Intemporal (Generations 1) 12. Extrañamente borracho
50%

12. Extrañamente borracho

E XTRAÑAMENTE BORRACHO

Regis luchó y se retorció, y consiguió soltarse a medias, llegado casi a salir de la pila.

Pero la extraña agua lo agarró y lo hundió de nuevo, con más fuerza, y se golpeó la cabeza contra el fondo de la pila.

Se agitó e intentó chapotear, pero el mundo se estaba volviendo más y más oscuro, hasta que la consciencia lo abandonó.

Se despertó poco después, aún aplastado contra el suelo de la pila de agua.

Sorprendido de estar vivo, el halfling intentó comprender lo que había pasado, y tardó varios instantes cercanos al pánico en recordar de nuevo su herencia genasi. Se hubiera ahogado mucho rato antes de no ser por ese afortunado linaje.

Y sin embargo, no estaba seguro de cuánto tiempo llevaba allí, o cuánto le quedaba, con herencia genasi o sin ella.

Pero no se revolvió; la cosa rara casi le había partido el cráneo en dos la última vez que había luchado contra ella. En su lugar, llevó la mano lentamente a la cadera y sacó su puñal de tres hojas.

Luego se movió con rapidez, girando y apuñalando a la cosa, una vez, dos, ¡tres veces!

El agua chapoteó. El monstruo lo hundió y golpeó el brazo armado del halfling con sus tentáculos.

Por el rabillo del ojo, Regis pudo ver la daga alcanzando sus objetivos, pero también pudo ver que esos golpes no hacían gran cosa, apenas nada, a aquella rareza maleable.

Un par de salpicaduras, aunque no sabía si eran solo de agua o de trozos del monstruo.

Lo que sí sabía, sin embargo, era que no podía ganar esa pelea.

El tentáculo le agarraría pronto el brazo.

Aún peor, la rareza ahora le presionaba la cabeza con una fuerza tremenda, aplastándolo contra el fondo.

Se agitó de nuevo, gritando burbujas inútiles.

Cuando el puñal se le cayó de la mano, intentó pegar puñetazos, arañar...

lo que fuera. Su otra mano fue hacia la bolsa del cinturón, intentando buscar a ciegas, y cuando los dedos finalmente consiguieron agarrar algo, lo hundió en el agua.

Tres monedas de plata flotaron ante sus ojos saltones.

Luego apareció una petaca con poción, volcada y medio flotando, con el corcho dándole en la cara. Intentó soplar para apartarla, pero finalmente se había quedado sin aliento.

Estaba ahogándose.

Intentó chillar, intentó girarse, intentó alzarse. Dio puñetazos, arañó y consiguió agarrar el borde de la petaca flotante.

Cuando comenzó a ver borroso, unos pensamientos extraños le inundaron la mente. Una loca idea le golpeó con la fuerza de la desesperación.

¡Quizá estuviera sin usar y llena de aire!

Si hubiera tenido la cabeza clara, habría sabido que esa idea era una locura. Pero mordió el corcho igualmente, lo giró y tiró de él, y cuando lo sacó, intentó tragar aire.

Pero no, no estaba vacía, y en lugar de aire puro llenándole los pulmones, un oscuro líquido fue saliendo, coloreando el agua, ¡así que no podía ni ver!

La oscuridad se cernió sobre él de nuevo, pero esta vez no era la inconsciencia, sino el profundo sueño de la muerte.

Al menos había entregado la información importante a Aiberdelle. No había fallado a sus amigos. No en esa vida, como había hecho tanto en la anterior.

Intentó centrarse en eso, seguro de que estaba ya condenado, pero entonces, de repente, la pila tembló y el agua se alzó como en un tsunami.

Antes de que pudiera darse cuenta de lo que estaba pasando, Regis estaba volando por los aires y de vuelta en la habitación.

Aterrizó en el suelo, de culo, boqueando para conseguir aire para toda una vida, e intentando apartarse de aquel monstruo acuoso, mientras observaba atentamente cada movimiento de la pila.

La cosa rara se alzó amenazadora, como un palo líquido, más y más alto. Entonces giró a la izquierda, luego a la derecha, bamboleándose en una danza hipnotizante, como una serpiente.

—Oh, no —maldijo Regis, pensando que se lanzaría contra él, deseando estar suficientemente lejos y sabiendo que probablemente no lo estaría.

Pero la rareza se hundió por debajo del borde de la pila y salpicó agua por todas partes. Luego se alzó de nuevo repentinamente, pero solo un poco, antes de aplanarse. Y, de nuevo, por tercera vez, casi como si unas burbujas de su interior la empujaran.

Regis meneó la cabeza, confuso. ¿Sería algún tipo de conjuro? No lo parecía, parecía más un malestar interno... ¿hipo?

Miró la petaca de la poción que aún tenía en la mano: Pillabuches.

Los ojos del halfling se abrieron de par en par mientras miraba incrédulo la pila burbujeante, ¡con hipo!

Se arrastró a un lado y puso más distancia entre el monstruo y él, pero rodeándolo para recuperar su valioso puñal.

Lo encontró clavado en el suelo, insertado profunda en una grieta de la madera.

Le costó arrancarlo de allí; finalmente se llevó un buen trozo del suelo con él y se dio la vuelta rápido para salir de la maldita habitación.

Pero un destello dorado lo detuvo en seco, y de nuevo los ojos casi se le salieron de las órbitas de la sorpresa cuando miró el trozo roto del suelo. Se dio cuenta de que ¡el subsuelo de esa sala era de oro!

Regis rascó la madera con el puñal, arrancó tiras y las lanzó a un lado. Nunca hubo un perro hambriento buscando un hueso con más determinación.

Levantó monedas de oro con la mano y lingotes de oro y platino.

Y gemas y joyas; todo tipo de piezas valiosas que de repente estaban allí, a su entera disposición.

Empezó a llenar su saquito, sonriendo porque sabía que probablemente podría vaciar la habitación entera en ese espacio mágico extradimensional.

Su estado de ánimo mejoró rápidamente mientras los pensamientos sobre su proximidad a la muerte se desvanecían ante el brillo del tesoro que tenía frente a él.

Se puso a trabajar, casi tarareando, hasta que oyó una voz tras él.

—Bueno, bueno, así que un pequeño raterillo, ¿eh?

—Harías bien en convocar a la Matrona Shakti Hunzrin a tu casa —le dijo Eskavidne a la Matrona Zhindia Melarn, de vuelta en Menzoberranzan.

La Matrona Zhindia miró con curiosidad a los dos yochlols. Shakti había estado allí hacía solo dos días. Era una visitante asidua de la Casa Melarn, sobre todo en ese momento, que Zhindia la ayudaba con sus objetos de comercio más nuevos y valiosos: joyería fina que era mucho más de lo que parecía.

—¿Qué sabes? —le preguntó Zhindia, suspicaz.

—Es bastante probable que la Matrona Shakti pueda proporcionarte ayudantes inesperados en tu caza de esta criatura Do’Urden renacida —explicó Eskavidne—. Ha colocado poderosos aliados en la superficie.

La Matrona Zhindia meneó la cabeza y carraspeó. Eso ya se había intentado una vez en la superficie y ella no había salido nada beneficiada.

—Ya verás —prometió Eskavidne. Miró a su compañera yochlol y asintió, y ambas desaparecieron al instante, saltando a través de los planos hasta la antecámara del salón del trono de lady Lloth.

—Será un espectáculo delicioso —prometió Eskavidne al llegar.

Yiccardaria, que había estado menos convencida de su planes, aunque deseaba con todas sus fuerzas vengarse de Yvonnel y los demás por su traición, añadió:

—Con suerte, al menos resultará informativo, hermana, pues solo con eso la Reina Araña ya se entretendrá.

Eskavidne lanzó una risita, que se convirtió en un borboteo que, a su vez, derivó en unas pompas de lodo burbujeante al ir volviendo la yochlol a su forma natural.

Había dos hombres en la puerta, uno con una maza y el otro con una espada. Parecían Margaster, la misma piel pálida y el pelo negro, y ambos grandes y fuertes, sin duda procedentes del linaje Uthgardt.

Regis echó un rápido vistazo a la habitación, calculando silenciosamente pasos en distintas direcciones.

Los Margaster se acercaron...

... y para arriba saltó el halfling, lanzando su luz mágica a la fuente extraña, donde inmediatamente se la tragó el monstruo extraño, lo que disminuyó notoriamente la luz de la habitación.

Regis corrió hacia la izquierda, pero no dio más que una zancada; luego, cortó hacia la derecha, luego a la izquierda otra vez mientras cargaba contra el dúo.

Amagó a la izquierda una vez más, luego de vuelta rápidamente hacia la derecha; acabó lanzándose por el medio y pasó corriendo entre ambos. Cualquier alegría quedó atemperada por el hecho de que los tenía justo detrás.

Apenas podía ver, pero tenía que intentarlo, y al llegar a la puerta saltó alto, alcanzó el péndulo justo por encima de la cuchilla y fue sobre él hacia el pasillo.

Allí, alzó los pies, los apoyó contra la pared y empujó; eso propulsó el péndulo de vuelta.

Se dejó ir, cayó al suelo, rodó hacia un lado e, inmediatamente, se puso en pie y sacó sus armas.

Una antorcha se encendió dentro de la habitación mientras el péndulo regresaba hacia él, luego de nuevo a la habitación. Tan pronto como desapareció, el primero de los Margaster saltó y se acercó rápidamente al halfling

Este sostenía la daga lista, pero no tenía intención de usarla de cerca si podía evitarlo.

Con un movimiento rápido, una de las cuchillas laterales de la daga del halfling se desprendió y, con un golpe de muñeca, la lanzó al hombre que se acercaba.

El arma en forma de serpiente se convirtió, entonces, en una serpiente real y se reptó por el pecho del hombre para enrollársele alrededor del cuello como una cuerda viva, estrangulándolo.

Al mismo tiempo, un espectro burlón apareció sobre su hombro, una manifestación de la malévola arma, que tiró con fuerza y arrojó fácilmente al corpulento hombre de espaldas al suelo.

Antes de que este tocara el suelo, el halfling lanzó el segundo proyectil al oponente que quedaba.

Ese Margaster también salió despedido por el aire; la antorcha le salió volando de la mano y rebotó en el péndulo que regresaba.

Al mismo tiempo, la pesada hoja alcanzó al pobre hombre en las piernas mientras caía hacia atrás.