Intemporal (Generations 1) 12. Extrañamente borracho #3
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12. Extrañamente borracho #3

La noche no era oscura y con los reflejos de la nieve, que pendían tercos de las áreas más sombrías del bosque, el halfling pudo recorrer el camino con cierta facilidad.

Pero también vio las sombras, sombras que se movían, que iban de un árbol a otro, en la distancia, a su derecha. Luego más hacia la izquierda.

Regis bajó la cabeza y corrió más aprisa; corrió como si le fuera la vida en ello, algo que, estaba bastante seguro, era exactamente lo que estaba pasando.

Temió que más demonios infernales pudieran bloquearlo por ambos lados.

Tras él, oyó un chillido y un rugido, más cerca de lo que le hubiese gustado.

De alguna manera, sabía que esos monstruos no se cansarían y él nunca conseguiría llegar hasta el otro lado del Bosque de Neverwinter. Necesitaba otro plan.

Necesitaba un lugar donde esconderse.

Antes de que hubiera llegado a pensárselo siquiera, se detuvo de repente y se agachó para dejar que las sombras pasaran a su lado; luego, corrió detrás de ellas hacia el este, hacia donde creía que se hallaba el establo de Aiberdelle.

Solo un poco después, salió de los matorrales a un camino lleno de barro.

Si se dirigía hacia la derecha, de vuelta hacia Neverwinter, llegaría al establo, así que empezó a virar en esa dirección.

Pero se dio cuenta de que no. ¿Cómo iba a llevar a una horda de demonios hacia la pobre elfa?

Se apresuró hacia la izquierda, al norte. Pero mientras lo hacía, negaba con la cabeza casi a cada paso, sabiendo que nunca dejaría atrás a sus perseguidores.

Le ardían los pulmones; le dolían las piernas.

Tenía frío y la herida de cuando se había lanzado al agua lo molestaba más de lo que quería admitir.

Descendiendo por una recta, se le ocurrió mirar atrás, justo a tiempo para ver a un enorme demonio de seis brazos aparecer en el camino.

Por los lados, ocultos por los matorrales y el ramaje, oyó siseos, algún que otro gruñido y ruidos de ramas al romperse.

Se centró en el camino que tenía ante él, aunque no tuviera sentido.

Pronto habría acabado todo.

Como si corriese hacia su fin, Regis oyó también pisadas ante él. Se quedaba sin lugares por los que correr. Tenía que ir a la izquierda o a la derecha y rápido, así que intentó decidir dónde habría menos monstruos.

Decidió ir por la izquierda y torció hacia allí, pero solo para oír como las pisadas en el camino retumbaban más fuertes…

No…

Se detuvo. No eran pisadas lo que había estado oyendo, sino cascos de caballo.

¡Un jinete!

Corrió de nuevo en esa dirección, hacia el sonido, pensando que esa sería su única posibilidad.

Resbaló sobre el hielo y se cayó pesadamente, pero se levantó inmediatamente, tambaleándose, intentando mantenerse en pie, y dejó escapar un aullido cuando justo en la siguiente curva del camino vio una silueta grande y oscura. Se tiró al suelo y se cubrió, asustado.

Sintió la salpicadura del barro sobre él, y oyó el sonido de unos zapatos de hierro rascando los adoquines.

—¡Araña!

El sorprendido halfling levantó la vista y vio a Aiberdelle, que lo miraba.

Se puso en pie de un salto y dio otro salto hacia ella, hacia su mano tendida.

—¡Galopa! —gritó tan pronto como la agarró—. ¡Galopa! ¡Galopa! ¡Por nuestra vida, galopa!

El caballo relinchó y se encabritó, y Regis estuvo a punto de caerse, intentando desesperadamente acomodarse mientras la habilidosa amazona elfa hacía girar su montura y luego espoleaba al corcel furiosamente, sin hacer preguntas.

Cuando Regis estuvo sentado tras la elfa y miró hacia atrás, comprendió su rápida reacción; tenía menos que ver con sus urgentes palabras y más con el demonio de cuatro brazos y cara de perro que corría tras ellos, casi a la misma velocidad.

Desde los arbustos a los lados, los monstruos sombríos tomaron forma y saltaron también al camino.

Todo tipo de demonios deformes: algunos no más que humanos parecidos a zombis, otros de piel negra y parecidos a ranas, pero que corrían erguidos, con manos terminadas en garras y filas de dientes formidables.

El caballo galopaba a través de la grotesca mezcla de demonios, que saltaban arañando el aire y mordían fuerte, haciendo clac-clac alrededor del dúo en fuga. Regis intentó taparse los oídos y gritar para alejarlo todo. Pero poco importaba.

Sin embargo, la cacofonía del hambre infernal se fue desvaneciendo a medida que el poderoso caballo los dejaba atrás, con las narices dilatadas y echando vapor a la noche con cada zancada.

Iba muy forzado y necesitaba descansar, pero Aiberdelle no se atrevía a parar.

Aunque tampoco era que necesitara animar mucho a su montura.

El camino giraba hacia la derecha durante un buen trecho, luego se enderezaba hacia el norte, pero justo cuando Aiberdelle guiaba al caballo hacia la izquierda, una criatura saltó de entre los arbustos para bloquear el camino y la elfa tiró fuertemente de las riendas, lo que hizo que el caballo se detuviera de golpe.

Al parecer, el demonio de seis brazos, Inkeri Margaster, u otro demonio como ella, había tomado un atajo a través de los matorrales y se había abierto camino con las pinzas, sin bajar de velocidad en absoluto. Finalmente, se les cruzó por delante en el sinuoso camino.

Al parecer, la elfa y el halfling estaban en un buen lío.

—Lucharemos —dijo ella, pues no podían hacer otra cosa.

Regis, que jadeaba y resoplaba demasiado para responder verbalmente, asintió y cogió su florete, pensando en bajarse del caballo.

—Lo haré apartarse a un lado—dijo cuando finalmente recuperó el aliento; sus botas chapoteaban en el barro al saltar al suelo—. ¡Ve a Viñas Sangrantes y avísales!

—No —empezó a decir ella, pero se detuvo en seco y también lo hizo Regis, porque una llamarada de fuego estalló en el camino justo frente al demonio.

Más caos en una noche ya caótica.

Con el fuego, otra silueta cayó desde lo alto y se quedó justo detrás del monstruo, espadas en mano, y comenzó a atacar la espalda del demonio antes de que este pudiera registrar lo que estaba sucediendo.

—¡Corred, insensatos! —gritó el recién llegado, lanzándose a un lado mientras el demonio giraba, golpeando con las cuatro manos.

Regis creyó reconocer la voz y la ágil silueta, además de los movimientos gráciles, mientras el recién llegado rodaba a un lado, se ponía de pie y volvía a atacar al demonio, con las espadas girando en una danza mortal.

Pero mientras el halfling intentaba pronunciar su nombre, notó que una mano le agarraba la capa por la nuca y lo alzaba con tanta fuerza que casi perdió una bota.

Justo al lado de la refriega, pasó el caballo de Aiberdelle y Regis echó un vistazo a su salvador y se dio cuenta de que era un drow al que ciertamente conocía.