13. Zarcillos del caos de Lloth
Z ARCILLOS DEL CAOS DE L LOTH
El halfling Wigglefingers encontró al hombre en un callejón, al lado de una taberna, uno de los cinco puntos de encuentro acordados con aquel espía tan especial.
—Mi pago, mago —dijo el hombre al acercarse. No era alto para ser humano, pero se alzaba por encima del mago halfling.
Wigglefingers suspiró e intentó esconder su disgusto.
—¿Ni siquiera te preocupan las consecuencias de esta información tan urgente?
El hombre, Artemis Entreri, pareció realmente divertido ante la pregunta.
—¡Pensé que te importaba Jarlaxle, e incluso Drizzt Do’Urden! —añadió el exasperado halfling. Qué ganas tenía de crear un cataclismo mágico y cargarse a aquel necio.
El hombre se encogió de hombros y asintió sutilmente.
—¡Y sin embargo lo primero que has hecho es pedir tu pago!
—Por supuesto —replicó Entreri—. Dahlia y yo hemos decidido que debemos encontrar una casa mejor. Para eso, necesito mi pago.
—¿Y si no lo tuviera?
—No estarías aquí.
—No, no, deja eso —dijo Wigglefingers—. Imagina que te encontrara aquí este día, desesperado por tener noticias, pero sin estar preparado para pagarte. ¿Me darías la información para que yo pudiera dársela a Jarlaxle y a lady Donnola? ¿O te quedarías ahí quieto dejando que otros sufran?
—Quizá lo descubras algún día.
—Me he cansado de tus jueguecitos.
—Pues échate una siesta. Mientras, recuerda que esto no es un juego: yo hago un trabajo y me pagan por él.
El halfling solo pudo suspirar y soltar una risita.
No creía que aquel tipo fuera tan irascible como hacía ver, y se había hartado de la peligrosa reputación del hombre.
Había un montón de exploradores halflings muy hábiles trabajando en las calles de Aguas Profundas, y sin embargo lady Donnola le había dicho que se encontrara específicamente con ese humano.
Eso lo molestaba todavía más, porque Entreri era el hombre de Jarlaxle y no de Donnola.
Saber eso tampoco contribuía mucho al buen humor de Wigglefingers.
Cualquier cosa que sacara de aquel pícaro seguro que llegaría a Jarlaxle mucho antes de que Donnola la oyera; le llegaría a Jarlaxle y, probablemente, este tendría que aprobar su entrega, suponía el halfling.
No podía negar la reputación de Entreri como espía, ya que Jarlaxle lo consideraba uno de sus lugartenientes principales, y seguramente el humano se había labrado esa reputación con la espada y la daga.
Pero eso era el norte de la Costa de la Espada de Faerûn, una región llamada la Frontera Salvaje, y los espadachines eran tan frecuentes como las monedas de cobre.
La noción de que ese, entre todos los demás, pudiera completar el trabajo insultaba profundamente al orgulloso halfling, que, después de todo, había entrenado a la mayoría de los exploradores más jóvenes de Donnola.
Y, sin embargo, allí estaba, disgustado por lo mucho que necesitaba lo que Entreri tenía para él.
Wigglefingers se recordó a sí mismo que su trabajo no era hacer preguntas.
No en ese momento. Sacó un pequeño saquito de gemas y se lo tendió.
Sorprendentemente, Entreri ni siquiera miró dentro.
Entonces, Wigglefingers lo entendió: ese hombre suponía que no tenía que hacerlo porque estaba seguro de que nadie se atrevería a escatimarle en semejante pago.
Tal arrogancia fue casi suficiente para hacer reír al mago.
O llorar de frustración, especialmente cuando Entreri no dijo nada.
—El clan Stoneshaft ha comprado Thornhold a lord Neverember —soltó Wigglefingers—, y lord Neverember había adquirido el castillo previamente de la Casa Margaster, creemos…
—Justo el año pasado —confirmó Entreri—, por cuarenta mil piezas de oro.
—¿Cuarenta mil? Esa es una suma insignificante, ¡no tiene sentido!
Entreri se encogió de hombros.
—¿Y dices que fue el año pasado?
—El pasado verano —respondió Entreri.
—Pero ¿por qué? —murmuró el mago, más para sí que para Entreri, mientras se acariciaba la barbilla y miraba al suelo.
Volvió a levantar la vista hacia Entreri un momento después—.
Necesitamos que investigues más. ¿Cuánto tiempo hacía que los Margaster poseían Thornhold antes de la transacción con lord Neverember?
¿Y por qué se lo vendieron a un precio tan bajo? ¿No conocían el interés de los enanos?
—¿Debería entregarle a lady Donnola el señor de la Casa Margaster, encadenado, para que así ella pueda pasarse una década interrogándolo? —fue la predecible respuesta sarcástica.
—Solo esas simples preguntas —contestó Wigglefingers—. Ah, y una cuarta: ¿los Margaster no están enfadados con lord Neverember por su evidente beneficio? ¿Cuarenta mil en oro, dices? Creemos que Neverember ha conseguido veinticinco veces ese valor.
Entreri ni siquiera parpadeó.
—¿Y me pides que me preocupe por esos juegos como si la vida de mis amigos dependiera de ellos?
—preguntó tras una larga pausa—. Para Neverember y todos los demás, se trata más de estatus que de valor.
¿Un millón en oro? ¿Qué va a hacer Neverember con esa suma que no pudiera hacer ya?
¿Enterrarla bajo un castillo mientras la gente a su alrededor muere de hambre o de frío en la oscuridad del invierno? ¿Y me pides que me preocupe?
—Pero sí que te preocupas de tu pago —señaló el halfling.
—Me gusta comer, y prefiero comprar respetablemente mi comida en vez de herir a otros para conseguirla.
Eso hizo callar al halfling.
—Cuatro preguntas —acordó Entreri—. Pero puede llevarme algún tiempo. Un montón de hombres buenos podrían morir dando esta información.
Wigglefingers asintió, pero luego arrugó el ceño al considerar lo extraño de la frase.
—Querrás decir consiguiéndola.
Y, entonces, Wigglefingers la vio, esa mirada especialmente fría, y así los ojos del asesino le contaron al mago que no se había confundido con sus palabras. En ese terrible momento, Wigglefingers temió ser él una de las necesarias víctimas a las que Artemis Entreri acababa de referirse.
El halfling abandonó la reunión casi inmediatamente y se llevó con él valiosa información para Donnola sobre los Margaster y lord Neverember, y quizá incluso más información para él mismo sobre el peligro real de aquel extraño humano.
De hecho, la mirada del asesino permanecería con el mago durante mucho rato después de que entregara noticias recién compradas.
Una sola vela ardía en la mesa entre Donnola Topolino, Wigglefingers y Jarlaxle, una luz adecuadamente suave para una conversación que debía llevarse a cabo en susurros.
—Regis cree que el precio estaba cerca de un millón de piezas de oro —confirmó Donnola.
—Un tesoro que el rey Bruenor tendría dificultades para reunir —dijo un curioso Jarlaxle—. Y, sin embargo, este clan Stoneshaft, apenas conocido…
—Te dije que era intrigante —contestó Donnola, con una suave risa.
—Me dijiste un poco intrigante, si mal no recuerdo. Es más que eso, por lo que parece.
—Aún más —confirmó Donnola. Miró a Wigglefingers.
—Tu agente en Aguas Profundas me dijo que lord Neverember adquirió la fortaleza poco tiempo antes de la Casa Margaster por una fracción del precio que le han pagado los enanos. Pero, por supuesto, supongo que ya sabes esto.
Si Jarlaxle se sintió ofendido por la acusación de Wigglefingers, no lo mostró. En vez de eso, se limitó a recostarse en la silla y juntar las manos ante sí, pegando y despegando los largos y delgados dedos mientras lo encajaba todo, colocando las piezas del puzle.
El mago continuó.
—Muchos de los nobles de Margaster estaban allí en Neverwinter, en la propia corte de Neverember, cuando los enanos llegaron con su pago, y tenemos razones para creer que otro de los Margaster podría haber cabalgado hacia el norte para encontrarse con la caravana enana en su camino a Neverwinter.
—Su ruta indirecta —dijo Jarlaxle, y los otros dos se miraron, pues Jarlaxle normalmente recibía más información de la que daba—.
Los enanos navegaron rodeando Neverwinter hacia el norte, hasta Port Llast, como sospechabas —confirmó el mercenario drow—.
Allí desembarcaron y los barcos partieron por la noche; los enanos marcharon hacia el sur, directos desde los muelles, sin dar aviso y con poco ruido.
—No puede haber sido fácil organizar eso —razonó Wigglefingers.
—Incluso menos de lo que te imaginas —dijo Jarlaxle—. La gente de Port Llast está a menudo asediada. Llevar un ejército de enanos fuertemente armado y de esa magnitud por la ciudad en la oscuridad de la noche seguro que supuso más que unas cuantas bolsas de oro en los bolsillos adecuados.
—Sabemos que tenían el oro —dijo Donnola, seca.
—Pero haría falta algo más que oro, ¿no? —preguntó el mago halfling.
Jarlaxle asintió levemente, pero no dijo nada, mientras se reclinaba en contemplación, tamborileando las yemas de los dedos.
¿Por qué los Margaster no estaban molestos con el aparente enorme beneficio de Neverember con una propiedad que le habían vendido hacía tan poco?
Estaban allí, en la corte. Regis lo había visto.
Y había un gran número en la posada, según Donnola.
A Jarlaxle le parecía que no se limitaban a poner buena cara para el público.
Estaban realmente contentos por la venta.
El término «lavado de dinero» se le pasó por la cabeza, igual que les pasaría, pensaba él, a sus mundanos asociados en esa mesa.
Ciertamente, Donnola y el mago lo habrían visto mucho en Aglarond; era el juego preferido para inclinar secretamente la balanza de poder hasta que los rivales, inadvertidos, no pudieran hacer nada para preservar el orden actual.