14. La ciudad de las telarañas resplandecientes
L A CIUDAD DE LAS TELARAÑAS RESPLANDECIENTES
Durante cinco semanas, una docena de pequeños carromatos traqueteó por los oscuros túneles de la Infraoscuridad, arrastrados por grandes lagartos.
En la mitad de la fila, los goblins conductores cuidaban de un grupo de ganado común, rothé, mientras las vacas se hallaban sobre el suelo flotante, cercado por vallas de energía eléctrica.
Los dibujos mágicos de ese carro de ganado eran muy interesantes y poderosos, y, sin duda, un objeto así habría sido codiciado por muchos en la Infraoscuridad, incluyendo a los enanos mineros y también a los hongos micónidos, para sus grandes recolecciones de tallos.
Sin embargo, muy pocos osarían intentar apoderarse de él, porque exploradores drow veteranos flanqueaban la caravana y la seguían, pertrechados con armaduras y armas fabulosas.
Se corrió la voz antes de partir de que la caravana contaba con la aprobación de la gran casa de Menzoberranzan y con la total protección del consejo regente.
Atacarla era declarar la guerra a Menzoberranzan.
Sin embargo, los tres elfos oscuros más capaces de realizar esa exploración y vigilancia, los tres a los que evitaba cualquiera que los considerara enemigos, no participaban de las obligaciones mundanas de la caravana.
En vez de eso, Jarlaxle, Zaknafein Do’Urden y Arathis Hune se mantenían apartados, normalmente en el espacio de carga cubierto del carro que conducían y vigilaban los agentes de Bregan D’aerthe, el último de la línea de la caravana.
—La Matrona Sheeva Zauvirr —reveló Jarlaxle en una silenciosa reunión de los tres.
Extrajo un dibujo de la mujer, una sacerdotisa fuerte y robusta con el pelo ondulado teñido de azul, excepto por un tenso moño a un lado de la cabeza, que se dejaba del color blanco natural.
Los ojos rojos brillaban aún más, gracias al resplandeciente rubí que se había insertado en un lado de la nariz.
—Muy atractiva —comentó Arathis, claramente impresionado.
—Y fácil de encontrar —añadió Zaknafein en un tono muy diferente, uno que no sugería ningún deseo carnal. Porque, como Jarlaxle sabía, Zaknafein creía que las sacerdotisas drow de Lloth eran mucho más agradables a la vista cuando estaban muertas.
—Espera —exclamó Arathis, al parecer perplejo de repente—. ¿Zauvirr? ¿La familia de mercaderes?
—Mercantil Garra Negra —confirmó Jarlaxle.
—Son amigos de la Casa Baenre —repuso Arathis Hune alarmado, o como mínimo sorprendido, y con razón.
—Volverán a serlo —le aseguró Jarlaxle—. Cuando se corrija el error.
—¿Y ese error es esa tal Matrona Sheeva? —preguntó Zaknafein.
—Se ha dejado llevar por la ambición y a sobrevalorado su posición —explicó el jefe de la banda mercenaria—.
Ha hablado mal de la Matrona Baenre a una sirvienta de Lloth, una criatura diligente que, naturalmente, no ha tardado en informar de esa transgresión a la Matrona Baenre.
La Matrona Sheeva parece estar tratando de encontrar un poco de independencia.
Sus razones no importan ni son de nuestra incumbencia.
Lo único que nos hace falta saber es la tarea que tenemos por delante, asignada a nosotros por la madre matrona de Menzoberranzan.
Ella es la cabeza; nosotros solo las manos que manejan las armas.
—Solo son negocios.
—Nadie aquí cree que esa visión desapasionada y lógica del asesinato la compartamos los tres —comentó Arathis Hune, seco.
Jarlaxle esbozó una sonrisita y miró a Zaknafein.
—Permitidme mis ilusiones —riñó Zaknafein a Arathis Hune.
El renegado se rio del nuevo guerrero de Bregan D’aerthe.
—¿Prefieres creer que es un edicto de asesinato de la propia Lloth? Nunca te he visto ser tan santurrón, guerrero.
—¿Santurrón? —preguntó Jarlaxle con una risita—. Cuéntanos tus ilusiones, buen Zaknafein.
El maestro de armas Do’Urden se encogió de hombros.
—Para disfrutar de mi sueño, me convenzo de que son un número finito y que otra asesinada me lleva más cerca.
—¿Número finito de qué? —preguntó Arathis.
—Matronas y sacerdotisas —contestó Jarlaxle antes de que Zaknafein pudiera hacerlo.
—¿Y cuando dice más cerca?
—De la mayor fantasía de Zaknafein —contestó Jarlaxle—. Que las matará a todas, hasta a la Matrona Baenre.
Arathis Hune rio y se giró hacia Zaknafein.
—Todo el mundo necesita una afición —repuso el maestro de armas, encogiéndose de hombros.
El carro pasó por un bache del corredor montañoso mientras hablaba y los tres cabecearon involuntariamente, como si estuvieran de acuerdo.
Respaldada por la reputación de los elfos oscuros y por el evidente poder que la vigilaba, la caravana se encontró con pocos problemas, incluso en la Infraoscuridad más abierta.
Un explorador resultó herido por una mole sombría, pero pronto acabaron con el monstruo y en dos ocasiones diferentes debieron alejar una bestia desplazadora.
Para el estándar de la Infraoscuridad, todo eso ni se consideraban incidentes.
Y así, mientras se acercaba a la mitad de la séptima semana fuera de Menzoberranzan, la caravana llegó a unos túneles más pulidos, bien trabajados y limpios de piedras sueltas, con varias intersecciones claramente marcadas por señales de fuego feérico que indicaban el camino para los que sabían leer los códigos drow y separar la verdad de los desvíos.
—Entonces, ¿habías salido antes de Menzoberranzan? —preguntó Jarlaxle a Zaknafein, sentados los dos en el pescante junto al conductor del carro.
—Muchas veces.
—¿De verdad?
—No lejos —explicó Zaknafein—. Solo a los túneles que la bordean. La Casa Simfray era ambiciosa y quería explorar la posibilidad de convertirse en comerciantes fuera de Menzoberranzan.
—Siempre pasa así, ¿no es cierto? —caviló Jarlaxle, con una risita—. Cuando el camino hacia una ascensión real está barrado, los ambiciosos miran más allá de las paredes más próximas.
—¿Como Jarlaxle?
El jefe mercenario se llevó dos dedos a la frente para saludarlo por la observación.
—Algún día, miraré fuera de la Ciudad de las Arañas; seguramente, aún más que esto —confirmó Jarlaxle—.
Sin embargo, por ahora hay espacio suficiente para que Bregan D’aerthe crezca dentro de la caverna de Menzoberranzan.
Veo un gran conflicto entre las familias nobles en un futuro cercano, con las casas menores tratando de aprovecharse de la confusión.
—Y, del gran conflicto, Jarlaxle saca su beneficio.
—Como todos nosotros.
—Pero quizá algún día irás más allá de la caverna, más allá del alcance inmediato de la madre matrona y su consejo regente —razonó Zaknafein.
—Quizá, pero es algo que no me molesto ni en discutir —contestó Jarlaxle—.
Ahora estoy bastante contento, amigo mío, y veo un camino de un lujo extraordinario.
Estamos a salvo en nuestras cavernas, por debajo de la Grieta de la Garra, y protegidos por la casa más poderosa de la ciudad, una que es más poderosa que cualquier otras dos, o incluso tres, casas unidas.
Así que estoy de lo más contento de servir a la Matrona Baenre.
—Pero ¿no a Lloth?
Los dedos de Jarlaxle respondieron rápidamente, tratando de silenciar a su osado compañero.
La Matrona Baenre seguramente sabía la verdad sobre Jarlaxle: que no era un seguidor leal de la Reina Araña, o de nadie, ya puestos.
Pero ¡que esa información se hiciera pública no le favorecería en sus tratos con la despiadada Yvonnel Baenre!
—Dejadme que os prepare para Ched Nasad —dijo Jarlaxle en voz alta, cambiando de tema—. Se parece muy poco a Menzoberranzan y de un modo espectacular.
Zaknafein se lo quedó mirando, extrañado.
—No aquí — le indicaron las manos de Jarlaxle al maestro de armas.
—He oído que el diseño y la construcción de la Ciudad de las Telarañas son realmente inspirados —comentó Zaknafein en voz bastante alta, quizá demasiado alta, pensó Jarlaxle, como era típico en la gente que no estaba acostumbrada a tejer engaños o mentiras.
—Las palabras no pueden hacerle justicia —Jarlaxle apuntó a lo lejos, hacia una onda resplandeciente de fuego feérico colocada en la pared del corredor, para indicar un giro brusco—. Lo verás en un momento.
La caravana se detuvo cuando el primer carro torció la esquina, luego se detuvo de nuevo con cada uno de los carros, mientras los conductores y los jinetes se tomaban un momento para asimilar la grandeza de la ciudad que se abría ante ellos.
Zaknafein los miró con curiosidad y no tardó en darse cuenta, por las expresiones de los que iban torciendo la esquina, que Jarlaxle no había exagerado.
Incluso así, el maestro de armas de la Casa Baenre seguía sin estar preparado para la vista cuando por fin su carro torció la esquina y tuvo Ched Nasad extendida a sus pies.
Estaba construida en una gruta, una enorme caverna en forma de v con escarpadas paredes que subían miles de metros.
Llamada la Ciudad de las Telarañas, o más formal y ostentosamente, la Ciudad de las Telarañas Resplandecientes, Ched Nasad se ganaba el nombre.
En Menzoberranzan, la mayoría de los complejos de las casas drow estaban construidos en el interior de estalagmitas y estalactitas, y solo unas cuantas, como la Casa Do’Urden, se habían construido en las paredes de la cueva; pero en Ched Nasad, casi todas las casas eran una combinación de cueva y telaraña petrificada.
Algunas de las cámaras estaban formadas por capullos de gigantes telarañas con muchos canales.
Esas telarañas, infinitas, cubrían todo el lugar: subían por las paredes y creaban puentes que se extendían por los diferentes niveles de la caverna.
Y no solo gruesas y grises, sino telarañas que brillaban con fuego feérico, de colores púrpura y azul, ámbar y verde, incluso amarillo, cambiando constantemente, subiendo y bajando; una cascada de colores casi viva.
El sonido del agua corriente creaba un zumbido de fondo que solo sumaba rareza al lugar; estaba tan acoplado a la iluminación mágica y a la extraña arquitectura que Zaknafein tardó un buen rato en darse cuenta de que existía.