Intemporal (Generations 1) 14. La ciudad de las telarañas resplandecientes #4
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14. La ciudad de las telarañas resplandecientes #4

Le siguieron Arathis Hume y Zaknafein, y también un osgo que los perseguía, pero ese pasó en llamas, porque la bola de fuego había estallado en el interior de la posada y había llenado la sala común de llamas, y de los gritos de osgos y chillidos de un gigantesco pájaro ardiendo.

Una llamarada también entró rugiendo por el agujero, pero se extinguió de golpe cuando Jarlaxle tiró de él y lo arrancó de la pared, que volvió a ser normal.

Un segundo después, oyeron un pesado golpe cuando otro osgo trató de escapar de la conflagración a través del agujero que ya no estaba allí.

—No los dejéis escapar —dijo Jarlaxle en un siseo furioso. Ese sonido le resultó muy expresivo a Zaknafein, que ya estaba en pie y corría por el costado exterior de la posada. Nunca había oído al jefe mercenario tan evidentemente alterado.

Pero no había tiempo para pensar en eso, porque al otro lado de la pequeña posada se hallaba una maga drow con sus guardias, mirando tranquilamente el edificio ardiente, convencidos de que sus objetivos permanecían en el interior de las llamas asesinas.

La expresión en sus rostros cuando Zaknafein saltó desde la esquina de la estructura en medio de ellos, hizo sonreír al letal maestro de armas.

Y la que pusieron cuando su golpe le cortó el cuello elegantemente a la maga y su segunda espada llegó hasta el guerrero más cercano para cortarle en ambas muñecas y frustrar su intento de reacción, fue incluso más agradable.

Zaknafein se volvió hacia él y su gancho de izquierda alcanzó al hombre en la cara; al mismo tiempo, llevó hacia atrás la espada derecha por encima de su propio hombro y lanzó una estocada trasera que alcanzó al otro guerrero en medio salto, directamente en el pecho.

Jarlaxle y Arathis Hune torcieron corriendo la esquina del edificio justo en ese mismo momento y se encontraron a los tres drow derrotados: la maga, que rodaba por el suelo y se agarraba el sangrante cuello; el guerrero empalado yaciendo muy quieto, y el otro sujetándose las muñecas cortadas mientras se apoyaba inestablemente sobre una rodilla y sangraba por la nariz.

—Ve a buscar mi pluma —le dijo Jarlaxle a Zaknafein mientras avanzaba hacia la maga caída. En ese mismo momento, la punta de la espada de Arathis Hune se colocó sobre la nuca del guerrero herido.

Zaknafein retrocedió y se irguió. Miró alrededor, envainó las espadas y se volvió hacia el edificio ardiente, que ya era más rescoldo que llamas, porque la mayor parte de él había estado construida con gruesas telarañas que se derretían fácilmente.

Fue hasta la puerta y le dio una patada, esperando que cayera hacia dentro.

Pero se quedó enganchada en algunas hebras de tela pegajosa y se desplomó hacia delante, lanzando al aire un montón de chispas al estrellarse contra el suelo.

En la sala principal, Zaknafein encontró algunos osgos retorciéndose de dolor, pero no suponían ninguna amenaza. Echó una rápida mirada y vio la carcasa humeante del pájaro gigante que Jarlaxle había invocado.

No parecía valer la pena recuperar la única pluma sin quemar que encontró, más semejante a una rama que a una parte del plumaje de un pájaro. Pero se encogió de hombros, la recogió y se la metió en el bolsillo. Luego, se acercó al mago que colgaba en la pared.

El drow seguía vivo; la mayor parte de la pasta se había quemado, aunque seguía habiendo suficiente para mantenerlo enganchado y con los pies por encima del suelo.

El guerrero al que había disparado Arathis Hune había expirado, aunque Zaknafein no podía decir si por causa del fuego o del veneno, aunque tampoco le importaba; pero el drow al que él había dejado inconsciente seguía vivo, y comenzaba a despertase.

Jarlaxle entró en la sala.

—Cuento dos drow muertos, siete osgos muertos y cuatro prisioneros, incluyendo un mago —dijo.

—Y nosotros estamos ilesos —repuso Zaknafein.

—A ti te es fácil decirlo —replicó Jarlaxle, y se palmeó la cabeza, otra vez chamuscada; se le había quemado la mayor parte del pelo y una sección de la piel parecía caramelizada. Su aullido posterior dejó claro que no estaba nada contento.

Zaknafein le pasó la pluma, encogiéndose de hombros.

—Tu pájaro, eso era un pájaro, ¿no? —preguntó—. Aunque igual está bueno para comérselo.

Jarlaxle cogió el resto de pluma y, de nuevo, esbozó su sonrisa irónica.

—Volverá a crecer —afirmó.

Zaknafein miró la calva del mercenario y trató de simular que se lo creía.

—No el pelo —puntualizó Jarlaxle—. Aunque ya me ocuparé de eso con una sacerdotisa cuando regresemos a Menzoberranzan.

—Quizá los dioses están tratando de decirte algo —se burló Zaknafein—. Cada vez que te veo, la cabeza te arde.

—No el pelo —repitió Jarlaxle, en un tono sombrío y frío—. La pluma, el pájaro. La pluma volverá a crecer, y así volverá a mí mi útil mascota cuando la necesite.

De algún modo, Zaknafein no se sorprendió. Ese hombre llevaba agujeros, hacía crecer pájaros gigantes de plumas y actuaba como si las matronas trabajaran para él.

Y quizá en la cabeza de Jarlaxle, así lo hicieran.

A Zaknafein Do’Urden se le ocurrió pensar que, probablemente, no era una buena decisión permanecer cerca de ese peligroso tipo, pero sacudió la cabeza para sacarse esa idea, más que dispuesto a correr el riesgo.

Porque era muy divertido.