa sobrevive, ¿también debo recordar ese nombre, renegado? —preguntó el prisionero, con bastante desvergüenza.
—Oh, sí —contestó Jarlaxle—. Y recuerda que tres de nosotros derrotamos a seis de vosotros y, además, a una hueste de osgos; eso teniendo en cuenta que nos atacasteis sin provocación y con la ventaja de la sorpresa.
Así que, por favor, recuerda para siempre la paliza que os dieron menos de la mitad de los que erais vosotros.
Y recuerda también que Bregan D’aerthe supera en número a la Casa Zauvirr, como seguramente Menzoberranzan supera en número a Ched Nasad.
Y con Arathis Hune detrás, el jefe mercenario se dirigió a la puerta, la tiró al suelo y salió de la posada quemada.
—Si sobreviven, serán más contra los que tendremos que luchar en la Casa Zauvirr —les indicó con los dedos Zaknafein a los otros dos.
—nos habremos marchado de esta ciudad antes de que regresen a su casa —contestó Jarlaxle.
—¿Adónde ahora? —preguntó Arathis Hune.
—A la Casa Zauvirr, claro, antes de que la guardia de la ciudad descienda hasta aquí, y antes de que la Matrona Sheeva se dé cuenta de que simplemente no huimos, ni resultamos heridos ni muertos en el asalto.
Señaló a tres niveles más abajo y al otro lado del abismo, a la derecha de una pequeña cascada.
—¿Estáis listos para otra pelea? —preguntó en voz baja.
—¡Más nos vale! —respondió Arathis Hune, sobresaltado de repente.
Al seguir su mirada, los otros dos vieron por qué, cuando soldados drow con armadura y algunos con los látigos de cabeza de serpiente de las sacerdotisas de Lloth, cayeron sobre ellos, cabalgando sobre arañas de guerra mágicas.
Los arácnidos correteaban por un nivel superior y producían sedales con su hilador para descender al nivel inferior.
—No luchamos —les indicó Jarlaxle, los guio para dar ejemplo y salió huyendo, con sus dos compañeros pegados a los talones.
Se encontraron pocos drow más. Parecía evidente que Arathis Hune había tenido razón y que todos los que estaban cerca se escondían.
El trío cruzó la plaza del mercado, situada en un amplio hueco en la pared de la grieta, pero esta también se hallaba casi desierta; solo había uno o dos vendedores que miraban nerviosos desde detrás de sus carretas.
—Tenemos que separarnos —indicó Jarlaxle.
—Solo hay un camino —protestó Arathis Hune—. Y solo una rampa cerca para bajar al siguiente nivel y una que sube desde aquí. ¿Adónde quieres que vayamos?
Pero Zaknafein se acercó al borde de la cornisa, como si fuera a saltar. En vez de eso, corrió por él, arrastrando la espada pesadamente a un dedo más allá, sobre la caída, como si cortara la telaraña. Ralentizado por el arrastre, los otros dos lo alcanzaron y se dieron la vuelta con curiosidad.
—¡Marchaos! —les gritó, y deteniéndose alzó su espada bien arriba y la dejó caer con fuerza contra el borde de la rampa de telarañas.
—¿Qué está haciendo? —preguntó Arathis Hune. Pero antes de que Jarlaxle pudiera responder, Zaknafein bajó la mano y agarró la telaraña que había cortado con la espada y, luego, saltó aferrándose con fuerza a esa cuerda improvisada.
Esa tira de telaraña que había cortado se fue rompiendo por su peso, como una tela al rasgarse, y lo perdieron de vista.
—¿Qué? —balbuceó un impresionado Arathis Hune—. Ha…
—Ya te dije de lo que ese era capaz —repuso un orgulloso Jarlaxle, y salieron corriendo.
Zaknafein había calculado su corte muy bien, y se sintió muy aliviado de que se hubiera demostrado que su suposición sobre la fuerza y la resistencia de la telaraña era cierta.
Descendió desde la cornisa de un modo controlado y la telaraña se fue rasgando por un igual mientras él bajaba y pasaba al nivel inferior; esperaba llegar al suelo del que se hallaba por debajo de ese.
Se quedó un poco corto, así que se retorció para calcular su caída sobre un edificio hecho de un tallo de seta y un capullo de telaraña, un establecimiento grande que parecía ser otra taberna o algún tipo de sala común.
Muchos ojos lo observaron desde allí; eran drow que lo miraban con curiosidad.
Mientras soltaba la telaraña y caía, invocó un globo de oscuridad ante él, en el lugar donde esperaba caer.
Entró en la oscuridad y golpeó con fuerza el suelo, esforzándose por mantener el equilibrio.
No había posibilidad de error ahí. Se aferró a la imagen del área donde había caído, y de ese modo, se movió en el interior del globo de oscuridad hasta el borde trasero del tejado; luego lo superó con una vuelta y cayó entre la estructura y la pared del abismo.
La buena suerte apareció en forma de puerta trasera; entró sin vacilar, suponiendo, acertadamente, que los de dentro estarían saliendo para ver qué estaba pasando.
Zaknafein atravesó con calma las pequeñas salas y los estrechos pasillos, saliendo detrás de muchos otros elfos oscuros. A cualquiera que se fijara en él, le parecería tan sorprendido por el inesperado estruendo en el techo como los demás clientes.
Se mezcló rápidamente entre la multitud drow que rondaba por allí, y luego se coló por los mercados y por los edificios, avanzando rápidamente hasta el puente más próximo que le permitiera cruzar el abismo.
Miró hacia atrás varias veces, con la esperanza de ver a Jarlaxle, pero no lo encontró.
Pero recordó las palabras del mercenario, así que sabía adónde ir. La Casa Zauvirr nunca sería más vulnerable que en ese mismo momento.
—Desciende un nivel y yo cruzaré la grieta —gritó Jarlaxle a Arathis Hune mientras se acercaban a la rampa.
El renegado asintió, o lo intentó, porque en ese mismo momento, cuatro lienzos de piedra, que colgaban horizontalmente, aparecieron en el aire sobre él.
Estos avanzaron con él justo antes de girar sobre un eje invisible y se unieron ruidosamente alrededor del sorprendido drow, formando un sarcófago que se cerró mágicamente por arriba y por abajo.
Este se mantuvo vertical un instante y luego cayó con un golpe sordo.
El renegado atrapado dentro, sorprendido y sacudido, emitió un gruñido.
Jarlaxle conocía ese conjuro. Solo una suma sacerdotisa de gran habilidad podría haber creado una prisión así en el aire.
Iban a tener problemas.
Vio a varios soldados que subían por la rampa ante él y supo que se le habían acabado las opciones. Corrió hasta el borde y saltó, pensando en llegar casi hasta el suelo antes de detener su caía libre con un conjuro de levitación.
Pero ni siquiera había superado el borde cuando supo que lo habían atrapado, porque ahí había jinetes sobre arañas; arañas vueltas de cara a la pared de la grieta al fondo de la cornisa. Arañas que escupían hilos de telaraña alrededor de Jarlaxle.
Instintivamente, el mercenario agarró una varita para deshacer las telarañas mágicas. Pensó en su agujero portátil, cavilando cómo podría meterse en él y desaparecer. Diferentes opciones le rondaron por la cabeza sobre cómo podía encontrar una nueva forma de escapar. Pero, al final, no se molestó.
Estaba atrapado, igual que lo estaba Arathis Hune.
Su única esperanza era que Zaknafein siguiera libre.
Muchos ojos se volvieron hacia la sima, hacia las ruinas humeantes y la actividad en las cornisas superiores.
Zaknafein se alegró; mejor tener a los inquietos drow mirando hacia allí que fijándose en él mientras se apresuraba por ese nivel y se dirigía, decidido, hacia la casa que Jarlaxle había señalado que era la de Zauvirr.
Con la cascada como guía, no se equivocó y llegó ante la Casa Zauvirr en poco rato.
Pero, se temió, no había sido lo suficientemente poco, porque cuando vio el lugar encontró a los guardias de la casa discutiendo con un contingente de soldados en armadura. Eran magos y muchas sacerdotisas, que se habían reunido frente a la casa.
Zaknafein oyó a uno que nombraba el «consejo regente» un par de veces, y comprendió que esa reunión se trataba de una respuesta ante el intento de asesinato.
Al igual que en Menzoberranzan, en Ched Nasad era aceptable asesinar a alguien, pero en ninguna de las dos ciudades era adecuado ser pillado en el intento.