Intemporal (Generations 1) 14. La ciudad de las telarañas resplandecientes #3
61%

14. La ciudad de las telarañas resplandecientes #3

—No me gusta tu elección —dijo Arathis Hune cuando Jarlaxle y Zaknafein se le unieron en la habitación que había alquilado bajo el nombre de la Casa Hunzrin.

Estaba bien equipada, con tres camas confortables, pero el techo con telarañas era muy bajo, justo sobre la cabeza de Jarlaxle, que era el más alto de los tres.

—Era la mejor opción —contestó Jarlaxle—. El posadero es un amigo.

—¿Te refieres al tipo muerto que está en el mostrador? —susurró Zaknafein, que estaba en la puerta, sujetándola un poco abierta y mirando hacia el salón principal del establecimiento.

—Priveer Baar’cl… —comenzó a contestar Jarlaxle hasta que le cayó encima el peso de las palabras de Zaknafein.

El maestro de armas abrió la puerta del todo y saltó para apartarse y esquivar una lengua de fuego.

—¡Al suelo! —gritó Zaknafein a sus compañeros, que seguían en la habitación; él también se lanzó y voló hasta el lado de la puerta abierta justo cuando una bola de fuego mágica estallaba en el interior de la sala.

Zaknafein rodó y se puso en pie, con las armas en la mano, mientras el mago drow, cuyo conjuro de invisibilidad se extinguió con el ataque, se hacía visible.

Zaknafein no era un experto en la lucha contra magos, pero sin duda había matado más que unas cuantas sacerdotisas ese año, así que supuso que la táctica sería más o menos la misma: acercarse.

Pero eso no resultó ser nada fácil, porque un par de espadachines saltaron de sus escondites, uno de detrás del mostrador y el otro de detrás de una pantalla de telarañas al fondo de la sala, y ambos corrieron a bloquear el camino de Zaknafein hacia el mago.

Lo que significaba que no iba a llegar hasta el mago a tiempo, y este ya estaba lanzando otro conjuro.

Zaknafein fue hacia la izquierda para interceptar al hombre que llegaba desde la esquina, pero se detuvo de golpe y abrió el brazo derecho.

Lanzó la espada como si fuera una lanza al guerrero que llegaba desde el otro lado.

Ese drow alzó sus dos espadas para desviar el misil, que aun así le rozó el hombro, y le abrió una dolorosa herida que le hizo irse hacia atrás.

El otro guerrero atacó con saña, lanzando una estacada doble con las dos espadas. Pero solo con la mano izquierda, el hábil maestro de armas lo bloqueó y lo esquivó, e incluso le respondió con un estocada seca y certera para hacerlo caer.

Zaknafein usó ese momento para sacar el látigo que le colgaba del cinturón.

Lo hizo rodar por encima de su cabeza y echó el pie derecho hacia atrás para girarse y enfrentarse al recién llegado.

La simple acción del látigo hizo que ese drow se acercara más despacio, que era exactamente con lo que Zaknafein había contado, porque así pudo volverse un poco y restallar el látigo ante el rostro del lanzador de conjuros.

Las salvaguardas mágicas del mago evitaron que el arma lo alcanzara, pero el chasquido del látigo tan cerca de los ojos lo distrajo y le interrumpió el conjuro.

Zaknafein no paraba de mover su espada de la izquierda, todo el tiempo, manteniendo al guerrero drow a raya.

Pero el otro atacaba de nuevo, así que Zaknafein supo que debía retroceder.

Dio un paso hacia atrás, pero oyó un pesado gruñido y vio que el guerrero se sacudía y se tambaleaba hacia un lado.

La mayoría de elfos oscuros llevaban pequeñas ballestas de mano. Pero Arathis Hune siempre llevaba una de buen tamaño a la espalda, una que lanzaba saetas que no necesitaban veneno para hacer caer a un enemigo. Y sabía cómo usarla.

El drow herido se tambaleó, con una saeta clavada profundamente en el muslo. Hizo una mueca e intentó erguirse, pero entonces comenzó a aullar de dolor.

Porque, como supo Zaknafein, la saeta grande también estaba envenenada. ¿Y por qué no?

De nuevo, le lanzó un latigazo al mago, aunque este había retrocedido para salir de su alcance. Inmutable, Zaknafein se giró, aún agitando el látigo, y lanzó un golpe corto al costado de las espadas de su oponente más cercano, una y luego otra vez.

—¡Atrapa al mago! —gritó a Arathis Hune, pero mientras lo decía una línea de fuego salió de detrás de él, no desde el mago, sino hacia el mago.

Le siguió un rayo y luego un pegote de masa viscosa que se estrelló contra el pobre tipo, lo lanzó contra la pared y lo dejó enganchado allí.

Y luego otro rayo rugió hacia el pobre mago, y Zaknafein comprendió que Jarlaxle había enfurecido: nunca había visto tales andanadas del mercenario.

Supuso que el posadero debía de haber sido un buen amigo, incluso quizá un agente de Bregan D’aerthe, pero cuando miró a Jarlaxle, se le ocurrió otra posible razón.

El pelo del mercenario, lo que le quedaba, aún humeaba.

Por detrás de Jarlaxle, Arathis Hune había recargado su ballesta y estaba apuntando, pero esta vez hacia la puerta de la posada, por donde llegaban rápidamente más asesinos.

No había tiempo para juegos o sutilezas.

Zaknafein chasqueó el látigo en el aire, sobre la cabeza de su enemigo, pero solo para dar efecto y ponerlo en línea para su ataque real.

Con gran habilidad y destreza, adelantó la mano derecha y movió el látigo hacia la izquierda para acortar el golpe y enviarlo girando sobre las espadas gemelas que continuaba fintando.

Su oponente vio el truco y trató de retroceder, pero Zaknafein fue más rápido con su tirón.

No podía mantener las espadas atrapadas, claro, y no pudo arrancar ninguna de la mano del guerrero drow, pero las enrolló lo suficiente para poder tirar de ellas hacia su derecha mientras pasaba por la izquierda.

Podría haber matado al drow, y de haber sido una sacerdotisa de Lloth seguramente lo hubiera hecho, pero prefirió lanzarle un fuerte gancho de izquierda al mentón con el pomo de la espada.

El guerrero se tambaleó y cayó sobre una rodilla, y Zaknafein siguió rodando, y saltó, evitando fácilmente el último tajo de las espadas de su oponente.

Bajó de lo alto; el impulso de su caída y su giro añadieron fuerza cuando estrelló su dura bota contra el rostro del guerrero, que había caído al suelo.

Apartó una de las espadas de una patada y le pegó un fuerte pisotón al drow en la otra muñeca; luego tiró a un lado su látigo cortado, estropeado por las espadas en las que lo había enredado, y recogió el arma caída como si fuera suya.

Vio al otro guerrero cuando se giró: el hombre se apoyaba pesadamente contra la pared, gritando de dolor, agarrándose la pierna y aferrándose también, por lo que vio Zaknafein, a su consciencia.

Detrás del guerrero, el mago colgaba de la pared, y parecía más un trofeo de caza que una amenaza.

Pero la batalla aún no estaba ganada, porque en la entrada de la taberna apareció otro par de guerreros drow, y en cuanto Zaknafein y Arathis Hune, que llegaba desde la otra pared, fueron a por ellos, se apartaron y dejaron pasar corriendo a una fila de poderosos osgos.

—¡Flanco izquierdo! —gritó Zaknafein a Jarlaxle.

Arathis Hune y él se enfrentaron a la carga de los osgos, codo con codo, manteniendo una línea, pero no lo suficientemente cerca de la puerta para evitar que más bestias fueran entrando, moviéndose hacia la izquierda de Zaknafein y amenazando con rodearlos.

¿Y dónde estaba Jarlaxle?

Algo pasó revoloteando junto a Zaknafein mientras este se veía forzado a retrasar el pie izquierdo para interceptar a un osgo que intentaba sobrepasarlo.

No tenía ni idea de lo que pretendía Jarlaxle, suponiendo que fuera Jarlaxle el que había lanzado ese extraño misil.

Fuera quien fuera, no le veía el sentido, porque no era ningún abrojo que estallara mágicamente.

No, era una pluma. Una pluma enorme y extraña.

Hasta que tocó el suelo. Porque, entonces, se convirtió de repente en una monstruosidad aviar gigantesca, sin capacidad de vuelo, con un cuerpo y unas patas muy gruesas, y unas enormes garras.

Zaknafein retrocedió instintivamente, igual que hizo el osgo, o al menos, este trató de retroceder.

Pero el pájaro gigantesco fue más rápido y picoteó al goblinoide en la coronilla con su enorme pico, un golpe demoledor que envió al osgo directo al suelo, con los ojos en blanco y el cráneo destrozado.

Con el flanco izquierdo asegurado, el pájaro gigantesco saltó hacia delante sin temor, botando, arañando con sus garras asesinas, batiendo las cortas y gruesas alas, lo que hizo retroceder al grupo de osgos.

Un giro, una finta, un paso atrás y un repentino revés seguido de una estocada acabaron con el osgo que Zaknafein tenía enfrente.

Entonces, una segura y sorprendente cuchillada con la espada de la mano derecha pasó sobre el monstruo caído y fue directamente a la cara del osgo que pensaba ocupar su lugar.

Al lado de Zaknafein, Arathis Hune también acabó con su oponente más próximo, pero se encontró de cara con un par de suplentes.

—¡Jarlaxle! —llamó de nuevo Zaknafein, quien de repente se encontraba demasiado ocupado para ayudar a su compañero, al que estaban rodeando.

Sin embargo, mientras pedía ayuda, se dio cuenta de que no servía para nada, porque otra bolita de llamas atravesó la puerta.

—¡Dejadlo y huid! —gritó Jarlaxle desde algún punto, por detrás; y con una bola de fuego a punto de estallar, ni Zaknafein ni Arathis Hune iban a discutir. Juntos, se giraron para retroceder…

Solo para preguntarse hacia dónde podían retroceder.

La respuesta se hizo evidente cuando se fijaron en el agujero mágico, que su compañero había tirado contra la pared del fondo y por el que ya estaba saliendo del lugar.