14. La ciudad de las telarañas resplandecientes #2
—Vamos a tener que escalar bien alto —explicó Jarlaxle—. El Qu’ellarz’orl de Ched Nasad está muy por arriba del hedor del refugio y de los esclavos goblin que cuidan del rebaño de rothé, y cultivan hongos y liquen en el suelo de la caverna.
—¿Las casas nobles?
Jarlaxle asintió.
—¿Nuestro objetivo es una matrona noble? —preguntó Zaknafein con los dedos, y Jarlaxle no pudo percibir si su compañero esperaba que así fuera o no.
—No —contestó, y la cara de decepción de Zaknafein le contestó la pregunta—. Pero no muy por debajo. La Matrona Baenre ordenó que informara a una aliada de nuestra llegada. Solo a una.
—Siempre la nombras con su título y con evidente reverencia —dijo Zaknafein—. No me acostumbro a eso de ti.
Notó que le deban con un dedo en la espalda, y dio una media vuelta en su asiento.
—Estás rodeado de agentes de la Casa Baenre —le comunicó rápidamente Arathis Hune con los dedos, por detrás de Jarlaxle, muy por abajo de la caja del carro.
Zaknafein puso mala cara al oírlo, pero asintió para indicar que lo entendía.
—Búscanos alojamiento, no demasiado por encima del suelo —le dijo Jarlaxle a Arathis Hune.
—¿Bajo qué nombre?
—Casa Hunzrin, naturalmente —respondió Jarlaxle—. Hemos traído un puñado de rothés machos para mejorar la salud del rebaño de Ched Nasad, y llevaremos algunos de los suyos de vuelta a Menzoberranzan para que nuestro rebaño no sea tanto una orgía entre hermanos y hermanas.
—Me he estado preguntando por qué nos habíamos traído esos bichos malolientes —comentó Arathis Hune, con una risita—. Esperaba que los hubiéramos ido sacrificando para comérnoslos por el camino.
—Eso no hubiera sido buena idea.
—Aun así, ¡no puedo creer que los Hunzrin hayan permitido que su barcaza flotante más valiosa dejara Menzoberranzan durante medio año!
—Podría decir lo mismo de la Matrona Do’Urden y su toro preferido —bromeó Jarlaxle—. Pero al igual que la Matrona Malicia, los Hunzrin poco pudieron decidir sobre este asunto —dijo Arathis Hune.
—La madre matrona no se toma los insultos a la ligera, y, en realidad, organizar estas cosas le da algo con lo que pasar las horas, y no a un gran coste, según la consideración de la Casa Baenre.
La caravana avanzó hacia un enorme costado de la caverna que era como un gran establo para toda la ciudad, y mientras los conductores y los exploradores se dedicaban a asegurar sus pertenencias, Jarlaxle y sus compañeros se marcharon para ocuparse de sus asuntos.
Por muy hermosas que fueran las relucientes telarañas, Zaknafein las encontró aún más sorprendentes cuando comenzaron a subir, porque las rampas de telarañas se le pegaban a los pies, haciendo que sus pasos fueran seguros incluso en paredes casi verticales.
Además, se soltaban mágicamente en el momento justo en que levantaba el pie, lo que le proporcionaba una tracción fabulosa sin ningún tipo de impedimento.
—Me siento como una araña —comentó Zaknafein a Jarlaxle mientras subían por la pared lateral de la caverna.
—Esas palabras complacerán a Lloth.
—Vuelve a decir eso y la complaceré tirándote desde aquí.
Jarlaxle miró hacia abajo y sonrió irónico.
—¿Y crees que no tengo un plan de emergencia para un vuelo inesperado como ese?
Zaknafein solo pudo suspirar, devolverle la sonrisa y menear la cabeza.
A fin de cuentas, ese era el tipo que llevaba un agujero portátil en la bolsa.
No había nada «inesperado» en la vida de Jarlaxle, por lo que Zaknafein había visto.
No conocía muy bien a este elfo oscuro, el más raro de todos, pero el simple hecho de que sobreviviera, e incluso prosperara, en la ciudad brutalmente matriarcal, le decía todo lo que necesitaba saber sobre la inteligencia de Jarlaxle y lo preparado que estaba para cualquier situación.
Caminaron y escalaron durante un largo rato, acercándose a las casas nobles de la ciudad que se repartían a lo largo de las balconadas de telarañas más altas.
Los caminos abiertos ante ellos pronto se vieron muy limitados.
Ceñudos guardias los miraban desde cada estructura con forma de capullo y desde las aberturas de las cuevas al fondo de las terrazas.
—¿Por qué estamos aquí arriba? —preguntó Zaknafein con los dedos—. ¿No dijiste que Zauvirr no era una casa regente?
—No lo es —le contestó Jarlaxle con las señas. Alzó un pequeño pergamino, lo consultó y luego miró alrededor para orientarse. Señaló hacia una ancha grieta en la pared, algo más lejos y al otro lado; luego, guio a Zaknafein hacia el puente de telarañas más cercano para poder cruzar.
—Nasadra —explicó Jarlaxle mientras se acercaban a la casa que flanqueaba el túnel de aspecto natural en la pared de la caverna.
Pasaron detrás de unos muros de telarañas, luego a través de un laberinto de esas cosas opacas y, finalmente, entraron en la grieta de la pared que habían visto desde el otro lado, y, bastante dentro, porque las luces de la ciudad quedaban distantes y proyectaban poca luz en el interior de ese callejón natural.
Pisando con mucho cuidado, el dúo avanzó por una estrecha garganta, irregular y descendente, rodeando varias piedras grandes, hacia unas tinieblas más profundas.
Incluso contando con su excepcional visión drow, tenían que ir palpando el camino; debían colocar cuidadosamente un pie delante del otro mientras avanzaban lentamente.
Llegaron a una bifurcación en el estrecho sendero y fueron recibidos con un poco de luz, porque luciérnagas reptaban por el techo y proyectaban un resplandor azulado.
Jarlaxle señaló hacia la izquierda y luego le hizo un gesto a Zaknafein para que fuera delante.
El resplandor se intensificó enseguida y el túnel se convirtió en una sala abierta. Antes incluso de ver las dos oscuras siluetas que tenían delante, Jarlaxle y Zaknafein se dieron cuenta de que ya no estaban solos.
—Esto es suficientemente lejos—dijo la voz de una mujer.
—¿Matrona Nasadra? —preguntó Jarlaxle cuando esa mujer y luego otra se hicieron más o menos visibles, cerca de la pared del fondo, que era natural e irregular.
La mujer rio.
—¿Te crees tan importante para merecerte una audiencia con la gran Nasadra? —contestó—. Esto no es Menzoberranzan, mercenario.
—Se me dijo que anunciara mi llegada a la Matrona Nasadra.
—Y has llegado al lugar acordado —respondió la mujer—. Has encontrado a una emisaria de la Matrona Nasadra. Soy una sacerdotisa de la Casa Nasadra y quizá haya perdido el favor de mi matrona por alguna razón que desconozco, ya que me ha enviado a reunirme… contigo.
—Quizá con un… —comenzó a decir Jarlaxle, y Zaknafein se quedó sorprendido por el temblor en la voz de Jarlaxle.
—Tu llegada ha sido anunciada —le interrumpió bruscamente la mujer—. Puedes irte.
—La Matrona Nasadra está de acuerdo con mi…
—Puedes irte —repitió la mujer; se dio la vuelta y se fundió con las sombras, y su compañera, otra sacerdotisa, fue detrás de ella.
Rápidamente desaparecieron de su vista, pero Jarlaxle le ofreció una reverencia de despedida igualmente, antes de regresar por donde había llegado.
No dijo ni una palabra ni le signó nada a Zaknafein hasta que volvieron a estar fuera del túnel y de nuevo bastante abajo por las paredes de la caverna.
—Esa era la primera sacerdotisa de Nasadra, estoy casi seguro —explicó Jarlaxle a Zaknafein—. Aunrae. Muy bonita, y con un baile que vale la pena presenciar.
Zaknafein lo miró escéptico.
—Pues ella no parecía creer que Jarlaxle valiera mucho la pena.
—Claro que no. Si no me equivoco, la mujer a su lado era Ssipriina Zauvirr, la hija menor de la mujer a la que nos han enviado a… dar una lección —miró alrededor para asegurarse de que nadie estuviera cerca o les estuviera prestando atención.
—¿La Casa Zauvirr sabe que estamos aquí?
—Solo esa jovencita…, espero.
Zaknafein se detuvo de golpe debido a esa información y dejó a Jarlaxle andando solo. Miró al mercenario con curiosidad, sintiéndose de repente vulnerable y desanimado.
—El temblor en tu voz… —comenzó.
—Intencionado —contestó Jarlaxle, sin mirar atrás—.
La Casa Nasadra está preparando a Ssipriina para un posible ascenso.
Es bueno para ella tener cierta esperanza de que su madre pueda superar a gente como nosotros, sobre todo si ella, Ssipriina, no entiende la verdad de la oscuridad que ha partido de la Matrona Sheeva.
Quizá Ssipriina cree, incluso se atreve a esperar, que la Matrona Sheeva ganará.
Cuando eso no ocurra, Ssipriina perderá el respeto a sus hermanas mayores, que no habrán podido evitar el desastre provocado por dos varones de voz temblorosa.
Siguió hablando hasta que se dio cuenta de que Zaknafein ya no lo seguía. Entonces, giró en redondo y vio la expresión de confusión de su compañero.
—Supongo que crees que Aunrae Nasadra estaba realmente mirándome mal…, mirándonos mal —Jarlaxle sonrió un instante y meneó la cabeza—. Mi querido Zaknafein, tendrás que aprender mejor a ver más allá de esos evidentes engaños si alguna vez quieres llegar a serme realmente útil.
Zaknafein continuó mirándolo durante un momento, repasando lo que acababa de ocurrir.
—En el mundo de Jarlaxle, ¿nada es lo que parece?
—No, si lo estoy haciendo bien —contestó el mercenario, y volvió a caminar.
—¿Incluso nuestra amistad? —le llegó la pregunta, totalmente inesperada, desde atrás, y Jarlaxle volvió a girarse.
—No engaño a Arathis Hune —respondió Jarlaxle—. No engaño a los que acerco a mi lado en Bregan D’aerthe.
—¿Y eso qué quiere decir para mí?
—Pronto lo sabrás, espero.
Zaknafein no parpadeó, pero instintivamente las manos se le fueron a las empuñaduras de sus armas.
Jarlaxle solo sonrió y se volvió una vez más para guiar a Zaknafein por los niveles medios de Ched Nasad hacia la posada en que los esperaba Arathis Hune.