13. Zarcillos del caos de Lloth #3
—El clan Stoneshaft, supongo —le dijo Athrogate a su amor.
—Sí, y un grupo con mala pinta, ¿eh? —añadió Ambargrís.
Salió un segundo enano, luego un tercero y un cuarto, formando una fila, y avanzaron hacia el par de recién llegados mientras seguían saliendo más detrás de ellos.
—¡Bien hallados! —los saludó Athrogate, moviendo la mano y superando la última roca antes del camino de entrada, que se nivelaba un poco.
Se volvió para ayudar a Ámbar a pasar la piedra, pero ella simplemente la saltó en una voltereta y plantó su enorme maza de dos manos para ayudarse a ponerse en pie.
—Sí, bien hallados, y estamos buscando algo de comida —gritó ella, pasando por delante de Athrogate—. ¡Y contenta de ver enanos aquí en este lugar desconocido, sí!
—Bueno, ¿y a quién esperabais encontraros, entonces?
—preguntó uno desde detrás de la fila de cuatro enanos, pasando entre ellos.
Era fuerte, sin duda, con el pelo amarillo trenzado y una gran barba que rivalizaba con la de Athrogate.
Por la descripción que Jarlaxle les había dado, Athrogate supuso que ese debía de ser Bronkyn, el comandante del ejército que había ido al castillo del lord Neverember.
—Nada sabíamos —contestó Athrogate antes de que Ámbar pudiera responder—. Llevamos mucho caminando y sin saber qué esperar. Demasiado al sur para ese nuevo hogar de los delzoun, sí, y aún no lo suficientemente al norte para el Valle del Viento Helado.
—¿El nuevo hogar de los delzoun? —preguntó el enano de pelo amarillo, adelantándose con una docena de sus compatriotas, que fueron moviéndose hasta rodear a la pareja de recién llegados—. ¿Os referís a Gauntlgrym, entonces? ¿O a este hogar que estáis viendo?
—Gauntlgrym, sí —contestó Athrogate—. No conocemos el lugar que nos dices, pero, oye, ¿sois enanos delzoun o no lo sois?
—¿Y qué si no?
—Pensaba que todos los enanos del norte eran de esa sangre, eso es todo —replicó Athrogate.
—Quizá lo seamos, quizá no.
Athrogate se encogió de hombros como si le diera igual, aunque esas respuestas le parecían inapropiadas y sorprendentes.
La raza delzoun llevaba siglos representando al gran Reino del Norte de los enanos y casi todos los del norte de Faerûn se identificaban con ese nombre, o al menos, mostraban más respeto hacia él.
—Quizá lo seáis, quizá no —repitió Ámbar—, pero lo que es seguro es que me alegro de veros, en cualquier caso, pues tengo una sed poderosa y un estómago gruñón, y un enano es un enano siempre y cuando no sea gris, ¿sí o no?
—Eso —contestó el jefe Stoneshaft, aunque no sonó muy convincente.
—Entonces, ¿qué hay para comer? —insistió Ámbar.
—No hay nada en el asador —su tono neutro presagiaba una amenaza.
—Pues pon algo —dijo Athrogate—. No vas a echar a la familia, ¿no?
—¿Qué familia? —preguntó otro Stoneshaft.
—La familia del rey Bruenor, a buen seguro —añadió una tercera y escupió en el suelo.
—¿Acaso tienes algún problema con el rey Bruenor? —preguntó Ámbar—. ¿Y cuál es? Cuéntame. Ha recuperado Gauntlgrym de las ruinas y la tiene en pie.
—Sí, si hay algún problema con eso, nos lo dirás, ¿verdad? —añadió Athrogate—. Estamos buscándolo a él y buscando el lugar, y esperamos que el viaje merezca la pena. ¿Qué es lo que no sabemos?
—Bruenor no tiene amigos aquí —dijo en tono neutro el que Athrogate creía que era Bronkyn—. Los amigos de Bruenor no tienen amigos aquí.
—¿Quiénes sois, entonces? —preguntó Ámbar—. ¿Y qué sitio es este? ¿Un lugar mejor para enanos cansados?
—No es eso —murmuró uno de los Stoneshaft.
Tanto Ámbar como Athrogate miraron hacia el que acababa de murmurar y luego al jefe, que se limitó a encogerse de hombros, sin llevarle la contraria al otro.
—O sea, que nos estás diciendo que nos vayamos —dijo Athrogate.
—No dije tal cosa —contestó el jefe.
—Se irá derechito a hablar con Bruenor —indicó otro.
—Que vendrá con un ejército y todos tendremos que arrodillarnos o morir —dijo otro más.
—Sí, pero él es el rey de todos, ¿no lo sabéis? —dijo otro. Y mientras hablaban seguían moviéndose, casi rodeando por completo a la pareja.
—No estáis mostrando mucha hospitalidad, amigo —le dijo Ámbar al jefe—. Ni siquiera nos has preguntado nuestro nombre o nos has dado el tuyo.
—Su nombre es Ámbar y el de él, Athrogate —gritó un enano en la muralla—, espías de Bruenor.
—Peor —soltó otro enano, que estaba al lado de la pareja mientras se descolgaba un hacha de batalla de la espalda y se la apoyaba en el hombro—. Estos dos espían para los condenados elfos drow.
Athrogate hizo lo posible para que la boca no se le abriera de la sorpresa. ¿Cómo podían saber eso? ¿Cómo podían saber más de Jarlaxle de lo que él sabía de ellos? ¡Nunca era así!
Pero Ámbar y él ya no tenían elección, y mientras ella ponía Rompecráneos por delante Athrogate sacó sus mayales por encima de los hombros e hizo girar las bolas de inmediato.
—No estamos buscando problemas —le dijo al jefe.
—Es curioso lo que se encuentra.
—Solo nos preguntábamos por nuestros nuevos vecinos inesperados —añadió Ámbar—. Cualquier enano entendería eso.
El círculo empezó a cerrarse en torno a ellos, y los Stoneshaft ya tenían las armas preparadas.
—Estáis cometiendo un error, chicos —les advirtió Athrogate.
En cuanto lo dijo, un enano que portaba un escudo y una maza saltó hacia él, en ataque, o eso intentó, pues Athrogate nombró a su mangual, Toma, para invocar su revestimiento de un aceite especial, que explotó cuando él estrelló la bola contra el escudo.
Este salió volando convertido en una docena de esquirlas mientras que el enano fue lanzado una docena de pasos atrás.
Temió haber matado al pobre tipo, pero ¿qué otra cosa podía haber hecho?
Los otros Stoneshaft se acercaron en un par de rápidas zancadas, pero enseguida se alejaron al unísono ante la barrida de la letal maza de dos manos de Ámbar.
—¡Tú y yo! —retó Athrogate al jefe—. ¿O es que Bronkyn Stoneshaft es un cobarde?
Los otros rieron ante sus palabras, pero fueron unas risas extrañas.
Bronkyn se limitó a sonreír y asentir.
—Me encantará.
Pero no se acercó. Asintió a derecha e izquierda y los diez Stoneshaft que quedaban en el perímetro lanzaron sus armas al suelo. Al principio, pareció como si se rindieran, pero luego saltaron todos hacia la pareja. En realidad, más que saltar se tiraron, como si fuera a una piscina.
Y tocaron el suelo y se hundieron en él para desaparecer, luego, como nutrias en un lago.
—¿Los Nueve Infiernos? —tartamudeó Athrogate, y el suelo a su alrededor y alrededor de Ámbar comenzó a rezumar un líquido negro y burbujeante parecido al alquitrán.
De ese líquido regresaron los enanos Stoneshaft, pero no como enanos.
Diez tentáculos negros se alzaron alrededor de Athrogate y Ambargrís, cubiertos de ventosas como los de un pulpo y con puntas que terminaban en garras.
Athrogate comenzó a girar salvajemente, golpeando los tentáculos cercanos.
Ambargrís también intentó luchar contra ellos, aunque, con su singular y pesada arma, tuvo menos éxito.
Golpeó a uno y lo hizo rodar en la otra dirección, pero un segundo la azotó desde atrás, la alcanzó en toda la espalda y la hizo caer de bruces; o eso habría sucedido si el gancho y las ventosas superiores no la hubieran atrapado y la hubieran vuelto a poner de pie.
Luego la izaron del suelo, la elevaron en el aire y la hicieron girar en todas direcciones antes de volver a bajarla al suelo con una fuerza tremenda.
Cuando ella mordió el polvo, Athrogate oyó su fuerte gruñido, en medio de los golpes de los manguales que no paraba de hacer girar. Furioso, se acercó a ella, golpeando sin control.
Alzaron de nuevo a Ámbar, con toda la cara ensangrentada, pero esa vez ella se giró y agarró el tentáculo con los brazos y los dientes. A juzgar por la forma en que el enano convertido en brazo de pulpo empezó a sacudirse, había conseguido su objetivo.