Intemporal (Generations 1) 13. Zarcillos del caos de Lloth #2
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13. Zarcillos del caos de Lloth #2

Lord Neverember compraría a bajo precio a los Margaster, quienes probablemente ni siquiera poseyeran la escritura del lugar.

La Casa Margaster traspasaría un vasto tesoro al clan Stoneshaft, poco conocido y de poca importancia, que se lo entregaría a lord Neverember bajo el disfraz de repatriarse a una fortaleza que una vez consideraron su hogar, con gran pompa y celebración.

Tan seguro como un irritante elfo lanzándose a entonar una cancioncilla estúpida, todos sabían que los enanos siempre harían cualquier esfuerzo por recuperar su hogar perdido, por supuesto.

Y, por supuesto, el clan Stoneshaft probablemente había estado en posesión de este lugar llamado Thornhold, seguro que incluso había vivido bajo él, desde siempre. Así que la intención de la transacción no era más que la de lavar oro de dudosa procedencia y sacarlo de Aguas Profundas.

—Y ahora el último giro —dijo Donnola, después de que los tres llevaran un buen rato callados—. La Casa Margaster es, quizá, mucho más de lo que parece. Mucho más siniestra.

La puerta crujió al abrirse y un asistente halfling asomó la cabeza.

—Mi señora —dijo—, su esposo.

El asistente abrió la puerta del todo y entró un tembloroso Regis.

—Deberías estar en la cama —dijo Donnola, que se levantó y se dirigió hacia él, pero este le indicó que no se acercara extendiendo un brazo.

—Descansaremos todos cuando esto haya acabado —dijo, tomando asiento a la mesa.

Suspiró profundamente mientras se sentaba, claramente exhausto y sobrepasado—.

Créeme que estoy feliz de estar vivo y de sentarme aquí con vosotros.

Todo gracias a la buena suerte y los buenos amigos —añadió, mirando a Jarlaxle.

—¿No tienes en cuenta tu propia inteligencia para escapar de esos túneles? —preguntó Donnola.

—Ya lo he dicho: buena suerte —insistió Regis—. Afortunadamente, me encuentro más en mi casa en el agua, debajo del agua, de lo que un halfling debería.

—Sean las que sean las razones —dijo Jarlaxle, alzando un cáliz de vino—, nos alegramos del resultado.

—Y dudáis de mi historia, supongo —exclamó Regis—, ¡igual que yo!

—Pero lo que contó Aiberdelle era idéntico —dijo Wigglefingers.

Regis asintió hacia el mago con aprecio y se alegró de que la información hubiera partido de él, ya que Regis lo consideraba el menos compasivo de los tres.

—Ahora debemos averiguar qué vive bajo el castillo de lord Neverember, y en el Bosque de Neverwinter, por lo que parece —dijo Donnola.

—Ese bosque no es extraño para las criaturas de los planos inferiores —les informó Jarlaxle.

—¿Los ashmadai? —preguntó Donnola—. Pensé que habían desaparecido.

—Esas sectas no suelen desaparecer —repuso el drow—. Dientes de león oscuros, todos ellos, y mis fuentes susurran que Asmodeus ha ganado un buen número de seguidores en Aguas Profundas.

—Asmodeus es un archidiablo —interrumpió Regis—. Estos eran demonios, no diablos.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Jarlaxle.

—Ya habíamos jugado a esto en las Tierras del Heliotropo —le recordó Regis—. Créeme: vi a lady Inkeri transformarse ante mis ojos en un glabrezu, un demonio que ya conocía.

—No dudo de ti, amigo —repuso Jarlaxle mientras el mismo ayudante de Donnola asomaba la cabeza otra vez en la habitación—, pero un diablo podría hacer lo mismo y muchos se parecen…

—Nada de diablo —afirmó otro drow mientas entraba en la habitación; caminaba con una cojera y el brazo izquierdo muy pegado al costado—. Glabrezu.

Jarlaxle se levantó rápidamente del asiento y corrió a ayudar al soldado herido. Donnola llamó al ayudante para que fuera a buscar a un clérigo.

—Sobreviviré —les aseguró Braelin Janquay, que aun así tomó el asiento que Jarlaxle le ofrecía.

—¿Glabrezu? —le preguntó Jarlaxle.

Braelin asintió.

—Y chasme y otros. Todos demonios. Una colección considerable, la mayoría por el Bosque de Neverwinter, pero procedentes de la propia ciudad en búsqueda de Regis, diría yo —se volvió y le guiñó un ojo a Regis—.

Es la segunda vez que me debes la vida, halfling.

Quizá Jarlaxle haría bien en sacar mi paga de tu bolsillo.

—¿La segunda vez?

—La mujer con el arco en la orilla del lago en el Valle del Viento Helado —explicó Braelin—. ¿Crees que tu disparo fue tan certero?

Los labios de Regis se movieron demasiado deprisa para que ninguna palabra pudiera salir realmente de ellos.

—¿Eras tú? —consiguió balbucear finalmente.

Braelin soltó una pequeña risa, seguida de una tos cargada de sangre.

—¿Hay algo en el norte que Jarlaxle no vigile? —preguntó Regis, con la voz cargada de sarcasmo.

—No, si puedo evitarlo —replicó Jarlaxle, palmeando la espalda de Braelin e intentando suavizar la evidente incomodidad del soldado herido. Por suerte, un par de clérigos, un halfling y un enano, aparecieron en la habitación con los símbolos sagrados en la mano.

Jarlaxle se retiró mientras ellos iban a ocuparse de Braelin.

Confiado en que las heridas del drow no eran mortales, dejó que su mente se centrara en los asuntos que estaban tratando.

No dudaba de la veracidad de lo que Regis y Braelin contaban, y el aumento de seguidores de Asmodeus en Aguas Profundas, después de todo, había sucedido porque últimamente habían estado apareciendo muchos demonios por todo Faerûn.

Algunos humanos, estúpidos, desesperados, y con miedo, habían llegado a creer que aliarse con los diablos legales era, de alguna forma, mejor que los peligros de los demonios impredecibles.

Había cierta verdad en ello, Jarlaxle tenía que admitirlo, pero solo bajo ciertas circunstancias.

Los diablos eran más predecibles que los demonios, que generalmente eran, después de todo, poco más que viles máquinas de matar con menos sutileza que una catapulta que lanza cestas de fuego a un pueblo.

La cosa era, por supuesto, que sacarse de encima un diablo, sobre todo uno al que se le debiera un favor, nunca era algo fácil o barato.

Pero Aguas Profundas era una preocupación para otro día. El reto más inmediato incluía al lord protector de Neverwinter y a sus extraños cómplices.

—Demonios —murmuró para centrar su pensamiento y sospechó que el origen de aquellos visitantes indeseados en la Costa de la Espada podría ser el mismo que el de Malcanthet, la Reina de las Súcubos, a la que habían llevado a la Tierra del Heliotropo no hacía tanto.

Necesitaba cierta información, y rápido, y tenía una idea de quién podría ser el más adecuado para conseguírsela.

—¡Qué bien estar de vuelta en tierras que nunca había visto! —comentó Ámbar Gristle O´Maul, saltando por el camino, con su enorme maza de dos manos, Rompecráneos, descansando sobre el hombro.

—Si no has estado nunca, ¿cómo vas a estar de vuelta? —bromeó su compañero, su amante, su mejor amigo, Athrogate. El fornido enano había encontrado algo de bosta de vaca reciente aquella mañana para trenzar y dar forma a su enorme barba negra, y Ámbar encontraba el aroma embriagador.

—Sé de un sitio al que no vas a volver pronto, mi listillo maridito.

Athrogate soltó un gran resoplido ante eso, aunque no le resultaba extraño oír a Ámbar decirlo, y también sabía que su amorosa compañera nunca lo decía en serio o, si lo hacía, no era capaz de mantenerlo.

—¿Se te están cansando las piernas? —le preguntó Athrogate—. Puedo sacar mi cerdo —cogió la bola de su cinturón, donde guardaba la figurita que usaba para invocar al jabalí infernal mágico.

—Siempre puedo sacar al cerdo que hay en ti —bromeó Ámbar, incapaz de resistirse—. Pero no, mi amor, caminemos, saltemos y bailemos de día. ¡Oh, pero qué hermosura!

Ámbar miraba al cielo, de un azul brillante y punteado con nubes blancas y algodonosas, pero Athrogate la miraba a ella cuando contestó.

—Y tanto que sí.

Caminaron durante el resto de la mañana, charlando despreocupados, disfrutando el día, anticipando que pronto estarían de vuelta en Viñas Sangrantes, aunque ya habían dejado ese lugar muy atrás.

El día era cálido para la estación, pero el invierno persistía y las caravanas aún no habían empezado sus viajes de primavera, lo que les dejaba todo el camino para ellos.

Aun mejor, se acercaban de nuevo a la costa, puesto que ya casi habían rodeado el Estero del Hombre Muerto, y el aroma de la bosta se estaba viendo rápidamente reemplazado por el refrescante olor de la sal y el agua de mar.

Cuando buscaban un lugar donde parar para comer, se encontraron con un camino que se desviaba hacia el oeste del Camino del Comercio.

Lo siguieron hasta la siguiente colina y pronto avistaron el océano...

Y, lo que era más importante, divisaron una fortaleza gris con un torreón central achaparrado, flanqueado por dos torres.

Ámbar sacó el tosco dibujo que Jarlaxle le había hecho y asintió a Athrogate.

—Thornhold —dijo.

—Un millón de piezas de oro ya no compran lo que solían comprar —se lamentó Athrogate, porque la fortaleza no era nada impresionante ni contaba con una localización estratégica—.

Bueno, pues que les aproveche a los Stoneshaft, entonces.

Vamos a ver qué podemos ver. ¡Estoy pensando que tienen dinero para un buen festín!

Bajaron por las rocas rotas hacia lo que parecía ser un camino de entrada, aunque debía de llevar mucho tiempo cubierto de maleza y escombros.

Ante ellos se alzó la entrada principal de la fortaleza, una gigantesca puerta de dos hojas de madera con bandas de hierro, que parecía haber sido capaz, en el pasado, de contener una horda de gigantes.

En el pasado, pero ya no, puesto que las hojas colgaban descuadradas, una de ellas sin las bisagras superiores.

Eso había hecho que se fuera de lado y creaba una abertura lo suficientemente alta para que un enano pudiera pasar sin agacharse, como se demostró mientras Athrogate lo pensaba, cuando un enano de pelo amarillo salió y se detuvo a un lado.

Cruzó los fornidos brazos, con el escudo en el antebrazo más exterior y la maza en alto en el otro.

Más arriba, aparecieron más enanos sobre la muralla.