Intemporal (Generations 1) 13. Zarcillos del caos de Lloth #4
57%

13. Zarcillos del caos de Lloth #4

Athrogate rodó bajo una garra que se cerró con un chasquido, y al ponerse en pie vio al jefe riendo y señalando.

Miró a su amada y supo que tenía que confiar en ella.

Salió corriendo, apartando los tentáculos que se abalanzaban sobre él.

Uno lo atrapó, envolviéndolo por la cintura, pero el resistente enano giró con él, rodando para apretar con más fuerza aquella cosa, ¡como un conejo enrollado por la pitón!

Pero ese conejo poseía la fuerza de un gigante de las tormentas, y apretó los brazos alrededor del tentáculo, rodó aún más y tiró con todas sus fuerzas.

Un grito penetrante surgió de… algún sitio, mientras el tentáculo se rasgaba desde el suelo. Otros apresaron al enano, pero este gruñó y los ignoró, y siguió intentando deshacerse del que lo agarraba.

El tentáculo quedó suelto y flácido, y en cuanto golpeó el suelo, retorciéndose entre estertores de muerte, volvió a transformarse en un enano, roto y moribundo, que escupía sangre negra.

Athrogate abrió mucho los ojos, horrorizado. ¿Qué locura era esa?

Encontró al jefe enano y lo miró con odio.

Ya no se reía. Bronkyn hizo un gesto a un enano que estaba a su lado, que se dio unos golpecitos en un colgante que llevaba al cuello.

Un resplandor negro brilló en el adorno y envolvió también al enano, que creció de golpe; le salieron más brazos, el pelo se le transformó en piel de animal y su cara de enano se convirtió en la de un demonio perro.

—¡Misterio resuelto! —gritó el Athrogate, y cargó contra el glabrezu, mientras apartaba con los hombros otro retorcido tentáculo y golpeaba otro más—. ¡Vamos, Ambargrís, mi chica!

Athrogate ya casi estaba sobre el demonio de seis brazos, que lo aguardaba, pero, con una coordinación sorprendente y, al parecer, bajo el mando de Bronkyn, que lo observaba, dos tentáculos llegaron hasta él desde abajo, se le enrollaron en los tobillos y lo tiraron con fuerza de bruces sobre el suelo.

El primer instinto del enano fue agarrarse a una piedra, pero su rabia sacó lo mejor de él y, en vez de eso, se volvió hacia los tentáculos, pensando en aplastarlos, pues su mangual ya tenía otro revestimiento de aceite de impacto listo.

Pero antes de poder emplearlo, Athrogate se vio alzado en el aire, dando vueltas, mientras los tentáculos se movían al unísono para hacerlo caer de forma estrepitosa sobre la sustancia negra y las duras piedras del suelo.

Rebotó una vez, sintió que los manguales salían volando y luego él fue el que salió volando, elevándose en el aire…, solo que esa vez los tentáculos lo soltaron.

Arriba en el aire, Athrogate voló, girando sin control.

Llamó a su amor, luego la vio suspendida en el aire, con los brazos y las piernas extendidos, cogida de cada muñeca y cada tobillo por un tentáculo tirante.

Y allí, a su lado, estaba el glabrezu, mirando a Athrogate y sonriendo de forma malvada, muy malvada, con su pinza cerrada sobre la cintura de la pobre e indefensa Ámbar.

Cortando…

Muy despacio…

Tenía que llegar hasta ella…

Ese era su único pensamiento, su último pensamiento, cuando se estrelló de nuevo contra el suelo y ya no supo nada más.

Zaknafein se alegró del trabajo, se alegró de estar de vuelta en el camino de la aventura, y especialmente de una aventura que le daría la oportunidad de matar a una sacerdotisa drow, algo que siempre había le había resultado placentero.

Se alegró, sobre todo, de librarse de una situación que no podía comprender ni aceptar bien.

Había escuchado las historias de la humana y su hijo y no podía negar que en ellas había encontrado cierto consuelo y esperanza.

Pero no conseguía aceptar a una humana como su nuera y a su nieto, un mestizo…

Apartó la idea y se centró en su misión.

Estaba agradecido con Jarlaxle por confiarle esa misión.

Se giró para mirar a los dos elfos oscuros que lo seguían, Braelin Janquay y Jeyrelle Fey, una de las pocas mujeres en Bregan D´aerthe y una sacerdotisa de alguna diosa que, cosa sorprendente, no era Lloth.

Zaknafein le había pedido a la bella mujer de ojos ámbar detalles concernientes a su deidad, pero ella se había limitado a mirarlo molesta y a decirle que fuera por delante, tal como Jarlaxle había indicado.

Eso solo hizo que Zaknafein se sintiera más atraído por ella, aunque eso no era ninguna sorpresa, pues una drow con el coraje de dedicar sus destrezas clericales a una diosa que no fuera la Reina Araña le resultaba de lo más atractivo.

Iba por delante, a veinte pasos de sus compañeros, y recorría los túneles de la Infraoscuridad superior, así que se dijo a sí mismo que debía concentrarse en el serpenteante pasaje que tenía ante él y no en los compañeros que lo seguían.

—Pregunta: ¿cómo hace uno para encontrar a un drow? —preguntó en un murmullo, y sonrió al recordar la conversación que había tenido hacía tanto tiempo con Jarlaxle, en túneles mucho más profundos que esos.

Zaknafein consideró la repuesta, luego metió la mano en la pequeña bolsa que le colgaba del cinturón, cogió una esfera y, mirando dentro, vio el cristal claro y esférico, con su interior aparentemente lleno de multitud de diminutas estrellas.

—¿Cómo, dime? —susurró, y continuó su camino.