12. Extrañamente borracho #2
Regis hizo una mueca al verle la herida y frunció el ceño aún más al ver a los espectros estranguladores hacer su trabajo. No había ido allí para matar a nadie.
Aunque tampoco había ido allí a morir.
Empezó a correr hacia la habitación, porque, sacudido por el impacto, el péndulo ya no oscilaba. Pero se detuvo en seco. Miró hacia el fondo del túnel, y decidió que tampoco quería coger esa ruta. El problema era que tenía que salir de allí..., pero no tenía ni la menor idea de hacia dónde ir.
Pasó junto al primer hombre, que agitaba los brazos, impotente, mientras se iba poniendo azul. Regis se detuvo y esperó, observando atentamente.
El forcejeo del hombre disminuía con cada segundo que pasaba. Emitió un pequeño gorgoteo, pero Regis esperó un poco más. Tenía que asegurarse de que estuviera fuera de juego, al menos durante un rato. Más allá del péndulo, el otro Margaster yacía muy quieto, tal vez ya muerto.
—Mierda, mierda, mierda —maldijo el halfling, acercando el florete, casi clavándolo, pero a la espera. Tenía que esperar.
Finalmente, el hombre que estaba más cerca se desplomó inerte y Regis apuñaló al espectro con el florete y lo destruyó.
Empezó a inclinarse hacia el hombre, sin estar seguro de si estaba vivo o muerto, pero sacudió la cabeza, frustrado, porque no tenía tiempo.
Se apresuró a pasar junto al péndulo, recogió la antorcha y atacó al segundo espectro.
Eso liberó al segundo hombre. Oyó una tos tras él mientras corría por el pasillo, lo que, de alguna forma, lo hizo sentir mejor.
Se acercó a la caverna de entrada, esperando que el sirviente envenenado aún estuviera descansando cómodamente.
Sonrió al oír ronquidos y así entró con confianza.
Sin embargo, ese sentimiento se disipó rápidamente, ya que lo que lo esperaba era el canal helado.
Probablemente no lo mataría, pero desde luego no estaba cálido.
Encontró al hombre donde lo había dejado, roncando sonoramente. Sin perder tiempo, empezó a desnudarse, y metió la capa, las botas y la camisa en su bolsa mágica.
Acababa de sacarse la ballesta de mano del cuello cuando oyó sonidos que provenían del fondo del pasillo, y suspiró, pensando que uno de los guardias se había recuperado del ahogamiento y seguía persiguiéndolo testarudamente.
—Qué se le va a hacer —susurró, colocando un dardo y amartillando la ballesta.
La puerta se abrió, pero no fue uno de los guardias quien entró, sino una mujer alta, de pelo negro como un cuervo y bastante bonita.
Inkeri Margaster, la mujer que había estado junto a lord Neverember cuando lo enanos habían llegado con el pago, entró tranquilamente.
—¿Qué engaño es este, pequeño? —le preguntó.
Regis suspiró, sin querer disparar a la dama.
Pero lo hizo igualmente.
La saeta voló a través de la habitación y la alcanzó justo en el pecho. Ella apenas soltó un quejido, luego bajó la vista, la miró con curiosidad y siguió avanzando hacia Regis.
—Bueno —dijo, arrancándose el dardo y tirándolo a un lado.
Regis la miró desde el otro lado, buscando alguna señal de que el veneno estuviera haciendo efecto. Pero no. Ella se frotó las manos y se acercó. A medida que lo hacía, un colgante de piedras preciosas que llevaba alrededor del cuello parpadeó con una luz interior e Inkeri empezó a crecer.
Al principio, Regis pensó que era un simple conjuro mágico, pero luego el rostro de la mujer cambió de repente, desarrolló un hocico y dos brazos más le brotaron por debajo de los normales; estos no terminaban en manos, sino en enormes pinzas.
Y, aun así, la atención de Regis se desvió y lo hizo hacia la cola que le crecía a ella por la espalda.
Ya no le parecía tan guapa.
Y, desde luego, no era nada contra lo que Regis quisiera luchar.
Ni siquiera había completado su giro cuando se zambulló en el agua, en un ángulo tan malo que se raspó dolorosamente en el borde del suelo de piedra al entrar.
No pensó en el dolor y no se atrevió a girarse para intentar nadar contra la corriente hasta el lugar por el que había entrado.
No, simplemente nadó con todas sus fuerzas y se adentró más profundo debajo del castillo.
Oyó el estruendo detrás de él cuando el monstruo saltó al agua, así que nadó más rápido, con frenesí.
En completa oscuridad, totalmente sumergido, braceó y pateó con todas sus fuerzas.
Intentó subir a la superficie para tomar aire, pero no pudo y se golpeó fuertemente la cabeza contra el techo del estrecho túnel.
De nuevo, resistió el impulso de mirar atrás, aunque de todas formas tampoco podría ver nada, y se limitó a nadar a ciegas tan rápido como pudo, esperando contra toda esperanza encontrar una salida… y que el monstruo que lo perseguía no lo alcanzara.
Siguió y siguió, y los pulmones empezaron a dolerle. Se detuvo, tanteó en su bolsa y sacó una pequeña bola de cerámica. Sabía que así delataba claramente su posición, pero solo podía confiar en que el monstruo no estuviera demasiado cerca.
Rompió la bola y liberó la piedra del interior, bañada en aceite de luz diurna.
Vio el suelo, vio las paredes, vio el techo.
Fue hacia arriba con cuidado y salió del agua lo suficiente para tomar otra bocanada de aire.
Entonces, soltó la fuente de luz y nadó hasta alcanzar cierta distancia, esta vez mirando atrás a la zona iluminada.
Justo cuando estaba empezando a recuperar la confianza, una gran forma cruzó la luz. Regis no pudo distinguirla del todo, pero tampoco lo necesitaba. Solo podía tratarse de una cosa.
Siguió nadando, de nuevo en completa oscuridad; de vez en cuando chocaba contra una pared, en una ocasión se rascó dolorosamente contra un saliente del suelo y varias veces se golpeó la cabeza al impulsarse hacia arriba para intentar respirar.
Aunque cogiera aire para llenar los pulmones, los músculos empezaban a dolerle del esfuerzo y el frío.
Entonces, chocó contra algo, un poste le pareció. Intentó rodearlo, pero no, no era un poste. Era una rejilla.
Pescó otra bola de luz diurna de su bolsa e iluminó el área, y se vio atrapado ante en una reja levadiza. Miró por todas partes, pero no, no había ninguna palanca. La agarró e intentó levantarla, pero fue en vano.
El pánico empezó a apoderarse de él: estaba atrapado.
Tras unos inútiles tirones, después de buscar e incluso de intentar introducirse por entre los barrotes, el halfling se dio la vuelta. ¿Se atrevería a confiar en que el monstruo hubiera desistido de su persecución y él pudiera escabullirse?
Esa idea solo le duró un momento, porque una forma oscura apareció en el límite de la luz.
Fue a por su florete, pero sabía que no tenía ninguna posibilidad de luchar contra semejante monstruo.
Aun así, se inclinó también a por su daga, a la que ya solo le quedaba una hoja, pero se detuvo, dándole vueltas a la cabeza, buscando alguna respuesta.
No obtuvo ninguna, salvo la seguridad de que estaba a punto de morir.
Tenía la mano en su bolsa mágica, aunque no sabía por qué. ¿Quizá para coger más fuentes de luz e intentar ahuyentar al monstruo? ¿Para coger un Pillabuches o dos y evadirse del dolor y el horror de una muerte cierta?
En ese momento, vio al monstruo con claridad y los ojos se le clavaron en las pinzas, que podían partirlo por la mitad y que ya chasqueaban ansiosas en el agua. Vio la cara de perro, mirándolo de forma lasciva, como si le estuviera sonriendo.
Regis quería llorar. No quería morir de esa forma, medio desnudo en el agua fría, en un lugar donde sus amigos, donde su amada Donnola, nunca podrían encontrarlo.
Resolvió luchar con ferocidad, y a punto estuvo de reírse de sí mismo por lo absurdo de la idea.
Aunque fuera capaz de derrotar a aquella cosa, solo sería para ahogarse antes de encontrar aire.
Y solo entonces, en ese momento de completa resignación y desesperanza, fue cuando el halfling recordó. Y al hacerlo, maldijo su estupidez.
Porque Regis no había llegado allí esperando nadar de vuelta. Encontraría su camino hacia las escaleras traseras, o…
Sacó un pequeño vial de la bolsa, su poción más cara e impresionante.
Una pinza se le acercó mientras se la tragaba y notó los bordes afilados alrededor de él. La boca se le abrió mientras empezaba a gritar.
Pero, entonces, la boca desapareció y luego fue el cuerpo, insustancial, una forma gaseosa, y la pinza se cerró de forma indolora sobre el lugar donde él había estado.
Regis, no más sustancial que una nube, se deslizó a través de la puerta enrejada y vagó a la deriva, sin sentir ya el frío ni la necesidad de coger aire.
Se dio cuenta de que el monstruo destrozaba la puerta, arrancando las barras, así que se impulsó a sí mismo todo lo rápido que pudo, que no fue mucho, en absoluto.
No podía nadar porque no tenía nada con lo que desplazar el agua.
Pero se movía, y más deprisa que la corriente, al menos.
Aun así, le pareció que había pasado una eternidad hasta que por fin salió de debajo del castillo, de debajo del bulevar principal de Neverwinter, de debajo de otro grupo de casas y de debajo del muro de la ciudad de Neverwinter.
Salió del agua y pasó al barrizal; apenas había emergido cuando el efecto de la poción desapareció y se convirtió en un chorreante, helado y semidesnudo halfling, sentado junto a un canal congelado en un bosque lleno de nieve.
Echó mano inmediatamente de su bolsa y sacó la capa, sin dejar de moverse mientras lo hacía, tratando de poner alguna distancia entre él y el agua.
Corrió y tropezó repetidamente, pero se levantaba tercamente cada vez, siempre hacia adelante. Siempre alejándose.
No sabía cuánto había avanzado cuando oyó un grito desde muy atrás. Un grito de otro mundo, espantoso, que helaba los huesos. Y Regis supo que no se había librado de la persecución.
Así que, como pudo, logró sacar las botas, y se las puso, y corrió aún más, porque ¿qué otra cosa podía hacer?